No existe el alma gemela

Por: Carlos Cuauhtémoc Sánchez

Me casé muy enamorado. Creía que mi esposa era algo así como mi media naranja, mi otro yo, mi alma gemela. En poco tiempo comprendí que me había equivocado. Ella era una persona distinta a mí. Con sus propios gustos, hábitos, anhelos, reacciones. No era como yo. Ni yo como ella. ¿Dónde quedó el romanticismo cegado que me hizo imaginar lo que no existía y apostarlo todo por una relación eterna? ¡Ambos nos topamos con un muro! Y tardamos en recuperarnos. Casi un año. Con dolor aprendimos que nadie se casa con su alma gemela ¡porque las almas gemelas no existen! Nos enamoramos de una persona creyéndola perfecta y suponemos que tiene atributos ideales. Pero cuando la conocemos bien, nos damos cuenta que dista mucho de ser quien esperábamos.

Les pasó lo mismo a unos amigos cuya historia escribí en mi libro LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD. Guillermo y Shaden. Se amaban. Al menos eso creían. Todo era perfecto cuando se casaron… pero poco a poco Guillermo llenó su agenda de compromisos laborales.

Como quería lo mejor para su familia trabajaba mucho. Trabajar era su forma de demostrar amor. Poco a poco se fue encerrando en sí mismo y se volvió un extraño para los suyos. Shaden también se alejó de Guillermo. Enfocó toda su energía a educar y proteger a su hijo Daniel. Un niño simpático e inteligente que padecía epilepsia. Shaden no pensaba en otra cosa. Solo en el pequeño… Con el tiempo la soledad nociva se apoderó del matrimonio. Dormían juntos, pero vivían separados por un abismo. Lo habían creado.

Lo habían permitido. Sin darse cuenta. Sin malas intenciones… Entonces Guillermo conoció a una bella y sensual asistente el trabajo… Y los pilares agrietados de su matrimonio se derrumbaron…

LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD es una historia de amor. De un amor que agoniza y aprende a levantarse de entre los escombros. Porque se puede.

Solo hay que entender que el amor real no se fundamenta en suspiros o poesías, ni crece con emociones vehementes; el amor verdadero involucra racionalidad y voluntad; se demuestra con actos, presencias y detalles tangibles.
Es mentira que con el tiempo, se pierda la “química”. Lo que se pierde en realidad son los hechos que construyen el día a día.

En un matrimonio no basta con ser trovador y cantar elegías; hay que alimentar la relación con el único nutriente efectivo: el servicio. Ayudando a nuestra pareja en sus tareas, cuidándola de manera afanosa durante sus caídas; estando a su lado en los momentos de crisis; realizando pequeños actos de asistencia en la cotidianidad; apoyándola, aconsejándola, acompañándola y respaldándola en las buenas y en las malas…. Acciones simples, en las que se fincan los cimientos de un matrimonio, y se construyen columnas que pueden soportar cualquier tormenta.

Guillermo y Shaden, entendieron esto. Su historia es real. Decidieron darse una LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD.

Mi esposa y yo también. Y somos muy felices. Somos testigos de que el amor que se alimenta con servicio y trabajo, crece, y se hace más fuerte y más hermoso cada día. Acabamos de cumplir 31 años de casados.

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