Carlos Cuauhtémoc Sánchez

ESTE DÍA IMPORTA

Ninguna crisis en más fuerte que tú

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

ESTE DÍA IMPORTA

Ninguna crisis en más fuerte que tú

El mundo es sorprendido por una pandemia. Los centros de salud colapsan, el sistema educativo se ve amenazado y la estabilidad económica mundial cae. Todos intentan dar una respuesta a esta realidad que implica, no solo una recesión sino un cambio drástico en el corazón de las personas. Amaia está desesperada. Perdió a su abuelo a causa del virus. Su padre quedó varado en el dolor; y la vida de su hermano tambalea entre el alcohol y las drogas. Cuando todo lo que ama está a punto de desaparecer, encuentra un aliado. Junto a él emprende una pelea feroz por rescatar a su familia, y en esa lucha, descubrirse a sí misma y reinventarse.

1

Me pusieron esposas

Estoy detenido en un cuarto cerrado junto a las oficinas de ingreso al reclusorio. Pero sigo en las oficinas. Las paredes están hechas con paneles de yeso. No son herméticas. Escucho el ruido de personas hablando afuera. Mi cárcel temporal es de escasas dimensiones: cuatro metros cuadrados a lo sumo. Hay un escritorio viejo y una silla secretarial desvencijada.

El guardia abre mi puerta y ordena con sobriedad:

—Acompáñeme, doctor.

Voy tras él. Si yo fuese un prisionero peligroso, aprovecharía para atacarlo por la espalda. Pero no lo soy; y él lo sabe. Quizá hasta sienta lástima por mí.

Me hace pasar a una recepción cerrada a los costados y abierta al público a través de un mostrador. Si yo fuera un detenido proclive a la fuga, aprovecharía para saltar la repisa y salir corriendo hacia la calle. Pero no lo soy; y él lo sabe.

—Lo dejo unos minutos con su visita, doctor.

—Gracias, oficial.

Del otro lado del podio se encuentra Azul.

—Amiga —le digo—, gracias por estar siempre conmigo. En las buenas y en las malas.

Nota el enrojecimiento de mis muñecas.

—¿Te amarraron?

—Me pusieron esposas.

—¡Esto es injusto! ¡Increíble! ¿Quiénes se creen para tratarte así? Eres un médico cirujano importante. Tienes más educación que todos los que están en este edificio. Necesitas decir tu verdad.

—Para eso está mi abogado.

—De acuerdo, pero nadie puede abogar por ti mejor que tú mismo. Es uno de los principios que aprendimos —recita—: lo peor que puedes hacer cuando alguien te ataca, es esconderte. Ningún representante podrá defender mejor tu nombre que tú. El valor que te distingue se llama prestigio. Igual que el dinero, te lo pueden robar. Igual que el dinero, lo puedes recuperar.

Sus manos aprietan las mías con un fuerte temblor de azoramiento. Percibo en sus palabras exhortativas la frustración de alguien que no sabe cómo ayudar.

—¿Qué me sugieres, Azul?

—Explícale al mundo lo que sucedió, desde tu perspectiva. Yo testificaré a tu favor. Y mi palabra tiene peso. Pero no soy tan elocuente. Tú sabes expresarte desde el fondo de tu corazón sin perder la objetividad. Es un don peculiar —me acaricia el brazo—. Solo vine a eso. A pedirte, a suplicarte que escribas tu versión de los hechos; relata por lo que has sufrido los últimos meses. Incluso lo que has aprendido. Pronto se definirán las cosas, y te darán el derecho a declarar.

Observo a mi amiga. El reborde de sus párpados se ha colmado de lágrimas contenidas. La plataforma del mostrador me impide abrazarla, pero no me impide tomar sus manos para llevarlas a mi boca y besarlas.

—Está bien, Azul. Voy a hacerlo.

—Traje tu libreta de apuntes, y el libro con el resumen del programa. No sé si vas a estar aquí detenido dos días o cinco más, ¡pero aprovecha este tiempo, por favor! Estudia, escribe. Mientras tanto nosotros seguiremos trabajando con los abogados. Espero venir pronto a traerte buenas noticias.

—Gracias, amor. Aquí te espero.

2

Todo puede complicarse

Sentado en el sillón de mi oficina permanecí estático mirando el documento y  tratando de recuperar al menos el reflejo natural de la respiración.

Me habían acusado de homicidio.

Estaba siendo procesado bajo caución, y ahora, el juez había ordenado que, de manera temporal, me fuera retirada la custodia de mi hija.

No podía asimilarlo. Ni aceptarlo. Volví a leer el penúltimo párrafo de la sentencia provisional tratando de encontrar algún resquicio de anacronismo.

Mediante pliego consignatorio en el que se ejercitó acción penal en contra de Benjamín José Benítez Calvo, por su probable responsabilidad en el delito de HOMICIDIO DOLOSO de su señora esposa, Julia Soberón Domínguez, y encontrándose en investigación su posible inestabilidad emocional, el presente Juzgado de Primera Instancia, dicta la orden de retirarle provisionalmente al procesado la custodia de su hija menor Mari Jose Benítez Soberón.

Una comisión de fuero familiar, acompañada por representantes de Derechos Humanos y policías, había ido a mi casa a recoger a la niña. Mi estrellita ahora estaría con su nana, en casa de mi suegra…

Sonó el teléfono de mi escritorio. Lo dejé repiquetear hasta que la llamada se extinguió. Seguía sin poder moverme. Poco después, alguien tocó a mi puerta. Tampoco contesté. Yésica se asomó, sigilosa.

—Lo busca el doctor Carlos Lisboa.

—Déjelo pasar.

Mi mejor (quizá único) amigo en el hospital entró a toda velocidad.

—Benjamín —me dijo—, te están esperando. La asamblea para dictaminar tu licencia de médico está por comenzar.

—Ya no me importa. Mira esto.

—¿Qué es?

—Me quitaron a mi niña.

—¿Cómo? ¿Por qué? —Lisboa razonó tratando de apaciguarme—. Cuando uno de los padres falta, el otro conserva la patria potestad de los hijos.

—No si el sobreviviente está acusado de homicidio y se considera emocionalmente inestable.

—Benjo. Buscaremos apelar. Siempre se puede hacer algo. Por lo pronto tienes que bajar al auditorio. Rápido. O todo se te puede complicar.

—¿Más?

—Sí. Más todavía.

Pero yo seguía anclado a mi silla y a mi dolor.

—¿Sabes a quién le asignaron la custodia de mi estrellita?, ¡a la mujer que me está demandando, y quiere meterme a la cárcel!

—Tu suegra cree que mataste a su hija.

Me puse de pie y encaré a mi amigo.

—No vuelvas a decir eso, ¿me oíste? Mi esposa murió en un accidente. ¡Y también el accidente fue por culpa de mi suegra!

—Benjo, tranquilízate. Tal vez tengas razón. Pero dentro de unos minutos te van a juzgar por algo completamente distinto. Algo de lo que solo tú eres responsable: nadie más que tú se equivocó en el quirófano. 

Apreté los puños con rabia contenida. Algún día se sabría la verdad. Porque hasta mis errores en el trabajo médico provinieron de la distracción crónica que me produjo un matrimonio disfuncional.

—Vamos…

3

Eres idiota, pero no hagas idioteces

Conducía en carretera. En el asiento de atrás iba nuestra hija Mari Jose de nueve años, dormida. Le decíamos Ma-Jo o Majito. Una niña dulce, cariñosa, con una sed insaciable de amor. En el asiento de adelante iba mi esposa. Rubia, de ojos claros y cuerpo perfecto. Trabajaba como modelo de ropa, tenía una vida superficial y frecuentaba a amigos divos con los que yo no congeniaba. Aunque se llamaba Julia, le gustaba que le dijeran Barbie.

—Procuremos estar contentos, Barbie —le sugerí—; hicimos este viaje para darle oxígeno a nuestro matrimonio.

—¿Y entonces por qué diablos invitaste a la nana?

—Ya sabes. Para que cuide a Majito por las noches; así podríamos salir a cenar o a bailar.

—No me hagas reír, Benjamín. A ti no te gusta bailar. Y Majito quiere más a la maldita nana que a mí. 

—¿Por qué crees? —eché leña a un fuego que convenía sofocar—. ¿No te has dado cuenta de que la nana cuida y protege a la nena desde que nació, mientras que tú solo la maltratas? 

—No digas estupideces, Benjamín. Yo no la maltrato. La educo.

—Es una niña con discapacidad.

—¿Y qué? ¿Por esa razón vas a dejar que sea una malcriada? ¡También a los niños con discapacidad se les instruye! Pero su padre es un pelele que nunca le dice nada, y después de trabajar prefiere llegar a platicar con la nana.

—Cálmate, Julia.

—No me calmes, carajo. Y no me digas Julia. Tú eres amante de Ada. Por eso la traes a todos lados.

Esto sobrepasaba mi entendimiento. ¿Por qué una mujer con un físico tan bello (aunque no podía decirse lo mismo de su alma) podría estar celosa de una enfermera veinte años mayor?

—Ada es una buena mujer, que ama a nuestra hija.

—Dile que se regrese. ¡No la quiero en este viaje!

—¿En qué te afecta, mujer? Viene manejando su propio auto. Y va a dormir en una habitación separada. No te va a estorbar, pero en cambio, si se ofrece, te puede ayudar.

Mi esposa subió el volumen de la voz.

—¿Se supone que no tenemos dinero y le vas a pagar a la nana hotel, viáticos y sueldo? 

—¡Sí! Es un seguro de tranquilidad. Y los seguros cuestan. Tengo miedo de que te exasperes con Majito.

—Otra vez la burra al trigo. La niña llora conmigo porque yo le exijo que se esfuerce más y se comporte bien.

—Tiene síndrome de Down.

—¿Y eso qué? Deja de justificarla. Mejor ayúdala a ser más funcional. ¿Cómo vamos a lograr avances, si siempre está, en medio, la nana consentidora?

Escuchamos un sollozo en el asiento de atrás. Majito se había despertado y había caído en la cuenta de que ella era el motivo de nuestra pelea. 

—Duérmete, estrellita —le dije.

—¿Dónde ta Ada? —preguntó con su particular pronunciación dificultosa—. Me quiedo i con Ada.

—¡Te lo dije, Benjamín! Deshazte de esa criada que viene siguiéndonos.

Disminuí la velocidad y detuve el auto.

—¿Por qué te paraste?

—Voy a hablar con ella. Es lo que quieres ¿o no?

—¡Pero busca un lugar seguro! Aquí es peligroso.

Ada detuvo su auto compacto detrás del nuestro y se apeó para preguntarnos si todo estaba bien.

Bajé la ventanilla y le dije:

—¿Puede llevarse a Majito en su coche? Mi esposa y yo estamos un poco alterados.

La niña comenzó a gritar el nombre de su nana, pidiéndole los brazos. Quité los seguros. Ada abrió la portezuela y comenzó a desabrochar el cinturón de Majito.

—No te atrevas a tocar a mi hija —le dijo Barbie—. Déjanos en paz. Estamos arreglando un asunto familiar.

Ada volteó a verme, apremiada por rescatar a la niña, pero sin saber a cuál de sus patrones obedecer.

—Déjenos un momento, por favor.

La nana asintió con un rostro ensombrecido por la angustia, cerró la puerta despacio y volvió a su auto. Majito gritó y berreó con todas sus fuerzas.

—¡Ya cállate, niña! ¡Y tú acelera, carajo! —Julia-Barbie me dio un golpe en la nuca con su mano abierta—. ¡Ándale! Estás en medio de la carretera rural ¡porque no te alcanzó para las casetas! Aquí pasan muchos camiones. Alguno se va estrellar con nosotros. ¿Se te acabó la gasolina o quieres que maneje yo?

Sí. Se me había acabado la gasolina. Y sí. Quería que manejara ella… O mejor dicho, que siguiera haciéndolo. Yo ya no tenía ganas de nada. Mi naturaleza introvertida había derivado en desmoralización enfermiza. Alcancé a protestar:

—Me quitaste las ganas de viajar.

A Julia-Barbie le gustaba reñir dando garrotazos. Yo solía recibir sus reclamos con la indiferencia de quien vive junto a las vías y escucha el ruido reincidente del tren. Pero esa vez sentí que mi sangre se calentaba.

Murmuré:

—Yo soy doctor y creo saber lo que tú tienes; se llama trastorno límite de la personalidad. Necesitas atenderte.

—No me estés diagnosticando, aquí no eres médico, eres mi marido.

—A ver —caí en su juego—. Te traigo de vacaciones. Busco tener tiempo libre para ti. Hago lo mejor que puedo por mi familia.

—¿Esto es lo mejor que puedes? ¿Vacaciones en un pueblo cerca de la ciudad para no gastar en avión?, ¿viajar en una carcacha vieja? ¿Tiempo libre porque te estás escondiendo de la policía? Benjamín, eres un cirujano fracasado. Cometiste negligencia médica. ¿En qué rayos pensabas? Te van a quitar la licencia. Te van a vetar. Ni siquiera tu papá te va a poder contratar. Y no vas a tener dinero ni para pagarle a la enfermera. Porque el dinero que teníamos lo perdiste en la bolsa de valores; no sabes invertir. Eres un pésimo administrador, un pésimo doctor. Un pésimo hombre.

El resumen de mi esposa era certero. Y cruel. También repetitivo. Podía componer el himno al marido fracasado. Siempre usaba los mismos versos. Pero esa vez me provocaron un efecto inverso al habitual. Mi sangre siguió subiendo de temperatura y comenzó a quemarme las arterias. Resoplé como un toro de lidia que está a punto de romper los maderos del redil.

Majito logró desabrocharse el cinturón, abrió la puerta, salió y echó a correr. Por fortuna no venía ningún auto en la carretera.

Julia saltó de su asiento y fue tras la pequeña. La tomó del cabello y la arrastró al coche de vuelta.

—Eres idiota —le dijo; no era una pregunta—. Pero no hagas idioteces. Te pueden atropellar.

—Me quiedo i con Ada. Ya la vi. Está allá…

—Pues no te vas a ir con ella, niñita. Yo soy tu madre y te acostumbras a mí.

Majito volvió a tomar la manija y quiso salir. Esta vez un camión de volteo nos rebasaba justo al momento en el que iba a abrir la puerta. Julia alcanzó a detenerla y la zarandeó.

—Te acabo de salvar la vida, estúpida —y comenzó a castigarla con una lluvia desmedida de golpes.

4

Cabe agregar

Dos reflectores se encendieron apuntando al escenario. Me cubrí los ojos. ¿Qué clase de humillación era esa? ¿Un circo romano moderno? ¿Los leones me devorarían ante la mirada insidiosa de mis colegas? El anfiteatro semicircular estaba lleno. Al frente había un podio de madera, una mesa de honor y una silla central, donde estaba yo, el acusado. Volteé a ver a la audiencia. Debían de ser más de ochenta médicos. ¿Qué hacían ahí, mirándome con morbo disfrazado de interés? ¿Acaso los pacientes de todos ellos habían decidido tomarse un receso?

—Buenos días —el doctor Olegario, detrás del podio, hacía las veces de coordinador—. Les damos la bienvenida a los magistrados del Cuerpo Colegiado de Médicos Cirujanos.

Fueron entrando uno a uno. Debían ser ocho o diez. La luz me deslumbraba. Olegario mencionó el nombre de todos, golpeó con el mazo, dijo la fecha y hora, y tiró a matar (a matarme).

—Hacemos la presente asamblea extraordinaria con el fin de analizar la viabilidad de que el doctor Benjamín José Benítez, aquí presente, pueda seguir ejerciendo como cirujano. El doctor Benítez enfrenta un cargo de negligencia médica por haber realizado una laminectomía en la vértebra lumbar equivocada, cortando, además, en exceso, las articulaciones facetarias, sin haber realizado la artrodesis instrumentada necesaria, provocando al paciente inestabilidad lumbar aguda; el paciente tuvo que ser operado de nuevo por otro cirujano, el doctor Avellaneda, para que le fuera extirpada la lámina vertebral correcta e insertadas placas metálicas entre los cuerpos vertebrales que el doctor Benítez lesionó.

Los asistentes dejaron de cuchichear y pusieron atención.

Olegario continuó, disfrutando la exposición de mis errores.

—Al hospital le fueron exigidos cien mil dólares como indemnización; cantidad que ya ha sido pagada en parte por el seguro. Sin embargo, el juez delegó a este Honorable Cuerpo Colegiado la decisión de retirarle, o no, la licencia al doctor.

Había quedado claro, pero Olegario añadió un “cabe agregar” totalmente innecesario.

—Cabe agregar, por otro lado, que el doctor Benítez estuvo involucrado en el accidente automovilístico en el que falleció su esposa, y está siendo procesado por el cargo de homicidio doloso. La investigación continúa; y mientras tanto, el doctor Benítez se halla bajo medida cautelar.

Se levantó una oleada de murmullos acusatorios. Los médicos se dieron cuenta de que pocas personas podían llegar a tener tantos y tan graves problemas a la vez. Solo me faltaba que la Pacha Mama decidiera lanzarme un rayo saliendo de ahí.

Volteé a ver el auditorio. Ni los magistrados del Colegio, ni mis colegas hipócritas, censuradores de todo el que se equivocaba (como si ellos jamás se equivocaran), me darían el indulto. Olegario hizo las veces de fiscal y me confrontó:

—¿Tiene algo que decir?

Hice lo más fácil e innoble. Culpar a otros.

—Las enfermeras, el anestesista y el cirujano asistente fueron quienes prepararon al paciente. Ya estaba todo dispuesto cuando yo llegué.

—¿Quiere decirnos que usted no es responsable?

—Quiero decir que hay otros responsables.

Carlos Lisboa pidió la palabra para defenderme:

—El Honorable Cuerpo Colegiado debe saber que el paciente del doctor Benítez padecía estenosis espinal. Tenía la raíz nerviosa comprimida en el espacio intervertebral cuya lámina el doctor retiró. Esto significa que es altamente probable que también necesitara el procedimiento en ese nivel…

El doctor Olegario refutó:

—Los estudios preoperatorios no indican eso… El doctor Benítez se equivocó de vértebra. Y además, se equivocó en el procedimiento mismo.

Ante la obviedad de una defensa perdida y despoblada, mi amigo Lisboa hizo el último intento de apoyarme.

—Muchos cirujanos ortopedistas llegan a tener un episodio de cirugía en sitio erróneo. El doctor Benítez no es el primero ni será el último…

—Entendido. Pasen por favor los siguientes testigos —leyó el nombre de enfermeras, ayudantes de quirófano y médicos que me conocían.

Los declarantes dijeron que mi equipo de preparación no tuvo la culpa de la cirugía mal hecha. Que el único responsable había sido yo. Algunos completaron: “quizá no revisó el consentimiento informado del paciente, ni la historia clínica”, “se confundió de vértebra”, “suele ser distraído”, “olvida sus citas”, “no mide sus tiempos”, “tiene problemas personales”, “después de su accidente en carretera está como ido”, y Yésica, agregó: “pero es buena persona”.

Olegario abrió el micrófono a la audiencia. Algunos colegas de especialidad me defendieron. Dijeron que yo era un cirujano sobradamente capaz, que a pesar de ser el más joven del grupo, tenía fama de ser muy bueno en el quirófano; algunos acotaron que, además, provenía de una familia de médicos con altísima probidad moral.

Después de las disertaciones, los directivos pidieron unos minutos para ponerse de acuerdo. Eché un vistazo a los colegiados. Lo pude detectar: iban a acabar conmigo.


Carlos Cuauhtémoc Sánchez

DESCALABRADOS

Se necesita algo más que sangre para ser familia

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

DESCALABRADOS

Se necesita algo más que sangre para ser familia

Su padre lo lastimó. Perdonarlo, le era imposible. ¿Se puede volver a empezar cuando todo se ha roto?

Marco tiene la vida ideal: muchos seguidores, medallas deportivas y una novia extraordinaria, hasta que una mala jugada de su padre lo expone frente a todos como un fraude. Y se rinde.

La música y el amor de una mujer querrán rescatarlo.
El rencor y un padre ausente amenazarán con hundirlo.

DESCALABRADOS es una novela intensa. Familiar. Única. Necesaria. Donde el perdón es el protagonista.
Uno de los libros más conmovedores del autor.

1

CAMBIO

 

Era de noche. La luz medrosa de una lámpara ambarina dibujaba vagamente la sombra de los muebles. Al fondo había un piano de media cola; detrás de él, sollozaba una mujer agachada con el cabello largo cubriéndole la cara.

Se escuchó el sonido de un acorde; do menor, largo, sostenido. Después, escalas de una melodía triste.

Las composiciones de Farah, complejas y penetrantes, lograron ser famosas años atrás. Sin embargo, cuando su familia estalló en mil pedazos, ella dejó de hacer presentaciones públicas, y abandonó su carrera de celebridad para enfocarse en la carrera ancestral de supervivencia.

Siguió tocando. Se limpió las lágrimas que, de tan profusas e insistentes, le habían marcado las mejillas como un leve tatuaje de amargura.

Yo no puedo apostarle más a este amor gastado y vacío; ya no tengo motivos de buscar en tus ojos alguna luz; es ridículo fingir que está todo bien si a mi voz no tienes oídos.

Interpretó la canción dejándose llevar por una combinación de pena (al saberse protagonista) y gozo (por haberse dado el tiempo de estar frente al piano otra vez). Aunque la vida la había obligado a alejarse de la música, siempre luchaba por regresar a ella como el pez confinado que busca desesperadamente nadar en aguas frescas.

Se agachó de nuevo sobre el teclado; pensó:

“Es increíble cómo puede cambiar la vida, las cosas son de una forma y de pronto son de otra. Los familiares mueren, la gente viaja, los exitosos caen, los famosos son olvidados, los amores se van. Hay estudiantes que se embarazan y todo cambia. Hay maridos que son infieles o cometen fraudes y todo cambia. Alguien sano sufre un accidente y todo cambia. ¡Pobre de aquel que se aferra! El cambio es lo único constante. Pero el cambio angustia. Nos hace coleccionar hubieras. Si hubiera hecho; si hubiera dicho, si no hubiera confiado, si hubiera llegado a tiempo, si no hubiera estado ahí, si hubiera sabido. Los hubieras nos anclan a un pasado que ya no existe, nos paralizan mentalmente perpetuando lo que quisiéramos haber hecho o dejado de hacer antes del cambio para que no sucediera ese cambio”…

Absurda soledad. Maldita soledad; que me ha tenido aquí, más de lo que debía soportar. Farsante soledad. Perversa soledad. Miente al decirme que necesito de ti.

     En esa casa había cambiado todo. Y los hubieras perseguían a Farah como un porfiado y feroz enjambre de avispas.

Levantó la cabeza tratando de aguzar el oído.

¿Había ruidos en la calle? ¿Alguien estaba entrando a la casa? ¿Sería Marco Polo, al fin?

Miró el reloj. Se asomó por la ventana; apretó los dedos; volvió a sentarse.

Eran las tres de la mañana y su hijo no había llegado todavía.

 

 

2

EL ANTRO

 

Marco Polo terminó de repartir las últimas dosis de la jornada. Fue una buena noche. Vendió veintidós empanaditas con pasta soñadora.

Se acercó al encargado del bar y le pagó la cuota acordada. Lo hizo, como siempre, poniendo sobre la barra un estuche de gafas con el dinero adentro.

—Aquí te dejo tus lentes. Para que veas. Los clientes están felices.

—Gracias. Hoy nos fue bien. —El cantinero tomó el estuche de anteojos y lo guardó en su cajón—. No como otras veces que nos llenamos de niños o señores ochenteros que no gastan nada.

—Sí. —La alegría colectiva entre música y luces era inmejorable—. Creo que también les fue bien al Cuervo y al Raro. ¿Ya te entregaron cuentas?

—Seguro no tardan. Ellos sí mueven billetes. ¿Y tú, Marco, por qué no vendes cosas más fuertecitas?

—Cada quien se especializa en algo —contestó amigable y sonriente como siempre—. Yo prefiero lo menos peligroso. Me da suficiente. Lo que necesito.

Aprovechando su amabilidad, el cantinero preguntó:

—¿Y cómo le haces para que tu mota no huela y no te descubran? No sé si me quieras ayudar… Yo siempre he querido tener otros ingresos.

Marco volteó para todos lados como dispuesto a decir en susurro su secreto. Aunque tenía poco tiempo en ese negocio, había encontrado una veta de ingresos muy creativa:

—La primera regla es que si vendes droga no debes consumirla. La segunda es que debes escoger bien tu mercancía. Recuerda que somos comerciantes. Hay cosas muy adictivas que matan a tus clientes y te ponen en mucho riesgo. Se necesita ser suicida para vender lo que venden el Cuervo y el Raro. Yo renuncié a eso. Escogí lo más inofensivo; Mary Jane es hasta legal en muchos sitios. La clave para que no te agarren es no meterse en temas de humos y vapores apestosos; yo compro la hierba en crudo, la descarboxilo y hago una pasta concentrada que meto a las miniempanadas; vendo de queso, carne, rajas y mermelada; son pequeñas pero están bien cargadas. Una sola equivale a cinco porros. —Se acercó al cantinero y le convidó su máximo secreto—. También hago (bajo pedido) empanadas especiales a las que les muelo setas deshidratadas.

—Eres un cabrón, Marco Polo.

—Me sobraron tres —puso una bolsa de plástico sobre la barra—. Te las dejo.

El cantinero la recogió de un zarpazo.

De pronto se escucharon gritos. Personas discutiendo; gente tirando mesas y sillas. Aunque la música acallaba el alboroto, Marco supo que estaba sucediendo algo peligroso. Echó un vistazo a la entrada. La policía había detenido a varios de los clientes y volteaban alrededor como buscando entre la multitud alguien más a quién acusar.

Marco caminó rumbo a la salida de emergencia. Encontró al Cuervo y al Raro, sus proveedores, agazapados en un recoveco del pasillo.

—Nos cayó la tira pesada —dijo el Cuervo.

—Pues vámonos por la puerta de atrás —sugirió Marco.

—No se puede —aclaró el Raro—. Ya me asomé. También hay policías. Parece que van a hacer un cateo. ¿Te sobró mercancía?

—No. La vendí toda.

El Cuervo era jefe de todos los narcomenudistas; fungía como intermediario entre la mafia alta y los soldados rasos. Su apodo hacía referencia a su astucia y mala cara. Metió la mano a una mochila que llevaba colgada al hombro.

—Tú eres nuevo. La policía no te conoce ―le dio un paquete del tamaño de una naranja―. Guárdanos esto.

Marco miró el contenido. Su vendedor de hierba y hongos era también distribuidor de cocaína, heroína, LSD, éxtasis, poppers y otras cosas. Marco se puso pálido. En el paquete había de todo.

―Yo no cargo droga mala. Ya lo sabes.

—Cállate, y obedece.

—Si me agarran con esto, me va a llevar la fregada.

—Te va a llevar de todas formas ―el Cuervo le puso una pistola en el cuello―, si no nos obedeces.

Se quedó quieto, incrédulo, aterrorizado. Comenzó a temblar; toda su valentía fingida se había esfumado. Tomó la bolsa tiritando y se le cayó al suelo. Salieron rodando algunas rocas y pastillas. Se agachó a recogerlas. El Cuervo lo encañonó en la nuca.

—Si pierdes una maldita tacha te la vamos a cobrar con tus ojos. ¿Oíste?

Marco era un joven alto; en los últimos años, el sedentarismo le había hecho ganar peso. Tenía el cabello largo y una barba rala desaliñada. Parecía luchador callejero de judo. Pero ahí en el suelo, a gatas, recogiendo droga, se veía pequeño, como niño regañado. Recuperó todo y se puso de pie despacio. En un acto desesperado de defensa, protestó:

—Deja de apuntarme con la pistola, Cuervo. Yo soy amigo.

—Vamos a calmarnos —el Raro adoptó un tono más condescendiente—. Disimula, Marco. Si te calmas no va a pasar nada. Nosotros somos los que estamos quemados aquí. Tienen nuestras fotos. Nos andan buscando. Sepárate. Fíjate en lo que vamos a hacer. Cuando se arme la bola de gente te metes en medio y salimos con todos.

—¿Cuál bola de gente? —Se pasaba el paquete con droga de una mano a otra como si le abrasara las palmas—. ¡Están revisando a uno por uno en la puerta! ―En su nerviosismo, volvió a dejar caer la bolsa.

—¡Imbécil! —El Cuervo le dio un golpe en la cabeza con la cacha de la pistola.

Se desmayó.

 

 

3

LA SALA

 

Llegó a casa.

Le costó trabajo abrir la puerta.

Para su sorpresa, encontró la luz encendida.

Al fin a salvo.

Fue directo a la sala. Revisó debajo del sillón principal entre la borra y los resortes para cerciorarse de que todo estaba en su lugar. Había guardado ahí una bolsa de marihuana. Se sentó encima. Cerró los ojos un instante y acarició la vieja tela aterciopelada. Mal que bien era su casa.

—Ya pasó todo. —Se consoló a sí mismo—. ¡Estuvo cerca!

Miró alrededor. La sala era un recinto escueto, con pocos muebles; dos sillones de tela carcomidos por años de uso metódico, una mesita circular de encino, dos lámparas largas que perdieron su verticalidad, y un librero color chocolate, cacarizo, entre cuyos hoyuelos se podía entrever su horrendo color amarillo original. Al fondo estaba el piano de su madre; sobre el piano había una pequeña escultura de plata en forma de un salmón saltando; junto al piano, una mesa de trabajo para la computadora de su padre.

La familia entera solía reunirse por las noches en esa sala. Eran bohemios por naturaleza. Antes, su madre tocaba el piano y componía; Marco tocaba la guitarra y hacía pequeños arreglos musicales; su hermana pintaba caricaturas sobre la mesa circular, y su padre, usando audífonos, trabajaba obsesivamente programando sistemas de seguridad cibernética en la computadora. Pero ahora todo había cambiado. Su padre ya no vivía con ellos, su hermana ya no pintaba caricaturas y su madre cada vez tocaba menos el piano.

Casi como si fuera una broma macabra, se escuchó el golpe del teclado y las notas de una melodía triste. Marco Polo sintió un escalofrío. Detrás del piano, entre las sombras, emergió la figura de una mujer con el pelo largo tapándole la cara. Tocaba con una furia contenida que había derivado en decepción, casi agotamiento. De pronto dio un golpe abrupto a las teclas como para indicar que el concierto había terminado antes de comenzar.

—Me asustaste, mamá. ¿Qué haces despierta?

—¿Por qué apagaste el celular?

Escondió el teléfono en un movimiento instintivo.

—No lo apagué. Se me acabó la batería.

—A ver. Déjame verlo.

Farah se levantó y fue hacia él. Se veía ojerosa y despeinada.

—¿Qué haces, mamá? No me toques. El celular es personal.

—¿Estás borracho?

—Mucho. ―Hizo un ademán ridículo fingiéndose mareado―. ¡Claro que no!

—Quedamos en que llegarías a la una de la mañana, máximo. Lo pactamos. Y fallaste. Mentiste. Desactivaste tu ubicación a las once, dejaste de contestar mis mensajes a las doce, apagaste tu celular a la una. Y, mira la hora, ¡llegaste a las cuatro y media!

Sonrió con incredulidad mordaz.

—¿Me vigilas minuto a minuto? ¿Por qué no te metes a trabajar de detective? Eres una anciana de cuarenta y cinco años. No puedes pasártela revisando la aplicación que marca dónde estoy.

—Pues a las ancianas como yo nos gusta mucho más estar dormidas a esta hora.

—¡Es lo que yo digo! ¡Vete a dormir!

—Demuéstrame que tu celular no tiene batería…  o te voy a romper la cabeza.

—¿Me vas a romper la cabeza?… —Se rio de ella—. Si haces eso acabarás en prisión. Y todos dirán que eres una loca que asesinó a su hijo tratando de quitarle el celular.

Su sarcasmo parecío mitigar un poco la ira de su madre. Sin dejar de ser enérgica, amenazó tomando con las dos manos el centro de mesa: una densa piedra de mármol en forma de mango; la levantó siguiendo el juego de arrojársela a su hijo.

Algo terrible les vino a la mente. Ambos se quedaron paralizados.

Ella se disculpó.

—Perdón. —Y devolvió el pesado adorno a su lugar.

Pero un recuerdo nítido y doloroso acababa de pasmarlos como una viscosa niebla: no podían alejar la imagen del padre de Marco borracho, llorando en ese sillón de la sala, bañado en sangre por haberse golpeado él mismo con la pieza de mármol.

 

 

4

APLASTADOS

 

El desmayo de Marco duró apenas unos segundos; había caído sobre el paquete de droga.La música del antro continuaba a todo volumen. A pesar del operativo policiaco, los administradores del bar se esforzaban por mantener las apariencias.—Dame eso. —El Cuervo le arrancó la bolsa con mercancía y volvió a meterla a su mochila—. Vas a acabar perdiéndolo. O te van a agarrar. Eso me pasa por asociarme con pendejos. —Se giró para hablar con el Raro—. Vamos a echar el aparato ya.Marco Polo se quedó en el suelo con la mano en la cabeza. Desde ahí pudo ver cómo el Raro tomaba la mochila mientras el Cuervo hurgaba en el interior como un mago que busca en su chistera al conejo que se le ha escondido. Entre los dos, al fin lograron armar una especie de granada. El Cuervo la extrajo cuidadosamente con ambas manos y la arrojó sobre la pista de baile.Hubo una explosión.

 

El lugar se llenó de humo picante. La gente empezó a toser y a gritar. Cayeron al suelo mesas, sillas, vasos con bebidas, botellas. Hasta entonces los encargados ordenaron apagar la música.

Marco Polo se puso de pie con una mano en la cabeza, corrió hacia la entrada y se apretujó con la multitud que pugnaba por salir.

Había muy poca visibilidad.

Los gritos continuaban. La gente se estaba aplastando. Si no desbloqueaban la puerta pronto, iba a haber muertos por asfixia.

La policía, afectada también por el gas picante, al fin liberó la salida.

Decenas de jóvenes salieron a empujones. Varios se tropezaron y fueron aplastados por la multitud.

Marco vio cómo una chica se tropezaba y caía en frente de él. Quiso detenerse para ayudarla a levantarse, pero la turba lo empujó y pasó encima de ella. La oyó gritar mientras la trituraban a pisotones.

Se escuchó la sirena de emergencia del edificio.

Logró salir.

En la calle todo era confusión. Estaban llegando patrullas y ambulancias.

Había dejado estacionada su motocicleta del otro lado de la acera. Se montaría en ella y saldría a toda velocidad. Metió las manos al bolsillo buscando las llaves. Se detuvo en seco. Al pie de su moto había varias personas sentadas sobre la acera tratando de recuperarse de los empujones y el gas picante. Algunos paramédicos empezaban a asistirlos. Dudó. Quería escapar cuanto antes. Pero tendría que pedir permiso de paso a muchas personas. Además, en el maletero de su motocicleta había algunas empanadas con marihuana y la moto en sí era demasiado llamativa: BMW, doble propósito de mil doscientos centímetros cúbicos; regalo de unos tíos ricos.

Un policía parado junto a la moto comenzó a revisarla y le tomó fotografías a la placa. Marco se llenó de temor. Acababa de registrarla con el domicilio exacto de su casa.

Los gritos continuaban.      Algunos clientes y empleados del bar habían sido inmovilizados. Estaban con las manos arriba, pegados a la pared mientras la policía los inspeccionaba. Marco logró identificar entre los detenidos al cantinero del bar y al Raro.

Una de las patrullas recién llegadas encendió la sirena; se escuchó la voz autoritaria de un agente en el megáfono:

—Todas las personas que acaban de salir del edificio tienen prohibido retirarse. Se está llevando a cabo una inspección de narcóticos.

El anuncio fue suficiente para que muchos de los que estaban afuera, tosiendo y quejándose, echaran a correr. Marco aprovechó que varios policías fueron detrás de los fugitivos para escabullirse también. Lo hizo caminando con disimulo. Pero apenas llegó a la esquina, corrió con todas sus fuerzas. A pesar de ser casi las cuatro de la mañana había autos circulando en la avenida principal. Buscó un taxi. Volteó alrededor. Era mala idea. Varios de los prófugos también andaban a la caza de un taxi. En cuanto apareciera el primero, le caerían encima como leprosos que quieren ser sanados.

Encendió el celular. De inmediato le llegaron varios mensajes atrasados de su madre con notificaciones audibles superponiéndose entre sí como un tamborileo de reproches.

Abrió la aplicación de Uber. Un autito apareció en el mapa a cinco minutos de distancia. Respiró tratando de calmarse. Fueron los cinco minutos más largos de su vida. En cuanto se subió al coche, volvió a apagar el teléfono. No quería arriesgarse a que a su mamá le sonara también algún aviso de que su hijo estaba de nuevo en línea.

Llegó a su casa.

Le costó trabajo abrir la puerta.

Para su sorpresa, encontró la luz encendida.

Al fin a salvo.

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

EMERGE O MUERE

Lo había perdido todo, solo tenía dos opciones

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

EMERGE O MUERE

Lo había perdido todo, solo tenía dos opciones

El doctor Benjamín comete un error en el quirófano, y enfrenta cargos por negligencia médica.

Abrumado por la frustración, ocasiona un accidente automovilístico en el que fallece su propia esposa. Es acusado de asesinato y le retiran la custodia de su hija. Ahogado en depresión, encuentra a una vieja amiga que lo hace comprender: La vida da muchas vueltas y el mundo cambia a pasos agigantados. Emerge o muere.

UNA HISTORIA CONMOVEDORA
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Esta novela nos presenta las bases del revolucionario programa de entrenamiento M.E.R. (MENTE ENFOCADA A RESULTADOS) del MÉTODO TIMING. La nueva ciencia para ganar DINERO, PRESTIGIO Y FORTALEZA.

1

Me pusieron esposas

 

Estoy detenido en un cuarto cerrado junto a las oficinas de ingreso al reclusorio. Pero sigo en las oficinas. Las paredes están hechas con paneles de yeso. No son herméticas. Escucho el ruido de personas hablando afuera. Mi cárcel temporal es de escasas dimensiones: cuatro metros cuadrados a lo sumo. Hay un escritorio viejo y una silla secretarial desvencijada.

El guardia abre mi puerta y ordena con sobriedad:

—Acompáñeme, doctor.

Voy tras él. Si yo fuese un prisionero peligroso, aprovecharía para atacarlo por la espalda. Pero no lo soy; y él lo sabe. Quizá hasta sienta lástima por mí.

Me hace pasar a una recepción cerrada a los costados y abierta al público a través de un mostrador. Si yo fuera un detenido proclive a la fuga, aprovecharía para saltar la repisa y salir corriendo hacia la calle. Pero no lo soy; y él lo sabe.

—Lo dejo unos minutos con su visita, doctor.

—Gracias, oficial.

Del otro lado del podio se encuentra Azul.

—Amiga —le digo—, gracias por estar siempre conmigo. En las buenas y en las malas.

Nota el enrojecimiento de mis muñecas.

—¿Te amarraron?

—Me pusieron esposas.

—¡Esto es injusto! ¡Increíble! ¿Quiénes se creen para tratarte así? Eres un médico cirujano importante. Tienes más educación que todos los que están en este edificio. Necesitas decir tu verdad.

—Para eso está mi abogado.

—De acuerdo, pero nadie puede abogar por ti mejor que tú mismo. Es uno de los principios que aprendimos —recita—: lo peor que puedes hacer cuando alguien te ataca, es esconderte. Ningún representante podrá defender mejor tu nombre que tú. El valor que te distingue se llama prestigio. Igual que el dinero, te lo pueden robar. Igual que el dinero, lo puedes recuperar.

Sus manos aprietan las mías con un fuerte temblor de azoramiento. Percibo en sus palabras exhortativas la frustración de alguien que no sabe cómo ayudar.

—¿Qué me sugieres, Azul?

—Explícale al mundo lo que sucedió, desde tu perspectiva. Yo testificaré a tu favor. Y mi palabra tiene peso. Pero no soy tan elocuente. Tú sabes expresarte desde el fondo de tu corazón sin perder la objetividad. Es un don peculiar —me acaricia el brazo—. Solo vine a eso. A pedirte, a suplicarte que escribas tu versión de los hechos; relata por lo que has sufrido los últimos meses. Incluso lo que has aprendido. Pronto se definirán las cosas, y te darán el derecho a declarar.

Observo a mi amiga. El reborde de sus párpados se ha colmado de lágrimas contenidas. La plataforma del mostrador me impide abrazarla, pero no me impide tomar sus manos para llevarlas a mi boca y besarlas.

—Está bien, Azul. Voy a hacerlo.

—Traje tu libreta de apuntes, y el libro con el resumen del programa. No sé si vas a estar aquí detenido dos días o cinco más, ¡pero aprovecha este tiempo, por favor! Estudia, escribe. Mientras tanto nosotros seguiremos trabajando con los abogados. Espero venir pronto a traerte buenas noticias.

—Gracias, amor. Aquí te espero.

 

2

Todo puede complicarse

 

Sentado en el sillón de mi oficina permanecí estático mirando el documento y  tratando de recuperar al menos el reflejo natural de la respiración.

Me habían acusado de homicidio.

Estaba siendo procesado bajo caución, y ahora, el juez había ordenado que, de manera temporal, me fuera retirada la custodia de mi hija.

No podía asimilarlo. Ni aceptarlo. Volví a leer el penúltimo párrafo de la sentencia provisional tratando de encontrar algún resquicio de anacronismo.

Mediante pliego consignatorio en el que se ejercitó acción penal en contra de Benjamín José Benítez Calvo, por su probable responsabilidad en el delito de HOMICIDIO DOLOSO de su señora esposa, Julia Soberón Domínguez, y encontrándose en investigación su posible inestabilidad emocional, el presente Juzgado de Primera Instancia, dicta la orden de retirarle provisionalmente al procesado la custodia de su hija menor Mari Jose Benítez Soberón.

Una comisión de fuero familiar, acompañada por representantes de Derechos Humanos y policías, había ido a mi casa a recoger a la niña. Mi estrellita ahora estaría con su nana, en casa de mi suegra…

Sonó el teléfono de mi escritorio. Lo dejé repiquetear hasta que la llamada se extinguió. Seguía sin poder moverme. Poco después, alguien tocó a mi puerta. Tampoco contesté. Yésica se asomó, sigilosa.

—Lo busca el doctor Carlos Lisboa.

—Déjelo pasar.

Mi mejor (quizá único) amigo en el hospital entró a toda velocidad.

—Benjamín —me dijo—, te están esperando. La asamblea para dictaminar tu licencia de médico está por comenzar.

—Ya no me importa. Mira esto.

—¿Qué es?

—Me quitaron a mi niña.

—¿Cómo? ¿Por qué? —Lisboa razonó tratando de apaciguarme—. Cuando uno de los padres falta, el otro conserva la patria potestad de los hijos.

—No si el sobreviviente está acusado de homicidio y se considera emocionalmente inestable.

—Benjo. Buscaremos apelar. Siempre se puede hacer algo. Por lo pronto tienes que bajar al auditorio. Rápido. O todo se te puede complicar.

—¿Más?

—Sí. Más todavía.

Pero yo seguía anclado a mi silla y a mi dolor.

—¿Sabes a quién le asignaron la custodia de mi estrellita?, ¡a la mujer que me está demandando, y quiere meterme a la cárcel!

—Tu suegra cree que mataste a su hija.

Me puse de pie y encaré a mi amigo.

—No vuelvas a decir eso, ¿me oíste? Mi esposa murió en un accidente. ¡Y también el accidente fue por culpa de mi suegra!

—Benjo, tranquilízate. Tal vez tengas razón. Pero dentro de unos minutos te van a juzgar por algo completamente distinto. Algo de lo que solo tú eres responsable: nadie más que tú se equivocó en el quirófano. 

Apreté los puños con rabia contenida. Algún día se sabría la verdad. Porque hasta mis errores en el trabajo médico provinieron de la distracción crónica que me produjo un matrimonio disfuncional.

—Vamos…

 

3

Eres idiota, pero no hagas idioteces

Conducía en carretera. En el asiento de atrás iba nuestra hija Mari Jose de nueve años, dormida. Le decíamos Ma-Jo o Majito. Una niña dulce, cariñosa, con una sed insaciable de amor. En el asiento de adelante iba mi esposa. Rubia, de ojos claros y cuerpo perfecto. Trabajaba como modelo de ropa, tenía una vida superficial y frecuentaba a amigos divos con los que yo no congeniaba. Aunque se llamaba Julia, le gustaba que le dijeran Barbie.

—Procuremos estar contentos, Barbie —le sugerí—; hicimos este viaje para darle oxígeno a nuestro matrimonio.

—¿Y entonces por qué diablos invitaste a la nana?

—Ya sabes. Para que cuide a Majito por las noches; así podríamos salir a cenar o a bailar.

—No me hagas reír, Benjamín. A ti no te gusta bailar. Y Majito quiere más a la maldita nana que a mí. 

—¿Por qué crees? —eché leña a un fuego que convenía sofocar—. ¿No te has dado cuenta de que la nana cuida y protege a la nena desde que nació, mientras que tú solo la maltratas? 

—No digas estupideces, Benjamín. Yo no la maltrato. La educo.

—Es una niña con discapacidad.

—¿Y qué? ¿Por esa razón vas a dejar que sea una malcriada? ¡También a los niños con discapacidad se les instruye! Pero su padre es un pelele que nunca le dice nada, y después de trabajar prefiere llegar a platicar con la nana.

—Cálmate, Julia.

—No me calmes, carajo. Y no me digas Julia. Tú eres amante de Ada. Por eso la traes a todos lados.

Esto sobrepasaba mi entendimiento. ¿Por qué una mujer con un físico tan bello (aunque no podía decirse lo mismo de su alma) podría estar celosa de una enfermera veinte años mayor?

—Ada es una buena mujer, que ama a nuestra hija.

—Dile que se regrese. ¡No la quiero en este viaje!

—¿En qué te afecta, mujer? Viene manejando su propio auto. Y va a dormir en una habitación separada. No te va a estorbar, pero en cambio, si se ofrece, te puede ayudar.

Mi esposa subió el volumen de la voz.

—¿Se supone que no tenemos dinero y le vas a pagar a la nana hotel, viáticos y sueldo? 

—¡Sí! Es un seguro de tranquilidad. Y los seguros cuestan. Tengo miedo de que te exasperes con Majito.

—Otra vez la burra al trigo. La niña llora conmigo porque yo le exijo que se esfuerce más y se comporte bien.

—Tiene síndrome de Down.

—¿Y eso qué? Deja de justificarla. Mejor ayúdala a ser más funcional. ¿Cómo vamos a lograr avances, si siempre está, en medio, la nana consentidora?

Escuchamos un sollozo en el asiento de atrás. Majito se había despertado y había caído en la cuenta de que ella era el motivo de nuestra pelea. 

—Duérmete, estrellita —le dije.

—¿Dónde ta Ada? —preguntó con su particular pronunciación dificultosa—. Me quiedo i con Ada.

—¡Te lo dije, Benjamín! Deshazte de esa criada que viene siguiéndonos.

Disminuí la velocidad y detuve el auto.

—¿Por qué te paraste?

—Voy a hablar con ella. Es lo que quieres ¿o no?

—¡Pero busca un lugar seguro! Aquí es peligroso.

Ada detuvo su auto compacto detrás del nuestro y se apeó para preguntarnos si todo estaba bien.

Bajé la ventanilla y le dije:

—¿Puede llevarse a Majito en su coche? Mi esposa y yo estamos un poco alterados.

La niña comenzó a gritar el nombre de su nana, pidiéndole los brazos. Quité los seguros. Ada abrió la portezuela y comenzó a desabrochar el cinturón de Majito.

—No te atrevas a tocar a mi hija —le dijo Barbie—. Déjanos en paz. Estamos arreglando un asunto familiar.

Ada volteó a verme, apremiada por rescatar a la niña, pero sin saber a cuál de sus patrones obedecer.

—Déjenos un momento, por favor.

La nana asintió con un rostro ensombrecido por la angustia, cerró la puerta despacio y volvió a su auto. Majito gritó y berreó con todas sus fuerzas.

—¡Ya cállate, niña! ¡Y tú acelera, carajo! —Julia-Barbie me dio un golpe en la nuca con su mano abierta—. ¡Ándale! Estás en medio de la carretera rural ¡porque no te alcanzó para las casetas! Aquí pasan muchos camiones. Alguno se va estrellar con nosotros. ¿Se te acabó la gasolina o quieres que maneje yo?

Sí. Se me había acabado la gasolina. Y sí. Quería que manejara ella… O mejor dicho, que siguiera haciéndolo. Yo ya no tenía ganas de nada. Mi naturaleza introvertida había derivado en desmoralización enfermiza. Alcancé a protestar:

—Me quitaste las ganas de viajar.

A Julia-Barbie le gustaba reñir dando garrotazos. Yo solía recibir sus reclamos con la indiferencia de quien vive junto a las vías y escucha el ruido reincidente del tren. Pero esa vez sentí que mi sangre se calentaba.

Murmuré:

—Yo soy doctor y creo saber lo que tú tienes; se llama trastorno límite de la personalidad. Necesitas atenderte.

—No me estés diagnosticando, aquí no eres médico, eres mi marido.

—A ver —caí en su juego—. Te traigo de vacaciones. Busco tener tiempo libre para ti. Hago lo mejor que puedo por mi familia.

—¿Esto es lo mejor que puedes? ¿Vacaciones en un pueblo cerca de la ciudad para no gastar en avión?, ¿viajar en una carcacha vieja? ¿Tiempo libre porque te estás escondiendo de la policía? Benjamín, eres un cirujano fracasado. Cometiste negligencia médica. ¿En qué rayos pensabas? Te van a quitar la licencia. Te van a vetar. Ni siquiera tu papá te va a poder contratar. Y no vas a tener dinero ni para pagarle a la enfermera. Porque el dinero que teníamos lo perdiste en la bolsa de valores; no sabes invertir. Eres un pésimo administrador, un pésimo doctor. Un pésimo hombre.

El resumen de mi esposa era certero. Y cruel. También repetitivo. Podía componer el himno al marido fracasado. Siempre usaba los mismos versos. Pero esa vez me provocaron un efecto inverso al habitual. Mi sangre siguió subiendo de temperatura y comenzó a quemarme las arterias. Resoplé como un toro de lidia que está a punto de romper los maderos del redil.

Majito logró desabrocharse el cinturón, abrió la puerta, salió y echó a correr. Por fortuna no venía ningún auto en la carretera.

Julia saltó de su asiento y fue tras la pequeña. La tomó del cabello y la arrastró al coche de vuelta.

—Eres idiota —le dijo; no era una pregunta—. Pero no hagas idioteces. Te pueden atropellar.

Me quiedo i con Ada. Ya la vi. Está allá

—Pues no te vas a ir con ella, niñita. Yo soy tu madre y te acostumbras a mí.

Majito volvió a tomar la manija y quiso salir. Esta vez un camión de volteo nos rebasaba justo al momento en el que iba a abrir la puerta. Julia alcanzó a detenerla y la zarandeó.

—Te acabo de salvar la vida, estúpida —y comenzó a castigarla con una lluvia desmedida de golpes.

 

4

Cabe agregar

 

Dos reflectores se encendieron apuntando al escenario. Me cubrí los ojos. ¿Qué clase de humillación era esa? ¿Un circo romano moderno? ¿Los leones me devorarían ante la mirada insidiosa de mis colegas? El anfiteatro semicircular estaba lleno. Al frente había un podio de madera, una mesa de honor y una silla central, donde estaba yo, el acusado. Volteé a ver a la audiencia. Debían de ser más de ochenta médicos. ¿Qué hacían ahí, mirándome con morbo disfrazado de interés? ¿Acaso los pacientes de todos ellos habían decidido tomarse un receso?

—Buenos días —el doctor Olegario, detrás del podio, hacía las veces de coordinador—. Les damos la bienvenida a los magistrados del Cuerpo Colegiado de Médicos Cirujanos.

Fueron entrando uno a uno. Debían ser ocho o diez. La luz me deslumbraba. Olegario mencionó el nombre de todos, golpeó con el mazo, dijo la fecha y hora, y tiró a matar (a matarme).

—Hacemos la presente asamblea extraordinaria con el fin de analizar la viabilidad de que el doctor Benjamín José Benítez, aquí presente, pueda seguir ejerciendo como cirujano. El doctor Benítez enfrenta un cargo de negligencia médica por haber realizado una laminectomía en la vértebra lumbar equivocada, cortando, además, en exceso, las articulaciones facetarias, sin haber realizado la artrodesis instrumentada necesaria, provocando al paciente inestabilidad lumbar aguda; el paciente tuvo que ser operado de nuevo por otro cirujano, el doctor Avellaneda, para que le fuera extirpada la lámina vertebral correcta e insertadas placas metálicas entre los cuerpos vertebrales que el doctor Benítez lesionó.

Los asistentes dejaron de cuchichear y pusieron atención.

Olegario continuó, disfrutando la exposición de mis errores.

—Al hospital le fueron exigidos cien mil dólares como indemnización; cantidad que ya ha sido pagada en parte por el seguro. Sin embargo, el juez delegó a este Honorable Cuerpo Colegiado la decisión de retirarle, o no, la licencia al doctor.

Había quedado claro, pero Olegario añadió un “cabe agregar” totalmente innecesario.

—Cabe agregar, por otro lado, que el doctor Benítez estuvo involucrado en el accidente automovilístico en el que falleció su esposa, y está siendo procesado por el cargo de homicidio doloso. La investigación continúa; y mientras tanto, el doctor Benítez se halla bajo medida cautelar.

Se levantó una oleada de murmullos acusatorios. Los médicos se dieron cuenta de que pocas personas podían llegar a tener tantos y tan graves problemas a la vez. Solo me faltaba que la Pacha Mama decidiera lanzarme un rayo saliendo de ahí.

Volteé a ver el auditorio. Ni los magistrados del Colegio, ni mis colegas hipócritas, censuradores de todo el que se equivocaba (como si ellos jamás se equivocaran), me darían el indulto. Olegario hizo las veces de fiscal y me confrontó:

—¿Tiene algo que decir?

Hice lo más fácil e innoble. Culpar a otros.

—Las enfermeras, el anestesista y el cirujano asistente fueron quienes prepararon al paciente. Ya estaba todo dispuesto cuando yo llegué.

—¿Quiere decirnos que usted no es responsable?

—Quiero decir que hay otros responsables.

Carlos Lisboa pidió la palabra para defenderme:

—El Honorable Cuerpo Colegiado debe saber que el paciente del doctor Benítez padecía estenosis espinal. Tenía la raíz nerviosa comprimida en el espacio intervertebral cuya lámina el doctor retiró. Esto significa que es altamente probable que también necesitara el procedimiento en ese nivel…

El doctor Olegario refutó:

—Los estudios preoperatorios no indican eso… El doctor Benítez se equivocó de vértebra. Y además, se equivocó en el procedimiento mismo.

Ante la obviedad de una defensa perdida y despoblada, mi amigo Lisboa hizo el último intento de apoyarme.

—Muchos cirujanos ortopedistas llegan a tener un episodio de cirugía en sitio erróneo. El doctor Benítez no es el primero ni será el último…

—Entendido. Pasen por favor los siguientes testigos —leyó el nombre de enfermeras, ayudantes de quirófano y médicos que me conocían.

Los declarantes dijeron que mi equipo de preparación no tuvo la culpa de la cirugía mal hecha. Que el único responsable había sido yo. Algunos completaron: “quizá no revisó el consentimiento informado del paciente, ni la historia clínica”, “se confundió de vértebra”, “suele ser distraído”, “olvida sus citas”, “no mide sus tiempos”, “tiene problemas personales”, “después de su accidente en carretera está como ido”, y Yésica, agregó: “pero es buena persona”.

Olegario abrió el micrófono a la audiencia. Algunos colegas de especialidad me defendieron. Dijeron que yo era un cirujano sobradamente capaz, que a pesar de ser el más joven del grupo, tenía fama de ser muy bueno en el quirófano; algunos acotaron que, además, provenía de una familia de médicos con altísima probidad moral.

Después de las disertaciones, los directivos pidieron unos minutos para ponerse de acuerdo. Eché un vistazo a los colegiados. Lo pude detectar: iban a acabar conmigo.

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

LOS OJOS DE MI PRINCESA

José Carlos, un joven estudiante, halla en la figura de Sheccid el motivo para superar sus propias limitaciones y afirmar su madurez. En torno a estos dos personajes se suceden acontecimientos que nos permiten asomarnos al idealismo, al afán de perfección, pero también a los dramas y torturas interiores del mundo adolescente.

Sheccid es una niña-mujer llena de misterios, un personaje fascinante cuya belleza destructora esconde un terrible secreto; pero José Carlos, que la contempla como una musa y la mujer destinada, despliega un esfuerzo incesante para descifrarla y lograr conquistarla. El relato crece en intensidad en un poderoso vaivén que mantiene el interés a lo largo de todo el libro, hasta alcanzar un sobrecogedor dramatismo.

1

 

Lloviznaba.

Las clases en la secundaria habían terminado, y José Carlos caminaba sobre el pavimento mojado con la vista al frente sin inmutarse por la posibilidad de que la lluvia se convirtiera en aguacero.

Sentía miedo, pero también alegría. Su corazón latía de forma diferente. Estaba enamorado por primera vez.

Se preguntaba cómo se acercaría a la joven recién llegada a su colegio, compitiendo con tantos galanes desenvueltos. Él era tímido, introvertido, relegado por sus condiscípulos. ¡Pero soñó varias veces con esa chica! La imaginó y dibujó en su mente con tan obstinada reiteración antes de conocerla que ahora, cuando al fin la había encontrado, no podía permanecer escondido detrás del pupitre viendo cómo los conquistadores naturales iban tras ella.

Sus pensamientos se pusieron en pausa cuando un Datsun rojo se detuvo junto a él.

—¡Hey, amigo! —el conductor abrió el vidrio moviendo la manivela—. ¿Sabes dónde se encuentra la Escuela Tecnológica 125?

—Claro —contestó—, de allá vengo. Regrese por esa calle y después…

—Perdón que te interrumpa, pero necesito un guía. ¿Podrías acompañarme? Como un favor especial.

Percibió la alarma en su cerebro. Respondió casi de inmediato.

—No. Disculpe… lo siento… —echó a caminar tratando de alejarse.

—Hey, ven acá, José Carlos…

Se detuvo. ¿Cómo sabía su nombre?

Giró el cuerpo muy despacio.

Mario Ambrosio, uno de los compañeros más desenvueltos de su salón, había salido por la puerta trasera del vehículo. El conductor también había bajado del auto y encendía un cigarrillo con gesto de suficiencia.

—¡Ratón de biblioteca! —dijo Mario—, no tengas miedo, sube al coche… El señor es profesor de Biología y vende algunos productos para jóvenes. Quiere que lo llevemos a la escuela. Anímate. Acompáñame.

Tragó saliva.

—¿Qué productos?

—Sube, no seas cobarde. Ya te explicaremos.

—Pe… pero tengo algo de prisa. ¿De qué se trata exactamente?

—Es largo de contar —intervino el hombre—; te interesará. Además, al terminar la demostración te daré un premio económico.

A José Carlos no le faltaba dinero, pero tampoco le sobraba. Para conquistar a una chica como la recién llegada a la escuela se necesitaban recursos; por otro lado, Mario Ambrosio era un donjuán, sabía desenvolverse con las mujeres y sería interesante convivir con él para aprender. ¿Qué riesgos había? El vendedor de productos no parecía tener malas intenciones. Cuando se percató de su error de apreciación ya era demasiado tarde.

Un viento helado silbaba en la ranura de la ventanilla haciendo revolotear su ropa. Quiso cerrar el vidrio por completo y movió la manivela, pero ésta dio vueltas sin funcionar.

—¿Cuántos años tienes?

—Quince.

—¿Cómo vas en la escuela?

—Pues… bien… muy bien.

—No me digas que te gusta estudiar.

Le miró a la cara. Conducía demasiado rápido, como si conociese la colonia a la perfección.

—Sí me gusta, ¿por qué lo pregunta?

—Eres hombre… supongo. Aunque te guste estudiar, piensa. Seguramente no te gusta tanto y el trabajo que te voy a proponer es mucho más satisfactorio. Algo que le agradaría a cualquiera.

—¿El trabajo? ¿Cuál trabajo? ¿No es usted profesor de Biología? ¿No vende productos? Mire… la escuela es por allí.

—Ah, sí, sí, lo había olvidado, pero no te preocupes, conozco el camino.

Sudor frío. “¡Estúpido!”, se repitió una y otra vez. Había sido engañado. Giró para ver a Mario Ambrosio, pero éste parecía encontrarse en otro mundo. Hojeaba unas revistas con la boca abierta.

—No te asustes, quiero ser tu amigo —el hombre sonrió y le dirigió una mirada rápida; de lejos, su saco y corbata le ayudaban a aparentar seriedad, pero de cerca, había algo anormal y desagradable en su persona; tenía el cabello largo y grasoso—. Confía en mí, no te obligaré a hacer nada que te desagrade.

—Regréseme adonde me recogió.

—Claro. Si no eres lo suficientemente maduro para el trabajo, te regresaré, pero no creo que haya ningún problema; supongo que te gustan las mujeres, ¿o no?

Aceleró; parecía no importarle conducir como loco en plena zona habitacional; José Carlos estaba paralizado. Si sufrían un accidente tal vez podría huir, pero si no… ¿Adónde se dirigían con tanta prisa?

—¿Alguna vez has acariciado a una mujer desnuda? —José Carlos carraspeó y el hombre soltó una carcajada—. Mario, pásame una revista para que la vea tu amigo.

Su compañero escolar obedeció de inmediato.

—Deléitate un poco. Es una ocupación muy, muy agradable… —la portada lo decía todo—. Vamos. Hojéala. No te va a pasar nada por mirarla.

Abrió la publicación con mano temblorosa. En otras ocasiones había visto algunos desnudos, incluso revistas para adultos que sus compañeros escondían como grandes tesoros, pero jamás algo así… La condición del hombre, degradada hasta el extremo, extendía sus límites en esas fotografías. Las tocó con las yemas de los dedos; eran auténticas; las personas realmente fueron captadas por la cámara haciendo todo eso… Lo que estaba mirando iba más allá de la exhibición de desnudos, llegaba a la más grotesca perversidad.

Había quedado, como su compañero del asiento trasero, hechizado y aletargado.

—Muy bien. Hablemos de negocios. Necesito fotografías de muchachos y muchachas de tu edad. Como ves en mis materiales artísticos, el acto sexual puede hacerse con una o con varias personas al mismo tiempo. Es muy divertido. También realizamos filmaciones. ¿Nunca has pensado en ser actor? —el auto se internó por una hermosa unidad habitacional, rodeada de parques y juegos infantiles—. ¿Qué les parece esa muchacha?

Mario Ambrosio y José Carlos vieron al frente. Una jovencita vestida con el uniforme de su escuela caminaba por la acera. El auto llegó hasta ella y se detuvo.

—Hola.

La chica volvió su rostro afable y pecoso. José Carlos abrió la boca, guardando la respiración.

Durante dos semanas había espiado casi a diario a la hermosa joven de nuevo ingreso. Era elegante, dulce, de carácter firme y tenía una sola amiga. ¡Una sola! ¡La pecosa que estaba a punto de ser abordada por el pornógrafo!

—Qué tal, linda —dijo el tipo—. Necesitamos tu ayuda; nos perdimos; no conocemos estos rumbos y queremos encontrar una escuela secundaria.

—Pues mire, hay una muy cerca.

—No, no. Queremos que nos lleves. Vendemos productos y quizá tú conozcas a alguien que se interese. Si nos acompañas te daré una comisión.

“¿Si nos…?”. La pecosa se percató de que había dos personas más en el automóvil.

—¿Por qué no lo llevan ellos? 

José Carlos cerró el ejemplar de la revista y accionó la palanca para abrir la portezuela. Se escuchó un ruido seco. El tipo se volvió con la velocidad de una fiera y sonrió, burlón.

—Sólo se abre por fuera… Tranquilízate o te irá mal —murmuró.

Las manijas habían sido arregladas para que quien subiera al coche quedara atrapado.

—¿Cómo te llamas?

—Ariadne.

—Tú debes de conocer a varias muchachas y ellos no —comentó el tipo jadeando—. Si nos deleitas con tu compañía unos minutos te regresaré hasta aquí y te daré algo de dinero.

—¿Qué productos venden?

El hombre le mostró un ejemplar del material.

Mario había dejado su propio entretenimiento y se había inclinado hacia delante, atento a lo que estaba sucediendo, pero la vergüenza y la sospecha de saberse cerca de su primera experiencia sexual lo hacían esconderse detrás de la cabeza del conductor.

Ariadne se había quedado inmóvil con un gesto de asombro, sin tomar la revista. El hombre la hojeaba frente a ella.

—¿Cómo ves? Es interesante, ¿verdad?

La joven permanecía callada; aunque estaba asustada, no dejaba de observar las fotografías. El hombre sacó una caja de debajo del asiento y la abrió para mostrar el contenido a la chica.

—Esto es para cuando estés sola… ¿Lo conocías? Funciona de maravilla. Como el verdadero. ¡Vamos, no te avergüences! Tócalo. Siente su textura…

La joven observó el instrumento y luego miró a José Carlos.

—Ya te sentirás con más confianza —aseguró el hombre—. Tenemos muchas otras cosas cautivantes que te relajarán. Ya lo verás.

La chica estaba pasmada. El hombre le hizo preguntas sobre su menstruación, sus sensaciones, sus problemas, y ella respondió con monosílabos y movimientos de cabeza.

—Está bien —asintió al fin denotando un viso de suspicacia—, los acompañaré a la escuela, siempre y cuando me regresen aquí después.

—¿Vives cerca?

—Sí. Por la esquina donde va cruzando aquella muchacha.

—¿Es tu compañera? ¿La conoces? ¡Trae el mismo uniforme que tú!

—Estudia en mi escuela.

—Llámala. ¿Crees que querrá acompañarnos?

José Carlos se quedó congelado. No podía ser verdad. Era demasiada desventura. Se trataba de la estudiante de nuevo ingreso.

El conductor tocó la bocina del automóvil y sacó el brazo para hacerle señales, invitándola a aproximarse.

—¡Ven! —la llamó y luego comentó en voz baja—: Así se completan las dos parejas.

 

2

 

Jueves 16 de febrero de 1978

Estoy furioso, desesperado, enojado, frenético. Me llevan los mil demonios. ¿Cómo pudo pasar lo que pasó? ¡Tengo tantas ganas de salir corriendo y llorar y gritar y reclamarle a Dios!

Yo estaba enamorado. Creía en el amor… Consideraba que era posible ver a una mujer con ojos limpios.

Hoy ya no sé qué pensar.

Cierro los ojos y veo en la mente mujeres desnudas. También veo a la chica de nuevo ingreso y a la pecosa. Me imagino que se quitan la ropa y se acercan a mí.

Tengo la cabeza llena de imágenes asquerosas. No puedo borrarlas. Trato de pensar en otra cosa y me persiguen como un enjambre de abejas enojadas. Y lo peor de todo es que me gusta dejarme atrapar. Las picaduras son venenosas, pero placenteras. Me agrada recordar lo que pasó y después de un rato me siento vil y sucio.

Todo ha cambiado en mi interior. Estoy muy confundido e incluso asustado porque descubrí que las cosas no son como creía. En mi mente se revuelve la porquería con la bondad, la suciedad con la pureza. Tengo ganas de gritar, llorar, salir corriendo y preguntarle a Dios… ¿Por qué permite que el mundo se caiga a pedazos?

José Carlos dejó de escribir y se puso de pie, ofuscado, desorientado. Cuando calculó que todos en la casa se habían dormido, salió de su cuarto y fue al pasillo de los libros. Encendió la luz y trató de encontrar algo que lo ayudara a razonar mejor. Alcanzó varios volúmenes, sin saber con exactitud lo que buscaba y se puso a hojearlos en el suelo. Había obras de sexología, medicina, psicología. Trató de leer, pero no logró concentrarse. Después de un rato, deambuló por la casa; al fin se detuvo en la ventana de la sala.

No podía apartar de su mente las imágenes impresas que vio. Regresaban una y otra vez. Pero iban más allá de un recuerdo grato.

Con la vista perdida a través del cristal abandonó la ingenuidad de una niñez que lo impulsaba a confiar en todos.

De pronto tuvo la sensación de estar siendo observado. Se giró para mirar sobre los hombros y dio un salto al descubrir a su madre sentada en el sillón de la sala.

—¿Pero qué haces aquí?

—Oí ruidos. Salí y te encontré meditando. No quise molestarte.

¿Su mamá lo había escuchado sollozar y reclamarle a Dios? ¿Había detectado cuán desesperado y triste estaba? ¿Por qué entró sin anunciarse?

—¿Cuánto tiempo llevas en este lugar? —preguntó él.

—Como media hora.

—¿Sin hacer ruido? ¿Sin decir nada? ¿Con qué derecho?

—Quise acompañarte… eso es todo.

—¿Acompañarme o entrometerte?

—Yo soy tu madre. Nunca me voy a entrometer en tu vida, porque formo parte de ti.

—No estoy de acuerdo.

—José Carlos, cuando se ama a alguien se está con él, sin estorbar, apoyándolo sin forzarlo, interesándose en su sufrimiento, sin regañarlo.

—Mamá, sigo sin entender. ¿Qué quieres?

—Vi que sacaste varios libros sobre sexualidad. ¿Buscabas algo en especial?

Bajó la guardia.

—No. Mejor dicho, sí… No sé si contarte…

—Me interesa todo lo que te pasa. Estás viviendo una etapa difícil.

—¿Por qué supones eso?

—En la adolescencia se descubren muchas cosas. Se aprende a vivir. Los sentimientos son muy intensos.

José Carlos se animó a mirarla. La molestia de haber sido importunado en sus elucubraciones se fue tornando poco a poco en gratitud. Le agradaba sentirse amado y ser importante para alguien que estuviera dispuesto a desvelarse sólo por hacerle compañía.

—Está bien —concedió—, te voy a contar… Hay una muchacha que me gusta… ¿Por qué sonríes? Es más complicado de lo que crees. Soñé con ella desde antes de conocerla. Por eso cuando la vi por primera vez me quedé asombrado. Es una chica muy especial. Le he escrito cosas, imaginando el momento en que podré dárselas a leer para que me conozca. Pero ahora todo se echó a perder. Ella cree que soy el ayudante de un promotor pornográfico.

—¿Cómo?

—Lo que oíste, mamá. Fui convencido por un tipo que se hizo pasar por profesor de Biología.

—¿Convencido de qué?

—Soy un estúpido.

—¿Qué te pasó?

—Un hombre… me invitó a subir a su coche. No te enojes, por favor, sé que hice mal, pero parecía una persona decente… Es imposible confiar en la palabra de otros, ¿verdad?

—Sigue.

—Esas revistas… eran ilegales, supongo. No tenían el sello de ninguna editorial.

Ella se puso de pie, movida por una alarma interior. Trató de recuperar su compostura y volvió a tomar asiento.

—¿Qué revistas?

—Me da vergüenza describirte lo que vi.

—Háblame claro.

—Logré escapar a tiempo.

—¿A tiempo de qué?

—El hombre vendía revistas con… fotos… de… mujeres mostrando groseramente las partes más íntimas de su cuerpo y escenas sucias que… no puedo describirte.

La madre estaba azorada. Miró los libros de sexología que su hijo había dejado abiertos sobre el piso.

—¿El hombre de ese coche —aclaró la garganta para que su voz no flaqueara— te hizo algo malo?

—No. Pero Mario Ambrosio, un compañero de mi salón, se fue con él. Parecía muy entusiasmado con el trabajo que le proponía.

—¿Qué trabajo?

—El de actor…

—Dios mío… Cuéntame más.

—El hombre quería formar dos parejas de jovencitos para llevarnos a un lugar y tomarnos fotografías… Primero nos invitó a Mario y a mí. Luego se detuvo junto a una chica pecosa de mi escuela. Ariadne. La convenció de acompañarnos y por último quiso hablarle a la muchacha nueva que pasaba cerca, la que me gusta, pero Ariadne lo impidió. Dijo: “Prefiero ir sola, no conozco bien a esa chica y tal vez lo arruine todo”. Estaba mintiendo, ¡claro que la conocía! Es su mejor amiga. El hombre le dijo: “Entonces vamos; no nos tardaremos mucho, sube al asiento de atrás, por la otra puerta; sólo se abre desde fuera”. La pecosa rodeó el coche. El hombre sonrió mirándonos a Mario y a mí en señal de triunfo.

—A ver, José Carlos, explícame. ¿Las puertas del auto no podían abrirse por dentro? ¿O sea que ustedes estaban secuestrados?

—Sí, mamá, pero la pecosa se dio cuenta de eso, dio la vuelta al coche, abrió las dos puertas, primero la de adelante y luego la de atrás, y comenzó a alejarse. Lo hizo como para ayudarnos a escapar. El hombre gritó: “¿Qué haces, niña? ¿Adónde vas? Me lo prometiste, no tardaremos, vamos, ¡sube ya! ¡Los dos muchachos son buenas personas, verás como no te dolerá! Todo te gustará mucho. Vamos, ¡sube ya!”, pero Ariadne echó a correr. El hombre, furioso, comenzó a tocar el claxon.

—¿Y tú qué hiciste?

—Aproveché para saltar, pero apenas anduve unos pasos me di cuenta de que había olvidado mi portafolios. Regresé por él. Pensé que sería fácil recuperarlo. Me agaché para alcanzarlo y el hombre me cogió de la muñeca. Dijo: “Vas muy aprisa, cretino; tú vienes con nosotros”. Me sacudí, pero fue inútil. Llevé la mano libre hasta la del tipo y traté de arrancarla de mi antebrazo. “¡Suélteme…!”, dije mientras le enterraba las uñas en la piel y le empujaba la mano. El sujeto era mucho más fuerte de lo que jamás hubiera pensado o yo soy mucho más débil. Vi su enorme cara morena llena de hoyuelos, su gesto duro y sus asquerosos ojos que me miraban sin mirarme. El hombre me dijo: “Te voy a enseñar a que no seas un maldito cobarde, te voy a enseñar”. Grité: “¡Suélteme!” y él repitió: “Te voy a enseñar”, mientras me jalaba para adentro del carro. Desesperado, traté de liberarme y casi lo logré, pero el tipo me detuvo con el otro brazo. Entonces le escupí a la cara y me soltó dando un grito. Tomé mis útiles, y eché a correr, pero el portafolios se me enredó entre las piernas y tropecé. Me fui al suelo de frente y metí las manos un instante antes de estrellar la cara contra el pavimento. El Datsun rojo estaba a media calle. Vi cómo Mario Ambrosio volvía a cerrar la puerta quedándose adentro del auto, me gritó algo que no entendí, mientras el conductor cerraba la de adelante; vi cómo se encendían los pequeños focos blancos de las luces traseras y escuché al mismo tiempo el ruido de la reversa. Me puse de pie. Levanté mis útiles y volví a correr. El automóvil venía directamente hacia mí. Pude sentirlo y escucharlo. Estaba a punto de alcanzarme cuando llegué a la banqueta y di vuelta hacia la izquierda.

La madre de José Carlos permanecía callada sin alcanzar a asimilar la historia que su hijo le estaba contando.

—¿Y la pecosa?

—Escapó.

—¿Sabes dónde vive?

—Más o menos. ¿Por qué?

—¡Quiero que tu padre y yo vayamos a hablar con los padres de ella para explicarles lo que pasó, y levantar una denuncia!

—¿Ya ves por qué no quería platicarte nada, mamá? ¡Sólo complicarás las cosas!

La mujer observó a su hijo en silencio. Se acercó a él y lo abrazó. José Carlos sintió un nudo en la garganta. Su mente estaba llena de ideas contradictorias. Tenía mucha vergüenza, pero a la vez le emocionaba pensar en lo que habría ocurrido si sus compañeras hubieran subido al coche.

Agachó la cara y sintió que su confusión se tornaba en ira.

—¿Por qué me pasa esto?

—¿Qué?

—No puedo apartar tanta porquería de mi mente… Sé que es algo sucio, pero me atrae. No entiendo lo que me pasa.

Ella era una mujer preparada. Aunque tenía estudios de pedagogía y psicología, en uno de los momentos más cruciales de la vida de su primogénito no sabía qué decirle. Acarició la cabeza del adolescente y se separó de él para comentar en voz baja:

—Hace poco oí en el noticiero que algunas agencias de empleos solicitan muchachas jóvenes para contratarlas como edecanes o modelos, pero al final las embaucan en trabajos sexuales… también informaron que la pornografía juvenil se está convirtiendo en un gran negocio. Los que la producen y venden dicen que no es dañina, pero millones de personas son afectadas directa o indirectamente por esa basura. Cuando la policía registra las casas de los criminales, siempre encuentra que son aficionados a la más baja pornografía y a todo tipo de perversiones sexuales.

—Mamá, yo no soy un pervertido, pero… lo que acabo de descubrir… No entiendo por qué me atrae tanto. Aunque sé que está mal, me gustaría ver más… ¿Es normal?

—Sí —se llevó una mano a la barbilla para acariciarse el mentón con gesto de profunda pena, luego agregó—. Alguna vez leí que los adolescentes son como náufragos con sed.

—¿Cómo?

—Imagina que los sobrevivientes de un naufragio quedan a la deriva. Después de muchas horas, el agua de mar les parece apetitosa. Quienes la beben, en vez de mitigar su sed, la aumentan, al grado de casi enloquecer, y mueren más rápido. La pornografía, el alcohol, la droga y el libertinaje sexual son como el agua de mar. Si quieres destruir tu vida, bébela…

—No quiero destruir mi vida. ¡Pero sigo teniendo sed!

—Encuentra agua pura.

—¿Dónde?

—¡Pide que llueva!

—¿Cómo?

—Busca el amor.

—No te entiendo.

—Me comentaste que hay una muchacha muy linda que te inspira cosas buenas. Piensa en ella. En sus ojos, en su dulzura. Borra de tu mente la pornografía.

—¡Se dice fácil!

—Hijo, sólo el amor cambia vidas; puede impulsar al peor de los hombres a ser grande, noble, honesto… ¿Alguna vez te platiqué la historia que escribió mi padre sobre un joven encarcelado injustamente?

—Creo que sí. Ya no me acuerdo bien.

—Era un buen muchacho que fue metido a una prisión subterránea oscura, sucia, llena de personas enfermas y desalentadas. Se llenó de amargura y deseos de venganza. Cuando el odio lo estaba corrompiendo, la hija del rey, llamada Sheccid, visitó la prisión. El joven quedó impresionado por la belleza de esa mujer. La princesa, por su parte, se conmovió tanto por las infrahumanas condiciones de la cárcel que suplicó a su padre que sacara a esos hombres de ahí y les diera una vida más digna. El rey lo hizo, y el prisionero se enamoró de la princesa. Entonces, motivado por el deseo de conquistarla, escapó de la cárcel y puso en marcha un plan extraordinario para superarse y acercarse a ella. Con el tiempo llegó a ser uno de los hombres más ricos e importantes del reino.

—¿Y al final conquistó a la princesa?

—No. Sheccid fue sólo su inspiración. Un aliciente que lo hizo despertar.

—Qué lástima.

—El resultado fue bueno para él de todos modos. Haz lo mismo. Aférrate a tu Sheccid y olvida la porquería que conociste hoy.

Asintió y se quedó callado por unos segundos. Luego reflexionó:

—Mis amigos dicen que los jóvenes podemos tener un poco de sexo e incluso fumar o tomar, sin que lleguemos a pervertirnos. Oí que todo es bueno si se hace moderadamente…

—No. Lo siento. Eso es mentira. Entiende, hijo. Aunque existen serpientes, eso no significa que debes convivir con ellas. ¡Son traicioneras!

—¿Serpientes?

—Un domador de circo en Europa, que había pasado trece años entrenando a una anaconda, preparó un acto que funcionó bien, pero hace unos meses, frente al público en pleno espectáculo, la serpiente se enredó en el hombre y le hizo crujir todos los huesos hasta matarlo.

—¿De verdad?

—Sí. Miles de muchachos mueren asfixiados por una anaconda que creyeron haber domesticado. El alcohol, el cigarro, la pornografía… Lo que es malo es malo. Punto. No puedes jugar con ello, ni siquiera “con medida”.

Hubo un largo silencio. José Carlos asintió. Luego abrazó a su madre. Por un rato no hablaron. Era innecesario. Esa mujer era no sólo una proveedora de alimentos o una supervisora de tareas, sino la persona que sabía leer su mirada, la que reconocía antes que nadie sus problemas, la que aparecía en la madrugada y se sentaba frente a él, sólo para acompañarlo.

—En la maestría de pedagogía debes de haber leído muy buenos libros. ¿Podrías recomendarme alguno?

—Claro. Vamos.

El muchacho tomó como tesoro en sus manos los cuatro volúmenes que su madre le sugirió cuando llegaron al pasillo del librero. Luego se despidió de ella con un beso.

Regresó a su cama y hojeó los libros. No pudo leer. El alud de ideas contradictorias le impedía concentrarse lo suficiente. A las tres de la mañana apagó la luz y se quedó dormido, sin desvestirse, sobre la colcha de la cama.

 

3

 

Lunes 20 de febrero de 1978

Desde hace más de un año anoto algunos de mis “conflictos, creencias y sueños”. Lo hago en papeles sueltos. Voy a reunirlos y a llevar un orden.

Mi princesa: He pensado tanto en ti durante estos días. He vuelto a soñar contigo de forma insistente y clara. Tengo miedo de que tu amiga, Ariadne, se me anticipe y lo eche todo a perder. Por eso, la próxima vez que te vea, me acercaré a decirte que, sin darte cuenta, me has motivado a superarme.

Quisiera ser escritor. Como mi abuelo. Escribir es una forma de desahogarse cuando la sed nos invita a beber agua de mar. Tengo muchas cosas que escribir. Quiero imaginar que este diario lo escribo para alguien muy especial. Para ti, mi Sheccid.

José Carlos se encontraba sentado en una banca del patio principal.

Cerró muy despacio su libreta y se irguió de repente sin poder creer lo que veían sus ojos.

La chica de nuevo ingreso estaba ahí.

Algunas veces su rostro perfecto se ocultaba detrás de los estudiantes y otras se descubría en medio del círculo de amigas.

Las manos comenzaron a sudarle y los dedos a temblarle. La boca se le secó casi por completo. Dio unos pasos al frente. Tenía que acercarse a ella. Se lo había prometido.

Estaba rodeada de personas. ¿Cómo la abordaría? Sin saber la respuesta, se aproximó poco a poco.

De pronto, el grupo de muchachas comenzó a despedirse y unos segundos después la dejaron totalmente so… ¿la? El corazón comenzó a tratar de salírsele del pecho. Caminó unos pasos más, dudando. Pronto terminaría el descanso y ella se esfumaría de nuevo. No disponía de mucho tiempo. Avanzó sin pensarlo más. Se detuvo a medio metro de la banca en la que estaba sentada la joven. Nunca la había visto tan de cerca. Era más hermosa aún de lo que parecía a lo lejos.

—Hola —dijo titubeante.

La chica levantó la cara. Tenía unos ojos de color inusual.

—Hola —respondió mirándolo con un gesto interrogativo.

—¿Son verdes o azules?

—¿Perdón?

—Es que… tus ojos… me llamaron mucho la atención…

—Son azules. Aunque a veces la luz los hace ver distintos.

—Oh —la voz del muchacho sonó insegura pero cargada de suplicante honestidad—. ¿Puedes ayudarme?

Ella frunció un poco las cejas.

—¿De qué se trata?

—Se trata de… bueno, hace tiempo que deseaba hablarte… En realidad hace mucho tiempo… —la postura de la chica traslucía una primera buena impresión, pero, ¿cuánto tiempo duraría si él no encontraba algo cuerdo que decir? Debía pensar bien y rápido. Comenzó a construir y descartar parlamentos en la mente a toda velocidad: Es difícil abordar a una joven como tú… No. Movió la cabeza. Eso era vulgar; entonces: Si supieras de las horas en que he planeado cómo hablarte me creerías un tonto por estar haciéndolo tan torpemente… Sonrió y ella le devolvió la sonrisa. No podía decir eso, sonaría teatral, pero tenía que decir algo ya.

—Te he visto declamar dos veces y me gustó mucho.

—¿Dos?

—La segunda lo hiciste para toda la escuela después de abanderar la escolta.

—¿Cómo?

—La primera lo hiciste para mí… En sueños… —la frase no tenía intención de conquista, era verdadera; tal vez ella notó la seguridad del muchacho y por eso permaneció a la expectativa—. Declamas increíble —completó—. Estoy escribiendo un diario para ti. Quiero ser tu amigo.

—¿Por qué no te sientas?

Lo hizo. Las palabras siguientes salieron de su boca sin haber pasado el control de calidad que exigían las circunstancias.

—Eres preciosa y quiero conocerte.

—Vaya que vienes agresivamente decidido.

Movió la cabeza, avergonzado. Eso fue un error. Tenía que ser más sutil y seguir un riguroso orden antes de hablar.

—¿Por qué no empezamos por presentarnos? —sugirió ella—. Mi nombre es…

Sheccid —la interrumpió.

—Che… ¿qué?

—Mi abuelo es escritor. Lo admiro mucho. Él solía contar la historia de una princesa árabe muy hermosa llamada Sheccid. Un prisionero se enamoró de la princesa y, motivado por la fuerza de ese amor, escapó de la cárcel y comenzó a superarse hasta que logró convertirse en un hombre muy importante. Por desgracia, nunca le declaró su cariño y ella no supo que él existía. La princesa se casó con otro de sus pretendientes…

La joven lo miró unos segundos.

—Y esa princesa se llamaba… ¿cómo?

—Sheccid.

—¿Así que vas a cambiarme de nombre?

—Sí. Yo soy ese prisionero que escapó de la cárcel y tú eres esa princesa, pero no quiero que te cases con otro sin saber que yo existo. Por eso vine.

Ella rio y movió la cabeza.

—¿Siempre eres tan imaginativo?

—Sólo cuando me enamoro.

Se dio cuenta de que había pasado otra vez por alto el registro de razonamiento y se reprochó entre dientes:

—Que sea la última vez que dices una tontería —pero a ella no le había parecido tal, porque seguía riendo.

De pronto la joven levantó un brazo y agitó la mano para llamar a otra chica que caminaba despacio, cuidando de no derramar el contenido de dos vasos con refresco que llevaba en las manos.

—¡Ariadne, aquí estoy…! —bajó la voz para dirigirse a José Carlos—. Te presentaré a una amiga que fue a la cooperativa a traer algo de comer.

El muchacho sintió un agresivo choque de angustia y miedo. La pecosa llegó. Él bajó la cabeza pero fue reconocido de inmediato.

—¡Hey! ¿Qué haces con este sujeto…?

La joven se puso de pie, asustada.

—¿Qué te pasa, Ariadne? Vas a tirar los refrescos. ¡Estás temblando!

—¡Es que no comprendes! —observó al chico con ojos desorbitados—. ¡Dios mío! ¿No sabes quién es él? 

—Acabo de conocerlo, ¿pero por qué…?

—Es el tipo del Datsun rojo, de quien te hablé.

—¿El de…?

—¡Por favor! ¿Ya se te olvidó? ¡El de las revistas pornográficas! A él y a otro de esta escuela les abrí la puerta creyendo que estaban atrapados, pero me equivoqué. Corrieron detrás de mí para obligarme a subir con ellos.

—¿Él? 

—Sí. 

—¿Estás segura?

—Claro.

—No lo puedo creer.

—Eso —dijo José Carlos—, tiene una explicación…

—¿De verdad? ¿Vas a inventar otra historia como la de que me viste declamar en sueños y vas a ponerme el nombre de una princesa que inventó tu abuelo? —dio dos pasos hacia atrás y se dirigió a su amiga para concluir—: ¡Pero qué te parece el cinismo de este idiota!

José Carlos no pudo hablar. Las miró estupefacto. No volvieron la cabeza. Sólo se alejaron.