Carlos Cuauhtémoc Sánchez

ESTE DÍA IMPORTA

Ninguna crisis en más fuerte que tú

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

ESTE DÍA IMPORTA

Ninguna crisis en más fuerte que tú

El mundo es sorprendido por una pandemia. Los centros de salud colapsan, el sistema educativo se ve amenazado y la estabilidad económica mundial cae. Todos intentan dar una respuesta a esta realidad que implica, no solo una recesión sino un cambio drástico en el corazón de las personas. Amaia está desesperada. Perdió a su abuelo a causa del virus. Su padre quedó varado en el dolor; y la vida de su hermano tambalea entre el alcohol y las drogas. Cuando todo lo que ama está a punto de desaparecer, encuentra un aliado. Junto a él emprende una pelea feroz por rescatar a su familia, y en esa lucha, descubrirse a sí misma y reinventarse.

1

Me pusieron esposas

Estoy detenido en un cuarto cerrado junto a las oficinas de ingreso al reclusorio. Pero sigo en las oficinas. Las paredes están hechas con paneles de yeso. No son herméticas. Escucho el ruido de personas hablando afuera. Mi cárcel temporal es de escasas dimensiones: cuatro metros cuadrados a lo sumo. Hay un escritorio viejo y una silla secretarial desvencijada.

El guardia abre mi puerta y ordena con sobriedad:

—Acompáñeme, doctor.

Voy tras él. Si yo fuese un prisionero peligroso, aprovecharía para atacarlo por la espalda. Pero no lo soy; y él lo sabe. Quizá hasta sienta lástima por mí.

Me hace pasar a una recepción cerrada a los costados y abierta al público a través de un mostrador. Si yo fuera un detenido proclive a la fuga, aprovecharía para saltar la repisa y salir corriendo hacia la calle. Pero no lo soy; y él lo sabe.

—Lo dejo unos minutos con su visita, doctor.

—Gracias, oficial.

Del otro lado del podio se encuentra Azul.

—Amiga —le digo—, gracias por estar siempre conmigo. En las buenas y en las malas.

Nota el enrojecimiento de mis muñecas.

—¿Te amarraron?

—Me pusieron esposas.

—¡Esto es injusto! ¡Increíble! ¿Quiénes se creen para tratarte así? Eres un médico cirujano importante. Tienes más educación que todos los que están en este edificio. Necesitas decir tu verdad.

—Para eso está mi abogado.

—De acuerdo, pero nadie puede abogar por ti mejor que tú mismo. Es uno de los principios que aprendimos —recita—: lo peor que puedes hacer cuando alguien te ataca, es esconderte. Ningún representante podrá defender mejor tu nombre que tú. El valor que te distingue se llama prestigio. Igual que el dinero, te lo pueden robar. Igual que el dinero, lo puedes recuperar.

Sus manos aprietan las mías con un fuerte temblor de azoramiento. Percibo en sus palabras exhortativas la frustración de alguien que no sabe cómo ayudar.

—¿Qué me sugieres, Azul?

—Explícale al mundo lo que sucedió, desde tu perspectiva. Yo testificaré a tu favor. Y mi palabra tiene peso. Pero no soy tan elocuente. Tú sabes expresarte desde el fondo de tu corazón sin perder la objetividad. Es un don peculiar —me acaricia el brazo—. Solo vine a eso. A pedirte, a suplicarte que escribas tu versión de los hechos; relata por lo que has sufrido los últimos meses. Incluso lo que has aprendido. Pronto se definirán las cosas, y te darán el derecho a declarar.

Observo a mi amiga. El reborde de sus párpados se ha colmado de lágrimas contenidas. La plataforma del mostrador me impide abrazarla, pero no me impide tomar sus manos para llevarlas a mi boca y besarlas.

—Está bien, Azul. Voy a hacerlo.

—Traje tu libreta de apuntes, y el libro con el resumen del programa. No sé si vas a estar aquí detenido dos días o cinco más, ¡pero aprovecha este tiempo, por favor! Estudia, escribe. Mientras tanto nosotros seguiremos trabajando con los abogados. Espero venir pronto a traerte buenas noticias.

—Gracias, amor. Aquí te espero.

2

Todo puede complicarse

Sentado en el sillón de mi oficina permanecí estático mirando el documento y  tratando de recuperar al menos el reflejo natural de la respiración.

Me habían acusado de homicidio.

Estaba siendo procesado bajo caución, y ahora, el juez había ordenado que, de manera temporal, me fuera retirada la custodia de mi hija.

No podía asimilarlo. Ni aceptarlo. Volví a leer el penúltimo párrafo de la sentencia provisional tratando de encontrar algún resquicio de anacronismo.

Mediante pliego consignatorio en el que se ejercitó acción penal en contra de Benjamín José Benítez Calvo, por su probable responsabilidad en el delito de HOMICIDIO DOLOSO de su señora esposa, Julia Soberón Domínguez, y encontrándose en investigación su posible inestabilidad emocional, el presente Juzgado de Primera Instancia, dicta la orden de retirarle provisionalmente al procesado la custodia de su hija menor Mari Jose Benítez Soberón.

Una comisión de fuero familiar, acompañada por representantes de Derechos Humanos y policías, había ido a mi casa a recoger a la niña. Mi estrellita ahora estaría con su nana, en casa de mi suegra…

Sonó el teléfono de mi escritorio. Lo dejé repiquetear hasta que la llamada se extinguió. Seguía sin poder moverme. Poco después, alguien tocó a mi puerta. Tampoco contesté. Yésica se asomó, sigilosa.

—Lo busca el doctor Carlos Lisboa.

—Déjelo pasar.

Mi mejor (quizá único) amigo en el hospital entró a toda velocidad.

—Benjamín —me dijo—, te están esperando. La asamblea para dictaminar tu licencia de médico está por comenzar.

—Ya no me importa. Mira esto.

—¿Qué es?

—Me quitaron a mi niña.

—¿Cómo? ¿Por qué? —Lisboa razonó tratando de apaciguarme—. Cuando uno de los padres falta, el otro conserva la patria potestad de los hijos.

—No si el sobreviviente está acusado de homicidio y se considera emocionalmente inestable.

—Benjo. Buscaremos apelar. Siempre se puede hacer algo. Por lo pronto tienes que bajar al auditorio. Rápido. O todo se te puede complicar.

—¿Más?

—Sí. Más todavía.

Pero yo seguía anclado a mi silla y a mi dolor.

—¿Sabes a quién le asignaron la custodia de mi estrellita?, ¡a la mujer que me está demandando, y quiere meterme a la cárcel!

—Tu suegra cree que mataste a su hija.

Me puse de pie y encaré a mi amigo.

—No vuelvas a decir eso, ¿me oíste? Mi esposa murió en un accidente. ¡Y también el accidente fue por culpa de mi suegra!

—Benjo, tranquilízate. Tal vez tengas razón. Pero dentro de unos minutos te van a juzgar por algo completamente distinto. Algo de lo que solo tú eres responsable: nadie más que tú se equivocó en el quirófano. 

Apreté los puños con rabia contenida. Algún día se sabría la verdad. Porque hasta mis errores en el trabajo médico provinieron de la distracción crónica que me produjo un matrimonio disfuncional.

—Vamos…

3

Eres idiota, pero no hagas idioteces

Conducía en carretera. En el asiento de atrás iba nuestra hija Mari Jose de nueve años, dormida. Le decíamos Ma-Jo o Majito. Una niña dulce, cariñosa, con una sed insaciable de amor. En el asiento de adelante iba mi esposa. Rubia, de ojos claros y cuerpo perfecto. Trabajaba como modelo de ropa, tenía una vida superficial y frecuentaba a amigos divos con los que yo no congeniaba. Aunque se llamaba Julia, le gustaba que le dijeran Barbie.

—Procuremos estar contentos, Barbie —le sugerí—; hicimos este viaje para darle oxígeno a nuestro matrimonio.

—¿Y entonces por qué diablos invitaste a la nana?

—Ya sabes. Para que cuide a Majito por las noches; así podríamos salir a cenar o a bailar.

—No me hagas reír, Benjamín. A ti no te gusta bailar. Y Majito quiere más a la maldita nana que a mí. 

—¿Por qué crees? —eché leña a un fuego que convenía sofocar—. ¿No te has dado cuenta de que la nana cuida y protege a la nena desde que nació, mientras que tú solo la maltratas? 

—No digas estupideces, Benjamín. Yo no la maltrato. La educo.

—Es una niña con discapacidad.

—¿Y qué? ¿Por esa razón vas a dejar que sea una malcriada? ¡También a los niños con discapacidad se les instruye! Pero su padre es un pelele que nunca le dice nada, y después de trabajar prefiere llegar a platicar con la nana.

—Cálmate, Julia.

—No me calmes, carajo. Y no me digas Julia. Tú eres amante de Ada. Por eso la traes a todos lados.

Esto sobrepasaba mi entendimiento. ¿Por qué una mujer con un físico tan bello (aunque no podía decirse lo mismo de su alma) podría estar celosa de una enfermera veinte años mayor?

—Ada es una buena mujer, que ama a nuestra hija.

—Dile que se regrese. ¡No la quiero en este viaje!

—¿En qué te afecta, mujer? Viene manejando su propio auto. Y va a dormir en una habitación separada. No te va a estorbar, pero en cambio, si se ofrece, te puede ayudar.

Mi esposa subió el volumen de la voz.

—¿Se supone que no tenemos dinero y le vas a pagar a la nana hotel, viáticos y sueldo? 

—¡Sí! Es un seguro de tranquilidad. Y los seguros cuestan. Tengo miedo de que te exasperes con Majito.

—Otra vez la burra al trigo. La niña llora conmigo porque yo le exijo que se esfuerce más y se comporte bien.

—Tiene síndrome de Down.

—¿Y eso qué? Deja de justificarla. Mejor ayúdala a ser más funcional. ¿Cómo vamos a lograr avances, si siempre está, en medio, la nana consentidora?

Escuchamos un sollozo en el asiento de atrás. Majito se había despertado y había caído en la cuenta de que ella era el motivo de nuestra pelea. 

—Duérmete, estrellita —le dije.

—¿Dónde ta Ada? —preguntó con su particular pronunciación dificultosa—. Me quiedo i con Ada.

—¡Te lo dije, Benjamín! Deshazte de esa criada que viene siguiéndonos.

Disminuí la velocidad y detuve el auto.

—¿Por qué te paraste?

—Voy a hablar con ella. Es lo que quieres ¿o no?

—¡Pero busca un lugar seguro! Aquí es peligroso.

Ada detuvo su auto compacto detrás del nuestro y se apeó para preguntarnos si todo estaba bien.

Bajé la ventanilla y le dije:

—¿Puede llevarse a Majito en su coche? Mi esposa y yo estamos un poco alterados.

La niña comenzó a gritar el nombre de su nana, pidiéndole los brazos. Quité los seguros. Ada abrió la portezuela y comenzó a desabrochar el cinturón de Majito.

—No te atrevas a tocar a mi hija —le dijo Barbie—. Déjanos en paz. Estamos arreglando un asunto familiar.

Ada volteó a verme, apremiada por rescatar a la niña, pero sin saber a cuál de sus patrones obedecer.

—Déjenos un momento, por favor.

La nana asintió con un rostro ensombrecido por la angustia, cerró la puerta despacio y volvió a su auto. Majito gritó y berreó con todas sus fuerzas.

—¡Ya cállate, niña! ¡Y tú acelera, carajo! —Julia-Barbie me dio un golpe en la nuca con su mano abierta—. ¡Ándale! Estás en medio de la carretera rural ¡porque no te alcanzó para las casetas! Aquí pasan muchos camiones. Alguno se va estrellar con nosotros. ¿Se te acabó la gasolina o quieres que maneje yo?

Sí. Se me había acabado la gasolina. Y sí. Quería que manejara ella… O mejor dicho, que siguiera haciéndolo. Yo ya no tenía ganas de nada. Mi naturaleza introvertida había derivado en desmoralización enfermiza. Alcancé a protestar:

—Me quitaste las ganas de viajar.

A Julia-Barbie le gustaba reñir dando garrotazos. Yo solía recibir sus reclamos con la indiferencia de quien vive junto a las vías y escucha el ruido reincidente del tren. Pero esa vez sentí que mi sangre se calentaba.

Murmuré:

—Yo soy doctor y creo saber lo que tú tienes; se llama trastorno límite de la personalidad. Necesitas atenderte.

—No me estés diagnosticando, aquí no eres médico, eres mi marido.

—A ver —caí en su juego—. Te traigo de vacaciones. Busco tener tiempo libre para ti. Hago lo mejor que puedo por mi familia.

—¿Esto es lo mejor que puedes? ¿Vacaciones en un pueblo cerca de la ciudad para no gastar en avión?, ¿viajar en una carcacha vieja? ¿Tiempo libre porque te estás escondiendo de la policía? Benjamín, eres un cirujano fracasado. Cometiste negligencia médica. ¿En qué rayos pensabas? Te van a quitar la licencia. Te van a vetar. Ni siquiera tu papá te va a poder contratar. Y no vas a tener dinero ni para pagarle a la enfermera. Porque el dinero que teníamos lo perdiste en la bolsa de valores; no sabes invertir. Eres un pésimo administrador, un pésimo doctor. Un pésimo hombre.

El resumen de mi esposa era certero. Y cruel. También repetitivo. Podía componer el himno al marido fracasado. Siempre usaba los mismos versos. Pero esa vez me provocaron un efecto inverso al habitual. Mi sangre siguió subiendo de temperatura y comenzó a quemarme las arterias. Resoplé como un toro de lidia que está a punto de romper los maderos del redil.

Majito logró desabrocharse el cinturón, abrió la puerta, salió y echó a correr. Por fortuna no venía ningún auto en la carretera.

Julia saltó de su asiento y fue tras la pequeña. La tomó del cabello y la arrastró al coche de vuelta.

—Eres idiota —le dijo; no era una pregunta—. Pero no hagas idioteces. Te pueden atropellar.

—Me quiedo i con Ada. Ya la vi. Está allá…

—Pues no te vas a ir con ella, niñita. Yo soy tu madre y te acostumbras a mí.

Majito volvió a tomar la manija y quiso salir. Esta vez un camión de volteo nos rebasaba justo al momento en el que iba a abrir la puerta. Julia alcanzó a detenerla y la zarandeó.

—Te acabo de salvar la vida, estúpida —y comenzó a castigarla con una lluvia desmedida de golpes.

4

Cabe agregar

Dos reflectores se encendieron apuntando al escenario. Me cubrí los ojos. ¿Qué clase de humillación era esa? ¿Un circo romano moderno? ¿Los leones me devorarían ante la mirada insidiosa de mis colegas? El anfiteatro semicircular estaba lleno. Al frente había un podio de madera, una mesa de honor y una silla central, donde estaba yo, el acusado. Volteé a ver a la audiencia. Debían de ser más de ochenta médicos. ¿Qué hacían ahí, mirándome con morbo disfrazado de interés? ¿Acaso los pacientes de todos ellos habían decidido tomarse un receso?

—Buenos días —el doctor Olegario, detrás del podio, hacía las veces de coordinador—. Les damos la bienvenida a los magistrados del Cuerpo Colegiado de Médicos Cirujanos.

Fueron entrando uno a uno. Debían ser ocho o diez. La luz me deslumbraba. Olegario mencionó el nombre de todos, golpeó con el mazo, dijo la fecha y hora, y tiró a matar (a matarme).

—Hacemos la presente asamblea extraordinaria con el fin de analizar la viabilidad de que el doctor Benjamín José Benítez, aquí presente, pueda seguir ejerciendo como cirujano. El doctor Benítez enfrenta un cargo de negligencia médica por haber realizado una laminectomía en la vértebra lumbar equivocada, cortando, además, en exceso, las articulaciones facetarias, sin haber realizado la artrodesis instrumentada necesaria, provocando al paciente inestabilidad lumbar aguda; el paciente tuvo que ser operado de nuevo por otro cirujano, el doctor Avellaneda, para que le fuera extirpada la lámina vertebral correcta e insertadas placas metálicas entre los cuerpos vertebrales que el doctor Benítez lesionó.

Los asistentes dejaron de cuchichear y pusieron atención.

Olegario continuó, disfrutando la exposición de mis errores.

—Al hospital le fueron exigidos cien mil dólares como indemnización; cantidad que ya ha sido pagada en parte por el seguro. Sin embargo, el juez delegó a este Honorable Cuerpo Colegiado la decisión de retirarle, o no, la licencia al doctor.

Había quedado claro, pero Olegario añadió un “cabe agregar” totalmente innecesario.

—Cabe agregar, por otro lado, que el doctor Benítez estuvo involucrado en el accidente automovilístico en el que falleció su esposa, y está siendo procesado por el cargo de homicidio doloso. La investigación continúa; y mientras tanto, el doctor Benítez se halla bajo medida cautelar.

Se levantó una oleada de murmullos acusatorios. Los médicos se dieron cuenta de que pocas personas podían llegar a tener tantos y tan graves problemas a la vez. Solo me faltaba que la Pacha Mama decidiera lanzarme un rayo saliendo de ahí.

Volteé a ver el auditorio. Ni los magistrados del Colegio, ni mis colegas hipócritas, censuradores de todo el que se equivocaba (como si ellos jamás se equivocaran), me darían el indulto. Olegario hizo las veces de fiscal y me confrontó:

—¿Tiene algo que decir?

Hice lo más fácil e innoble. Culpar a otros.

—Las enfermeras, el anestesista y el cirujano asistente fueron quienes prepararon al paciente. Ya estaba todo dispuesto cuando yo llegué.

—¿Quiere decirnos que usted no es responsable?

—Quiero decir que hay otros responsables.

Carlos Lisboa pidió la palabra para defenderme:

—El Honorable Cuerpo Colegiado debe saber que el paciente del doctor Benítez padecía estenosis espinal. Tenía la raíz nerviosa comprimida en el espacio intervertebral cuya lámina el doctor retiró. Esto significa que es altamente probable que también necesitara el procedimiento en ese nivel…

El doctor Olegario refutó:

—Los estudios preoperatorios no indican eso… El doctor Benítez se equivocó de vértebra. Y además, se equivocó en el procedimiento mismo.

Ante la obviedad de una defensa perdida y despoblada, mi amigo Lisboa hizo el último intento de apoyarme.

—Muchos cirujanos ortopedistas llegan a tener un episodio de cirugía en sitio erróneo. El doctor Benítez no es el primero ni será el último…

—Entendido. Pasen por favor los siguientes testigos —leyó el nombre de enfermeras, ayudantes de quirófano y médicos que me conocían.

Los declarantes dijeron que mi equipo de preparación no tuvo la culpa de la cirugía mal hecha. Que el único responsable había sido yo. Algunos completaron: “quizá no revisó el consentimiento informado del paciente, ni la historia clínica”, “se confundió de vértebra”, “suele ser distraído”, “olvida sus citas”, “no mide sus tiempos”, “tiene problemas personales”, “después de su accidente en carretera está como ido”, y Yésica, agregó: “pero es buena persona”.

Olegario abrió el micrófono a la audiencia. Algunos colegas de especialidad me defendieron. Dijeron que yo era un cirujano sobradamente capaz, que a pesar de ser el más joven del grupo, tenía fama de ser muy bueno en el quirófano; algunos acotaron que, además, provenía de una familia de médicos con altísima probidad moral.

Después de las disertaciones, los directivos pidieron unos minutos para ponerse de acuerdo. Eché un vistazo a los colegiados. Lo pude detectar: iban a acabar conmigo.


Carlos Cuauhtémoc Sánchez

DESCALABRADOS

Se necesita algo más que sangre para ser familia

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

DESCALABRADOS

Se necesita algo más que sangre para ser familia

Su padre lo lastimó. Perdonarlo, le era imposible. ¿Se puede volver a empezar cuando todo se ha roto?

Marco tiene la vida ideal: muchos seguidores, medallas deportivas y una novia extraordinaria, hasta que una mala jugada de su padre lo expone frente a todos como un fraude. Y se rinde.

La música y el amor de una mujer querrán rescatarlo.
El rencor y un padre ausente amenazarán con hundirlo.

DESCALABRADOS es una novela intensa. Familiar. Única. Necesaria. Donde el perdón es el protagonista.
Uno de los libros más conmovedores del autor.

1

CAMBIO

 

Era de noche. La luz medrosa de una lámpara ambarina dibujaba vagamente la sombra de los muebles. Al fondo había un piano de media cola; detrás de él, sollozaba una mujer agachada con el cabello largo cubriéndole la cara.

Se escuchó el sonido de un acorde; do menor, largo, sostenido. Después, escalas de una melodía triste.

Las composiciones de Farah, complejas y penetrantes, lograron ser famosas años atrás. Sin embargo, cuando su familia estalló en mil pedazos, ella dejó de hacer presentaciones públicas, y abandonó su carrera de celebridad para enfocarse en la carrera ancestral de supervivencia.

Siguió tocando. Se limpió las lágrimas que, de tan profusas e insistentes, le habían marcado las mejillas como un leve tatuaje de amargura.

Yo no puedo apostarle más a este amor gastado y vacío; ya no tengo motivos de buscar en tus ojos alguna luz; es ridículo fingir que está todo bien si a mi voz no tienes oídos.

Interpretó la canción dejándose llevar por una combinación de pena (al saberse protagonista) y gozo (por haberse dado el tiempo de estar frente al piano otra vez). Aunque la vida la había obligado a alejarse de la música, siempre luchaba por regresar a ella como el pez confinado que busca desesperadamente nadar en aguas frescas.

Se agachó de nuevo sobre el teclado; pensó:

“Es increíble cómo puede cambiar la vida, las cosas son de una forma y de pronto son de otra. Los familiares mueren, la gente viaja, los exitosos caen, los famosos son olvidados, los amores se van. Hay estudiantes que se embarazan y todo cambia. Hay maridos que son infieles o cometen fraudes y todo cambia. Alguien sano sufre un accidente y todo cambia. ¡Pobre de aquel que se aferra! El cambio es lo único constante. Pero el cambio angustia. Nos hace coleccionar hubieras. Si hubiera hecho; si hubiera dicho, si no hubiera confiado, si hubiera llegado a tiempo, si no hubiera estado ahí, si hubiera sabido. Los hubieras nos anclan a un pasado que ya no existe, nos paralizan mentalmente perpetuando lo que quisiéramos haber hecho o dejado de hacer antes del cambio para que no sucediera ese cambio”…

Absurda soledad. Maldita soledad; que me ha tenido aquí, más de lo que debía soportar. Farsante soledad. Perversa soledad. Miente al decirme que necesito de ti.

     En esa casa había cambiado todo. Y los hubieras perseguían a Farah como un porfiado y feroz enjambre de avispas.

Levantó la cabeza tratando de aguzar el oído.

¿Había ruidos en la calle? ¿Alguien estaba entrando a la casa? ¿Sería Marco Polo, al fin?

Miró el reloj. Se asomó por la ventana; apretó los dedos; volvió a sentarse.

Eran las tres de la mañana y su hijo no había llegado todavía.

 

 

2

EL ANTRO

 

Marco Polo terminó de repartir las últimas dosis de la jornada. Fue una buena noche. Vendió veintidós empanaditas con pasta soñadora.

Se acercó al encargado del bar y le pagó la cuota acordada. Lo hizo, como siempre, poniendo sobre la barra un estuche de gafas con el dinero adentro.

—Aquí te dejo tus lentes. Para que veas. Los clientes están felices.

—Gracias. Hoy nos fue bien. —El cantinero tomó el estuche de anteojos y lo guardó en su cajón—. No como otras veces que nos llenamos de niños o señores ochenteros que no gastan nada.

—Sí. —La alegría colectiva entre música y luces era inmejorable—. Creo que también les fue bien al Cuervo y al Raro. ¿Ya te entregaron cuentas?

—Seguro no tardan. Ellos sí mueven billetes. ¿Y tú, Marco, por qué no vendes cosas más fuertecitas?

—Cada quien se especializa en algo —contestó amigable y sonriente como siempre—. Yo prefiero lo menos peligroso. Me da suficiente. Lo que necesito.

Aprovechando su amabilidad, el cantinero preguntó:

—¿Y cómo le haces para que tu mota no huela y no te descubran? No sé si me quieras ayudar… Yo siempre he querido tener otros ingresos.

Marco volteó para todos lados como dispuesto a decir en susurro su secreto. Aunque tenía poco tiempo en ese negocio, había encontrado una veta de ingresos muy creativa:

—La primera regla es que si vendes droga no debes consumirla. La segunda es que debes escoger bien tu mercancía. Recuerda que somos comerciantes. Hay cosas muy adictivas que matan a tus clientes y te ponen en mucho riesgo. Se necesita ser suicida para vender lo que venden el Cuervo y el Raro. Yo renuncié a eso. Escogí lo más inofensivo; Mary Jane es hasta legal en muchos sitios. La clave para que no te agarren es no meterse en temas de humos y vapores apestosos; yo compro la hierba en crudo, la descarboxilo y hago una pasta concentrada que meto a las miniempanadas; vendo de queso, carne, rajas y mermelada; son pequeñas pero están bien cargadas. Una sola equivale a cinco porros. —Se acercó al cantinero y le convidó su máximo secreto—. También hago (bajo pedido) empanadas especiales a las que les muelo setas deshidratadas.

—Eres un cabrón, Marco Polo.

—Me sobraron tres —puso una bolsa de plástico sobre la barra—. Te las dejo.

El cantinero la recogió de un zarpazo.

De pronto se escucharon gritos. Personas discutiendo; gente tirando mesas y sillas. Aunque la música acallaba el alboroto, Marco supo que estaba sucediendo algo peligroso. Echó un vistazo a la entrada. La policía había detenido a varios de los clientes y volteaban alrededor como buscando entre la multitud alguien más a quién acusar.

Marco caminó rumbo a la salida de emergencia. Encontró al Cuervo y al Raro, sus proveedores, agazapados en un recoveco del pasillo.

—Nos cayó la tira pesada —dijo el Cuervo.

—Pues vámonos por la puerta de atrás —sugirió Marco.

—No se puede —aclaró el Raro—. Ya me asomé. También hay policías. Parece que van a hacer un cateo. ¿Te sobró mercancía?

—No. La vendí toda.

El Cuervo era jefe de todos los narcomenudistas; fungía como intermediario entre la mafia alta y los soldados rasos. Su apodo hacía referencia a su astucia y mala cara. Metió la mano a una mochila que llevaba colgada al hombro.

—Tú eres nuevo. La policía no te conoce ―le dio un paquete del tamaño de una naranja―. Guárdanos esto.

Marco miró el contenido. Su vendedor de hierba y hongos era también distribuidor de cocaína, heroína, LSD, éxtasis, poppers y otras cosas. Marco se puso pálido. En el paquete había de todo.

―Yo no cargo droga mala. Ya lo sabes.

—Cállate, y obedece.

—Si me agarran con esto, me va a llevar la fregada.

—Te va a llevar de todas formas ―el Cuervo le puso una pistola en el cuello―, si no nos obedeces.

Se quedó quieto, incrédulo, aterrorizado. Comenzó a temblar; toda su valentía fingida se había esfumado. Tomó la bolsa tiritando y se le cayó al suelo. Salieron rodando algunas rocas y pastillas. Se agachó a recogerlas. El Cuervo lo encañonó en la nuca.

—Si pierdes una maldita tacha te la vamos a cobrar con tus ojos. ¿Oíste?

Marco era un joven alto; en los últimos años, el sedentarismo le había hecho ganar peso. Tenía el cabello largo y una barba rala desaliñada. Parecía luchador callejero de judo. Pero ahí en el suelo, a gatas, recogiendo droga, se veía pequeño, como niño regañado. Recuperó todo y se puso de pie despacio. En un acto desesperado de defensa, protestó:

—Deja de apuntarme con la pistola, Cuervo. Yo soy amigo.

—Vamos a calmarnos —el Raro adoptó un tono más condescendiente—. Disimula, Marco. Si te calmas no va a pasar nada. Nosotros somos los que estamos quemados aquí. Tienen nuestras fotos. Nos andan buscando. Sepárate. Fíjate en lo que vamos a hacer. Cuando se arme la bola de gente te metes en medio y salimos con todos.

—¿Cuál bola de gente? —Se pasaba el paquete con droga de una mano a otra como si le abrasara las palmas—. ¡Están revisando a uno por uno en la puerta! ―En su nerviosismo, volvió a dejar caer la bolsa.

—¡Imbécil! —El Cuervo le dio un golpe en la cabeza con la cacha de la pistola.

Se desmayó.

 

 

3

LA SALA

 

Llegó a casa.

Le costó trabajo abrir la puerta.

Para su sorpresa, encontró la luz encendida.

Al fin a salvo.

Fue directo a la sala. Revisó debajo del sillón principal entre la borra y los resortes para cerciorarse de que todo estaba en su lugar. Había guardado ahí una bolsa de marihuana. Se sentó encima. Cerró los ojos un instante y acarició la vieja tela aterciopelada. Mal que bien era su casa.

—Ya pasó todo. —Se consoló a sí mismo—. ¡Estuvo cerca!

Miró alrededor. La sala era un recinto escueto, con pocos muebles; dos sillones de tela carcomidos por años de uso metódico, una mesita circular de encino, dos lámparas largas que perdieron su verticalidad, y un librero color chocolate, cacarizo, entre cuyos hoyuelos se podía entrever su horrendo color amarillo original. Al fondo estaba el piano de su madre; sobre el piano había una pequeña escultura de plata en forma de un salmón saltando; junto al piano, una mesa de trabajo para la computadora de su padre.

La familia entera solía reunirse por las noches en esa sala. Eran bohemios por naturaleza. Antes, su madre tocaba el piano y componía; Marco tocaba la guitarra y hacía pequeños arreglos musicales; su hermana pintaba caricaturas sobre la mesa circular, y su padre, usando audífonos, trabajaba obsesivamente programando sistemas de seguridad cibernética en la computadora. Pero ahora todo había cambiado. Su padre ya no vivía con ellos, su hermana ya no pintaba caricaturas y su madre cada vez tocaba menos el piano.

Casi como si fuera una broma macabra, se escuchó el golpe del teclado y las notas de una melodía triste. Marco Polo sintió un escalofrío. Detrás del piano, entre las sombras, emergió la figura de una mujer con el pelo largo tapándole la cara. Tocaba con una furia contenida que había derivado en decepción, casi agotamiento. De pronto dio un golpe abrupto a las teclas como para indicar que el concierto había terminado antes de comenzar.

—Me asustaste, mamá. ¿Qué haces despierta?

—¿Por qué apagaste el celular?

Escondió el teléfono en un movimiento instintivo.

—No lo apagué. Se me acabó la batería.

—A ver. Déjame verlo.

Farah se levantó y fue hacia él. Se veía ojerosa y despeinada.

—¿Qué haces, mamá? No me toques. El celular es personal.

—¿Estás borracho?

—Mucho. ―Hizo un ademán ridículo fingiéndose mareado―. ¡Claro que no!

—Quedamos en que llegarías a la una de la mañana, máximo. Lo pactamos. Y fallaste. Mentiste. Desactivaste tu ubicación a las once, dejaste de contestar mis mensajes a las doce, apagaste tu celular a la una. Y, mira la hora, ¡llegaste a las cuatro y media!

Sonrió con incredulidad mordaz.

—¿Me vigilas minuto a minuto? ¿Por qué no te metes a trabajar de detective? Eres una anciana de cuarenta y cinco años. No puedes pasártela revisando la aplicación que marca dónde estoy.

—Pues a las ancianas como yo nos gusta mucho más estar dormidas a esta hora.

—¡Es lo que yo digo! ¡Vete a dormir!

—Demuéstrame que tu celular no tiene batería…  o te voy a romper la cabeza.

—¿Me vas a romper la cabeza?… —Se rio de ella—. Si haces eso acabarás en prisión. Y todos dirán que eres una loca que asesinó a su hijo tratando de quitarle el celular.

Su sarcasmo parecío mitigar un poco la ira de su madre. Sin dejar de ser enérgica, amenazó tomando con las dos manos el centro de mesa: una densa piedra de mármol en forma de mango; la levantó siguiendo el juego de arrojársela a su hijo.

Algo terrible les vino a la mente. Ambos se quedaron paralizados.

Ella se disculpó.

—Perdón. —Y devolvió el pesado adorno a su lugar.

Pero un recuerdo nítido y doloroso acababa de pasmarlos como una viscosa niebla: no podían alejar la imagen del padre de Marco borracho, llorando en ese sillón de la sala, bañado en sangre por haberse golpeado él mismo con la pieza de mármol.

 

 

4

APLASTADOS

 

El desmayo de Marco duró apenas unos segundos; había caído sobre el paquete de droga.La música del antro continuaba a todo volumen. A pesar del operativo policiaco, los administradores del bar se esforzaban por mantener las apariencias.—Dame eso. —El Cuervo le arrancó la bolsa con mercancía y volvió a meterla a su mochila—. Vas a acabar perdiéndolo. O te van a agarrar. Eso me pasa por asociarme con pendejos. —Se giró para hablar con el Raro—. Vamos a echar el aparato ya.Marco Polo se quedó en el suelo con la mano en la cabeza. Desde ahí pudo ver cómo el Raro tomaba la mochila mientras el Cuervo hurgaba en el interior como un mago que busca en su chistera al conejo que se le ha escondido. Entre los dos, al fin lograron armar una especie de granada. El Cuervo la extrajo cuidadosamente con ambas manos y la arrojó sobre la pista de baile.Hubo una explosión.

 

El lugar se llenó de humo picante. La gente empezó a toser y a gritar. Cayeron al suelo mesas, sillas, vasos con bebidas, botellas. Hasta entonces los encargados ordenaron apagar la música.

Marco Polo se puso de pie con una mano en la cabeza, corrió hacia la entrada y se apretujó con la multitud que pugnaba por salir.

Había muy poca visibilidad.

Los gritos continuaban. La gente se estaba aplastando. Si no desbloqueaban la puerta pronto, iba a haber muertos por asfixia.

La policía, afectada también por el gas picante, al fin liberó la salida.

Decenas de jóvenes salieron a empujones. Varios se tropezaron y fueron aplastados por la multitud.

Marco vio cómo una chica se tropezaba y caía en frente de él. Quiso detenerse para ayudarla a levantarse, pero la turba lo empujó y pasó encima de ella. La oyó gritar mientras la trituraban a pisotones.

Se escuchó la sirena de emergencia del edificio.

Logró salir.

En la calle todo era confusión. Estaban llegando patrullas y ambulancias.

Había dejado estacionada su motocicleta del otro lado de la acera. Se montaría en ella y saldría a toda velocidad. Metió las manos al bolsillo buscando las llaves. Se detuvo en seco. Al pie de su moto había varias personas sentadas sobre la acera tratando de recuperarse de los empujones y el gas picante. Algunos paramédicos empezaban a asistirlos. Dudó. Quería escapar cuanto antes. Pero tendría que pedir permiso de paso a muchas personas. Además, en el maletero de su motocicleta había algunas empanadas con marihuana y la moto en sí era demasiado llamativa: BMW, doble propósito de mil doscientos centímetros cúbicos; regalo de unos tíos ricos.

Un policía parado junto a la moto comenzó a revisarla y le tomó fotografías a la placa. Marco se llenó de temor. Acababa de registrarla con el domicilio exacto de su casa.

Los gritos continuaban.      Algunos clientes y empleados del bar habían sido inmovilizados. Estaban con las manos arriba, pegados a la pared mientras la policía los inspeccionaba. Marco logró identificar entre los detenidos al cantinero del bar y al Raro.

Una de las patrullas recién llegadas encendió la sirena; se escuchó la voz autoritaria de un agente en el megáfono:

—Todas las personas que acaban de salir del edificio tienen prohibido retirarse. Se está llevando a cabo una inspección de narcóticos.

El anuncio fue suficiente para que muchos de los que estaban afuera, tosiendo y quejándose, echaran a correr. Marco aprovechó que varios policías fueron detrás de los fugitivos para escabullirse también. Lo hizo caminando con disimulo. Pero apenas llegó a la esquina, corrió con todas sus fuerzas. A pesar de ser casi las cuatro de la mañana había autos circulando en la avenida principal. Buscó un taxi. Volteó alrededor. Era mala idea. Varios de los prófugos también andaban a la caza de un taxi. En cuanto apareciera el primero, le caerían encima como leprosos que quieren ser sanados.

Encendió el celular. De inmediato le llegaron varios mensajes atrasados de su madre con notificaciones audibles superponiéndose entre sí como un tamborileo de reproches.

Abrió la aplicación de Uber. Un autito apareció en el mapa a cinco minutos de distancia. Respiró tratando de calmarse. Fueron los cinco minutos más largos de su vida. En cuanto se subió al coche, volvió a apagar el teléfono. No quería arriesgarse a que a su mamá le sonara también algún aviso de que su hijo estaba de nuevo en línea.

Llegó a su casa.

Le costó trabajo abrir la puerta.

Para su sorpresa, encontró la luz encendida.

Al fin a salvo.

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

EMERGE O MUERE

Lo había perdido todo, solo tenía dos opciones

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

EMERGE O MUERE

Lo había perdido todo, solo tenía dos opciones

El doctor Benjamín comete un error en el quirófano, y enfrenta cargos por negligencia médica.

Abrumado por la frustración, ocasiona un accidente automovilístico en el que fallece su propia esposa. Es acusado de asesinato y le retiran la custodia de su hija. Ahogado en depresión, encuentra a una vieja amiga que lo hace comprender: La vida da muchas vueltas y el mundo cambia a pasos agigantados. Emerge o muere.

UNA HISTORIA CONMOVEDORA
UN METODO DE PRODUCTIVIDAD NOVEDOSO
UN LIBRO ÚNICO
LO QUE NECESITAS LEER

Esta novela nos presenta las bases del revolucionario programa de entrenamiento M.E.R. (MENTE ENFOCADA A RESULTADOS) del MÉTODO TIMING. La nueva ciencia para ganar DINERO, PRESTIGIO Y FORTALEZA.

1

Me pusieron esposas

 

Estoy detenido en un cuarto cerrado junto a las oficinas de ingreso al reclusorio. Pero sigo en las oficinas. Las paredes están hechas con paneles de yeso. No son herméticas. Escucho el ruido de personas hablando afuera. Mi cárcel temporal es de escasas dimensiones: cuatro metros cuadrados a lo sumo. Hay un escritorio viejo y una silla secretarial desvencijada.

El guardia abre mi puerta y ordena con sobriedad:

—Acompáñeme, doctor.

Voy tras él. Si yo fuese un prisionero peligroso, aprovecharía para atacarlo por la espalda. Pero no lo soy; y él lo sabe. Quizá hasta sienta lástima por mí.

Me hace pasar a una recepción cerrada a los costados y abierta al público a través de un mostrador. Si yo fuera un detenido proclive a la fuga, aprovecharía para saltar la repisa y salir corriendo hacia la calle. Pero no lo soy; y él lo sabe.

—Lo dejo unos minutos con su visita, doctor.

—Gracias, oficial.

Del otro lado del podio se encuentra Azul.

—Amiga —le digo—, gracias por estar siempre conmigo. En las buenas y en las malas.

Nota el enrojecimiento de mis muñecas.

—¿Te amarraron?

—Me pusieron esposas.

—¡Esto es injusto! ¡Increíble! ¿Quiénes se creen para tratarte así? Eres un médico cirujano importante. Tienes más educación que todos los que están en este edificio. Necesitas decir tu verdad.

—Para eso está mi abogado.

—De acuerdo, pero nadie puede abogar por ti mejor que tú mismo. Es uno de los principios que aprendimos —recita—: lo peor que puedes hacer cuando alguien te ataca, es esconderte. Ningún representante podrá defender mejor tu nombre que tú. El valor que te distingue se llama prestigio. Igual que el dinero, te lo pueden robar. Igual que el dinero, lo puedes recuperar.

Sus manos aprietan las mías con un fuerte temblor de azoramiento. Percibo en sus palabras exhortativas la frustración de alguien que no sabe cómo ayudar.

—¿Qué me sugieres, Azul?

—Explícale al mundo lo que sucedió, desde tu perspectiva. Yo testificaré a tu favor. Y mi palabra tiene peso. Pero no soy tan elocuente. Tú sabes expresarte desde el fondo de tu corazón sin perder la objetividad. Es un don peculiar —me acaricia el brazo—. Solo vine a eso. A pedirte, a suplicarte que escribas tu versión de los hechos; relata por lo que has sufrido los últimos meses. Incluso lo que has aprendido. Pronto se definirán las cosas, y te darán el derecho a declarar.

Observo a mi amiga. El reborde de sus párpados se ha colmado de lágrimas contenidas. La plataforma del mostrador me impide abrazarla, pero no me impide tomar sus manos para llevarlas a mi boca y besarlas.

—Está bien, Azul. Voy a hacerlo.

—Traje tu libreta de apuntes, y el libro con el resumen del programa. No sé si vas a estar aquí detenido dos días o cinco más, ¡pero aprovecha este tiempo, por favor! Estudia, escribe. Mientras tanto nosotros seguiremos trabajando con los abogados. Espero venir pronto a traerte buenas noticias.

—Gracias, amor. Aquí te espero.

 

2

Todo puede complicarse

 

Sentado en el sillón de mi oficina permanecí estático mirando el documento y  tratando de recuperar al menos el reflejo natural de la respiración.

Me habían acusado de homicidio.

Estaba siendo procesado bajo caución, y ahora, el juez había ordenado que, de manera temporal, me fuera retirada la custodia de mi hija.

No podía asimilarlo. Ni aceptarlo. Volví a leer el penúltimo párrafo de la sentencia provisional tratando de encontrar algún resquicio de anacronismo.

Mediante pliego consignatorio en el que se ejercitó acción penal en contra de Benjamín José Benítez Calvo, por su probable responsabilidad en el delito de HOMICIDIO DOLOSO de su señora esposa, Julia Soberón Domínguez, y encontrándose en investigación su posible inestabilidad emocional, el presente Juzgado de Primera Instancia, dicta la orden de retirarle provisionalmente al procesado la custodia de su hija menor Mari Jose Benítez Soberón.

Una comisión de fuero familiar, acompañada por representantes de Derechos Humanos y policías, había ido a mi casa a recoger a la niña. Mi estrellita ahora estaría con su nana, en casa de mi suegra…

Sonó el teléfono de mi escritorio. Lo dejé repiquetear hasta que la llamada se extinguió. Seguía sin poder moverme. Poco después, alguien tocó a mi puerta. Tampoco contesté. Yésica se asomó, sigilosa.

—Lo busca el doctor Carlos Lisboa.

—Déjelo pasar.

Mi mejor (quizá único) amigo en el hospital entró a toda velocidad.

—Benjamín —me dijo—, te están esperando. La asamblea para dictaminar tu licencia de médico está por comenzar.

—Ya no me importa. Mira esto.

—¿Qué es?

—Me quitaron a mi niña.

—¿Cómo? ¿Por qué? —Lisboa razonó tratando de apaciguarme—. Cuando uno de los padres falta, el otro conserva la patria potestad de los hijos.

—No si el sobreviviente está acusado de homicidio y se considera emocionalmente inestable.

—Benjo. Buscaremos apelar. Siempre se puede hacer algo. Por lo pronto tienes que bajar al auditorio. Rápido. O todo se te puede complicar.

—¿Más?

—Sí. Más todavía.

Pero yo seguía anclado a mi silla y a mi dolor.

—¿Sabes a quién le asignaron la custodia de mi estrellita?, ¡a la mujer que me está demandando, y quiere meterme a la cárcel!

—Tu suegra cree que mataste a su hija.

Me puse de pie y encaré a mi amigo.

—No vuelvas a decir eso, ¿me oíste? Mi esposa murió en un accidente. ¡Y también el accidente fue por culpa de mi suegra!

—Benjo, tranquilízate. Tal vez tengas razón. Pero dentro de unos minutos te van a juzgar por algo completamente distinto. Algo de lo que solo tú eres responsable: nadie más que tú se equivocó en el quirófano. 

Apreté los puños con rabia contenida. Algún día se sabría la verdad. Porque hasta mis errores en el trabajo médico provinieron de la distracción crónica que me produjo un matrimonio disfuncional.

—Vamos…

 

3

Eres idiota, pero no hagas idioteces

Conducía en carretera. En el asiento de atrás iba nuestra hija Mari Jose de nueve años, dormida. Le decíamos Ma-Jo o Majito. Una niña dulce, cariñosa, con una sed insaciable de amor. En el asiento de adelante iba mi esposa. Rubia, de ojos claros y cuerpo perfecto. Trabajaba como modelo de ropa, tenía una vida superficial y frecuentaba a amigos divos con los que yo no congeniaba. Aunque se llamaba Julia, le gustaba que le dijeran Barbie.

—Procuremos estar contentos, Barbie —le sugerí—; hicimos este viaje para darle oxígeno a nuestro matrimonio.

—¿Y entonces por qué diablos invitaste a la nana?

—Ya sabes. Para que cuide a Majito por las noches; así podríamos salir a cenar o a bailar.

—No me hagas reír, Benjamín. A ti no te gusta bailar. Y Majito quiere más a la maldita nana que a mí. 

—¿Por qué crees? —eché leña a un fuego que convenía sofocar—. ¿No te has dado cuenta de que la nana cuida y protege a la nena desde que nació, mientras que tú solo la maltratas? 

—No digas estupideces, Benjamín. Yo no la maltrato. La educo.

—Es una niña con discapacidad.

—¿Y qué? ¿Por esa razón vas a dejar que sea una malcriada? ¡También a los niños con discapacidad se les instruye! Pero su padre es un pelele que nunca le dice nada, y después de trabajar prefiere llegar a platicar con la nana.

—Cálmate, Julia.

—No me calmes, carajo. Y no me digas Julia. Tú eres amante de Ada. Por eso la traes a todos lados.

Esto sobrepasaba mi entendimiento. ¿Por qué una mujer con un físico tan bello (aunque no podía decirse lo mismo de su alma) podría estar celosa de una enfermera veinte años mayor?

—Ada es una buena mujer, que ama a nuestra hija.

—Dile que se regrese. ¡No la quiero en este viaje!

—¿En qué te afecta, mujer? Viene manejando su propio auto. Y va a dormir en una habitación separada. No te va a estorbar, pero en cambio, si se ofrece, te puede ayudar.

Mi esposa subió el volumen de la voz.

—¿Se supone que no tenemos dinero y le vas a pagar a la nana hotel, viáticos y sueldo? 

—¡Sí! Es un seguro de tranquilidad. Y los seguros cuestan. Tengo miedo de que te exasperes con Majito.

—Otra vez la burra al trigo. La niña llora conmigo porque yo le exijo que se esfuerce más y se comporte bien.

—Tiene síndrome de Down.

—¿Y eso qué? Deja de justificarla. Mejor ayúdala a ser más funcional. ¿Cómo vamos a lograr avances, si siempre está, en medio, la nana consentidora?

Escuchamos un sollozo en el asiento de atrás. Majito se había despertado y había caído en la cuenta de que ella era el motivo de nuestra pelea. 

—Duérmete, estrellita —le dije.

—¿Dónde ta Ada? —preguntó con su particular pronunciación dificultosa—. Me quiedo i con Ada.

—¡Te lo dije, Benjamín! Deshazte de esa criada que viene siguiéndonos.

Disminuí la velocidad y detuve el auto.

—¿Por qué te paraste?

—Voy a hablar con ella. Es lo que quieres ¿o no?

—¡Pero busca un lugar seguro! Aquí es peligroso.

Ada detuvo su auto compacto detrás del nuestro y se apeó para preguntarnos si todo estaba bien.

Bajé la ventanilla y le dije:

—¿Puede llevarse a Majito en su coche? Mi esposa y yo estamos un poco alterados.

La niña comenzó a gritar el nombre de su nana, pidiéndole los brazos. Quité los seguros. Ada abrió la portezuela y comenzó a desabrochar el cinturón de Majito.

—No te atrevas a tocar a mi hija —le dijo Barbie—. Déjanos en paz. Estamos arreglando un asunto familiar.

Ada volteó a verme, apremiada por rescatar a la niña, pero sin saber a cuál de sus patrones obedecer.

—Déjenos un momento, por favor.

La nana asintió con un rostro ensombrecido por la angustia, cerró la puerta despacio y volvió a su auto. Majito gritó y berreó con todas sus fuerzas.

—¡Ya cállate, niña! ¡Y tú acelera, carajo! —Julia-Barbie me dio un golpe en la nuca con su mano abierta—. ¡Ándale! Estás en medio de la carretera rural ¡porque no te alcanzó para las casetas! Aquí pasan muchos camiones. Alguno se va estrellar con nosotros. ¿Se te acabó la gasolina o quieres que maneje yo?

Sí. Se me había acabado la gasolina. Y sí. Quería que manejara ella… O mejor dicho, que siguiera haciéndolo. Yo ya no tenía ganas de nada. Mi naturaleza introvertida había derivado en desmoralización enfermiza. Alcancé a protestar:

—Me quitaste las ganas de viajar.

A Julia-Barbie le gustaba reñir dando garrotazos. Yo solía recibir sus reclamos con la indiferencia de quien vive junto a las vías y escucha el ruido reincidente del tren. Pero esa vez sentí que mi sangre se calentaba.

Murmuré:

—Yo soy doctor y creo saber lo que tú tienes; se llama trastorno límite de la personalidad. Necesitas atenderte.

—No me estés diagnosticando, aquí no eres médico, eres mi marido.

—A ver —caí en su juego—. Te traigo de vacaciones. Busco tener tiempo libre para ti. Hago lo mejor que puedo por mi familia.

—¿Esto es lo mejor que puedes? ¿Vacaciones en un pueblo cerca de la ciudad para no gastar en avión?, ¿viajar en una carcacha vieja? ¿Tiempo libre porque te estás escondiendo de la policía? Benjamín, eres un cirujano fracasado. Cometiste negligencia médica. ¿En qué rayos pensabas? Te van a quitar la licencia. Te van a vetar. Ni siquiera tu papá te va a poder contratar. Y no vas a tener dinero ni para pagarle a la enfermera. Porque el dinero que teníamos lo perdiste en la bolsa de valores; no sabes invertir. Eres un pésimo administrador, un pésimo doctor. Un pésimo hombre.

El resumen de mi esposa era certero. Y cruel. También repetitivo. Podía componer el himno al marido fracasado. Siempre usaba los mismos versos. Pero esa vez me provocaron un efecto inverso al habitual. Mi sangre siguió subiendo de temperatura y comenzó a quemarme las arterias. Resoplé como un toro de lidia que está a punto de romper los maderos del redil.

Majito logró desabrocharse el cinturón, abrió la puerta, salió y echó a correr. Por fortuna no venía ningún auto en la carretera.

Julia saltó de su asiento y fue tras la pequeña. La tomó del cabello y la arrastró al coche de vuelta.

—Eres idiota —le dijo; no era una pregunta—. Pero no hagas idioteces. Te pueden atropellar.

Me quiedo i con Ada. Ya la vi. Está allá

—Pues no te vas a ir con ella, niñita. Yo soy tu madre y te acostumbras a mí.

Majito volvió a tomar la manija y quiso salir. Esta vez un camión de volteo nos rebasaba justo al momento en el que iba a abrir la puerta. Julia alcanzó a detenerla y la zarandeó.

—Te acabo de salvar la vida, estúpida —y comenzó a castigarla con una lluvia desmedida de golpes.

 

4

Cabe agregar

 

Dos reflectores se encendieron apuntando al escenario. Me cubrí los ojos. ¿Qué clase de humillación era esa? ¿Un circo romano moderno? ¿Los leones me devorarían ante la mirada insidiosa de mis colegas? El anfiteatro semicircular estaba lleno. Al frente había un podio de madera, una mesa de honor y una silla central, donde estaba yo, el acusado. Volteé a ver a la audiencia. Debían de ser más de ochenta médicos. ¿Qué hacían ahí, mirándome con morbo disfrazado de interés? ¿Acaso los pacientes de todos ellos habían decidido tomarse un receso?

—Buenos días —el doctor Olegario, detrás del podio, hacía las veces de coordinador—. Les damos la bienvenida a los magistrados del Cuerpo Colegiado de Médicos Cirujanos.

Fueron entrando uno a uno. Debían ser ocho o diez. La luz me deslumbraba. Olegario mencionó el nombre de todos, golpeó con el mazo, dijo la fecha y hora, y tiró a matar (a matarme).

—Hacemos la presente asamblea extraordinaria con el fin de analizar la viabilidad de que el doctor Benjamín José Benítez, aquí presente, pueda seguir ejerciendo como cirujano. El doctor Benítez enfrenta un cargo de negligencia médica por haber realizado una laminectomía en la vértebra lumbar equivocada, cortando, además, en exceso, las articulaciones facetarias, sin haber realizado la artrodesis instrumentada necesaria, provocando al paciente inestabilidad lumbar aguda; el paciente tuvo que ser operado de nuevo por otro cirujano, el doctor Avellaneda, para que le fuera extirpada la lámina vertebral correcta e insertadas placas metálicas entre los cuerpos vertebrales que el doctor Benítez lesionó.

Los asistentes dejaron de cuchichear y pusieron atención.

Olegario continuó, disfrutando la exposición de mis errores.

—Al hospital le fueron exigidos cien mil dólares como indemnización; cantidad que ya ha sido pagada en parte por el seguro. Sin embargo, el juez delegó a este Honorable Cuerpo Colegiado la decisión de retirarle, o no, la licencia al doctor.

Había quedado claro, pero Olegario añadió un “cabe agregar” totalmente innecesario.

—Cabe agregar, por otro lado, que el doctor Benítez estuvo involucrado en el accidente automovilístico en el que falleció su esposa, y está siendo procesado por el cargo de homicidio doloso. La investigación continúa; y mientras tanto, el doctor Benítez se halla bajo medida cautelar.

Se levantó una oleada de murmullos acusatorios. Los médicos se dieron cuenta de que pocas personas podían llegar a tener tantos y tan graves problemas a la vez. Solo me faltaba que la Pacha Mama decidiera lanzarme un rayo saliendo de ahí.

Volteé a ver el auditorio. Ni los magistrados del Colegio, ni mis colegas hipócritas, censuradores de todo el que se equivocaba (como si ellos jamás se equivocaran), me darían el indulto. Olegario hizo las veces de fiscal y me confrontó:

—¿Tiene algo que decir?

Hice lo más fácil e innoble. Culpar a otros.

—Las enfermeras, el anestesista y el cirujano asistente fueron quienes prepararon al paciente. Ya estaba todo dispuesto cuando yo llegué.

—¿Quiere decirnos que usted no es responsable?

—Quiero decir que hay otros responsables.

Carlos Lisboa pidió la palabra para defenderme:

—El Honorable Cuerpo Colegiado debe saber que el paciente del doctor Benítez padecía estenosis espinal. Tenía la raíz nerviosa comprimida en el espacio intervertebral cuya lámina el doctor retiró. Esto significa que es altamente probable que también necesitara el procedimiento en ese nivel…

El doctor Olegario refutó:

—Los estudios preoperatorios no indican eso… El doctor Benítez se equivocó de vértebra. Y además, se equivocó en el procedimiento mismo.

Ante la obviedad de una defensa perdida y despoblada, mi amigo Lisboa hizo el último intento de apoyarme.

—Muchos cirujanos ortopedistas llegan a tener un episodio de cirugía en sitio erróneo. El doctor Benítez no es el primero ni será el último…

—Entendido. Pasen por favor los siguientes testigos —leyó el nombre de enfermeras, ayudantes de quirófano y médicos que me conocían.

Los declarantes dijeron que mi equipo de preparación no tuvo la culpa de la cirugía mal hecha. Que el único responsable había sido yo. Algunos completaron: “quizá no revisó el consentimiento informado del paciente, ni la historia clínica”, “se confundió de vértebra”, “suele ser distraído”, “olvida sus citas”, “no mide sus tiempos”, “tiene problemas personales”, “después de su accidente en carretera está como ido”, y Yésica, agregó: “pero es buena persona”.

Olegario abrió el micrófono a la audiencia. Algunos colegas de especialidad me defendieron. Dijeron que yo era un cirujano sobradamente capaz, que a pesar de ser el más joven del grupo, tenía fama de ser muy bueno en el quirófano; algunos acotaron que, además, provenía de una familia de médicos con altísima probidad moral.

Después de las disertaciones, los directivos pidieron unos minutos para ponerse de acuerdo. Eché un vistazo a los colegiados. Lo pude detectar: iban a acabar conmigo.

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

LOS OJOS DE MI PRINCESA

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

LOS OJOS DE MI PRINCESA

José Carlos, un joven estudiante, halla en la figura de Sheccid el motivo para superar sus propias limitaciones y afirmar su madurez. En torno a estos dos personajes se suceden acontecimientos que nos permiten asomarnos al idealismo, al afán de perfección, pero también a los dramas y torturas interiores del mundo adolescente.

Sheccid es una niña-mujer llena de misterios, un personaje fascinante cuya belleza destructora esconde un terrible secreto; pero José Carlos, que la contempla como una musa y la mujer destinada, despliega un esfuerzo incesante para descifrarla y lograr conquistarla. El relato crece en intensidad en un poderoso vaivén que mantiene el interés a lo largo de todo el libro, hasta alcanzar un sobrecogedor dramatismo.

1

 

Lloviznaba.

Las clases en la secundaria habían terminado, y José Carlos caminaba sobre el pavimento mojado con la vista al frente sin inmutarse por la posibilidad de que la lluvia se convirtiera en aguacero.

Sentía miedo, pero también alegría. Su corazón latía de forma diferente. Estaba enamorado por primera vez.

Se preguntaba cómo se acercaría a la joven recién llegada a su colegio, compitiendo con tantos galanes desenvueltos. Él era tímido, introvertido, relegado por sus condiscípulos. ¡Pero soñó varias veces con esa chica! La imaginó y dibujó en su mente con tan obstinada reiteración antes de conocerla que ahora, cuando al fin la había encontrado, no podía permanecer escondido detrás del pupitre viendo cómo los conquistadores naturales iban tras ella.

Sus pensamientos se pusieron en pausa cuando un Datsun rojo se detuvo junto a él.

—¡Hey, amigo! —el conductor abrió el vidrio moviendo la manivela—. ¿Sabes dónde se encuentra la Escuela Tecnológica 125?

—Claro —contestó—, de allá vengo. Regrese por esa calle y después…

—Perdón que te interrumpa, pero necesito un guía. ¿Podrías acompañarme? Como un favor especial.

Percibió la alarma en su cerebro. Respondió casi de inmediato.

—No. Disculpe… lo siento… —echó a caminar tratando de alejarse.

—Hey, ven acá, José Carlos…

Se detuvo. ¿Cómo sabía su nombre?

Giró el cuerpo muy despacio.

Mario Ambrosio, uno de los compañeros más desenvueltos de su salón, había salido por la puerta trasera del vehículo. El conductor también había bajado del auto y encendía un cigarrillo con gesto de suficiencia.

—¡Ratón de biblioteca! —dijo Mario—, no tengas miedo, sube al coche… El señor es profesor de Biología y vende algunos productos para jóvenes. Quiere que lo llevemos a la escuela. Anímate. Acompáñame.

Tragó saliva.

—¿Qué productos?

—Sube, no seas cobarde. Ya te explicaremos.

—Pe… pero tengo algo de prisa. ¿De qué se trata exactamente?

—Es largo de contar —intervino el hombre—; te interesará. Además, al terminar la demostración te daré un premio económico.

A José Carlos no le faltaba dinero, pero tampoco le sobraba. Para conquistar a una chica como la recién llegada a la escuela se necesitaban recursos; por otro lado, Mario Ambrosio era un donjuán, sabía desenvolverse con las mujeres y sería interesante convivir con él para aprender. ¿Qué riesgos había? El vendedor de productos no parecía tener malas intenciones. Cuando se percató de su error de apreciación ya era demasiado tarde.

Un viento helado silbaba en la ranura de la ventanilla haciendo revolotear su ropa. Quiso cerrar el vidrio por completo y movió la manivela, pero ésta dio vueltas sin funcionar.

—¿Cuántos años tienes?

—Quince.

—¿Cómo vas en la escuela?

—Pues… bien… muy bien.

—No me digas que te gusta estudiar.

Le miró a la cara. Conducía demasiado rápido, como si conociese la colonia a la perfección.

—Sí me gusta, ¿por qué lo pregunta?

—Eres hombre… supongo. Aunque te guste estudiar, piensa. Seguramente no te gusta tanto y el trabajo que te voy a proponer es mucho más satisfactorio. Algo que le agradaría a cualquiera.

—¿El trabajo? ¿Cuál trabajo? ¿No es usted profesor de Biología? ¿No vende productos? Mire… la escuela es por allí.

—Ah, sí, sí, lo había olvidado, pero no te preocupes, conozco el camino.

Sudor frío. “¡Estúpido!”, se repitió una y otra vez. Había sido engañado. Giró para ver a Mario Ambrosio, pero éste parecía encontrarse en otro mundo. Hojeaba unas revistas con la boca abierta.

—No te asustes, quiero ser tu amigo —el hombre sonrió y le dirigió una mirada rápida; de lejos, su saco y corbata le ayudaban a aparentar seriedad, pero de cerca, había algo anormal y desagradable en su persona; tenía el cabello largo y grasoso—. Confía en mí, no te obligaré a hacer nada que te desagrade.

—Regréseme adonde me recogió.

—Claro. Si no eres lo suficientemente maduro para el trabajo, te regresaré, pero no creo que haya ningún problema; supongo que te gustan las mujeres, ¿o no?

Aceleró; parecía no importarle conducir como loco en plena zona habitacional; José Carlos estaba paralizado. Si sufrían un accidente tal vez podría huir, pero si no… ¿Adónde se dirigían con tanta prisa?

—¿Alguna vez has acariciado a una mujer desnuda? —José Carlos carraspeó y el hombre soltó una carcajada—. Mario, pásame una revista para que la vea tu amigo.

Su compañero escolar obedeció de inmediato.

—Deléitate un poco. Es una ocupación muy, muy agradable… —la portada lo decía todo—. Vamos. Hojéala. No te va a pasar nada por mirarla.

Abrió la publicación con mano temblorosa. En otras ocasiones había visto algunos desnudos, incluso revistas para adultos que sus compañeros escondían como grandes tesoros, pero jamás algo así… La condición del hombre, degradada hasta el extremo, extendía sus límites en esas fotografías. Las tocó con las yemas de los dedos; eran auténticas; las personas realmente fueron captadas por la cámara haciendo todo eso… Lo que estaba mirando iba más allá de la exhibición de desnudos, llegaba a la más grotesca perversidad.

Había quedado, como su compañero del asiento trasero, hechizado y aletargado.

—Muy bien. Hablemos de negocios. Necesito fotografías de muchachos y muchachas de tu edad. Como ves en mis materiales artísticos, el acto sexual puede hacerse con una o con varias personas al mismo tiempo. Es muy divertido. También realizamos filmaciones. ¿Nunca has pensado en ser actor? —el auto se internó por una hermosa unidad habitacional, rodeada de parques y juegos infantiles—. ¿Qué les parece esa muchacha?

Mario Ambrosio y José Carlos vieron al frente. Una jovencita vestida con el uniforme de su escuela caminaba por la acera. El auto llegó hasta ella y se detuvo.

—Hola.

La chica volvió su rostro afable y pecoso. José Carlos abrió la boca, guardando la respiración.

Durante dos semanas había espiado casi a diario a la hermosa joven de nuevo ingreso. Era elegante, dulce, de carácter firme y tenía una sola amiga. ¡Una sola! ¡La pecosa que estaba a punto de ser abordada por el pornógrafo!

—Qué tal, linda —dijo el tipo—. Necesitamos tu ayuda; nos perdimos; no conocemos estos rumbos y queremos encontrar una escuela secundaria.

—Pues mire, hay una muy cerca.

—No, no. Queremos que nos lleves. Vendemos productos y quizá tú conozcas a alguien que se interese. Si nos acompañas te daré una comisión.

“¿Si nos…?”. La pecosa se percató de que había dos personas más en el automóvil.

—¿Por qué no lo llevan ellos? 

José Carlos cerró el ejemplar de la revista y accionó la palanca para abrir la portezuela. Se escuchó un ruido seco. El tipo se volvió con la velocidad de una fiera y sonrió, burlón.

—Sólo se abre por fuera… Tranquilízate o te irá mal —murmuró.

Las manijas habían sido arregladas para que quien subiera al coche quedara atrapado.

—¿Cómo te llamas?

—Ariadne.

—Tú debes de conocer a varias muchachas y ellos no —comentó el tipo jadeando—. Si nos deleitas con tu compañía unos minutos te regresaré hasta aquí y te daré algo de dinero.

—¿Qué productos venden?

El hombre le mostró un ejemplar del material.

Mario había dejado su propio entretenimiento y se había inclinado hacia delante, atento a lo que estaba sucediendo, pero la vergüenza y la sospecha de saberse cerca de su primera experiencia sexual lo hacían esconderse detrás de la cabeza del conductor.

Ariadne se había quedado inmóvil con un gesto de asombro, sin tomar la revista. El hombre la hojeaba frente a ella.

—¿Cómo ves? Es interesante, ¿verdad?

La joven permanecía callada; aunque estaba asustada, no dejaba de observar las fotografías. El hombre sacó una caja de debajo del asiento y la abrió para mostrar el contenido a la chica.

—Esto es para cuando estés sola… ¿Lo conocías? Funciona de maravilla. Como el verdadero. ¡Vamos, no te avergüences! Tócalo. Siente su textura…

La joven observó el instrumento y luego miró a José Carlos.

—Ya te sentirás con más confianza —aseguró el hombre—. Tenemos muchas otras cosas cautivantes que te relajarán. Ya lo verás.

La chica estaba pasmada. El hombre le hizo preguntas sobre su menstruación, sus sensaciones, sus problemas, y ella respondió con monosílabos y movimientos de cabeza.

—Está bien —asintió al fin denotando un viso de suspicacia—, los acompañaré a la escuela, siempre y cuando me regresen aquí después.

—¿Vives cerca?

—Sí. Por la esquina donde va cruzando aquella muchacha.

—¿Es tu compañera? ¿La conoces? ¡Trae el mismo uniforme que tú!

—Estudia en mi escuela.

—Llámala. ¿Crees que querrá acompañarnos?

José Carlos se quedó congelado. No podía ser verdad. Era demasiada desventura. Se trataba de la estudiante de nuevo ingreso.

El conductor tocó la bocina del automóvil y sacó el brazo para hacerle señales, invitándola a aproximarse.

—¡Ven! —la llamó y luego comentó en voz baja—: Así se completan las dos parejas.

 

2

 

Jueves 16 de febrero de 1978

Estoy furioso, desesperado, enojado, frenético. Me llevan los mil demonios. ¿Cómo pudo pasar lo que pasó? ¡Tengo tantas ganas de salir corriendo y llorar y gritar y reclamarle a Dios!

Yo estaba enamorado. Creía en el amor… Consideraba que era posible ver a una mujer con ojos limpios.

Hoy ya no sé qué pensar.

Cierro los ojos y veo en la mente mujeres desnudas. También veo a la chica de nuevo ingreso y a la pecosa. Me imagino que se quitan la ropa y se acercan a mí.

Tengo la cabeza llena de imágenes asquerosas. No puedo borrarlas. Trato de pensar en otra cosa y me persiguen como un enjambre de abejas enojadas. Y lo peor de todo es que me gusta dejarme atrapar. Las picaduras son venenosas, pero placenteras. Me agrada recordar lo que pasó y después de un rato me siento vil y sucio.

Todo ha cambiado en mi interior. Estoy muy confundido e incluso asustado porque descubrí que las cosas no son como creía. En mi mente se revuelve la porquería con la bondad, la suciedad con la pureza. Tengo ganas de gritar, llorar, salir corriendo y preguntarle a Dios… ¿Por qué permite que el mundo se caiga a pedazos?

José Carlos dejó de escribir y se puso de pie, ofuscado, desorientado. Cuando calculó que todos en la casa se habían dormido, salió de su cuarto y fue al pasillo de los libros. Encendió la luz y trató de encontrar algo que lo ayudara a razonar mejor. Alcanzó varios volúmenes, sin saber con exactitud lo que buscaba y se puso a hojearlos en el suelo. Había obras de sexología, medicina, psicología. Trató de leer, pero no logró concentrarse. Después de un rato, deambuló por la casa; al fin se detuvo en la ventana de la sala.

No podía apartar de su mente las imágenes impresas que vio. Regresaban una y otra vez. Pero iban más allá de un recuerdo grato.

Con la vista perdida a través del cristal abandonó la ingenuidad de una niñez que lo impulsaba a confiar en todos.

De pronto tuvo la sensación de estar siendo observado. Se giró para mirar sobre los hombros y dio un salto al descubrir a su madre sentada en el sillón de la sala.

—¿Pero qué haces aquí?

—Oí ruidos. Salí y te encontré meditando. No quise molestarte.

¿Su mamá lo había escuchado sollozar y reclamarle a Dios? ¿Había detectado cuán desesperado y triste estaba? ¿Por qué entró sin anunciarse?

—¿Cuánto tiempo llevas en este lugar? —preguntó él.

—Como media hora.

—¿Sin hacer ruido? ¿Sin decir nada? ¿Con qué derecho?

—Quise acompañarte… eso es todo.

—¿Acompañarme o entrometerte?

—Yo soy tu madre. Nunca me voy a entrometer en tu vida, porque formo parte de ti.

—No estoy de acuerdo.

—José Carlos, cuando se ama a alguien se está con él, sin estorbar, apoyándolo sin forzarlo, interesándose en su sufrimiento, sin regañarlo.

—Mamá, sigo sin entender. ¿Qué quieres?

—Vi que sacaste varios libros sobre sexualidad. ¿Buscabas algo en especial?

Bajó la guardia.

—No. Mejor dicho, sí… No sé si contarte…

—Me interesa todo lo que te pasa. Estás viviendo una etapa difícil.

—¿Por qué supones eso?

—En la adolescencia se descubren muchas cosas. Se aprende a vivir. Los sentimientos son muy intensos.

José Carlos se animó a mirarla. La molestia de haber sido importunado en sus elucubraciones se fue tornando poco a poco en gratitud. Le agradaba sentirse amado y ser importante para alguien que estuviera dispuesto a desvelarse sólo por hacerle compañía.

—Está bien —concedió—, te voy a contar… Hay una muchacha que me gusta… ¿Por qué sonríes? Es más complicado de lo que crees. Soñé con ella desde antes de conocerla. Por eso cuando la vi por primera vez me quedé asombrado. Es una chica muy especial. Le he escrito cosas, imaginando el momento en que podré dárselas a leer para que me conozca. Pero ahora todo se echó a perder. Ella cree que soy el ayudante de un promotor pornográfico.

—¿Cómo?

—Lo que oíste, mamá. Fui convencido por un tipo que se hizo pasar por profesor de Biología.

—¿Convencido de qué?

—Soy un estúpido.

—¿Qué te pasó?

—Un hombre… me invitó a subir a su coche. No te enojes, por favor, sé que hice mal, pero parecía una persona decente… Es imposible confiar en la palabra de otros, ¿verdad?

—Sigue.

—Esas revistas… eran ilegales, supongo. No tenían el sello de ninguna editorial.

Ella se puso de pie, movida por una alarma interior. Trató de recuperar su compostura y volvió a tomar asiento.

—¿Qué revistas?

—Me da vergüenza describirte lo que vi.

—Háblame claro.

—Logré escapar a tiempo.

—¿A tiempo de qué?

—El hombre vendía revistas con… fotos… de… mujeres mostrando groseramente las partes más íntimas de su cuerpo y escenas sucias que… no puedo describirte.

La madre estaba azorada. Miró los libros de sexología que su hijo había dejado abiertos sobre el piso.

—¿El hombre de ese coche —aclaró la garganta para que su voz no flaqueara— te hizo algo malo?

—No. Pero Mario Ambrosio, un compañero de mi salón, se fue con él. Parecía muy entusiasmado con el trabajo que le proponía.

—¿Qué trabajo?

—El de actor…

—Dios mío… Cuéntame más.

—El hombre quería formar dos parejas de jovencitos para llevarnos a un lugar y tomarnos fotografías… Primero nos invitó a Mario y a mí. Luego se detuvo junto a una chica pecosa de mi escuela. Ariadne. La convenció de acompañarnos y por último quiso hablarle a la muchacha nueva que pasaba cerca, la que me gusta, pero Ariadne lo impidió. Dijo: “Prefiero ir sola, no conozco bien a esa chica y tal vez lo arruine todo”. Estaba mintiendo, ¡claro que la conocía! Es su mejor amiga. El hombre le dijo: “Entonces vamos; no nos tardaremos mucho, sube al asiento de atrás, por la otra puerta; sólo se abre desde fuera”. La pecosa rodeó el coche. El hombre sonrió mirándonos a Mario y a mí en señal de triunfo.

—A ver, José Carlos, explícame. ¿Las puertas del auto no podían abrirse por dentro? ¿O sea que ustedes estaban secuestrados?

—Sí, mamá, pero la pecosa se dio cuenta de eso, dio la vuelta al coche, abrió las dos puertas, primero la de adelante y luego la de atrás, y comenzó a alejarse. Lo hizo como para ayudarnos a escapar. El hombre gritó: “¿Qué haces, niña? ¿Adónde vas? Me lo prometiste, no tardaremos, vamos, ¡sube ya! ¡Los dos muchachos son buenas personas, verás como no te dolerá! Todo te gustará mucho. Vamos, ¡sube ya!”, pero Ariadne echó a correr. El hombre, furioso, comenzó a tocar el claxon.

—¿Y tú qué hiciste?

—Aproveché para saltar, pero apenas anduve unos pasos me di cuenta de que había olvidado mi portafolios. Regresé por él. Pensé que sería fácil recuperarlo. Me agaché para alcanzarlo y el hombre me cogió de la muñeca. Dijo: “Vas muy aprisa, cretino; tú vienes con nosotros”. Me sacudí, pero fue inútil. Llevé la mano libre hasta la del tipo y traté de arrancarla de mi antebrazo. “¡Suélteme…!”, dije mientras le enterraba las uñas en la piel y le empujaba la mano. El sujeto era mucho más fuerte de lo que jamás hubiera pensado o yo soy mucho más débil. Vi su enorme cara morena llena de hoyuelos, su gesto duro y sus asquerosos ojos que me miraban sin mirarme. El hombre me dijo: “Te voy a enseñar a que no seas un maldito cobarde, te voy a enseñar”. Grité: “¡Suélteme!” y él repitió: “Te voy a enseñar”, mientras me jalaba para adentro del carro. Desesperado, traté de liberarme y casi lo logré, pero el tipo me detuvo con el otro brazo. Entonces le escupí a la cara y me soltó dando un grito. Tomé mis útiles, y eché a correr, pero el portafolios se me enredó entre las piernas y tropecé. Me fui al suelo de frente y metí las manos un instante antes de estrellar la cara contra el pavimento. El Datsun rojo estaba a media calle. Vi cómo Mario Ambrosio volvía a cerrar la puerta quedándose adentro del auto, me gritó algo que no entendí, mientras el conductor cerraba la de adelante; vi cómo se encendían los pequeños focos blancos de las luces traseras y escuché al mismo tiempo el ruido de la reversa. Me puse de pie. Levanté mis útiles y volví a correr. El automóvil venía directamente hacia mí. Pude sentirlo y escucharlo. Estaba a punto de alcanzarme cuando llegué a la banqueta y di vuelta hacia la izquierda.

La madre de José Carlos permanecía callada sin alcanzar a asimilar la historia que su hijo le estaba contando.

—¿Y la pecosa?

—Escapó.

—¿Sabes dónde vive?

—Más o menos. ¿Por qué?

—¡Quiero que tu padre y yo vayamos a hablar con los padres de ella para explicarles lo que pasó, y levantar una denuncia!

—¿Ya ves por qué no quería platicarte nada, mamá? ¡Sólo complicarás las cosas!

La mujer observó a su hijo en silencio. Se acercó a él y lo abrazó. José Carlos sintió un nudo en la garganta. Su mente estaba llena de ideas contradictorias. Tenía mucha vergüenza, pero a la vez le emocionaba pensar en lo que habría ocurrido si sus compañeras hubieran subido al coche.

Agachó la cara y sintió que su confusión se tornaba en ira.

—¿Por qué me pasa esto?

—¿Qué?

—No puedo apartar tanta porquería de mi mente… Sé que es algo sucio, pero me atrae. No entiendo lo que me pasa.

Ella era una mujer preparada. Aunque tenía estudios de pedagogía y psicología, en uno de los momentos más cruciales de la vida de su primogénito no sabía qué decirle. Acarició la cabeza del adolescente y se separó de él para comentar en voz baja:

—Hace poco oí en el noticiero que algunas agencias de empleos solicitan muchachas jóvenes para contratarlas como edecanes o modelos, pero al final las embaucan en trabajos sexuales… también informaron que la pornografía juvenil se está convirtiendo en un gran negocio. Los que la producen y venden dicen que no es dañina, pero millones de personas son afectadas directa o indirectamente por esa basura. Cuando la policía registra las casas de los criminales, siempre encuentra que son aficionados a la más baja pornografía y a todo tipo de perversiones sexuales.

—Mamá, yo no soy un pervertido, pero… lo que acabo de descubrir… No entiendo por qué me atrae tanto. Aunque sé que está mal, me gustaría ver más… ¿Es normal?

—Sí —se llevó una mano a la barbilla para acariciarse el mentón con gesto de profunda pena, luego agregó—. Alguna vez leí que los adolescentes son como náufragos con sed.

—¿Cómo?

—Imagina que los sobrevivientes de un naufragio quedan a la deriva. Después de muchas horas, el agua de mar les parece apetitosa. Quienes la beben, en vez de mitigar su sed, la aumentan, al grado de casi enloquecer, y mueren más rápido. La pornografía, el alcohol, la droga y el libertinaje sexual son como el agua de mar. Si quieres destruir tu vida, bébela…

—No quiero destruir mi vida. ¡Pero sigo teniendo sed!

—Encuentra agua pura.

—¿Dónde?

—¡Pide que llueva!

—¿Cómo?

—Busca el amor.

—No te entiendo.

—Me comentaste que hay una muchacha muy linda que te inspira cosas buenas. Piensa en ella. En sus ojos, en su dulzura. Borra de tu mente la pornografía.

—¡Se dice fácil!

—Hijo, sólo el amor cambia vidas; puede impulsar al peor de los hombres a ser grande, noble, honesto… ¿Alguna vez te platiqué la historia que escribió mi padre sobre un joven encarcelado injustamente?

—Creo que sí. Ya no me acuerdo bien.

—Era un buen muchacho que fue metido a una prisión subterránea oscura, sucia, llena de personas enfermas y desalentadas. Se llenó de amargura y deseos de venganza. Cuando el odio lo estaba corrompiendo, la hija del rey, llamada Sheccid, visitó la prisión. El joven quedó impresionado por la belleza de esa mujer. La princesa, por su parte, se conmovió tanto por las infrahumanas condiciones de la cárcel que suplicó a su padre que sacara a esos hombres de ahí y les diera una vida más digna. El rey lo hizo, y el prisionero se enamoró de la princesa. Entonces, motivado por el deseo de conquistarla, escapó de la cárcel y puso en marcha un plan extraordinario para superarse y acercarse a ella. Con el tiempo llegó a ser uno de los hombres más ricos e importantes del reino.

—¿Y al final conquistó a la princesa?

—No. Sheccid fue sólo su inspiración. Un aliciente que lo hizo despertar.

—Qué lástima.

—El resultado fue bueno para él de todos modos. Haz lo mismo. Aférrate a tu Sheccid y olvida la porquería que conociste hoy.

Asintió y se quedó callado por unos segundos. Luego reflexionó:

—Mis amigos dicen que los jóvenes podemos tener un poco de sexo e incluso fumar o tomar, sin que lleguemos a pervertirnos. Oí que todo es bueno si se hace moderadamente…

—No. Lo siento. Eso es mentira. Entiende, hijo. Aunque existen serpientes, eso no significa que debes convivir con ellas. ¡Son traicioneras!

—¿Serpientes?

—Un domador de circo en Europa, que había pasado trece años entrenando a una anaconda, preparó un acto que funcionó bien, pero hace unos meses, frente al público en pleno espectáculo, la serpiente se enredó en el hombre y le hizo crujir todos los huesos hasta matarlo.

—¿De verdad?

—Sí. Miles de muchachos mueren asfixiados por una anaconda que creyeron haber domesticado. El alcohol, el cigarro, la pornografía… Lo que es malo es malo. Punto. No puedes jugar con ello, ni siquiera “con medida”.

Hubo un largo silencio. José Carlos asintió. Luego abrazó a su madre. Por un rato no hablaron. Era innecesario. Esa mujer era no sólo una proveedora de alimentos o una supervisora de tareas, sino la persona que sabía leer su mirada, la que reconocía antes que nadie sus problemas, la que aparecía en la madrugada y se sentaba frente a él, sólo para acompañarlo.

—En la maestría de pedagogía debes de haber leído muy buenos libros. ¿Podrías recomendarme alguno?

—Claro. Vamos.

El muchacho tomó como tesoro en sus manos los cuatro volúmenes que su madre le sugirió cuando llegaron al pasillo del librero. Luego se despidió de ella con un beso.

Regresó a su cama y hojeó los libros. No pudo leer. El alud de ideas contradictorias le impedía concentrarse lo suficiente. A las tres de la mañana apagó la luz y se quedó dormido, sin desvestirse, sobre la colcha de la cama.

 

3

 

Lunes 20 de febrero de 1978

Desde hace más de un año anoto algunos de mis “conflictos, creencias y sueños”. Lo hago en papeles sueltos. Voy a reunirlos y a llevar un orden.

Mi princesa: He pensado tanto en ti durante estos días. He vuelto a soñar contigo de forma insistente y clara. Tengo miedo de que tu amiga, Ariadne, se me anticipe y lo eche todo a perder. Por eso, la próxima vez que te vea, me acercaré a decirte que, sin darte cuenta, me has motivado a superarme.

Quisiera ser escritor. Como mi abuelo. Escribir es una forma de desahogarse cuando la sed nos invita a beber agua de mar. Tengo muchas cosas que escribir. Quiero imaginar que este diario lo escribo para alguien muy especial. Para ti, mi Sheccid.

José Carlos se encontraba sentado en una banca del patio principal.

Cerró muy despacio su libreta y se irguió de repente sin poder creer lo que veían sus ojos.

La chica de nuevo ingreso estaba ahí.

Algunas veces su rostro perfecto se ocultaba detrás de los estudiantes y otras se descubría en medio del círculo de amigas.

Las manos comenzaron a sudarle y los dedos a temblarle. La boca se le secó casi por completo. Dio unos pasos al frente. Tenía que acercarse a ella. Se lo había prometido.

Estaba rodeada de personas. ¿Cómo la abordaría? Sin saber la respuesta, se aproximó poco a poco.

De pronto, el grupo de muchachas comenzó a despedirse y unos segundos después la dejaron totalmente so… ¿la? El corazón comenzó a tratar de salírsele del pecho. Caminó unos pasos más, dudando. Pronto terminaría el descanso y ella se esfumaría de nuevo. No disponía de mucho tiempo. Avanzó sin pensarlo más. Se detuvo a medio metro de la banca en la que estaba sentada la joven. Nunca la había visto tan de cerca. Era más hermosa aún de lo que parecía a lo lejos.

—Hola —dijo titubeante.

La chica levantó la cara. Tenía unos ojos de color inusual.

—Hola —respondió mirándolo con un gesto interrogativo.

—¿Son verdes o azules?

—¿Perdón?

—Es que… tus ojos… me llamaron mucho la atención…

—Son azules. Aunque a veces la luz los hace ver distintos.

—Oh —la voz del muchacho sonó insegura pero cargada de suplicante honestidad—. ¿Puedes ayudarme?

Ella frunció un poco las cejas.

—¿De qué se trata?

—Se trata de… bueno, hace tiempo que deseaba hablarte… En realidad hace mucho tiempo… —la postura de la chica traslucía una primera buena impresión, pero, ¿cuánto tiempo duraría si él no encontraba algo cuerdo que decir? Debía pensar bien y rápido. Comenzó a construir y descartar parlamentos en la mente a toda velocidad: Es difícil abordar a una joven como tú… No. Movió la cabeza. Eso era vulgar; entonces: Si supieras de las horas en que he planeado cómo hablarte me creerías un tonto por estar haciéndolo tan torpemente… Sonrió y ella le devolvió la sonrisa. No podía decir eso, sonaría teatral, pero tenía que decir algo ya.

—Te he visto declamar dos veces y me gustó mucho.

—¿Dos?

—La segunda lo hiciste para toda la escuela después de abanderar la escolta.

—¿Cómo?

—La primera lo hiciste para mí… En sueños… —la frase no tenía intención de conquista, era verdadera; tal vez ella notó la seguridad del muchacho y por eso permaneció a la expectativa—. Declamas increíble —completó—. Estoy escribiendo un diario para ti. Quiero ser tu amigo.

—¿Por qué no te sientas?

Lo hizo. Las palabras siguientes salieron de su boca sin haber pasado el control de calidad que exigían las circunstancias.

—Eres preciosa y quiero conocerte.

—Vaya que vienes agresivamente decidido.

Movió la cabeza, avergonzado. Eso fue un error. Tenía que ser más sutil y seguir un riguroso orden antes de hablar.

—¿Por qué no empezamos por presentarnos? —sugirió ella—. Mi nombre es…

Sheccid —la interrumpió.

—Che… ¿qué?

—Mi abuelo es escritor. Lo admiro mucho. Él solía contar la historia de una princesa árabe muy hermosa llamada Sheccid. Un prisionero se enamoró de la princesa y, motivado por la fuerza de ese amor, escapó de la cárcel y comenzó a superarse hasta que logró convertirse en un hombre muy importante. Por desgracia, nunca le declaró su cariño y ella no supo que él existía. La princesa se casó con otro de sus pretendientes…

La joven lo miró unos segundos.

—Y esa princesa se llamaba… ¿cómo?

—Sheccid.

—¿Así que vas a cambiarme de nombre?

—Sí. Yo soy ese prisionero que escapó de la cárcel y tú eres esa princesa, pero no quiero que te cases con otro sin saber que yo existo. Por eso vine.

Ella rio y movió la cabeza.

—¿Siempre eres tan imaginativo?

—Sólo cuando me enamoro.

Se dio cuenta de que había pasado otra vez por alto el registro de razonamiento y se reprochó entre dientes:

—Que sea la última vez que dices una tontería —pero a ella no le había parecido tal, porque seguía riendo.

De pronto la joven levantó un brazo y agitó la mano para llamar a otra chica que caminaba despacio, cuidando de no derramar el contenido de dos vasos con refresco que llevaba en las manos.

—¡Ariadne, aquí estoy…! —bajó la voz para dirigirse a José Carlos—. Te presentaré a una amiga que fue a la cooperativa a traer algo de comer.

El muchacho sintió un agresivo choque de angustia y miedo. La pecosa llegó. Él bajó la cabeza pero fue reconocido de inmediato.

—¡Hey! ¿Qué haces con este sujeto…?

La joven se puso de pie, asustada.

—¿Qué te pasa, Ariadne? Vas a tirar los refrescos. ¡Estás temblando!

—¡Es que no comprendes! —observó al chico con ojos desorbitados—. ¡Dios mío! ¿No sabes quién es él? 

—Acabo de conocerlo, ¿pero por qué…?

—Es el tipo del Datsun rojo, de quien te hablé.

—¿El de…?

—¡Por favor! ¿Ya se te olvidó? ¡El de las revistas pornográficas! A él y a otro de esta escuela les abrí la puerta creyendo que estaban atrapados, pero me equivoqué. Corrieron detrás de mí para obligarme a subir con ellos.

—¿Él? 

—Sí. 

—¿Estás segura?

—Claro.

—No lo puedo creer.

—Eso —dijo José Carlos—, tiene una explicación…

—¿De verdad? ¿Vas a inventar otra historia como la de que me viste declamar en sueños y vas a ponerme el nombre de una princesa que inventó tu abuelo? —dio dos pasos hacia atrás y se dirigió a su amiga para concluir—: ¡Pero qué te parece el cinismo de este idiota!

José Carlos no pudo hablar. Las miró estupefacto. No volvieron la cabeza. Sólo se alejaron.

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

LOS OJOS DE MI PRINCESA 2

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

LOS OJOS DE MI PRINCESA 2

Sheccid ha desaparecido. José Carlos se entera que ella ha sido víctima de la banda criminal que produce pornografía y vende droga. Decide buscarla y ayudarla. En su lucha por encontrarla va desvelando enigmas que ponen en peligro su vida. Pero el amor lo hará franquear todos los obstáculos para rescatarla y conquistar a Sheccid.

1

El sueño

Creencias, Conflictos y Sueños (C. C. S.), domingo 23 de enero de 1983

Hoy te soñé.

Estabas charlando con otras personas alrededor de una mesa ovalada.

—Hola, princesa —llegué decidido, desde lejos.

Todos los comensales se quedaron mudos al verme.

—Hola… —respondiste abriendo apenas los labios como si mi aparición te causara aturdimiento—. ¿Eres tú?

—Sí, Sheccid.

—Hacía mucho tiempo que nadie me llamaba Sheccid.

—¿Todavía te gusta?

—Depende de quién lo pronuncie.

—Yo soy el único que te puede decir así.

—Tienes razón.

—¿Me has extrañado?

—Mmh —te llevaste un dedo a los labios—. Ha sido un tiempo difícil.

—Contéstame.

Había tantas cosas que explicar. Tanto que aclarar. Tanto que comprender.

—Sí —aceptaste—. Te he extrañado.

—Necesitamos hablar.

—¿Cuándo?

—Te invito, mañana, a comprar un libro.

—¿Geometría y Trigonometría plana?

—Puede ser. ¿Por qué no? Lo perdí. Quiero recuperarlo para mi colección. ¿Vamos a pie y después en autobús de pasajeros? ¿Como antaño? Podemos tomar un helado de chocolate también.

Cinco años atrás fuimos juntos a comprar el libro de Baldor. Andando por la calle y usando el transporte público. Fue la tarde en que me atreví a abrazarte por la cintura y me senté junto a ti, apresando tus manos entre las mías. La tarde en que compartimos el mismo helado y estuvimos a punto de besarnos.

Sonreíste acongojada (si la contradicción es lícita), como tratando de borrar con un soplo los últimos años tormentosos para poder regresar mágicamente a los felices tiempos de la inocencia.

—De acuerdo —dijiste—, nos vemos en la misma esquina a la misma hora.

—No llegues tarde —recomendé.

Los sueños son a veces sucedáneos de acontecimientos reales. Para ciertas corrientes de psicoanálisis hay, en la actividad mental nocturna, mensajes secretos enviados por el subconsciente, propensos de ser interpretados por un profesional. Para los adeptos a retrotraer las prácticas de antiguos profetas escriturales, los sueños transfieren de manera vedada un mensaje de la divinidad. Yo no soy prosélito de ninguna de esas teorías, pero sin atreverme a descalificarlas por completo, me inclino a creer que, como la mente es muy poderosa, cuando concebimos en ella pensamientos reiterados, ocurre un fenómeno de plasticidad que les va dando materia hasta convertirlos, primero en sueños vívidos y más tarde en sucesos reales.

Sheccid: yo te he ideado (y trazado y descrito y narrado y planeado) demasiado tiempo; no es raro que te sueñe como si fueras de carne y hueso, ni será extraño que pronto acabe por verte frente a mí…

La realidad no es sino el resultado de lo que deseamos.

Por eso el sueño me pareció tan real. Y por eso sé que se hará verdad.

Me vi ahí, parado en la misma esquina donde nos citamos antes, esperándote con ansia, alegre de que pronto llegarías y temeroso de que no lo hicieras.

Observé la calle. ¡Había excesiva polución!; la avenida tenía baches, charcos, lodo; el tráfico era espeso; y los grandes y espaciosos autobuses urbanos de antaño escaseaban (habían sido sustituidos por microbuses). Por si fuera poco, en el horizonte se dibujaban los trazos luminiscentes de una tormenta eléctrica. Portentosos relámpagos chocaban en el firmamento. Al principio los fulgores resultaron bellos, dignos de fotografiar como se hace con las auroras boreales, pero poco a poco aumentaron de intensidad acompañados de truenos atroces. Jamás había visto ese portento de lobreguez. “Un mal presagio”, pensé.

Escuché unas pisadas detrás. Giré. Eras tú. Vestida con saco y falda, maquillada en exceso; te veías más adulta y formal, pero también más triste e insegura, como ocurre con las personas que han sido golpeadas cruelmente por la vida. Miré el reloj.

—Llegaste puntual.

—He cambiado.

—¿Ahora usas zapatos de tacón?

Estabas más alta que yo.

—A veces; discúlpame.

Uno de los pocos autobuses de pasajeros que quedaban en circulación se detuvo frente a nosotros. Pero iba lleno. Subimos. No había un solo asiento libre. La gente se bamboleaba asida a las barras de metal. Olía a gasolina y sudores. Apenas pudimos entrar. En el cielo continuaba generándose el ruido infame de relámpagos.

Un vagabundo, quizá morboso y malintencionado, pero también quizá porque fue empujado por el gentío o aletargado por el alcohol, comenzó a recargarse en ti. Te incomodaste. Volteaste a verme como diciendo “protégeme”. Entonces aparté al tipejo e interpuse mi cuerpo para cubrirte la espalda. El vagabundo se desbordó en insultos. No le respondí. Quedé como abrazándote. Tú te encogiste un poco para dejarte abrazar.

—Gracias.

—Sabes que me pelearía con cualquiera por ti.

—Sí… no me lo recuerdes.

—Desde que nos separamos, no he pensado en otra mujer. Me has hecho falta. ¡Hay tantas cosas que no aclaramos… tantos cabos que dejamos sueltos!

—¿Por qué nos pasó eso?

—¿Malentendidos? —adiviné.

—Puede ser.

—Sheccid, dime. ¿Cómo has estado?

—Mal… —cerraste los ojos—. Muy mal…

—¿Por qué?

—Espero que no me pidas demasiadas explicaciones. No podría dártelas —tu voz se atenuó hasta el silencio; te encogiste aún más como tratando de esconderte—. Vivo secuestrada. Aterrada. Mi vida peligra. Tengo miedo. Me están observando. Ayúdame, José Carlos. No sé a quién acudir.

En el cielo se dibujó una centella seguida del trueno más ensordecedor.

Entonces, de forma inverosímil (en los sueños no importan las verosimilitudes), comenzamos a caer por un largo, profundo y negro agujero…

Desperté. Me levanté sudando.

Quise alcanzar el vaso con agua que acostumbro poner en mi mesita. Lo tiré. Por fortuna estaba casi vacío. Encendí la luz. Iban a dar las cuatro de la madrugada. Traté de calmarme. Salí de la cama y descorrí el cancel de la ventana. Quería sentir el frío de la noche. La humedad del rocío. Pero la noche era caliente, bochornosa… había sombras entre las buganvilias. ¿Una persona? ¿Una mujer? Cerré los ojos y volví a abrirlos. Eran sólo tinieblas.

Volví a la cama pero ya no dormí.

 

2

Soledad que debilita

Se pasó varios días meditando en aquel sueño. Estaba convencido de que había experimentado una especie de revelación.

Siempre había pensado que estar solo era bueno; se había definido como “amigo de la soledad creativa, de la que empuja a soñar y planear, a cantar y rezar, a descansar para tomar fuerzas”, pero después de aquel sueño, la idea de seguir bregando sin ella, comenzó a producirle angustia.

Fue a la habitación de sus padres para despedirse. La puerta estaba cerrada. Giró el picaporte. Halló a su papá en cuclillas junto a la cama. Le dio las buenas noches, y cuando levantó la vista, notó que se limpiaba las lágrimas.

—¿Qué tienes papá? ¿Hay algún problema?

—Se me olvidó cerrar con llave.

Su respuesta llevaba dos filos. Disculpa y reproche. Al adulto se le olvidó cerrar y al joven llamar. Pero lo remarcable del instante era otro asunto: ¿Su padre fuerte, varonil, valiente, de carácter duro (a veces demasiado), se encerraba con cerrojo y lloraba?

—Perdona… —entré sin tocar—. Venía a despedirme.

—Hasta mañana.

—¿Te sucede algo?

Entonces el adulto miró a su hijo con un gesto desguarnecido de toda ficción; franco, honesto.

—Me siento muy solo.

En el rostro del padre había dolor verdadero.

Ahí estaba otra vez el mismo concepto sobre el que había estado meditando. “Me siento muy solo”.

En esas cuatro palabras se resumía la principal problemática del ser humano. La soledad obligatoria. La indeseada. La que proviene de llevar una carga a cuestas, sin tener con quién compartirla; la que se gesta en silencio después de muchos días de sembrar sin cosechar.

Pensó que había descubierto un concepto valioso. El secreto para diferenciar lo que causa plenitud de lo que ocasiona pesar estriba en saber si es forzado o voluntario. Todo lo forzado se convierte en coercitivo, porque atenta contra la libertad. De esa forma, es nociva la dieta forzada porque no hay qué comer (en contraste con la dieta voluntaria de quien felizmente busca estar más sano)… o el ejercicio forzado en una prisión (en contraste con el ejercicio voluntario de un atleta que se entrena de buen grado).

—¿Por qué te sientes solo, papá?

—A veces parece que, haga lo que haga, nunca es suficiente; estamos al borde de la quiebra… Me siento muy cansado.

Su padre, siempre rudo, esa noche parecía otro. Físicamente empequeñecido por creerse perdedor de una batalla que sólo él conocía, y moralmente engrandecido a causa de la humildad de quien se reconoce necesitado de afecto.

—La soledad debilita —susurró y después agregó—. ¡Y la debilidad es el peor enemigo de la humanidad!

José Carlos contempló a su padre en cuclillas junto a la cama. Al verlo quebrantado, lo admiró… Quiso abrazarlo, pero permaneció quieto. Aquilatando la singularidad del momento.

La última idea le coreaba en la mente como un eco.

“La debilidad es el peor enemigo del ser humano”.

Era un tema digno de analizarse. Él también se sentía débil. Pensaba mucho en su Sheccid. Desde que soñó con ella, cada noche peleaba contra el fantasma del insomnio que le susurraba al oído: No te hagas ilusiones. Se fue. Te traicionó. Jamás encontrarás amor en ella… entonces se deprimía. Cobraba conciencia de las llagas invisibles de su alma. Y claro; no debía sentirse malsanamente solo, ni débil, porque tenía unos padres maravillosos y tres hermanos estupendos. ¡Pero con esa lógica, tampoco su padre debía sentirse así!

Lo observó unos segundos más, y se puso en cuclillas a su lado.

—Papá —le dijo colocando un brazo sobre su espalda—, cuentas conmigo. Voy a trabajar en tu negocio de capacitación. He estado pensando que podríamos convertirlo en escuela secretarial. Eso lo levantaría. Yo podría dar clases. Sé matemáticas, pero también redacción y ortografía. De algo servirá. Saldremos adelante.

—Gracias, hijo —hizo una larga pausa; luego agregó sonriendo—. El amor fortalece, ¿lo has notado?

José Carlos asintió.

A un animal herido podía salvarle la vida el apoyo de la manada o el cobijo de la madre lamiendo sus llagas…

“Sin duda, el amor fortalece. En esta época de prisas y competencia feroz —pensó—, la gente está débil porque carece de amor. Si alguien tiene amor, cuenta con el vigor para estudiar, emprender trabajos extenuantes, laborar de sol a sol y aun dar la vida en pro de sus ideales. Al contar con una persona especial a quién abrazar, con quién compartir las alegrías y tristezas cotidianas, la debilidad y los malos sentimientos se esfuman…” Salió de la recámara y fue a la cocina.

Su mamá estaba terminando de hacer la cena. También se veía débil. Entonces lo supo: ¡Sus padres (en secreto), llevaban varias semanas disgustados! ¡No se hablaban! ¡No se tocaban! ¡No se apoyaban el uno al otro! Había conflictos matrimoniales no resueltos… Por eso, los dos (¡también ella!), habían caído en una espiral de agotamiento.

—Mamá, es tiempo de que arreglen sus problemas; papá está muy sensible. Ve a verlo, por favor. Enciérrense. Y no salgan de la habitación hasta que se hayan puesto de acuerdo…

Ella giró la cara hacia la estufa y siguió cocinando.

—Después. Al rato. Mañana.

Conocía a sus papás. Sabía que volverían a unirse. Habían pasado por muchas tormentas y siempre salían a flote. Mal que bien, se tenían el uno al otro…

Pero, fuera de su familia, José Carlos no contaba con nadie… La mujer de la que se enamoró hacía tiempo le había roto el corazón.

 

3

Amor que fortalece

Dejó a Ariadne sola unos minutos. Salió al estacionamiento para caminar en círculos. Pero después, movido por la incipiente lluvia que amenazaba con empaparlo, volvió al interior del restaurante.

—¿Dónde fuiste? —la pecosa se veía molesta—. Van dos veces que te desapareces.

—Perdóname, amiga… Estar contigo de nuevo me produce mucha ansiedad.

—¡Eso es casi un insulto!

—Tu imagen está ligada a recuerdos tristes.

—Pues dejemos nuestra plática aquí. ¿Te parece? Lo que menos quiero es causarte angustia.

—No, no, Ariadne, por favor no digas tonterías —extendió sus manos para tomar las de la chica—. Tú eres mi amiga… mi mejor amiga… Mírame. Sabes que es verdad.

La joven pecosa asintió y esbozó una levísima sonrisa.

Ambos se conocieron cuando eran apenas unos púberes que estaban despertando a la razón. Pero Ariadne se había convertido en una mujer atrayente; ya no tenía las mejillas plagadas por mazacotes de pecas; ahora sólo unos cuantos lunares dorados le afilaban los pómulos. Además había embarnecido: sus senos primitivos de la secundaria cumplieron honradamente la promesa de opulencia que contuvieron, y las curvas prominentes que formaban eran difíciles de obviar.

Ella notó que el muchacho tragaba saliva después de echar un rápido vistazo a su vestido.

—¿Te parezco atractiva?

—¿A quién no le parecerías?, has cambiado mucho desde la secundaria.

—Pues tú sigues igualito.

—¿Te acuerdas cuando nos vimos por primera vez?

—Cómo olvidarlo. Fue traumatizante.

—Sí. ¡Terrible! Yo había sido secuestrado por un productor de pornografía infantil. Estaba en su auto sin poder salir y el sujeto se detuvo en la calle para llamarte y pedirte que te unieras a nosotros. ¡Quería atraparte también! Te acercaste al coche, miraste las fotografías pornográficas, escuchaste la oferta del proxeneta, me viste a la cara y abriste la puerta desde afuera para ayudarme a escapar. Después echaste a correr. ¡Me salvaste sin conocerme! ¿Te imaginas lo que hubiera sucedido si, en vez de hacer eso, hubieses aceptado acompañarnos? Nuestra vida sería otra…

—Como la de Mario Ambrosio.

—Mario no quiso o no pudo irse. Su destino cambió esa tarde.

Ariadne miró hacia la ventana.

—¡Qué aguacero se soltó otra vez!

—Ajá.

—Este año, las lluvias han sido excesivas. ¿No te parece? Quizá se acerca el fin del mundo —contempló ensimismada las gotas furiosas reventando en el ventanal y habló como quien piensa en voz alta—. ¿Sabes, amigo? Después de conocerte, tuve miedo de ti. Creí que eras un degenerado sexual, porque me perseguías por todos lados. Te confieso que pensé en denunciarte.

—¿Y por qué no lo hiciste?

—Porque algo no concordaba. Tu actitud temerosa. Parecías un cachorrito herido, no un depravado. Además, decías que estabas enamorado de ella, Deghemteri, la jefa de mi grupo… Y siempre me pedías lo mismo: que le hablara bien de ti…

—O al menos que no le hablaras mal. Por eso te buscaba tanto, Ariadne. Me urgía convencerte de mi inocencia, de que yo no tenía nada que ver con el pornógrafo. Que había sido una víctima.

—Para que te ayudara con ella —insistió sin ocultar el desprecio.

—Sí… Me enamoré perdidamente.

—Como un idiota. ¿Por qué?

—Yo era muy tímido. Enamorarme de esa chica despertó mi héroe interior… Por eso le decía Sheccid. Esa palabra proviene de la leyenda sobre una princesa árabe que inspiró a un prisionero a salir de la cárcel y a superarse para merecerla… ¡Yo fui ese prisionero y me hice hombre pensando en ella! El amor me fortaleció. ¡Porque amar fortalece! Y vivir debilita.

—¿Vivir debilita? —La pecosa le puso azúcar a la taza de café que había estado sobre la mesa por más de media hora y habló como quien está dispuesto a entablar una charla filosófica—. Si así fuera, todos los seres vivos acabaríamos muertos.

—¡Y así sucede, tarde o temprano!

—Por supuesto, perdón. Quise decir que estaríamos siempre exhaustos.

—¡Vivir debilita, Ariadne! He estado leyendo sobre esto. Es un tema fascinante. Piensa. El simple hecho de respirar, caminar, pensar, movernos, y por supuesto estudiar o trabajar, nos roba energías. ¡Si no hacemos algo para recuperarlas, nos apagamos hasta la extinción! La debilidad es un fantasma que persigue al ser humano todo el tiempo. ¡Por eso, físicamente necesitamos comer y dormir; pero en otras áreas (como la mente, la autoestima, la fe), cada día, también necesitamos hacer cosas para fortalecernos!

—¿Como cuáles?

—No sé, ¿trabajar en lo que nos gusta?, ¿hacer ejercicio?, ¿enfrentar retos?, ¿oír buena música?, ¿leer?, ¿rezar?, ¿aprender cosas nuevas?, ¿charlar con un amigo?, ¿contemplar las estrellas?

—¿Y amar?

—¡Sí, Ariadne! El amor nos brinda energía. ¡El que no ama, se marchita!

—Así que amar fortalece.

—¿No es una idea fascinante? A eso le llamo La Fuerza de Sheccid.

Ariadne tomó su taza de café y se la llevó a los labios. Pero sólo le dio un ínfimo sorbo, porque el líquido se había enfriado. Levantó la mano para pedir un reemplazo. El mesero se acercó.

—Está helado, ¿podrías cambiármelo?

Una vez consumada la renovación de la bebida, la pecosa retomó el hilo de la charla.

—Entiendo que necesitaras depositar tu romanticismo en una mujer de carne y hueso, pero ¿por qué elegiste a Deghemteri?

—Te lo voy a explicar. Hace mucho leí la leyenda de Gustavo Adolfo Bécquer, que describe unos ojos fascinantes “con brillo fosfórico, como dos esmeraldas sujetas a una joya de oro”. Durante años imaginé esa mirada y me dije: “Yo reconoceré a la mujer de mi vida por sus ojos”. Los de Deghemteri eran así; además, ella tenía elegancia al caminar, seguridad frente al micrófono. Al estar cerca de ella, mi cuerpo vibraba, la piel se me erizaba y mi visión se centraba en su silueta mientras todo alrededor se desenfocaba.

—No tienes remedio, amigo. ¡Escúchate! ¡En qué te fijabas! Puras formas. ¡Cosas superficiales! Ni siquiera conocías bien a esa muchacha y la proclamaste tu Sheccid… ¡Perdiste la cabeza por ella! Volaste muy alto ¡y ya ves lo que sucedió! Te desplomaste al suelo en caída libre cuando descubriste quién era ella en realidad.

—Sí… —aceptó—, casi me vuelvo loco…

 

4

Desahogo

C. C. S., viernes 4 de febrero de 1983

Deghemteri:

Nunca te perdoné que mancillaras (y de qué forma) la imagen de mi ideal.

Eras una chica hermosa, seductora, tierna… ¡hechicera! (en una palabra). Tus ojos fascinantes (tan parecidos a los que describió Bécquer), me hicieron caer en un abismo insondable de mítica esperanza.

¡Te llamé “Sheccid” (y a ti te gustaba que te dijera así)! Sabías que el nombre te dignificaba; que te elevaba… Pero de pronto (malagradecida), sin decir ni “agua va”, te revelaste ante mí como parte de un grupo sectario, híbrido entre zoroastrismo, santería y culto al peyote.

¡Vaya sorpresa!

Me quedé petrificado al descubrirte en aquella fiesta (a la que me colé de últimas y sin invitación) recitando mantras, fumando, tomando, ¡drogada!, bailando sensualmente y quitándote la ropa para el deleite de una sarta de borrachos. ¡Bribona de mala pinta! Me acerqué a saludarte mientras movías las caderas, te detuve por los hombros y pregunté: “¿Sheccid, qué te pasa?”, como respuesta me diste un lengüetazo en la cara; después giraste para seguir bailando al coreo de los beodos que te gritaban “¡bravo, Justinaaa!”

¿Justina? ¿Quién carajos se puede llamar tan feo? ¡Ahora entiendo por qué dejaste que yo te regalara un seudónimo! El nombre que te puse, además de enaltecerte, te ayudó a hacer a un lado la risible combinación silábica que urdieron tus groseros padres.

¡Por todos los santos! ¿Tienes alguna noción de lo que hiciste, bajo el efecto de drogas esa noche (y quién sabe cuántas noches más)? ¿Sabes que me rompiste el corazón? ¡Porque yo creía en ti! Y, por favor (no me lo puedes negar), tú también creías en mí… ¡Nos queríamos! Forjamos una relación especial, en la que ambos estábamos convencidos de ser el uno para el otro. ¡Llegamos a conocernos lo suficiente como para prometernos que no nos traicionaríamos! ¡Nuestra unión se fue fortaleciendo con lo mejor de cada uno de nosotros! ¡Con la nobleza más sincera emanada de dos corazones jóvenes que se aferran a la pureza del primer amor y se niegan a corromperse! Fuimos novios sin serlo. Nos besamos sin besarnos. Y hasta hicimos el amor, sin hacerlo.

Disculpa si estoy excediéndome en mi desahogo, pero tengo un enojo guardado que no he podido expresar. Todo el mundo dice que te idealicé; sin embargo, sé que tienes nobles sentimientos y eres muy inteligente. Varias veces te vi conmovida ante el dolor de otros, te vi improvisando composiciones poéticas, defendiendo a tus compañeros, luchando por dar siempre buen ejemplo. No eres sólo un cuerpo de formas bonitas, eres una mujer completa, muy valiosa y cuando lo pienso así, el enojo se vuelve en contra mía. Quizá simplemente te metiste en problemas, cometiste errores, estuviste sola y débil, y las personas a tu alrededor, en vez de darte una mano para rescatarte del pozo cenagoso,
te empujaron con el pie… Quizá yo mismo lo hice. Caíste y te di la espalda haciéndote responsable de tu caída e interpretándola como traición.

Últimamente te he soñado atrapada en un calabozo sucio, oscuro y pestilente; secuestrada por una sarta de locos fanáticos.

¿Así te encuentras?

Alguna vez leí que ciertas personas tienen una conexión espiritual capaz de trascender el espacio físico. Por ejemplo, un joven sufre un accidente y su madre despierta en ese momento con una angustia que le oprime el pecho; una mujer fallece y, a lo lejos, su amante se alarma sabiendo que algo grave acaba de ocurrir.

Creo que eso sucede entre nosotros. Como dice Francisco Luis Bernárdez:

Tan unidas están nuestras cabezas

y tan atados nuestros corazones,

ya concertadas las inclinaciones

y confundidas las naturalezas,

que nuestros argumentos y razones

y nuestras alegrías y tristezas

están jugando al ajedrez con piezas

iguales en color y proporciones.

En el tablero de la vida vemos

empeñados a dos que conocemos,

a pesar de que no diferenciamos,

en un juego amoroso que sabemos

sin ganador, porque los dos perdemos,

ni perdedor, porque los dos ganamos.

¿La gente de esa secta te esclavizó?

¿Necesitas ayuda?

¿Sufres de alguna adicción? (Al alcohólico o dependiente de otras drogas se le insulta, injuria y humilla, en vez de tenderle la mano como el enfermo que es).

¡Yo hago todo con pasión y no descansaré hasta encontrarte!

Y si estás atrapada, haré lo que sea por sacarte de ahí…

Deseo volver a luchar por ti.

Porque amarte me fortalece.

 

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

SHECCID. CUANDO EL AMOR DUELE

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

SHECCID. CUANDO EL AMOR DUELE

Ella siempre lo amó. Él nunca lo supo. Hasta que la vida los volvió a encontrar. ¿Se puede llegar tarde al amor?

Sheccid ha sufrido un grave accidente. Está sola, aislada del mundo y de su familia; tiene marcas de intento de suicidio, pero no recuerda nada. El médico le pide que se remonte al pasado y reconstruya poco a poco los hechos. Ella descubre que el amor de José Carlos la ha mantenido con vida. Y se aferra a él. Sólo piensa en una cosa: salir del hospital y encontrarlo.

1

ME GUSTA QUE ME DIGAN SHECCID

Hace frío. Mucho frío. Frío artificial, seco; como el de una habitación no supervisada con el aire acondicionado al máximo.

Escucho el bip pertinaz de un monitor médico a mis espaldas.

Abro los ojos con dificultad. El muro blanco frente a mí se acerca despacio amenazando con aplastarme. Luego se hace oblicuo y se aleja formando un túnel.

¿Dónde estoy? ¿Qué día es hoy? ¿Quién soy?

Susurro apenas:

—Me llamo Lorenna Deghemteri. Algunos me dicen Sheccid.

Aunque el agotamiento extremo me empuja a la somnolencia, la conciencia, espabilada ya, me reclama averiguar qué está pasando. Trato de sentarme. No puedo. Mis extremidades no responden. Ni siquiera las siento. Tengo vendado el tórax; el brazo y la pierna del lado derecho. Ambas extremidades sostenidas con tirantes por una estructura aparatosa.

¿Estoy en un hospital? ¿En terapia intensiva? ¿Cómo llegué hasta aquí?

Ordeno al cerebro mover los dedos. Apenas percibo una leve respuesta.

Inhalo y exhalo con rapidez. Me sofoco.

Alguna vez aprendí que el miedo se percibe casi siempre como falta de aire; que el pánico ocasiona sensación de asfixia, por eso, en los momentos críticos debemos acordarnos de respirar. Así que respiro. Respiro despacio.

A ver. De nuevo: me llamo Lorenna Deghemteri, pero me gusta que me digan Sheccid. No recuerdo el origen de ese nombre. Sheccid. Significa “princesa”. Creo.

Vienen a mi mente versos enigmáticos.

Sheccid, yo te conozco antes de verte.

¡Desde hace muchos años te he soñado!

Tengo vastas razones para amarte:

¡en visiones también te he contemplado!

Intento apoyarme sobre el codo para incorporarme un poco. Duele. Tengo las articulaciones anquilosadas. Desisto. Logro llevar la mano libre a mi nuca. La cabeza me punza. Descubro una herida. Me han rapado parcialmente. Acaricio los pelillos pegados a mi cuero cabelludo y el borde de una sutura diagonal en mi parietal derecho.

Hago un esfuerzo por recordar. Es inútil. La angustia me roba el aliento otra vez. Vuelvo a respirar en pausas.

Cálmate; sabes cómo te llamas. Sheccid Deghemteri; sufriste un accidente; te abriste la cabeza, te rompiste las costillas, el brazo y la pierna derechos. Pero estás viva, estás bien; vas a estar bien.

Me angustia no saber qué me pasó, dónde estoy, cómo llegué hasta aquí. Lo único claro es el poema que suena en mi cabeza.

Tu hermosura sin par causa sonrojos

pero tu alma es más bella para verte.

Por eso quiero conquistar tus ojos:

¡entrar por tus ventanas y tenerte!

Paro de luchar contra lo que no entiendo y me dejo llevar por la somnolencia. Sin darme cuenta me quedo dormida.

 

2

TIENES AMNESIA POSTRAUMÁTICA

Mi respiración se detiene. Abro los ojos de forma repentina en un reflejo imperioso de supervivencia. Inhalo con fuerza; jalo la manguera del suero y los electrodos adheridos a mi cuerpo. Una alarma comienza a sonar.

Se enciende la luz de la habitación.

—¡Doctor! —alguien se acerca, gritando. Enfoco borrosamente. Es una mujer voluminosa con cofia blanca—. ¡Venga, doctor! ¡Venga! Dios mío. ¡Despertó! ¡La paciente despertó!

Trato de arrancarme los cables que me aprisionan.

—Tranquila, hija. Tranquila —la mujerona me detiene con sus brazos carnosos. En ese momento llega otra enfermera, diminuta, para tratar de ayudar. La robusta le grita:

—¡Susana, tráeme un calmante! Pronto.

—¿Dónde estoy? —miro hacia todos lados.

—En un hospital privado, en el sur de la ciudad.

—¿Qué me pasó?

—Tuviste un accidente.

Mi temor se convierte en angustia.

—¿Cuándo? ¿Qué tipo de accidente?

—En un vehículo.

—¿Por qué no me acuerdo de nada? ¿Cómo llegué hasta aquí?

Forcejeo con los cables. Aunque tengo las extremidades derechas enyesadas y un aparato que me sujeta los hombros, esta vez percibo que los dedos me obedecen, puedo moverlos. No estoy paralítica. Al menos.

Susana, la enfermera pequeña, llega con el calmante. Entre luchando por contenerme y diciendo interjecciones, la más corpulenta inyecta en la manguera del suero una sustancia que me roba las pocas fuerzas que aún tengo.

El doctor entra a la habitación haciendo exclamaciones grandilocuentes.

—¡Lorenna! ¡Preciosa! ¡Mira nada más! ¡Qué bien! Despertaste. ¡Cuánta alegría! ¡Bienvenida!

Me toma el brazo sano para revisar mi pulso y presión. Habla con la enfermera:

—¿La sedaron?

—Sí, doctor, tuve que hacerlo. Estaba muy nerviosa.

—¡La prefiero nerviosa! Caray. Tenemos que ayudarla a volver a la vida. No al revés.

—Lo siento.

—A ver, hija. Mírame. Qué bonitos ojos. Voy a revisar tus reflejos. ¿Te duele algo?

—La espalda.

—Es por las llagas. Has estado mucho tiempo acostada.

Abren las cortinas. Levantan el respaldo del colchón hasta dejarme sentada. Alguien me acerca un popote para que succione agua. Alguien más me pasa una toalla húmeda por la frente.

El médico revisa mis pupilas con una lamparita, luego continúa flexionando mis articulaciones y apretándome varias partes del cuerpo.

—Tienes buenos reflejos y sensibilidad en los dedos. Te vas a recuperar.

—¿Qué me pasó?

—Lorenna, dímelo tú. ¿De qué te acuerdas?

—De nada.

Se sienta a mi lado. Me toma de la mano.

—¿Cómo te apellidas?

—Sheccid.

—Mmh. ¿Cuándo naciste?

Me encojo de hombros.

—¿Cómo se llaman tus papás?

—No sé.

Sigue preguntando; las tablas de multiplicar, las capitales del mundo, los nombres de mis profesores, mi domicilio. Por lo que leo en el rostro del doctor, no respondo muy bien.

—A ver. Concéntrate en lo más reciente que recuerdes. Dime todo lo que te venga a la mente.

Recito:

—Sheccid, yo te conozco antes de verte. ¡Desde hace muchos años te he soñado! Tengo vastas razones para amarte: ¡en visiones también te he contemplado! Ayer te visité en tu habitación. Llorabas, sufrías en tu expresión. Aun pudiendo volverte y abrazarme, ¡tus ojos no alcanzaron a mirarme!

—¿Dónde te aprendiste ese poema?

—Supongo que en mi escuela.

—¿Cómo se llama tu escuela?

—Escuela Tecnológica Industrial ciento veinticinco.

—¿Qué más?

—Soy campeona de declamación. Mi mejor amiga se llama Ariadne. Le dicen la Pecosa. Es jefa de mi grupo.

—Bien… bien. Continúa.

No quiero. No puedo. Es como si mi intelecto se topara con un callejón sin salida.

—Me siento agotada.

—Ni hablar. Descansa, pero haz un ejercicio. Mientras estés dormitando busca tus recuerdos más antiguos y ve hilando uno con otro.

—¿Qué me pasa, doctor?

—Tienes amnesia postraumática. Es un padecimiento reversible en la mayoría de los casos, pero debes ir generando sinapsis poco a poco. Mi teoría como neurólogo es que a alguien en tu estado no se le deben decir las cosas que no sea capaz de recordar por sí solo. He visto que cuando a un paciente como tú se le dice “mira, te presentamos a tu esposa, a tus hijos y a tu perro”, se le causa un gran estrés, porque lo que no existe en la mente, no significa nada en la realidad. Así que, Lorenna, no te desesperes —me acaricia el brazo sano—. La buena noticia es que ya estás consciente.

Para él es buena noticia; para mí es espeluznante.

—¿Tienen a mi marido y a mi perro escondidos detrás de la puerta?

—No —sonríe y se pone de pie—. Era un ejemplo. Paso a verte al rato.

—Dígame una cosa. Mi herida de la cabeza ¿qué tan profunda es? ¿Tuve fractura?

Vuelve a sentarse.

—Sí. Sufriste una hemorragia extradural a causa de un traumatismo grave. El hematoma interno te causó una severa presión intercraneal que puso en peligro tu vida. Fue necesario operarte de emergencia para aliviar la presión del cerebro. Eso ocurrió hace casi seis semanas. Hoy volviste en ti… Por eso estamos de fiesta.

—¡Seis semanas!

—Así es. El límite para un pronóstico de buena recuperación. Si no hubieras despertado ahora, tal vez nunca lo hubieras hecho.

—¿Y mi familia? ¿También está de fiesta?

—Sí. Ya le avisamos a tu papá. Viene para acá.

—¿Y mi mamá?

Omite responder. Se limita a taparme con la cobija.

—Descansa.

Aprieto los párpados, inhalo despacio y hago un esfuerzo por recordar. Mi cerebro transita por rutas remotas. Lo permito, esperanzada en que me lleve a algún sitio conocido.

 
 

3

¿Puede poner música, Martín?

Terminaba el verano de 1978.

Yo estaba en un avión, a punto de aterrizar.

Miré por la ventanilla. El tamaño de la ciudad era intimidante. Parecía que caeríamos sobre casas y edificios.

Tenía un sobre entre los dedos. Mi prima Tina me lo dio cuando nos despedimos en el aeropuerto. Contenía una fotografía de ella misma, semidesnuda, exponiendo ante la cámara sus senos marcados con rajaduras como de navaja, el rostro enrojecido, la boca rota y un ojo cerrado a causa de la hinchazón. Aunque la fotografía estaba sucia y desenfocada, sin duda era de ella. En el reverso había una nota escrita a mano, pidiendo auxilio.

Guardé el sobre.

Al fin aterrizamos.

Bajé del avión y saludé a mi guardiana asignada. Como menor de edad no podía salir sola del aeropuerto. La aerolínea era responsable de entregarme sana y salva a un adulto tutor. Caminé a toda prisa por los pasillos. La cuidadora iba detrás de mí. Me urgía ver a mis padres y hermano; los imaginaba afuera esperándome con un enorme ramo de rosas.

El aeropuerto estaba en remodelación y la zona de espera era tumultuosa. Pasamos migración por la fila preferencial. Vi mi maleta aproximarse sobre la banda; era inconfundible; mamá le había amarrado un ramillete de estambres en la empuñadura. La pesqué al vuelo y la jalé.

Mi acompañante y yo cruzamos los últimos filtros con rapidez. Franqueamos las puertas de cristal y busqué a mis padres.

Un hombre canoso levantó la mano entre el gentío.

—¡Señorita Lorenna!

Era Martín, el chofer de la familia. Se acercó.

—¿Dónde están mis papás?

—No pudieron venir. Pero aquí estoy yo. Siempre a la orden.

La azafata estaba apremiada por deshacerse de mí.

—Firme aquí, por favor.

Martín firmó el papel; luego caminamos rumbo al estacionamiento.

—¡Un mes en Europa, señorita! —jadeaba cargando la maleta—. ¡Usted debe tener mucho que contar! ¿Cómo le fue?

—Bien, Martín… Bien —no pude decir más porque una especie de nudo me había estrechado las cuerdas vocales.

—No se ponga así, señorita… Ya sabe que su papá tiene un trabajo muy absorbente.

Asentí. Papá fue funcionario de la embajada británica en Argentina y Colombia. Por desgracia se metió en problemas y perdió su categoría diplomática. Sin embargo, se levantó, puso un negocio transnacional en México y se convirtió en empresario.

—¿Y mi hermano?

—No lo he visto, señorita. Ya sabe. Siempre anda en su motocicleta.

—¿Y mamá? ¿Cómo está mamá?

—Más o menos. Tuvieron que internarla otra vez… Fui por ella al hospital antier. Se veía mal de su carita. En ese sitio le dan muchas medicinas…

Sentí una contracción en el vientre. El agobio comenzó a brotar de mis entrañas como un reflujo de autocompasión.

—¿Puede poner música, Martín?

—Claro, señorita.

Martín empujó una cinta de Glenn Miller. Era lo único que me faltaba. Quise protestar, pero se me había agotado la energía. Tapé mis oídos con discreción. Agaché la cara. Abrí el bolso de mano y volví a sacar el sobre de mi prima Justina. Era cinco años mayor que yo. Nunca conectamos como amigas, aunque genética y físicamente nos parecíamos demasiado, porque ella era hija del hermano de mi papá, casado con la hermana gemela de mi mamá; una combinación bizarra.

Volví a ver la fotografía en la que mi prima aparecía golpeada y sucia. Al reverso había una nota escrita a mano: “Lorenna, ayúdame. Tengo mucho miedo. Llévame a México. Sácame de aquí”.

Media hora después, el chofer estacionó el auto frente al portón de hierro que mi padre había mandado forjar con enseñas inglesas.

—Gracias por cuidarme siempre, Martín —me despedí—. Usted es como de mi familia.

—Y usted, señorita, también. Quiero decir, es como de la mía.

Busqué las llaves y abrí el zaguán. Cargó mi maleta hasta el recibidor. No se atrevió a entrar más.

—Ya sabe que estoy de base en la oficina, pero llámeme por teléfono cuando necesite cualquier cosa.

—Claro.

Se retiró haciendo reverencias innecesarias. Era un buen hombre.

Entré a mi casa. Estaba oscura, en silencio. Todo permanecía tal cual lo había dejado cuatro semanas atrás. Olía a eucalipto y medicamentos volátiles.

Llegué hasta el cuarto de mamá. Abrí la puerta con sigilo.

En la penumbra distinguí el cuerpo de una persona desconocida sentada en la cama, recargada sobre la cabecera, mirándome con ojos muy abiertos. Me sobresalté. La sangre se me heló. Encendí la luz.

—¿Mamá?… ¿Eres tú?

La mujer hizo una mueca que quiso ser alegre y acabó pareciendo macabra. Tenía las mejillas inflamadas, el cuello engrosado, los párpados abultados. Aunque seguía manteniendo el cuerpo extremadamente delgado, casi enjuto, su rostro era otro; esférico, como globo a punto de estallar.

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

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1

PRODUCTIVIDAD MEDIBLE

 

Ayer mi hijo me invitó a jugar con una aplicación interactiva. Desde el teléfono debía disparar a los blancos enemigos, pero no los identificaba fácilmente. Los ladinos se escondían. Fui acribillado una y otra vez. Mi hijo se rio. “¿Por qué no disparas, papá?”. Contesté: “Porque no sé qué rayos estoy buscando”.

¿Qué buscamos en este libro?¿Los más altos niveles de rendimiento personal? ¿Nuestra productividad medible? Y ¿qué es eso?

Si habláramos de fabricación industrial, haríamos comparaciones como ésta: la “máquina X” elabora juguetes; hace un gran ruido, mueve engranes, empuja pistones, activa inyectores, consume combustible y produce DIEZ juguetes al día. Por otro lado, la “máquina Z”, no hace ruido, consume menos combustible y produce MIL juguetes diarios. ¿Cuál es más productiva?

Como aquí hablaremos de “personas”, pensemospor ejemplo: Pedro a los 30 años culminó su carrera profesional y dos maestrías; se casó, tiene un hijo y una esposa a quienes cuida con esmero; se ha convertido en líder de ventas y genera en promedio treinta negocios importantes al año. Ahora comparémoslo con Juan, de la misma edad: no terminó la universidad, está indeciso de casarse con su novia, ha cambiado de empleo cinco veces, actualmente no tiene trabajo, y no ha generado ningún negocio de importancia… ¿Quién es más productivo? ¿Pedro o Juan?

Todos tenemos la misma cantidad de días y horas en un  periodo de tiempo. Para medir el rendimiento personal debemos preguntarnos: ¿Quién hace más cosas buenas durante ese lapso? ¿Qué resultados medibles logran uno y otro?

¿Acaso se trata de una competencia?¡Qué inconveniente! (protestarán algunos). Claro (habrá que contestarles): la vida es una competencia; con los demás y con nosotros mismos. De hecho, el resumen de la vida es éste: Se recuerda con mayor admiración y cariño a las personas altamente productivas porque siempre dejan un legado.

Anteriormente la gente soñaba con retirarse o jubilarse para no hacer nada. Hoy sabemos que sólo quien ama lo que hace y lo disfruta está retirado del trabajo, pero no deja de ser productivo jamás. Porque la productividad le da otro giro a nuestros actos. Convierte el agotamiento en satisfacción.

Hace dos años conocí a un hombre muy especial. Se llama Joch. Hizo las gestiones para contratarme a nombre de su empresa. Acordamos tener ocho sesiones (una por semana), para entrenar a los trabajadores y gerentes en el método timing. Como la empresa en la que Joch trabajaba se encontraba en Guadalajara y en aquel entonces yo radicaba en la Ciudad de México, iba a tener que tomar un avión de ida y vuelta cada lunes durante dos meses.

Esa tarde Joch me esperaba en la sala de llegadas del aeropuerto. Sostenía, tembloroso, un letrero con mi nombre. Iba enfundado en una especie de aparato ortopédico para piernas completas con dos bastones de apoyo. Me acerqué a él identificándome. Se aprestó a abrazarme poniéndose en problemas de equilibrio. Después acomodó sus bastones, tomó la empuñadura de mi maleta y la jaló. Cojeaba de la pierna izquierda y hacía un extraño movimiento semicircular con la derecha. Nos subimos a un taxi. De camino a las oficinas me confesó que había tenido un accidente de trabajo seis meses atrás. Relató contristado:

—Fue una tragedia, afectó a toda la empresa; después del accidente, el rendimiento de los trabajadores bajó; la productividad cayó; por eso estás aquí; convencí al director general para que te contratara, pero en realidad lo hice también con la esperanza de que me ayudaras a mí. Verás. Fui reasignado como encargado de presupuestos y cotizaciones, pero odio esa labor; soy malo para los números; además, estaba deprimido y lleno de pensamientos venenosos. Así que no trabajaba bien y la empresa perdió la licitación de tres concursos de los que yo estaba encargado. El GJ (así le decimos; significa “Gran Jefe”. Aunque después yo le agregué TS que quiere decir “Toro Sentado”Sin intenciones de aludir al personaje histórico, sino por la risible similitud de su figura con un bovino que no se mueve de su silla) —sonrió—; el GJ-TS se puso furioso. Me dijo que yo estaba ahí por lástima; que el director general de la empresa me había permitido quedarme para evitarse problemas, pero que a mí no me gustaba el trabajo, por lo tanto  debía entregarle el departamento y la oficina; me mudaría al último rincón y ahí pasaría el día. Me pagarían mi sueldo, sin hacer nada. En esta empresa hay muchos trabajadores poco eficientes, pero yo soy el número uno. El rey de los improductivos. Así me conocen. Y, la verdad, ya me harté de eso.

Joch tenía razón en su hartazgo. Ninguna persona mentalmente sana puede ser feliz sabiéndose improductiva.

Por definición, el improductivo es estéril,carece de propósito en la vida, estorba, origina conflictos, pide favores y préstamos (se especializa en pedir), incluso limosna; y con frecuencia acaba en profunda depresión. De hecho, quien no se valora a sí mismo es improductivo: no hace bien su trabajo, no cumple sus promesas, no está presente cuando se le necesita, no tiene fuerza para enfrentar retos.

Nuestra productividad incluye generar dividendos económicos, pero va mucho más allá del dinero. Tiene que ver con nuestra influencia en el mundo y estima propia. Independientemente del trabajo, tú y yo vivimos para ser productivos. Ésa es nuestra razón de existir.

 

2

DIS-FRUTABLES

 

Dar fruto es progresar para tu propio beneficio, pero brindando también a otros el beneficio de tu trabajo. Quien da fruto es alguien disfrutable. Dis-frutar viene de la palabra des-frutar; antes, por ejemplo, un niño le decía a su padre: “¿Puedo des-frutar el árbol de peras?”. Se des-fruta un árbol quitándole la fruta para comerla, venderla o sembrarla.

¿Conoces a alguien cuya compañía se disfruta? Es porque produce buen fruto: ¡sus palabras, su sabiduría, sus consejos, su riqueza material, o sus bromas! ¿Conoces a alguien cuya compañía prefieres evitar? Es porque no produce fruto (o el poco que produce es amargo). Ser productivo es sinónimo de dar buenos frutos. (Y por sus frutos los conoceréis).

Joch me platicó que esa sensación de improductividad lo estaba matando. Dijo: “Me separé de mi esposa después del accidente y ella se ha negado a hablar conmigo porque dice que contamino su estado de ánimo. A mis padres no les interesan mis charlas. Mi sobrino no quiere que le ayude a hacer sus tareas. Soy rechazado por todos. Hace poco, me miré al espejo y observé la imagen de una persona sin vida, invisible, que podría no existir y daría exactamente lo mismo”.

La medida es simple: puedes saber cuán productivo es un ser humano, evaluando qué tan disfrutable es; cuál es su grado de aportación al entorno y a sí mismo.

Todo lo que tenemos en la vida es prestado. El cuerpo, la familia, los talentos, el dinero, los bienes materiales. Nuestra obligación elemental es hacer que cuanto está bajo nuestro cargo se multiplique y mejore. Por el simple hecho de que tú toques algo o a alguien, debe valer más, no menos. Nuestra misión en la vida es sumar valor a aquello en lo que tenemos injerencia. Tu hijo no debería decir: “Por culpa de mis padres estoy traumado, lastimado y apocado”; debería decir: “Gracias a ellos soy una persona exitosa y feliz”.  Nuestra existencia tiene diferentes dimensiones. Las principales son: salud física, preparación mental, espiritualidad, pareja, familia, amistades, trabajo y creatividad. En todas ellas debemos sumar valor y dar fruto.

Ahora hablemos de trabajo. En ese ámbito, el tema de la productividad causa incomodidades, porque cuando alguien lo menciona creemos que tiene intenciones de hacernos trabajar más. Pero veamos las cosas en blanco y negro: el trabajo es una de las áreas vitales de toda persona sana. Quien no tiene trabajo se siente incompleto. Tú y yo somos personas de bien, por lo tanto trabajamos.

Si alguien nos contrata, lo hace por una sola razón: porque podemos dar fruto valioso. Al momento en que dejemos de generarlo, perderemos el empleo. Lo mismo aplica si ponemos un negocio: nuestros clientes nos buscan porque les damos un producto disfrutable a cambio de su dinero. Dejemos de darles ese producto y se irán con la competencia.

Cuando sólo “cumplimos”, llenamos un hueco. Pero si desbordamos nuestras habilidades en éxitos que exceden lo requerido, nos convertimos en personas altamente realizadas, distinguidas por un fruto de grandeza, con la satisfacción intrínseca de saber que, sin nosotros, nuestro pequeño mundo no sería lo que es; entonces nos amamos más porque la alta productividad personal eleva la autoestima.

 

3

CUESTIÓN DE RITMO

 

A pesar de su doble cojera, Joch se movía rápido. Caminando por las oficinas de su empresa, detrás de él, miré alrededor tratando de percibir “el ritmo” del lugar. La gente parecía impecable, uniformada, en silencio, pero noté que me espiaban con desconfianza. Algunos murmuraban al verme pasar. Había algo pesado en el ambiente. Iba a ser un reto interesante impartir ocho charlas a los empleados de esa compañía.

Para llegar al cubículo de Joch, fue necesario sortear un acceso obstruido por cajas de cartón y aparatos eléctricos descompuestos; su rincón tenía escasos dos metros cuadrados, con una silla y una mesa desvencijada. La luz era mortecina. Casi lúgubre. No había teléfono ni computadora.

—Te presento el calabozo de la ociosidad. Como te comenté, mi jefe me castigó. Aquí paso cuarenta horas a la semana haciendo nada. Pero en realidad no soy el único. Hay muchos que aparentan trabajar y pierden el tiempo.

El ritmo se percibe en el ambiente. Aunque Joch mantenía un puesto de bajo rendimiento “oficial”, algunos otros lo tenían a escondidas, dejaban pasar la jornada sin producir mucho. Para elevar nuestro rendimiento personal, no sólo en el trabajo, pero incluyéndolo, debemos considerar que todo es cuestión de ritmo.

El ritmo mental se manifiesta en nuestros movimientos. Cuando vas a un gimnasio, escuchas música intensa, que te pone en un ritmo adecuado para ejercitarte. El ritmo te hace moverte, pero no sólo se trata de rapidez, sino de intenciones y emociones. Imagina que caminas con tu pareja en un bosque; ambos escuchan el rumor de los árboles, las hojas rozándose a causa del viento, el lejano riachuelo emitiendo el eco del agua en movimiento, los pájaros gorjeando, los insectos frotando sus patas. Hay un beat musical que los envuelve. Tu pareja y tú van por el bosque tomados de la mano y construyen una conversación de amor. A veces guardan silencio y respiran hondo, forman parte de ese hermoso ritmo natural. Ahora imagina que en tal ambiente exquisito se escucha el ruido de un grupo de personas acercándose con sierras y antorchas para cortar árboles y quemar plantas; también cargan armas, disparan a los animales y profieren majaderías. ¿Qué sucedió? Los intrusos traen consigo un nuevo ritmo. Completamente asincrónico.

Hace poco visité la casa de unos amigos, quienes no se explican por qué su hijo adolescente es tan rebelde. El muchacho estaba encerrado en el baño. Escuchaba a todo volumen una música desafinada, conformada sólo por percusiones; el vocalista, de voz grave y rasposa, repetía el estribillo reiterativo. Fuck you, fuck you, fuck you. Y el coro le contestaba Fuck your mother, una y otra vez. Me pregunté si nadie en esa casa se daba cuenta de que la música también contribuye a ponernos en ritmo para la vida. Que los seres humanos somos rítmicos. De manera automática todos tenemos un compás de desplazamiento diario, al trabajar, al charlar, al efectuar cada uno de nuestros quehaceres. Nos movemos conforme a ciertos beats mentales.

Este concepto es neurálgico, de importancia fundamental:

 ENTRAMOS A UN RITMO PRODUCTIVO (+) cuando aprovechamos las horas al máximo, nos sentimos plenos y dejamos una estela de bienestar. RECUERDA ESOS DÍAS EN LOS QUE REALIZAS ACTIVIDADES EXITOSAS: haces cosas que construyen y levantan tu estima, entras en una cadencia mental que te lleva a alcanzar más metas constructivas, sientes entusiasmo y energía para lograr otra y otra más; a cada tarea que completas le pones una estrella mental y eso te anima a seguir adelante; nada parece detenerte; tu cadencia es rápida, eficiente; al terminar la jornada te das cuenta de que finalizaste trabajos pendientes, resolviste problemas, obtuviste ganancias, consolidaste relaciones, y la gente con la que conviviste terminó haciendo lo que sugeriste.

 ENTRAMOS A UN RITMO NOCIVO (-)cuando el día se nos esfuma sin que hayamos hecho nada productivo y dejamos una estela de conflictos. RECUERDA ESAS JORNADAS EN LAS QUE SIENTES IRRITACIÓN Y FASTIDIO; cometes errores o las cosas te salen mal, te llenas de emociones negativas y percibes un beat asincrónico; discutes con la gente, te equivocas una y otra vez, haces cosas que molestan a los demás. Como no avanzas en el trabajo, decides posponer los pendientes. Tu cadencia es lenta, desafinada; te duele la espalda, la cabeza, la rodilla o la rabadilla, y al final del día sólo te apetece tirarte a ver la televisión o dormirte.

Todos hemos experimentado los dos tipos de días.Durante un periodo determinado de años, hay gente que vive más tiempo computable en ritmo productivo (+). Por lógica matemática, esa gente tiene más logros y mayor rendimiento. Simple, ¿no crees? Eso es parte del secreto de Juan, quien ha logrado tanto a sus treinta años de edad en comparación con Pedro, que parece tan estéril. El ritmo productivo (+) hay que buscarlo, provocarlo, crearlo y hacerlo fluir. el ritmo nocivo (-) hay que evitarlo, romperlo, revertirlo.

En el deporte esto se aplica todo el tiempo. Durante un partido en el que dos equipos o atletas compiten, con frecuencia uno de ellos tiene el control de las jugadas, es más rápido, más certero, más dominante. ¿Qué hace entonces el contrario? ¡Pedir tiempo fuera, distraer, fingir una lesión o simplemente cambiar el ritmo del partido! En el deporte todo es cuestión de ritmo. En la vida y en el trabajo, también. Si has perdido dinero, tiempo, posicionamiento, prestigio u oportunidades; es momento de pedir tiempo fuera y cambiar tu ritmo. Basta de perder. Es tiempo de ganar.

 

4

POTENCIADORES

 

Joch me llevó al departamento de Recursos Humanos. En las paredes del recinto colgaban, con marco de obsidiana, cuatro placas troqueladas: la Misión, la Visión, los Valores y la Cultura de la empresa. Leí los postulados. Tenían una composición gramatical rimbombante, como si hubieran sido redactados por algún comité académico. Contenían la misma palabrería de siempre: “atención al cliente, servicio, excelencia corporativa, cuidado ambiental, coadyuvantes del cambio”.

Joch me presentó a la gerente de Recursos Humanos. Era una ejecutiva delgada, de unos treinta y cinco años, vestida con traje sastre; tenía la mirada dulce pero desconfiada, de las mujeres que han luchado y sufrido mucho.

—Mi nombre es Isabel —me saludó de mano—. Quiero ponerte al tanto de cualquier detalle relevante, antes de que comiences la capacitación. Como sabrás, ésta es una empresa prestigiada. La más prominente de su ramo en la zona. Tenemos una imagen de éxito. Trabajar aquí es un verdadero privilegio.

—Sí, lo sé —dije, aunque yo había percibido un sutilísimo ritmo nocivo en el ambiente—, Isabel. Estoy interesado en estudiar los postulados que tienen enmarcados en la pared. ¿Habrá forma de que me des una copia?

—Por supuesto. Podemos imprimirlos —frente a nosotros estaba la mesa de un asistente que en apariencia había dejado su silla por un momento para ir al baño. Isabel abrió la laptop desatendida y escribió un código de acceso. De inmediato apareció un video pornográfico que había sido pausado a la mitad. Ella se puso nerviosa. No supo cómo quitarlo. Desconectó los cables, pero las imágenes tres equis continuaron, y ya sin audífonos, los gemidos histriónicos de los actores porno se escucharon en todo el recinto. Joch cerró la pantalla de la computadora. Todos los oficinistas cercanos sonreían.

El incidente fue una pequeña muestra de los muchos potenciadores de ese ritmo nocivo que flotaba en el ambiente.

SE LE LLAMA POTENCIADORa todo pensamiento o acto que nos pone en ritmo (como cuando escuchas determinada melodía y tus pies se mueven por sí solos). Los potenciadores pueden ser positivos si te llevan a un ritmo productivo (RP+)y negativos si te llevan a un ritmo nocivo (RN-).

Para entrar en RP+, hay potenciadores positivosque debes crear. Algunas sugerencias: comienza desde un día antes. Visualiza tus pendientes, escríbelos y anticipa los horarios empezando con la hora en que planeas levantarte. Luego duérmete lo más temprano que puedas. Procura descansar ocho horas. En cuanto te levantes, haz ejercicio y ten unos minutos de meditación respecto a lo que vas a hacer en el día; desayúnate bien, báñate y conduce el auto escuchando cierto tipo de música que te ponga en buen ritmo. Al llegar a tu oficina saluda a todos con entusiasmo pero no te entretengas; aborda directa y agresivamente tus quehaceres más difíciles; no los sueltes hasta terminarlos. Ese día todo te saldrá bien.

¿Quieres que todo te salga mal? Haz esto:activa potenciadores negativos. Desvélate sin repasar ni saber en absoluto lo que vas a hacer al día siguiente. Duerme poco; levántate tarde, no hagas ejercicio, no medites, no desayunes; escucha en el auto las noticias alarmistas, llega a la oficina y charla largamente con tus compañeros en los pasillos; posterga todos los asuntos importantes. La cadena de potenciadores negativos hará que tengas un día improductivo.

También existen potenciadores que provienen de circunstancias externas. Imagina estos supuestos:

► Estás trabajando y avanzando, cuando de pronto recibes el correo electrónico de alguien con quien tuviste un romance hace muchos años; aunque ambos son casados y tienen hijos, esa persona te está invitando a salir. El juego te parece emocionante. Lo aceptas. Tus pensamientos y actos, no del todo dignos, te meten a una racha de distracciones y desaciertos. Un ritmo nocivo

► Otro ejemplo similar; navegando en Internet, te aparece un pop up invitándote a ver pornografía; dudas, miras alrededor, piensas: “¡Cuánto descaro; el mundo está muy mal!, caray, vamos a ver qué tan mal está”. Abres la página y te quedas contemplándola largamente. ¿Qué sucede con tu cadencia mental? ¿Generan RP+ o RN-?

► Tu jefe llega de mal humor. Te llama la atención por algo injusto. Recuerdas otras injusticias que él ha cometido; repasas, de una vez, todos los defectos de tu empresa y razonas cuán infeliz eres trabajando ahí. ¿Tus pensamientos se convierten en potenciadores de qué? ¿RP+ o RN-?

► Estás fuera de la ciudad. Hablas por teléfono a tu casa y te contesta tu hija de seis años. Te dice cuánto te ama y cuán orgullosa se siente de ti. Conversas con ella sin reprimir la emoción que te causa. Eso te genera nuevos beats para seguir trabajando en ese viaje. ¿Entras a una racha de RP+ o RN-?

Los potenciadores NO son las circunstancias externas(el e-mail que recibes, el pop up porno, el jefe gritón o la llamada de tu hija), sino los pensamientos y actos con los que respondes a esas circunstancias. Eres tú quien se mete en RP+ o RN-. TIENES EL CONTROL DE LOS POTENCIADORES (actos y reacciones) PORQUE TÚ LOS MANEJAS.

 

5

ÚLTIMAS EMOCIONES RECORDADAS

 

Confronté a Isabel, la gerente de Recursos Humanos; le dije que la apariencia externa de la empresa era muy bonita, pero que en realidad había una cultura subterránea negativa.

—La gente parece desconcentrada; sin pasión por su trabajo, algunos hablan por su celular, otros ven páginas inadecuadas.

Isabel asintió sin lograr quitarse el sonrojo.

—Así es desde el accidente.

Levanté ambas manos en señal de impaciencia. ¡Todos hablaban de lo mismo! Las cosas estaban mal; ¿y la culpa era del accidente?

—Explícame qué sucedió.

—Algo terrible —respondió Isabel, pero no tenía ánimo para decir mucho; Joch tampoco. Sea lo que hubiera sido, ese accidente estaba en la mente de todos; había minado la confianza y el espíritu de equipo.

Ahí se hallaba el primer potenciador negativo que debíamos desterrar de la empresa. Los actos y pensamientos que ese accidente les provocaba.

Somos lo que recordamos. Actuamos con base en lo que creemos factible, según nuestra predisposición mental.

► Si chocaste en el auto y no has vuelto a manejar, tus últimas emociones recordadas serán temor, angustia y confusión. ¡Por eso sentirás rechazo a manejar de nuevo!

► Si te caíste de la bicicleta y no has vuelto a pedalear, tus últimas emociones recordadas serán de inseguridad y dolor. ¡Tendrás aversión a la bicicleta!

►Si tu más reciente relación amorosa se dañó y terminó a causa de errores que pudiste evitar, tus últimas emociones recordadas serán de culpa y temor a volver a enamorarte. ¡No querrás saber nada del amor de pareja!

No podemos permitir que un suceso termine malsin hacer algo para iniciar otro similar que termine bien, porque las últimas emociones recordadas son los potenciadores más importantes de nuestro ritmo para el futuro. Así que vuelve a manejar el auto después de un choque, súbete a la bicicleta después de la caída, construye relaciones después de aquella decepción. ¡Repite eventos parecidos hasta que te convenzas de que puedes tener éxito en esa área, y tu última emoción recordada sea sana! Sólo así evitarás caer en RN(-) futuros.

Analiza tus últimas emociones recordadas respecto a actividades como hablar en público, realizar una venta, presentar un reporte a tus jefes, discutir con un cliente difícil, hacer una prueba, competir en un certamen, ejecutar un trabajo o tratar con una persona desagradable… Si tus últimas emociones recordadas son negativas, tienes un problema porque siempre que abordes esa actividad en el futuro entrarás con ritmo nocivo y te irá mal. Así que modifica tus procesos emocionales hasta que obren a tu favor.

Considera que las emociones son intercambiables.Si te fue bien en un área, eso te da cadencia mental positiva para otra. La clave está en comenzar a generar el ritmo que te ponga en buena racha e ir hacia adelante en uno y otro tema sin titubear. Tus emociones te dan beats de ritmo; asegúrate de que la mayor parte del tiempo sean buenas.

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

volar sobre el pantano

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

volar sobre el pantano

Los protagonistas de esta novela pasan por adversidades graves como maltrato familiar, pandillas, alcoholismo y violación, pero encuentran y usan herramientas para levantarse.

1

Un árbol caído

 

Lisbeth parecía desconcertada por la insistencia de su esposo. Dejó el vaso de refresco sobre la mesa y miró a Zahid de forma transparente por unos segundos.

—No te entiendo —le dijo—, habíamos acordado olvidar ese asunto.

La brisa del mar alborotó su largo cabello.

—Sí, amor, pero necesito saber más detalles sobre tu pasado.

—¡Conoces todos los detalles! Te los he contado.

—Vuelve a hacerlo, por favor.

—¿Para qué? Es doloroso recordar.

—Lisbeth, las pesadillas han vuelto. Son demasiado reales otra vez… Sueño a mi hermana, Alma. La escucho gritar, llorar, suplicarme, y me despierto sudando, mirándola como si estuviera allí, con su gesto solitario, ávido de afecto y ayuda…

—¿Dónde se encuentra?

—No lo sé, pero me escribió una carta.

—¿Cómo te localizó?

—Escribió a la empresa. De la capital me enviaron la correspondencia.

—Zahid, me asusta tu mirada. ¿Qué te pasa? ¿Tiene algo que ver Alma conmigo?

—Sí. Es decir, no sé… Cuéntame por favor cómo superaste tu problema de embarazo no deseado. Quiero volver a escuchar la historia. Necesito repasar lo que puede sentir una mujer rechazada, en su más terrible soledad.

Un grupo de pelícanos volando en delta pasó sobre sus cabezas.

Lisbeth sabía que no tenía alternativa. Suspiró.

—Está bien.

Aquella noche, me estaba preparando para dormir cuando papá entró a mi recámara. No tocó la puerta. Irrumpió como si se estuviera quemando la casa.

—¡Tienes que venir conmigo! Vístete rápido.

Era una orden.

—¿Qué ocurre?

—No hagas preguntas.

—Son las diez de la noche.

—Apresúrate.

—Ya voy.

Terminé de vestirme con la primera ropa que encontré. Salí de mi cuarto. Sin decir palabra, papá caminó decidido hacia afuera de la casa. Lo seguí. En la puerta estaba mi madre retorciéndose los dedos. Pasamos junto a ella. Evadió mi mirada.

El automóvil se hallaba con el motor en marcha, la portezuela abierta y las luces encendidas, como si acabara de llegar y hubiese detenido el vehículo de paso sólo para recogerme.

—¿Adónde vamos?

No contestó. Tenía el rostro desencajado, la respiración alterada. Manejó bruscamente, casi con enfado. Se dirigió al centro de la ciudad.

—¿Desde cuándo sales con Martín? —preguntó.

—¿Adónde vamos, papá?

—Te hice una pregunta.

—Desde hace cuatro meses.

—¿Te ha dado a probar alguna sustancia?

—Papá, ¿qué te pasa?

De improviso viró a la derecha y se internó por una barriada oscura. Después de dar varias vueltas sin la más elemental precaución, se detuvo justo frente a una pareja que se abrazaba. Detrás de ella había varios jóvenes acomodados en la banqueta, compartiendo alcohol y cigarrillos de marihuana.

—¿Lo ves? —mi padre se hallaba fuera de sí.

Negué con la cabeza.

—¿Qué quieres que vea?

—Observa bien.

Se encorvó para alcanzar una linterna que llevaba debajo del asiento y, cuando estaba tratando de encenderla, una de las muchachas se levantó para acercarse a nosotros. Mi padre la alumbró con el reflector. Tenía escasos diecisiete o dieciocho años, con la cara sucia y la blusa desabotonada hasta la mitad.

—No abras —dijo papá.

La chica se aproximó al automóvil tambaleándose, puso su boca sobre la ventana de mi lado, fue bajando despacio hasta que su lengua terminó de lamer el cristal.

—Vámonos —dije temblando por el repentino terror que me causó la escena—. No sé qué tratas de enseñarme.

—Observa.

La joven cayó al suelo bajo mi portezuela. Papá aprovechó para apuntar con la linterna de mano hacia la pareja que seguía abrazándose. El pasmo me dejó con la boca abierta. ¡Eran dos hombres! Uno tenía el cabello largo. ¿Eran homosexuales o estaban siendo en exceso fraternales por efectos de la borrachera?

—¿Ahora sí lo ves?

El haz luminoso descubrió el rostro del tipo con cabello corto. Alguien que yo conocía muy bien.

—¿Martín…?

—Sí.

—No puede ser… Sólo se parece…

—Es él.

—Pero…

Una angustia lacerante comenzó a asfixiarme. Abrí la puerta y me bajé. Sin quererlo, pisé a la chica que estaba alucinando casi debajo del automóvil. No se quejó. Caminé con pasos trémulos hasta la pareja. Mi padre me alcanzó.

—Es peligroso…

Martín me clavó la vista como intentando reconocerme. Se apartó de su camarada.

Mis lágrimas de miedo se convirtieron en lágrimas de ira. Quise golpearlo, matarlo, matarme… Maldije la hora en que se detuvo para invitarme a salir, la hora en que, sin conocerlo más que de vista, acepté, la hora en que…

—Hola… —bisbisó—, necesi… ven… acércate… necesito…

—¡Vámonos, hija!

—Espera. Quiere decirme algo.

—¡Vámonos!

Papá me jaló hacia el coche, hizo a un lado a la muchacha, me abrió la puerta, subió y arrancó a toda velocidad.

Durante un buen rato en el camino de regreso a casa no hablamos. Yo llevaba la vista perdida, los ojos llenos de lágrimas y un nudo de rabia en la garganta.

—Sé cómo te sientes, Lisbeth —dijo al fin—. Pero hay muchos hombres en el mundo. Este sujeto es un drogadicto… Y, perdóname que lo diga pero, qué bueno que lo viste ahora, antes de que te lastimara o te obligara a drogarte también.

No contesté… ¿Cómo decirle que sentía poco amor y poca atención en mi familia?, ¿que aunque viviéramos entre algodones la vida no tenía valor alguno para mí? ¿Cómo decirle que precisamente por tener una existencia vacía me había entregado a él… aun sin amarlo ni conocerlo bien…?

—Yo también me siento destrozado por tu tristeza —comentó—. La semana pasada dijiste que querías mucho a ese joven.

La semana pasada quise hablar, pero nadie suspendió lo que hacía para escucharme de verdad, así que sólo pude decir eso, que estaba enamorada de Martín, nuestro vecino de toda la vida. Pero no era eso lo que quería decir… no era sólo eso…

Estacionó su automóvil frente a la casa de mi novio. Se bajó, tocó la puerta. El padre de Martín salió, saludó de mano al mío y se inició entre los dos progenitores una penosa conversación. Papá explicó lo que habíamos visto, haciendo grandes aspavientos. Al rostro de su interlocutor se le fue yendo el color. La madre apareció en escena; ella  reaccionó agresivamente. Insultando, gritando… Agaché la cabeza y cerré los ojos.

¿Cómo me enredé con él? Siempre fue un vecino distante. Me caía mal. Cuando era niña, lo veía desde mi ventana matar pájaros con su honda y aventar piedras a los autobuses. Apenas cuatro meses atrás, nos encontramos en el parque del fraccionamiento. Seguía desagradándome, pero yo me sentía muy sola y acepté su invitación a salir… Desde la primera cita le noté algo raro: sus repentinos cambios de humor, su sadismo, sus ojos rojos. Era a veces violento y a veces dulce.

Papá regresó al coche dejando a la pareja discutiendo entre ellos.

Mi casa estaba a media cuadra de distancia. Llegamos de inmediato. Los gritos de los vecinos, peleando, se escuchaban hasta allí.

Mamá estaba esperándonos. Apenas entramos quiso consolarme, pero yo me separé y fui a mi recámara. Casi tropecé con mis dos hermanas que me miraban como si fuera un espantajo.

Dentro de mi cuarto di vueltas. Me tiré en la cama; sentí que me hundía en el fango, asfixiada por una soledad opresiva. Estuve llorando por más de media hora.

—Abre por favor —ordenó mi madre.

—Déjenme en paz.

—No queremos que estés sola en este momento.

La palabra sola fue directo a mi entendimiento como daga al corazón… ¿Qué había dicho? ¿Cómo era capaz…?

Entonces abrí la puerta y me enfrenté a la familia. Mi madre y hermanas estaban en primer plano; mi padre, atrás.

—Tranquilízate. Ese joven no te conviene…

Interrumpí a mis consoladores de forma tajante. Nunca pensé decírselo así, pero si querían entender la magnitud de mi desdicha, debían tener a la mano todos los elementos.

—Estoy embarazada de él.

Apenas lo mencioné se hizo un silencio sepulcral.

—¿Qué dijiste?

—Lo que oyeron. Que estoy embarazada… Pensaba explicarlo el otro día…

El pasmo fue enorme. Tardaron en asimilarlo, pero apenas lo hicieron reaccionaron con furia.

—¿Cómo te atreviste? ¿Qué no piensas? ¿Eres estúpida?

Me encogí de hombros. Al darles la noticia, mi enorme coraje desapareció y comencé a desmoronarme, a entender precisamente eso: lo estúpida que había sido.

—¿Lo amas?

—¿Por qué te acostaste con él?

—¿Te forzó?

Negué con la cabeza todas las preguntas. Hablar de melancolía, carencia de afecto, baja autoestima, hubiera sonado insustancial. Y ellos querían argumentos razonables, razones argumentables…

—Maldición —dijo mi padre empujando a todos y entrando a mi habitación. Arrancó la lámpara de lectura y la hizo trizas; bufó, gritó ¿por qué?, una y otra vez. Se acercó a mí con grandes pasos como dispuesto a golpearme, me tomó de los hombros y me reclamó con un alarido:

—¿Has probado la droga?

—No, no.

Me empujó hacia atrás. Me dejé ir con el impulso.

Apenas mi cara estuvo a unos centímetros del suelo entendí que había caído… Física, intelectual, espiritual, moral, anímica, íntima, psicológica, emocionalmente…

—¿Cuánto tiempo tienes de embarazo? —preguntó mi hermana.

Le contesté haciendo un tres con los dedos de la mano izquierda…

—¡Eso es, lloriquea! —remató mi padre—. No te queda otra opción. Has acabado contigo y además, tu aventurilla nos afecta a todos… A tus hermanas. Eres la mayor, ¿sabes el ejemplo que das? —las palabras se le atoraron en la garganta, respiró tratando de controlarse—. ¿Tú crees que es justo? Yo siempre supuse que llegarías muy alto, no sabes lo decepcionado que estoy —corrigió—, que estamos todos de ti…

Lo más terrible al escuchar esa última frase fue que nadie se movió de su sitio para defenderme, ni mis hermanas, ni mi madre.

Tirada en el suelo, quise levantar la cabeza y preguntarle a papá dónde había quedado aquello que me dijo en el automóvil respecto a “yo también me siento destrozado por tu tristeza”. Quise reclamarle a mi madre y cuestionar dónde estaba aquello de “no queremos que te encuentres sola en este momento”. ¿Es que lo habían dicho sin pensar? ¿O es que estaban a mi lado dispuestos a consolarme sólo en caso de que se tratara de una simple desilusión personal, pero por supuesto no en el caso de que mi error afectara su imagen de buenos padres ante los demás, su estatus de gente nice a la que todo le sale bien y su maldito apellido de familia virtuosa que no puede darse el lujo de tener una madre soltera en casa?

El padre de Martín llamó por teléfono. Quería hablar conmigo.

Traté de levantarme, pero no pude. Mamá se puso en cuclillas y apoyó una mano sobre mi espalda; tuve deseos de quitarla, empujarla, decirle que repudiaba su postura convenenciera, pero había perdido toda la energía. Me sentía pequeña, exánime… como gusano inmundo.

Mis hermanas trataron de moverme. No lo lograron. Yo era un bulto pateado, un árbol caído hecho leña, un ente sin amor propio, llorando a mares, sabiéndome acreedora del peor castigo por no haber pensado bien las cosas, sintiéndome indigna de estar viva, odiando al bebé que llevaba en mis entrañas y al mismo tiempo, amándolo al saberlo mi cómplice…

El único amigo desvalido que comprendía mi dolor y que, sin tener culpa de nada, era el culpable de todo…

Me sentí madre por primera vez. Una madre sola.

Haciendo un esfuerzo sobrehumano me puse de pie y fui al teléfono para contestar al papá de Martín.

 

2

Ley de advertencia

Lisbeth dejó de relatar.

 

Zahid sentía una gama de sentimientos mezclados: ira, celos, tristeza…

—Te dije que iba a ser penoso escuchar esto.

—No. Es decir, sí. En realidad estoy impactado.

Quiso aplastar un mosquito que le había encajado su aguijón, dándose una repentina palmada en el brazo, pero falló.

—¿Entramos a la casa? —preguntó ella poniéndose de pie y caminando sin esperar respuesta. Él la siguió.

Habían encontrado en ese enorme jardín a la orilla de la playa, un paraíso ideal para jugar e intimar. Zahid cerró el cancel corredizo y se acercó a su esposa.

—Continúa, por favor.

—¿Para qué?

—Lo que acabas de platicarme me ayuda para entender mejor a mi hermana. La carencia de afecto, la soledad que mata, el fango cenagoso que asfixia. Alma siempre fue el personaje testigo de las peores tragedias en mi casa, nadie la tomaba en cuenta ni le preguntaba su opinión; si había algo serio que conversar, le ordenaban retirarse; fue subestimada por todos, tratada como un estorbo, en su cara era posible detectar, a veces, una gran ternura, una gran, gran necesidad de amor
y a veces, un odio enorme… ¿Sabes? El haber recibido esta carta es un desastre para mí.

—¿Puedes leermela?

Zahid abrió el sobre muy despacio.

—Sí. Escúchala y dime si puedes ver entre líneas algo que tal vez yo, como hombre, no he captado.

Desdobló el papel azul y el mensaje apareció con letra manuscrita. Alma tenía una caligrafía de rasgos finos y simétricos, pero en esta ocasión los trazos se veían temblorosos y en algunas líneas excesivamente suaves.

Comenzó a leer sin poder evitar una sensación de pesadumbre.

Zahid:

Todos tenemos diferente umbral de dolor. Algunas personas, con una simple infección estomacal se dan cuenta de que deben cambiar sus hábitos alimentarios, hacer ejercicio y procurar una vida más sana; un pequeño estímulo les es suficiente para llevarlos a la reflexión y al cambio… Otros, por el contrario, no hacen caso a las advertencias suaves y requieren hallarse moribundos con una cirrosis aguda o con una angina de pecho para decir: “Caray, ahora sí tengo que cuidarme”. Es cuestión de cómo se es… de cómo se reacciona…

Creo que tú eres de los que se mueven con un pequeño estímulo; de los que no esperan advertencias mayores. Yo, en cambio, soy de las que siempre suponen que las cosas mejorarán por sí solas… Ahora es demasiado tarde…

Interrumpió la lectura. Era la tercera vez que leía la carta y de nuevo comprobaba que algo malo le ocurría a Alma.

—Continúa, Zahid, ¿qué más dice?

Necesito verte. No puedo pensar en nadie más. El recuerdo de lo que hiciste por mí me ha mantenido viva los últimos meses, pero te confieso que en mis periodos de ofuscación todo se torna borroso y grotesco… Saber que tuviste el valor y el cariño para defenderme me ha hecho pensar que fui amada alguna vez. Quizá todas las mañanas al verte al espejo me recuerdas y yo, perdóname, me siento un poco mejor por eso.

Guardó silencio. Lisbeth ya no insistió en que siguiera. Había captado la gravedad del asunto… Después de unos segundos Zahid continuó leyendo con volumen más bajo.

Ojalá que vengas… Aquí el tiempo transcurre muy despacio. Podemos platicar como cuando estábamos en aquella habitación, tú en la cama después de haber perdido tu ojo izquierdo. Sólo que ahora soy yo la que estoy en cama y he perdido, igual que tú, algo irrecuperable. ¿Sabes?, hubiera deseado no ser mujer, no ser tan débil, no haberme encerrado en mi angustia, no haber nacido…

Perdóname si te causo alguna preocupación innecesaria, pero tarde o temprano tenía que hablar. Tu dolor fue conocido por todos y eso te ayudó a curarte; el mío, en cambio, fue secreto y me ha ido matando lentamente con los años… Como ves, a veces todavía pienso con lucidez, pero sólo a veces…

Zahid, si no puedes venir a verme, por favor no le digas a nadie dónde estoy.  

Te quiere

Alma.

Hubo un silencio gélido en la habitación. El sobre no tenía remitente; al reverso sólo estaban escritas tres palabras: Hospital San Juan.

—Tú sabes que perdí el ojo defendiendo a mi hermana.

—Sí. Ya me lo habías comentado. Ése es el origen de tus pesadillas.

Un pelícano cayó en la terraza y observó a la pareja, moviendo su enorme y deforme pico detrás del cristal.

—En la carta, Alma dice que tu dolor fue conocido por todos y que el de ella en cambio era secreto, ¿a qué se refiere?

—No sé. Era muy introvertida. Yo quise ayudarla muchas veces. Cuando me fui becado a la universidad, le escribía cada mes, le envié decenas de libros de superación e invitaciones a cursos, pero jamás tuve respuesta. Nuestra juventud fue dura. Las heridas de un hogar en el que el padre es alcohólico y la madre neurótica son muy profundas.

—¿Sabes? —dijo Lisbeth con seriedad—, hay algo muy grave en la carta de tu hermana…

—¿Qué?

El pelícano, aleteó con torpeza y emprendió el vuelo de nuevo rumbo a la playa.

—Necesita ayuda urgente.

Zahid miró el reloj. Eran las seis y cuarto. A las siete despegaba el último vuelo a la capital. Corrió a buscar el directorio telefónico. Protestó en voz alta por no hallar más que el pequeño libro local. Aún no se acostumbraba a la lejanía. Marcó por larga distancia directa el número de sus padres. De inmediato descolgaron. Reconoció la voz.

—Hola, mamá, soy Zahid, ¿cómo están?

—Bien, hijo, qué gusto oírte.

—Gracias, disculpa la prisa, pero, ¿sabes dónde vive Alma?

La señora enmudeció unos instantes.

—No —respondió al fin—, hace un año que no la vemos, desde que decidió “juntarse” con aquel hombre, cambió mucho… ¿Tienes noticias de ella?

Dudó por un momento… Recordó que su hermana le pedía en su mensaje: “Si no puedes venir a verme, por favor no le digas a nadie dónde estoy”. Eso sin duda incluía a sus padres… ¿Pero dónde estaba? ¿Por qué no envió algún dato para que pudiera contactarla? ¿O suponía que el hospital San Juan era mundialmente conocido?

—Dime una cosa, mamá —preguntó—, ¿Alma se llevó consigo todos los libros de superación que le he enviado?

—No. Aquí están en un armario si los necesitas. Creo que ni siquiera los leyó. Ella es muy extraña…

Sí, lo era, pero Zahid amaba a su hermana así como era. Quizá porque, en efecto, le había dado algo muy valioso de él.

—Bueno, tengo que irme. Nos mantendremos en contacto. Cuídate.

Apenas cortó, marcó a la operadora. La empleada tardó tres minutos en contestar; a Zahid le parecieron tres horas. Cuando le suplicó que le diera información respecto al Hospital San Juan de la capital, se demoró otros tres minutos más. Al fin le dictó un domicilio escueto, dos números telefónicos y cortó.

Lisbeth observaba de pie, con ansiedad.

—Tengo la dirección —dijo él—, por favor, trata de comunicarte, a ver si saben algo de mi hermana allí. Voy a cambiarme.

En ocho días más, Zahid presidiría la inauguración de su empresa más grande; las oficinas generales se habían construido en esa ciudad de la costa a la que habían decidido mudarse. Si Alma tenía problemas, tal vez no le daría tiempo de volver para la ceremonia inaugural. No quiso pensar en ello; por lo pronto debía llevar consigo cartera, tarjetas de crédito, teléfono celular, una bolsa con los objetos de aseo personal… El viaje era largo, pero si salía esa misma tarde, quizá todo podría arreglarse en tres o cuatro días, y tendría posibilidades de regresar a tiempo.

Escuchó a Lisbeth discutir por la línea con alguien.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—No me quieren dar información por teléfono.

—¿Saben algo de mi hermana?

—Parece que sí.

Le arrebató la bocina y habló con vehemencia:

—Vamos para allá, pero resuélvame una duda antes que nada. ¿Qué tipo de hospital es ahí?

Cuando la voz escueta y mordaz contestó la pregunta, se quedó helado por la confirmación de algo que no quería oír.

—Zahid —dijo su esposa—, acabo de descubrir una cosa que tampoco te va a gustar. Tu hermana escribió esta carta hace un mes… Ella no le puso fecha, pero el sello de correos lo dice. Seguramente en la empresa se tardaron en traértela hasta acá.

—Voy a la capital. ¿Vienes conmigo?

—Por supuesto.

—Pero no hay tiempo para preparar equipaje. El vuelo despega en unos minutos.

—Estoy lista.

Salieron de la casa sin apagar las luces.

En el camino al aeropuerto condujo el automóvil con la vista extraviada en los recuerdos.

Años atrás, cuando perdió el ojo, le compartió a Alma la lección que había entendido:

Estamos llamados a la perfección. Es la ley de advertencia. Nada ocurre de repente.

Quienes pierden su familia, se divorcian, van a la cárcel, se quedan solos y sin afecto, no pueden decir “de pronto ocurrió esto”. Siempre tenemos advertencias graduales hasta que llegamos al umbral de dolor. Hay personas que reaccionan con la simple voz de su conciencia o la lectura de un libro y hay otras que hacen oídos sordos a todo y, sólo cuando están hundidos, se dan cuenta de que es momento de hacer algo.

Después de perder el ojo tomó la decisión tajante de cambiar. Se lo dijo a su hermana. Ahora ella le devolvía los conceptos en una enigmática carta.

Cuando llegaron al aeropuerto, la señorita del mostrador les anunció que el vuelo se había cerrado hacía mucho tiempo. Zahid le explicó que era una emergencia y a ella no le importó; entonces él le gritó, casi se subió a la barra para asirla de los cabellos y hacerla entender que no estaba preguntándole si estaban o no a tiempo.

—Usted no ha comprendido —se defendió la mujer.

—¡Es usted la que no ha comprendido! ¡Detenga el maldito avión!

—Señor, discúlpeme. El vuelo salió a las seis treinta… Son las siete de la noche.

—¿Cambiaron los horarios?

—Hace más de dos meses.

Se desmoronó… hacía más de seis que no tomaba un vuelo comercial.

—¿Por qué no tratas de localizar al piloto de la empresa?
—preguntó Lisbeth.

—No está. Tampoco el avión. Fue a recoger a los invitados especiales para la inauguración.

—Podemos tomar un taxi aéreo…

Corrieron al pequeño edificio de aviación privada que se hallaba a kilómetro y medio de ahí.

De guardia, había un piloto joven y mal vestido que podía llevarlos en una avioneta de siete plazas con cabina presurizada. Hizo cuentas. Si el jet tardaba tres horas y media, en ese artefacto les llevaría casi seis. Estarían arribando a la una de la mañana. La otra opción era calmarse, volver al departamento y tomar el vuelo comercial de las diez, al día siguiente. En su cabeza martilló un párrafo de la carta que lo hizo tomar la decisión:

Creo que tú eres de los que se mueven con un pequeño estímulo; de los que no esperan advertencias mayores. Yo, en cambio, soy de las que siempre suponen que las cosas mejorarán por sí solas… Ahora es demasiado tarde…

—Nos vamos.

Mientras preparaban el aeroplano, procuró tranquilizarse. Había puesto manos a la obra. Era lo importante. No tenía más que hacer por el momento.

—Será un vuelo largo —le dijo a su esposa.

—Podemos aprovechar para dormir —contestó ella—. Llegaremos en la madrugada y… —se detuvo—. Tal vez tus pesadillas se acaben cuando veas a Alma.

Caminaron detrás de un piloto que no parecía piloto para subirse a un avión que no parecía avión. Al pisar la carlinga, Zahid vio su rostro reflejado en el cristal. El defecto de su cara era más notorio con esa luz amarillenta. Alma suponía que él se lamentaba cada mañana por estar tuerto, pero los seres humanos se acostumbran a todo y las prótesis modernas pueden hacer maravillas. Su ojo de vidrio parecía casi tan real como el verdadero.

Se acomodaron en la reducida cabina.

—¿Terminarás de contarme —preguntó Zahid—, cómo saliste adelante con un embarazo no deseado a los dieciocho años?

—De acuerdo, pero tú también me contarás los detalles sobre cómo perdiste ese ojo. Aunque un día dijimos que no escarbaríamos en nuestras heridas más profundas, para evitar revivir recuerdos dolorosos, tú rompiste el pacto.

—Sí, Lisbeth. Lo que pasa es que necesito aprender más. Saber más. ¡He cometido tantos errores en mi vida!

—No digas eso, Zahid. Ahora eres un hombre exitoso. En general, has tomado decisiones correctas en los momentos precisos… Ése es el secreto del éxito. Podrías decirlo en el discurso inaugural de tu empresa.

Tomar decisiones correctas en los momentos precisos —repitió la frase que en efecto podía sintetizar una fórmula para triunfar—. Sería como señalar la punta de una montaña y decir: Amigos, para llegar a la cima, sólo lleguen ahí…

—Bien. Lo esencial no es el qué sino el cómo. Por mi parte no hay problema. Puedo compartir contigo todo lo que sé. Somos pareja para toda la vida…

Guardaron silencio mientras el artefacto despegaba. La mente de él discernía, con cierta pena, cómo las madres solteras suelen ser maltratadas desde el momento de su embarazo. “No hay nada más injusto —se dijo—; la gente ignora lo madura, lo dulce, lo grande que puede ser una madre soltera”.

—Te amo —comentó. Entonces ella apoyó su cabeza en el hombro de él.

—Yo también.

Ignoraban que el inicio de su vida conyugal estaba a punto de convertirse en tierra de amargura.

—Sigue contando.

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

INVENCIBLE

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

INVENCIBLE

La novela que revela los 5 principios infalibles para triunfar en la vida

Introducción

1

EL MAPA

 

Papá:

¿Te imaginaste cómo sería tu hija de grande? ¿Pensaste en lo sola que estaría? A veces siento mucho coraje contra ti y, a veces, al recordarte, se me hace un nudo en la garganta, pero no lloro. Nunca lo hago. Te necesito mucho, sobre todo ahora que estoy tan lejos de casa.

El profesor llegó hasta el lugar de Itzel, le preguntó qué estaba escribiendo y ella cerró su cuaderno con rapidez. Entonces comenzó el regaño. La joven torció la boca y se tapó los oídos. Estaba cansada de ser corregida en un idioma que no entendía. El maestro se enfureció y señaló con el dedo índice la puerta de salida. Ella se puso de pie y murmuró en español.

—Imbécil…

What did you say?

Caminó despacio y abandonó el aula. El maestro fue tras ella diciendo frases continuas.

—Sigue hablando, me da lo mismo… —respondió Itzel alejándose por el pasillo.

Una compañera pelirroja salió del baño y quiso entablar conversación con ella. Se encogió de hombros y dijo:

Yes, yes, yes…

La pelirroja insistió en hablar, pero Itzel abrió las manos en señal de impotencia y dio media vuelta hacia la salida del colegio. Se sintió frustrada. ¡Ella no era así!, su personalidad había cambiado. Antes podía discutir con fuerza o conversar amablemente. Solía ser aplicada, inteligente y activa. Ahora, en cambio, cualquier niña ignorante parecía sabia a su lado, y hasta los vagos pasaban por educados junto a ella. Muchas preguntas le martillaban en la cabeza. ¿Por qué la habían enviado a esa helada y pequeña ciudad en las montañas? ¿Por qué sus conocimientos de inglés no le servían para nada? ¿Por qué los gringos no tenían que preocuparse por viajar a otro país para aprender español?

—La vida es injusta —murmuró.

Sintió deseos de correr, aventar cosas, patear la pared y gritar. Entonces vio la alarma contra incendios. Era una palanquita anaranjada. Para activarla sólo se necesitaba levantar una tapa. Volteó alrededor. El pasillo estaba solitario. Alcanzó la palanca y tiró de ella. Se escuchó al instante un agudo y penetrante ruido. Se arrepintió de inmediato. Volvió a jalar la palanca intentando callar la sirena, pero el movimiento activó los aspersores de agua en el techo. Se oyeron gritos de alumnos que se mojaban. Jaló la alarma una vez más y un nuevo sonido de emergencia comenzó a silbar afuera del edificio. Las puertas de las aulas se abrieron una tras otra, cientos de chicos salieron en tropel. Los profesores intentaban organizar la evacuación, pero nadie obedecía. Algunos jóvenes, asustados, sólo trataban de escapar, pero otros, divertidos por la interrupción de las clases, aprovechaban para empujarse y colocarse debajo de las regaderas. En un abrir y cerrar de ojos, grupos completos de adolescentes pasaban al lado de Itzel rumbo a la salida. Ella se unió a la procesión sintiendo que el corazón le saltaba. ¿Qué había hecho? ¡Los salones estaban llenos de libros y aparatos! ¿Se estarían mojando? ¿Y la biblioteca? ¿Y el laboratorio de computación? Trató de calmarse. El sistema debía prevenir errores; no podía ser destruido el material didáctico con una falsa alarma… —aunque ella había activado tres falsas alarmas—. De cualquier modo, un incendio real no se apagaría con esas fuentecitas. Se necesitaba la ayuda de… ¡Oh, no!

Se oyó el sonido de las sirenas por la calle.

Salió con todos sus compañeros al patio. El césped estaba cubierto por un manto de nieve. Algunos maestros trataban de formar filas. En unos minutos, todos los alumnos de la secundaria se hallaban afuera. Habían llegado bomberos y policías.

Dos inspectores entraron a la escuela mientras otros esperaban atentos a sus radios. Profesores y alumnos murmuraban tratando de adivinar qué había provocado ese caos.

En pocos minutos, las sirenas se callaron y los inspectores reaparecieron para dar su informe. Se desató una ola de murmullos. Los jefes de bomberos y policía se pararon junto al director de la escuela. Preguntaron quién era el responsable. Hubo un momento de tensión. Todos los estudiantes guardaron silencio. El director volvió a preguntar, esta vez con mucha más energía. Nadie dijo nada. De pronto, una chica pelirroja levantó la voz y señaló a Itzel. Cientos de miradas se volvieron hacia ella. El tiempo pareció detenerse un instante. El director de la escuela avanzó entre las filas y preguntó algo a la joven que estaba siendo acusada, pero ella no contestó. El jefe de bomberos se acercó también para preguntar si había sido ella. Aun en inglés, sus palabras eran claras. No tenía caso mentir. Itzel asintió. El policía se les unió, tomó a la chica del brazo y la apartó. Ella se dejó llevar. Trató de tranquilizarse pensando: “No pueden hacerme nada, sólo regañarme… soy menor de edad, tal vez me obliguen a limpiar la escuela mojada, ¡o quizá me saquen del país! Eso sería bueno porque lo único que deseo es regresar a mi casa”.

La hicieron pasar a una oficina.

 

2

 

Gordon Hatley enrojeció cuando escuchó los pormenores de lo que había hecho Itzel. Comenzó a regañarla casi a gritos. Tiffany quiso controlar a su marido, pero éste se enfureció aún más. Itzel vivía con ellos desde hacía tres meses. Gordon era legalista, cuadrado, adicto al trabajo y sumamente explosivo. Tiffany, en cambio, era cordial, tolerante e incluso un poco tonta.

El policía dio un documento al director del colegio y otro al tutor de la niña. Gordon casi se fue de espaldas cuando vio el papel. Luego se lo restregó en la nariz a Itzel. La chica no quiso mirarlo. Tiffany tomó la hoja y explicó en su escaso español:

—Ser – orden – arresto. Pagar – fianza. Ir – Corte – explicar juez.

Gordon interrumpió:

Moreover, you have been expelled from school!

Itzel lo entendió a la perfección: había sido expulsada de la escuela. Lo que no supo fue si la suspensión era definitiva o temporal.

Gordon condujo hasta la comisaría y se bajó del coche azotando la portezuela. Tiffany permaneció en el vehículo tratando de explicarle a Itzel por qué era tan grave lo que había hecho, pero la chica cerró los ojos y fingió estar dormida. Después de unos minutos, Gordon regresó. Había pagado la fianza y obtenido una cita para la Corte.

I have to talk with your mother about this.

Itzel ya lo sabía. Gordon hablaría a México para acusarla. Eso era lo único que le dolía. Su mamá era una gran mujer, y estaba haciendo un enorme esfuerzo para enviarla a estudiar al extranjero. Quiso suplicarle a Gordon que no la acusara, que ella pagaría con trabajo las consecuencias de su error, quiso pedir perdón, pero sólo pudo decir:

—Don’t do that!

Oh, yes, I will —contestó el hombre.

En cuanto llegaron a la casa, Itzel corrió a la habitación de Jerry, el hijo mayor de los Hatley, quien, por el programa de intercambios escolares, estaba en Europa aprendiendo francés.

Itzel se tapó la cara con la almohada. Después de unos minutos, alguien tocó a la puerta. Era Tiffany.

—Tu – mamá – querer – hablar – teléfono.

Itzel se puso de pie y se burló haciendo un tono gangoso:

E.T. – phone – home?

Excuse me?

Tomó el aparato inalámbrico.

—¿Hola?

—¿Estás bien, hija?

Itzel asintió arrugando la nariz.

—¿No puedes hablar?

Movió la cabeza en forma negativa.

—Me gustaría que me explicaras qué pasó, pero sobre todo quiero saber cómo te sientes y si puedo hacer algo para ayudarte. Escríbeme un correo electrónico, por favor.

—Sí, mamá. Lo haré.

Colgaron el teléfono. La chica fue a la computadora de Jerry y trató de conectarse a internet, pero la máquina le solicitó una clave de acceso. Optó por apagar el aparato.

 

3

 

Papá:

Prefiero escribirte a ti porque no puedes contestarme ni regañarme. ¡El silencio es tu castigo por haberte subido a esa estúpida avioneta! Siempre fuiste un inmaduro. Te gustaban los deportes extremos y los juegos de adrenalina. Decías que te fascinaba bucear en cuevas y aventarte en paracaídas. Querías que yo creciera para llevarme a las montañas rusas. Ya ves. He crecido y le tengo miedo incluso al carrusel. ¿Cómo la ves? Al menos no me mataré de la forma idiota en que tú te mataste. En lo que sí me parezco a ti es en lo malhablada e imprudente. Dicen que lastimabas a la gente con tu sinceridad. Lo siento, yo soy igual. Algo tuyo tenía que heredar. ¿Estás enterado de mis últimas aventuras en este pueblo nauseabundo al que mi mamá me mandó dizque para aprender inglés? Déjame ponerte al corriente. No he aprendido inglés, pero sí he aprendido lo que se siente ser un ciudadano de segunda clase, que tus compañeros te ignoren y que las autoridades te maltraten.

Hoy en la mañana Gordon me llevó a la Corte. Fue una experiencia horrible. La sala estaba alfombrada y tenía vidrios relucientes, una bandera enorme y el escudo nacional de Estados Unidos tallado en madera, igual que en las películas, sólo que éste era una especie de Juzgado Comunal en el que se realizan juicios rápidos. Los acusados sentados frente al juez esperaban ser llamados a declarar. El fiscal recitaba los cargos, el inculpado se defendía, a veces con la ayuda de un abogado, y finalmente, el juez dictaba su sentencia. ¿Sabes qué fue lo que más me llamó la atención? ¡Que en la sala casi no había bolillos! (Yo les digo así a los gringos que tienen el cabello amarillo y la piel blanca como bolillo). La mayoría de los acusados eran latinos, negritos y árabes de mal aspecto. ¿Por qué sería? ¿Tú crees que los bolillos no cometen infracciones? ¡De seguro las cometen, pero son tratados mejor que los inmigrantes y rara vez los mandan a esos galerones! Es muy desagradable. Te revisan veinte veces antes de entrar, te quitan la bolsa, el celular y todas tus pertenencias. Luego te obligan a sentarte y te dejan ahí durante horas. Mientras tanto, ves todo lo que pasa alrededor. Los policías, armados hasta los dientes, se mueven con prepotencia. Los guardias se portan groseros. Las secretarias son sarcásticas. Una mujer, cerca de nosotros, quiso discutir y recibió tal cantidad de gritos que terminó pidiendo perdón. Los policías siguieron amenazándola hasta hacerla llorar. En ese lugar sólo está permitido agachar la cabeza y declararse culpable. Cualquier protesta se interpreta como rebeldía y es fuertemente castigada. Gordon Hatley se la pasó todo el tiempo inflando los cachetes como sapo. Me hubiera gustado tener un alfiler.

Después de casi cuatro horas de espera nos hicieron pasar con un oficial que nos empezó a preguntar cosas. Yo no entendí, pero vi la arrogancia del sujeto, y después de un interrogatorio insoportable me harté, me golpeé el pecho con el puño cerrado y dije: “Soy culpable, culpable, culpable, culpable…”. El tipo pareció entender mi burla, comenzó a regañarme e hizo una seña. Inmediatamente llegaron tres policías y me llevaron a un cuarto en donde me tomaron fotografías y me hicieron estampar mis huellas digitales. ¡Qué absurdo! ¿No te parece, papá? Ni que hubiera matado a alguien. ¡Ahí me tuvieron sentada un rato más! Varias personas entraron a regañarme. Quise pararme y me obligaron a sentarme. Estaba a punto de estallar cuando me llevaron de nuevo con el juez. Gordon habló por mí, pero a esas alturas yo estaba tan humillada que cuando el juez comenzó a sermonearme otra vez, me jalé de los cabellos y comencé a gritar. No lloré porque yo nunca lloro, pero estuve a punto de hacerlo.

Fue lo más horrible que me ha pasado. Nos dieron una tarjeta anaranjada con las conclusiones de la Corte. Gordon dejó que me quedara con ella, de recuerdo. ¡La porquería está en inglés! En la primera oportunidad me voy a sonar la nariz con ella.

¡Papá, estoy harta! La psicóloga dice que yo necesitaba venir a este pueblo para que se me quitara el trauma de haberte perdido. Eso es estúpido e infantil. ¿De qué me sirve conocer el lago que a ti te fascinaba? Muy bien, ya lo conocí; ahora quisiera largarme. Aquí me siento como encarcelada. Tiffany no me deja ni respirar. Me vigila, trata de darme consejos en su medio español y todo el tiempo está insistiendo en que me haga amiga de su hija Babie. ¡Babie! Tiene nombre de perro, ¿no te parece? (¡Hey, ven, Babie, Babie!).

Bueno, papá, espero que tú sí te la estés pasando bien. Al menos el último vuelo en avioneta debió ser muy emocionante.

Perdóname. Escribo puras burradas, pero es que me da rabia no tenerte cerca cuando más te necesito. ¡Me haces mucha falta! Una niña a los catorce años puede sobrevivir sin tener novio o amigos, pero definitivamente no puede estar sin un papá… Al menos yo no puedo…

¡Otra vez estoy apretando los dientes para no llorar!

Sólo quiero que sepas que te adoro.

Itzel

 

4

 

Dobló la carta y la guardó en su maleta. Después salió de la casa sigilosamente. Estaba nublado y la fina precipitación de nieve no cesaba. Apenas era noviembre y ya se podía sentir la llegada del crudo invierno.

Deambuló por la calle un largo rato. A su izquierda, el enorme lago, al que no deseaba ni acercarse, se congelaba cada vez más. A su derecha, las sillas colgantes que transportaban a los esquiadores a la cima de la montaña se desplazaban con lentitud. Era un paisaje móvil pero aburrido. La mayoría de las canastillas iban solas.

Subió la escalera hecha con lámina de agujeros aserrados y entró a la cafetería de la montaña. Dos esquiadores bebían chocolate caliente después de una jornada de deporte. Había muchas mesas vacías. Itzel tomó asiento y respiró hondo mirando por la ventana.

De pronto, la puerta de la cabaña se abrió y apareció un profesor de esquí seguido por tres muchachos y dos chicas. Todos arrastraban sus pesadas botas mientras se quitaban cascos, guantes y goggles. Parecían exhaustos. El traje del maestro tenía un bordado en el hombro con la palabra coach. Los chicos portaban en el mismo sitio la leyenda ski team. Apenas se acomodaron en las bancas, el coach comenzó a hablarles. Itzel observó la escena y quedó asombrada por tres razones: primero, él era un hombre moreno, bajo de estatura, con facciones toscas y la pierna derecha lastimada. ¿Un latino minusválido dando clases a jóvenes norteamericanos? ¡Absurdo! En segundo lugar, el hombre pronunciaba el inglés de manera tan clara que Itzel comprendía a la perfección y, en tercer lugar, como líder, desbordaba gran optimismo, daba palmadas en el brazo a sus muchachos, trazaba líneas en el aire y transmitía entusiasmo.

Al final, los chicos recogieron sus cascos, guantes y goggles y se despidieron. El más fuerte y apuesto de los muchachos le dijo al entrenador.

—Gracias por todo, Ax. Que tengas buen día.

—Tú también, Rodrigo. Hiciste un gran trabajo hoy.

¡Hablaban español!

Los chicos volvieron a la nieve. El entrenador caminó hacia el mostrador de la cafetería. ¡Usaba un bastón y arrastraba la pierna! ¿Cómo daba clases de esquí así? Itzel, sorprendida y cautivada por la idea de hablar en su propio idioma con una persona tan interesante, caminó hacia él y le tocó el brazo por un costado.

 

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

UN GRITO DESESPERADO

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

UN GRITO DESESPERADO

Cuando los padres necesitan ser comprendidos y los hijos escuchados, alguien tiene que ceder.
Un verdadero mensaje urgente de superación familiar.

1

LA METAMORFOSIS

 

Amor:

He dado vueltas en la cama intentando abandonar la vigilia inútilmente. Hace unos minutos salí a rastras de entre las cobijas buscando pluma y papel. Escribirte es el último recurso que me queda en esta fiera lucha por controlar mi torbellino mental.

Ignoro a qué me dedicaré mañana, si tú seguirás siendo profesora, si tendremos el ánimo para continuar viviendo aquí, si alguna vez recuperaré la confianza en la gente como para volver a dar un consejo de amor. Lo único que sé es que mañana, cuando amanezca, no podré volver a ser el mismo…

Esta es la primera noche que pasamos en casa después de la tragedia. Es el punto final de una historia escrita en tres días de angustia, incertidumbre y llanto.

Sé que tú fuiste la protagonista del drama, pero, ¿te gustaría saber cómo se vio el espectáculo desde mi butaca?

Estaba impartiendo una charla de relaciones humanas cuando fui interrumpido por la secretaria.

—Señor Yolza —profirió antes de que me hubiese acercado lo suficiente a la puerta como para que los asistentes al curso no escucharan—, ¡su esposa! ¡Acaban de hablar del Hospital Metropolitano! Tuvo un accidente en el trabajo.

—¿Cómo? —pregunté azorado—. ¿No será una broma?

—No lo creo, licenciado. Llamó una compañera de ella. Me dijo que un alumno la atacó y es urgente que usted vaya…

Salí de la sala sin despedirme de mis oyentes. Subí al automóvil con movimientos torpes e inicié el precipitado viaje hacia el hospital. No vi al taxi con el que estuve a punto de chocar en un crucero, ni al autobús que se detuvo escandalosamente a unos milímetros de mi portezuela cuando efectué una maniobra prohibida.

¿Cómo era posible que un alumno te hubiese atacado? ¿No se suponía que eras profesora en una de las mejores escuelas de la ciudad?

Estacioné el automóvil en doble fila, bajé corriendo hacia la recepción del sanatorio.

Reconocí de inmediato a tres compañeras tuyas, sentadas en las butacas de espera. Al verme llegar se pusieron de pie.

—Fue un accidente —dijo una de ellas apresuradamente, como para eximir de responsabilidades a alguien.

—El joven que la golpeó ya fue expulsado —aclaró otra.

—¿La golpeó? ¿En dónde la golpeó?

Las profesoras se quedaron mudas sin atreverse a darme la información completa.

—En el vientre —dijo al fin una que no podía disimular su consternación.

Cerré los ojos tratando de controlar el indecible furor que despertaron en mí esas tres palabras. Por la preocupación que me produjo el hecho de saber que podías estar herida me había olvidado de lo más importante, ¡Dios mío!, ¡que estabas embarazada!

—¿Fue realmente un accidente? —pregunté sintiendo cómo la sangre me cegaba.

—Bueno… sí —titubeó una de tus amigas—. Aunque el muchacho la molestaba desde hace tiempo… De eso apenas nos enteramos hoy.

No quise escuchar más. Me abrí paso con brusquedad y fui directo al pabellón de urgencias. A lo lejos vi a tu ginecoobstetra.

—¡Doctor! —lo llamé alzando una mano mientras iba a su encuentro—. Espere, por favor… ¿Cómo está mi esposa?

—Delicada —contestó—. La intervendremos en unos minutos.

—¿Puedo verla?

—No —comenzó a alejarse.

—¿Y el niño? ¿Se salvará…?

Movió la cabeza.

—Lo siento, señor Yolza…

Me apoyé en la pared del pasillo.

¡Esto no podía estar pasando! ¡No era admisible! ¡No era creíble! Tu médico te había permitido que trabajaras medio tiempo con la condición de que lo hicieras cuidadosa y tranquilamente. ¡Yo mismo lo acepté sabiendo que se trataba de una gestación riesgosa! Pero, ¿quién iba a imaginar que un imbécil te golpearía faltando tres meses para el nacimiento?

Eché a caminar por los corredores entrando a zonas restringidas, como un ladrón. Conozco a la perfección el hospital porque en él nacieron nuestros otros dos hijos y yo participé en ambos partos, así que, con la esperanza de verte, me agazapé en un cubo de luz por el que puede vislumbrarse el interior del quirófano. No tuve que esperar mucho tiempo para presenciar cómo te introducían al lugar en una camilla… Fue una escena terrible. Estabas acostada boca arriba con el brazo derecho unido a la cánula del suero y una manguera de oxígeno en tu boca. Parecías muerta. Igual que ese “volumen”, antes rebosante de vida, horriblemente estático debajo de la aséptica sábana que te cubría el vientre. Me quedé pasmado, transido de dolor, rígido por la aflicción.

¿Qué te habían hecho? ¿Y por qué? Es verdad que los jóvenes de hoy son impulsivos, inmaduros, inconscientes; que hasta en las mejores escuelas se infiltran cretinos capaces de las peores atrocidades… Pero, ¿al grado de hacerte eso a ti… a nosotros?

Sentí que las lágrimas se agolpaban en mis párpados.

Mi vida… Viendo cómo te preparaban para la operación, juré que, de ser posible, cambiaría mi lugar por el tuyo…

—Disculpe, señor, pero no puede estar aquí —me dijo un enorme guardia de seguridad, quien amablemente pero con firmeza me encaminó hacia la sala de espera.

Y la espera en la sala fue un suplicio lento y desgarrador. No tuve noticias tuyas durante horas.

Salí varias veces a caminar, un poco para averiguar si el aire fresco era capaz de apagar las llamas de mi ansiedad y otro poco para evitar la proximidad de tus compañeros de trabajo.

Viví momentos inenarrables. Creí que te perdería. Fuiste intervenida dos veces y estuviste en observación más de quince horas.

Hoy en la tarde te dieron de alta.

Saliste del hospital tomada de mi brazo, pero con la cabeza baja, arrastrando el ánimo.

Además de haber perdido al bebé habías quedado estéril.

Durante el trayecto a la casa no hablaste nada. Yo tampoco. ¿Qué palabras podían servir para atenuar la aflicción producida por esa amarga experiencia? ¿Qué bálsamo era capaz de adormecer el suplicio de esa llaga supurante? No había ninguno. Quizá el silencio.

Abrimos la puerta de la casa y nos adentramos a su quietud absoluta. Los niños ya dormían. Encendimos las luces y los estáticos muebles parecieron darnos la bienvenida, compadecidos. Te llevé hasta la recámara casi cargándote. En el ambiente se sentía pena. Te ayudé a desvestirte y a ponerte cómoda.

—¿Quieres un poco de fruta? —te pregunté una vez que estuviste recostada en la cama.

—Puede ser.

No deseabas comer, pero era parte de la rutina requerida para volver a la normalidad.

Fui a la cocina, preparé yogurt con granola y trozos de melón. Volví con una charola.

—Gracias.

Al fin estábamos solos.

¡Nos resultaba muy difícil comunicarnos! En el hospital, cuando no se interpusieron doctores lo hicieron familiares o amigos…

—¿Qué fue lo que pasó exactamente? —pregunté.

—Lo que sabes, mi amor. Un alumno de mi clase de lengua extranjera me golpeó.

—Pero, ¿por qué? Me dijeron que desde hace tiempo te molestaba y no se lo dijiste a nadie. ¡Ni siquiera a mí!

—Es un joven tímido. Creí que necesitaba apoyo y comprensión. Quise ayudarlo… Jamás pensé que reaccionaría como lo hizo.

Me puse de pie y caminé de un lado a otro de la habitación, con las manos en la cabeza.

—¿Cómo pudo ser? Ambos deseábamos más que nada en el mundo la llegada de ese hijo. ¡Por ayudar a un lunático no mediste el peligro! ¿Por qué me mantuviste al margen del tema?

—No me lo reproches. Fue un accidente. ¿Quién iba a imaginar que el muchacho llegaría tan lejos? —y tu voz se quebró en una manifestación de enorme dolor.

Al verte afligida sentí un deseo enorme de consolarte. Tú fuiste quien padeció la tortura de la intervención quirúrgica. De tus entrañas, no de las mías, extrajeron ese pequeño ser que se nutría con tu sangre. En una palabra, tú eras la madre. No existe en la tierra persona más afectada física y emocionalmente por la pérdida de ese bebé, así que era injusto que te recriminara.

Volví a sentarme en el borde de la cama y te abracé. Te soltaste a llorar.

En mi mente desfilaban una tras otra las distintas formas de cómo podía vengarme. En primer lugar adquiriría un arma y te enseñaría a usarla; en segundo lugar, demandaría al muchacho por asesinato y no pararía hasta verlo refundido en prisión, purgando la condena más severa que pudiera dictarse por su falta; en tercer lugar, dejaría de dar estúpidos cursos sobre “pensamiento positivo” y cambiaría radicalmente el giro de mi negocio; en cuarto lugar…

Dejaste de abrazarme y controlaste tu congoja.

En cuarto lugar tenía que devolver el golpe a más granujas como él. No bastaba con desaparecer de la sociedad al culpable de esta desgracia, cuando pululaban millones de muchachos igualmente ruines por todas partes.

Me miraste, afligida, y es que a la consternación de tu reciente pérdida se le aunaba el dolor de adivinar en mí un peligroso rencor, un enfermizo deseo de venganza que nunca antes había tenido.

Encendí el televisor y te pregunté si deseabas ver algo en especial. Moviste la cabeza.

—No has comido.

—Ya lo voy a hacer.

Hiciste tu mejor esfuerzo por masticar. Después de un rato reclinaste la cabeza y cerraste los ojos. Te abrigué con cuidado y apagué el televisor. Miré mi rostro sin rasurar en el espejo y por primera vez me percaté de que llevaba puesta la misma ropa desde hacía tres días.

Fui directo a la regadera. Me introduje en el agua caliente y dejé que el líquido corriera por mi cabeza y mi cuerpo. Cerré los ojos y permanecí inmóvil como una estatua que se encoge al sentir la lluvia cayendo sobre sus hombros.

Permanecí varios minutos en esa posición, sin pensar en nada.

Entonces escuché la puerta del cuarto de baño y a través del acrílico blanco vi tu silueta entrando.

Deslicé el cancel corredizo y te miré de pie junto al lavabo. Seguías con tu bata de dormir.

—Gracias por la cena —dijiste.

—Creí que ya te habías dormido.

La nube de vapor comenzó a extenderse alrededor de ti. No cerré la llave del agua.

—Me preocupas, cariño —murmuraste.

—Yo estoy bien —contesté—. Pero tú…

Te quedaste callada, mirándome tiernamente. Sabías que eso no era verdad. Que yo no estaba bien. Me sentí descubierto.

—¡Maldición! —mascullé dando un fuerte puñetazo en la pared—. ¡Esto no debió haber pasado!

—¡Pero pasó! Ahora debemos reponernos para no perder más de lo que ya perdimos. ¡Tenemos dos hijos vivos! ¿Recuerdas?

Me froté la cara sintiéndome un desdichado.

—Nada volverá a ser como antes. Percibo la maldad corriendo por mis venas.

—No, no —rebatiste—. El joven que me atacó es producto de una sociedad corrupta que a la vez es el resultado de familias torcidas. Tú eres la cabeza de esta familia y si te dejas llevar por el deseo de venganza, ten la seguridad de que nuestros hijos también acabarán, tarde o temprano, hundidos en la degradación.

—Amor —susurré, sintiendo cómo las palabras se negaban a salir—. No puedo quedarme con los brazos cruzados después de que han matado a un hijo nuestro.

—Entiende que no fue intencional…

—Y tú entiende… —pero me quedé con la frase en el aire. ¿Entiende, qué? Dios mío. Tenía tantas ganas de llorar…

Entonces comprendí el gran error: he dedicado el trabajo de toda mi vida a brindar elementos de superación a empresarios, cuando son otras las personas que realmente necesitan de él.

—Vida —me dijiste—, en este momento no sé por qué estoy más triste: si por la muerte del bebé o por tu actitud.

Con ese comentario me aniquilaste. Sentí que perdía fuerzas y con las fuerzas, la ira. Quise abrazarte, pero tú estabas vestida y seca, mientras yo estaba desnudo y mojado, bajo la regadera.

—Perdóname —logré articular al fin—. No debo comportarme así, porque entre todo lo malo que ha pasado, hay algo de verdad hermoso: que ahora te amo muchísimo más…

Esta vez mi tono de voz sonó intensamente afligido. Una
lágrima se deslizó por mi mejilla confundiéndose de inmediato con el agua que caía sobre mí.

Te acercaste. El chorro, al golpear mi cuerpo, comenzó a salpicarte. No te importó.

—¿Sabes? —dije—, cuando estabas en el quirófano juré que si pudiera cambiaría mi lugar por el tuyo…

Tú no soportaste esas palabras y yo no soporté más tu dulce mirada.

Te extendí los brazos y, vestida como estabas, te refugiaste en ellos de inmediato.

El agua de la ducha cayó sobre ti empapándote por completo. Te acurrucaste en mi cuerpo buscando más calor. Acaricié tu cuello y tu espalda con un cariño casi desesperado; luego comencé a desabrochar tu bata, deslizándola suavemente hacia abajo mientras te besaba.

Estreché tu piel desnuda con delicadeza pero con mucha fuerza también, y tú volviste a llorar frotando tu cara en mi pecho. No había sensualidad alguna. Era algo superior. Algo que no habíamos experimentado jamás. Era el milagro de una dolorosísima pero extraordinaria metamorfosis.

En ese instante, disueltos el uno en el otro, me susurraste que no te importaba haber tenido un aborto, ni te importaba nada de lo que pudiera pasarte en el futuro si nos manteníamos juntos.

No necesité contestarte para que supieras que yo pensaba igual. Fundidos en un abrazo eterno éramos, tú y yo, una sola alma otra vez.

 

2

EL ROBO DEL PORTAFOLIOS

 

La caligrafía perfecta brillaba delante de mí. La observé con desconfianza. Su lectura me había dejado un extraño sabor metálico en el paladar. ¿Quién hubiera pensado que en ese portafolios robado iba a encontrar documentos tan personales?

¿Todos serían así…?

Tenía conocimiento de que el colegio al que asistía había sido originalmente un centro de capacitación para empresas. Incluso entonces aún se daban cursos de principios para el éxito, relaciones humanas y personalidad, pero desde hacía unos cinco años el motivo central del instituto no eran los cursos sino la preparatoria intensiva. ¿El cambio de giro tendría alguna relación con la penosa experiencia relatada por el autor de aquella carta? Podía ser… Sin embargo, eso no me conmovía. En realidad había muy pocas cosas que podían conmoverme. Quizá ninguna.

Estaba acostumbrado a reaccionar como la “carga social”, “el delincuente en potencia” que me habían convencido que era. Sin embargo, a veces mi papel me disgustaba. Sobre todo cuando, motivado por alguna circunstancia especial, percibía la sensación interna de no ser tan malo. Y la lectura de esa carta había despertado en mí una sensación así.

Sacudí la cabeza y arrojé los folios al guardarropa. De seguro todo lo escrito ahí no era más que una fantasía imaginada por ese hombre a quien yo detestaba sobremanera. En mi entendimiento no cabía la posibilidad de que alguien experimentara sentimientos tan nobles. Y menos él… Me consolé con razonamientos apropiados: si esa carta era verdad, el director de mi escuela era un fanático santurrón o un marica declarado.

Exactamente…

Para poder relatar cómo hurté ese portafolios, primero necesito hablar de un personaje importantísimo en aquella época de mi vida: mi hermano Saúl.

Saúl era un tipo impredecible. Se tomaba muy en serio su papel de hermano mayor, atribuyéndose el privilegio de amonestarnos a Laura y a mí a diario. Cuando lo desafiábamos se alteraba y no le hablaba a nadie durante días. Con frecuencia discutía con el tirano de papá y consolaba a la mártir de mamá, pero nada mejoraba en casa; no entendía mis consejos de que aceptara las cosas así. Realmente era un sujeto raro y, por ello, incluso se había ganado mi secreta admiración. Le gustaba tocar la guitarra hasta altas horas de la noche y también escribía poemas (mis amigos y yo nos burlábamos mucho de eso).

Pero Saúl tenía un defecto: estaba obsesionado con las mujeres. Quería a todas y a ninguna. Las amaba y las odiaba. Deseaba tener experiencias sexuales pronto (con cualquiera) y quería esperar en castidad a la dama de sus sueños. Las mujeres lo enloquecían.

Una mañana, sus compañeros de grupo le ayudaron a hacer una broma, que él mismo planeó y consintió, cuyas consecuencias llegaron a extremos inverosímiles: Lo encerraron en el baño con una chica; clausuraron las aldabas exteriores usando un enorme candado y tiraron la llave por la coladera.

La algarabía resonó en todos los pasillos. Hubo aplausos, cantos, gritos. A los pocos minutos la escuela entera estaba enterada de que Saúl y su nueva novia se hallaban solos en los sanitarios haciendo quién sabe qué suciedades.

Hubo que llamar a un cerrajero para que pudiera abrir y, en efecto, cuando lo hizo encontraron a los muchachos medio desvestidos. Fue fácil comprender que Saúl era el principal cómplice en la travesura, así que lo detuvieron.

Acudí a las oficinas para esperar que lo pusieran en libertad después de amonestarlo. Pero el asunto se complicó: llamaron por teléfono a mi padre. ¡Nunca lo hubieran hecho!

Lo vi entrar a la recepción del colegio con aire de prepotencia, sin siquiera haberse quitado la bata blanca que lo distinguía en su trabajo.

—Soy el doctor Hernández —le gritó a la secretaria—. Me llamaron con carácter de urgente. Tengo muchos pacientes y no puedo darme el lujo de hacer antesala, así que haga el favor de anunciarme de inmediato con el director.

El máximo censor salió a recibir al escandaloso visitante.

—Pase, por favor.

Me quedé fuera tratando de escuchar lo que se decía en el privado. No fue difícil. Papá recibió las quejas haciendo grandes aspavientos, preguntando cómo era posible todo aquello. Mi hermano alzó la voz para defenderse y fue abofeteado cruelmente frente al director y la chica. Después hubo un momento en el que no se escuchó nada. En ese silencio imaginé al administrador y a la muchacha como estatuas de hielo, incrédulos ante la agresividad que habían presenciado, y a mi hermano aguantando estoico el dolor de la humillación.

Unos minutos después se abrió la puerta del despacho y salió Saúl. Detrás, papá.

—¿Adónde crees que vas, muchachito? —y al decir esto lo sujetó por la oreja.

Saúl sudaba y tenía el rostro muy rojo. Se liberó de la mano opresora con un zarpazo y echó a caminar hacia afuera sin decir nada.

—¡Un momento! ¡Detente o te arrepentirás toda tu vida!

En la calle varios estudiantes observamos la penosa escena en la que el adulto trataba de sujetar al joven jalándolo de los cabellos mientras éste se defendía ágil y ferozmente para alejarse a pasos rápidos del lugar.

Saúl no volvió a casa. Nadie supo adónde fue.

Esa tarde papá se la pasó llamando por teléfono a todas las autoridades de la ciudad para reportar al fugitivo, mamá estuvo llorando inconsolable, y Laura y yo nos acostamos con la excitante novedad de que el primogénito había abandonado el nido. No podíamos creer que hubiera tenido tanto valor, y con el pensamiento le mandábamos nuestras más calurosas felicitaciones.

En la noche tardé mucho en conciliar el sueño. Me preguntaba a qué lugar iría un joven al escapar de casa. Deseaba saberlo para tener la opción de hacer lo mismo cuando mi familia me hartara. Y no faltaba mucho para ello.

Al día siguiente muy temprano, diríase de madrugada, papá entró a mi habitación haciendo mucho ruido y llamándome holgazán. Me destapó arrojando las cobijas al suelo y azuzándome para que me levantara.

—Desperézate, muchachito. Voy a ir contigo a la escuela para vigilar la entrada de los alumnos a ver si aparece tu hermano.

—¿De verdad crees que irá a clases después de escapar de casa? —me incorporé para recoger las sábanas y echármelas nuevamente encima—. Permíteme que me ría: jo, jo, jo.

Papá se puso verde, más porque se dio cuenta de que yo tenía la razón, que por mi insolencia (ante él tener la razón era un pecado mortal).

—De cualquier modo iremos a la escuela. Quiero hablar con el señor Yolza para ponerlo al tanto de que tu hermano se fue.

—Ese maldito director chismoso —susurré—. Por su culpa está pasando lo que está pasando.

Me levanté despacio y me vestí.

Estuvimos en el colegio justo antes de la hora de entrada. Al poco tiempo llegó el director. Papá lo interceptó para preguntarle de modo presuntuoso por qué se había propuesto echar a perder la vida de sus hijos.

Varios compañeros curiosos se detuvieron a escuchar la
inminente discusión, pero el licenciado Yolza nos invitó a pasar a su privado.

Ya dentro, los dos hombres se miraron fijamente como viejos enemigos. Mi padre se calmó un poco, pero no dejó de levantar la voz.

—Usted no ha sabido guiar a mis hijos. Uno viene aquí brindándole toda la confianza, paga puntualmente las colegiaturas, ¿y qué recibe a cambio? Unos muchachos tímidos y acomplejados. Saúl ha caído tan bajo por culpa de usted.

El señor Yolza se frotó la barbilla. Su trabajo consistía en atender vecinos quejosos, empleados irresponsables, inspectores corruptos, sindicalistas prepotentes, alumnos groseros (como yo) y padres de familia desequilibrados (como el mío). Sin embargo, no parecía haberse acostumbrado del todo.

Tomó asiento y con ademán cortés invitó a papá a hacer lo mismo frente a él. También a mí, con una mirada, me indicó que me sentara.

—¿Quiere explicarme cuál es su problema exacto, doctor Hernández?

—Ayer mi hijo Saúl se fue de la casa.

—¿De veras? —preguntó interesado—. ¿Y por qué supone que yo tuve la culpa?

—Pues porque no había necesidad de llamarme para darme la queja. Todos los jóvenes tienen sexo con sus novias.

El director abrió el cajón central de su escritorio para extraer una cajita con pastillas medicinales; tomó una y se la echó a la boca mientras movía la cabeza (¡vaya manera de empezar el día!). Acto seguido descolgó su intercomunicador para solicitar a su secretaria el expediente de Saúl y el mío. Sin quererlo salté de mi silla. ¿El mío? Yo sólo estaba mirando, no tenía vela en ese entierro.

Me volví a sentar. Hubo un silencio desagradable. La asistente entró con las carpetas. El licenciado comenzó a decir:

—Doctor Hernández, su hijo Saúl tiene antecedentes muy graves y fue admitido aquí de forma condicional. Aun así, su historial está lleno de irregularidades. Ayer no hubo tiempo de analizarlo, pero “fumar en clase”, “contestar altaneramente a los profesores”, “no cumplir con tareas” e “irse de pinta” son notas comunes y repetitivas en este registro. Además, ya había estado a punto de ser expulsado en otra ocasión  —mi padre alzó las cejas simulando estar indignado y me reí de él—. Se dio de golpes con otro joven que al parecer pretendía a su novia “en turno”. En esa oportunidad armó un gran alboroto. Vinieron patrullas y los vecinos me citaron para hacerme prometer que eso no volvería a suceder en esta calle. Lo tuve detenido en mi oficina durante casi una hora. Intentamos comunicarnos con usted, pero fue inútil. Tampoco su esposa pudo ser localizada. Así que llené su forma de expulsión y se la entregué. Entonces Saúl dijo que me odiaba, que odiaba este mundo, esta vida, esta escuela y a sus padres. Después de eso se echó a llorar y su llanto demostró una confusión enorme —el licenciado se levantó un poco apuntando con el índice—. Doctor Hernández, si no ha visto a su hijo llorar de esa manera últimamente, usted está muy lejos de él para poder ayudarle —volvió a sentarse y antes de continuar pareció escoger las palabras—: Ante una situación tan patética no pude dejar de darle otra oportunidad. Sentí que, en el fondo, Saúl no era culpable de sus yerros. Un joven que se desprecia tanto a sí mismo debe tener una pésima familia. El origen de la autovaloración de un individuo se halla en su familia. La gente se comporta en la calle como aprendió a hacerlo en su casa. Si Saúl está en malos pasos no hay más culpables que usted y su esposa…

Mi padre estaba petrificado. El matiz sanguíneo de sus mejillas me hizo percibir su cólera. Era tal que no podía hablar. El director, en cambio, se mostraba mucho más seguro e impertérrito que al principio. Después abrió mi expediente y comenzó a hojearlo con detenimiento.

—Su hijo Gerardo es otra muestra de lo que le estoy diciendo.

Para que se callara lo miré con todo el repudio que pude, pero al individuo pareció no importarle mi amenaza visual.

—Es impuntual, faltista, flojo. Los profesores lo reportan como un alumno negligente. Por si no lo sabía, él también ha estado a punto de ser expulsado. No por irregularidades graves sino por una infinidad de notas sobre indisciplina y apatía. Gerardo es un cabecilla para los malos actos. Incita a sus compañeros a cometer pillerías, encontrando siempre la forma de salir exculpado, pero los maestros y yo nos hemos dado cuenta de su juego. Detrás de las infracciones de sus amigos siempre está él. Reconozco que es muy inteligente y estoy casi seguro de que también en su casa aparenta ser un buen hijo, pero en secreto acumula un gran rencor que lo hace atentar contra todos cuando se siente resguardado.

Mi padre, mordiéndose el labio inferior, se volvió hacia mí con claras intenciones de matarme, pero yo me hice el disimulado clavándole la vista al directorzucho. Tarde o temprano me las pagaría.

Papá se puso de pie, listo para salir de allí.

El señor Tadeo Yolza levantó la voz con la firmeza de alguien que ha ganado un envite.

—Doctor Hernández, hacer rabietas no le ayudará en nada. Sus hijos son inteligentes pero infelices. Tanto Saúl como Gerardo necesitan recuperar en primer lugar su autoestima. ¿Entiende esto? ¿Cómo suele corregirlos? ¿Se acerca a ellos para tratar de entender sus razones y después los guía con mano fuerte pero amistosa, o sólo les grita, los insulta y abofetea, como hizo ayer con Saúl en esta oficina? ¿Permite que en su hogar se apliquen sobrenombres, se hagan burlas y críticas destructivas, se exalten las capacidades de unos para menospreciar las de otros, se invoquen deseos de que tal o cual hijo fuera distinto, o se admiren envidiosamente las condiciones de otras familias? Si así ha sido, usted ha creado en ellos una autovaloración muy pobre. Todo ser humano aprende a amarse en el lugar donde crece, ayudado de las personas con quienes convive. En la familia nacen las expectativas del individuo, su moral, su forma de sentir, su personalidad…

El director parecía ansioso de continuar hablando, como si hubiese esperado durante meses la oportunidad de decirle todo eso.

Mi padre se volvió hacia él con el rostro desencajado. Por un momento pensé que se le echaría encima.

—Ustedes, los ma… maestros —tartamudeó visiblemente afectado—, son demagogos y engreídos. Creen tener el derecho de meterse en la vida de los demás como si fuesen perfectos.

—Doctor Hernández, usted y yo ya nos conocíamos. Yo lo consideraba un hombre sensato, pero en estas dos últimas entrevistas me he percatado de que necesita una gran ayuda. Si sus hijos se pierden o fracasan no habrá otro responsable directo más que usted.

Vi cómo mi progenitor apretaba los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Su siguiente objeción apenas fue inteligible:

—Ustedes los maestros se creen sabios… Le devuelven la responsabilidad a uno, pero son incapaces de hacer algo por los muchachos.

Dio la vuelta y sin despedirse salió del lugar.

Al verlo alejarse, por primera vez me percaté de que no era tan invulnerable como yo había pensado. Sentí lástima por él. Además, su estatura me pareció más baja de lo que siempre creí.

El director corrió para alcanzarlo. Quizá no deseaba que la desavenencia terminara de ese modo.

Me quedé en la oficina solo. Miré a mi alrededor buscando algo, algo… no sabía qué…

¡El portafolios personal del señor Tadeo Yolza estaba a un lado del escritorio!

Lo tomé y salí como relámpago para evitar ser detenido por la secretaria. En la calle los dos adultos aún discutían. No me detuve: no quería saber más nada del asunto.

Durante horas caminé por las avenidas abrazando con fuerza el portafolios robado. Sentía ganas de llorar, pero no comprendía la razón. Había escuchado conceptos muy serios en los que jamás había pensado. Uno en especial me taladraba las sienes: que mis hermanos y yo éramos inteligentes pero terriblemente infelices.

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

DIRIGENTES DEL MUNDO FUTURO

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

DIRIGENTES DEL MUNDO FUTURO

Un niño desaparece. Su padre inicia una búsqueda desesperada por recuperarlo. En ese viaje olvida que su otra hija también lo necesita. De pronto se da cuenta que esta a punto de perder a los dos.

Dirigentes del mundo futuro es una novela de suspenso que presenta los riesgos de una sociedad malvada pero que también muestra las bases para desarrollar el ALTO POTENCIAL DE LOS NIÑOS, con técnicas precisas, que al ser aplicadas por los padres, harán de sus hijos verdaderos líderes que dejarán huella.

1

CAMPAMENTO EDUCATIVO

 

El matrimonio de Xavier y Ximena era relativamente estable. En el dintel de su casa colgaron un escudo familiar que hicieron juntos, entrelazando las letras equis de sus nombres. Se sentían orgullosos de esa coincidencia. Quisieron legar a sus hijos el mismo signo y se aseguraron de ponerles nombres que lo incluyeran; a la mayor la llamaron Roxana y al menor Max.

Ella era doctora, jefa de laboratorios en el Hospital Primario de Oriente; a pesar de tener un trabajo tan complejo, procuraba darse tiempo para convivir con su familia. No siempre lo lograba. Él era abogado fiscal, con un despacho próspero al que dedicaba diez horas cada día.

Los sábados Ximena trabajaba medio turno y solía llevar a su pequeño Max, de cuatro años, al hospital. Al salir, acostumbraba ir de compras con el niño.

Nada le indicó que pudiera haber algún peligro aquel día en la tienda de autoservicio… Traía a Max en el carrito. Estaba de mal humor porque su esposo había organizado una cena con sus amigos. Detestaba meterse a la cocina el sábado en la tarde a guisar para un hato de comensales egoístas que sólo sabían beber y contar chistes políticos.

Hastiada de su mala suerte, buscaba sin éxito un frasco de aceitunas negras. Caminó por el pasillo del supermercado. Vio a un joven con el emblema de la tienda y lo siguió para preguntarle. El muchacho atendía a otro cliente. Esperó su turno. Mientras tanto, revisó su lista de compras. El departamento de pescados y mariscos estaba a unos metros. Caminó vigilando de reojo al dependiente; ordenó un kilo de salmón. El joven se esfumó en un parpadeo. Todo indicaba que el pescado de esa noche no llevaría aceitunas. Volvió al pasillo en el que había dejado a su hijo. El carrito de compras estaba en el mismo sitio. El niño no.

La madre pensó que se había bajado por su propia iniciativa. Era muy travieso. Solía hacerlo. Al principio lo buscó con calma; caminó serenamente pensando que con toda seguridad andaría curioseando por ahí. Cuando se dio cuenta de que el tiempo pasaba sin que Max apareciera, comenzó a dar zancadas amplias y a llamarlo por su nombre. No hubo respuesta. Un presentimiento atroz comenzó a oscurecer su claridad de juicio.

“Cálmate” se dijo, “lo vas a encontrar”.

Pero no podía calmarse. Preguntó a las personas que pasaban cerca si habían visto a un chico rubio de escasos cuatro años de edad; ninguna lo había visto. Trató de no dejarse llevar por el pánico. A Max le gustaba esconderse y salir riendo a carcajadas después de un rato. Se aferró a la idea de que en cualquier momento iba a aparecer detrás de algunos anaqueles. Fue a las cajas, se paró de puntas y miró alrededor.

“Mientras no salga de la tienda” comentó en voz alta “no hay problema”. Hizo un esfuerzo sobrehumano para relajarse y acudió a la caseta de sonido.

Vocearon al pequeño.

No hubo respuesta.

Entonces empezó a correr por los pasillos, gritando. Un llanto de desesperación acompañaba sus alaridos. Toda la gente se enteró de que esa mujer había perdido a su hijo. Clientes y dependientes quisieron a ayudar.

La policía llegó. Cerraron las puestas de la tienda.

Xavier recibió el mensaje en su localizador una hora después.

Las letras en la pantalla de cuarzo decían “ven al centro comercial frente al sanatorio, es urgente”. Firmaba su esposa.

No pudo evitar lanzar una imprecación. Detestaba ese tipo de mensajes. La palabra “urgente” era demasiado delicada para usarse sin ton ni son. Su esposa lo sabía. ¿Lo sabía? Eso significaba que en verdad era urgente. Salió de la transitada avenida y tomó el puente de retorno. Cuando llegó al supermercado encontró un gran despliegue policiaco. Varios doctores y enfermeras del Hospital Primario de Oriente rodeaban a su compañera Ximena. Un helicóptero sobrevolaba la zona.

Xavier preguntó qué pasaba. No pudo creer lo que le dijeron.

—¿El niño se perdió? —preguntó—. ¿Se bajó del carrito de las compras? —comenzó a dar vueltas en círculo, tratando de atisbar alrededor—. ¿Ya lo buscaron bien?

El comandante que coordinaba las acciones lo miró de forma impasible.

—Usted no ha entendido —le dijo—. Su hijo no se perdió —hizo una pausa antes de pronunciar las palabras fatales—: Se lo robaron.

Los primeros días fueron aterradores. Iban de un lado a otro pidiendo ayuda. Caminaban como entre nubes incapaces de asimilar la magnitud de la tragedia y dormían junto al aparato telefónico en espera de que los secuestradores llamaran para pedir el rescate.

La angustia consumió a la familia. Xavier echó mano de todas sus influencias, se hizo amigo del comandante policiaco y siguió de cerca las investigaciones. Ximena solicitó permiso en el hospital para dedicarse, con su marido, a buscar. Roxana parecía muy asustada, más por la forma en que veía desmoronarse a sus papás que por el extravío de su hermano menor. Era una niña de nueve años, dulce e inteligente. Una noche escribió:

Papá, mama. Me duele verlos tan preocupados. Yo también tengo miedo, pero sé que vamos a encontrar a Max. Ustedes me han dicho que nada malo puede pasarle a la gente buena. Él es bueno y nosotros también. Los quiero mucho. Mi corazón está roto. Los amo. No lo olviden.

La nota tenía el dibujo de un corazón sangrando. Estaba escrita con trazos geométricos de extraordinaria simetría. No cabía duda de que Roxana era una niña muy madura. Xavier besó el papel y lo guardó en su cartera.

Los secuestradores no se comunicaron con ellos, pero a las tres semanas recibieron una llamada inesperada del comandante policiaco que llevaba a cabo las averiguaciones. Se escuchaba alterado.

—Acabamos de descubrir un lugar —dijo—, donde había varios niños robados. Es una vieja hacienda en la antigua carretera a Puebla.

Xavier saltó del sillón.

—Voy para allá.

—¿Qué pasa? —le preguntó su esposa esperanzada—, ¿hay alguna noticia de nuestro hijo?

—No, pero hallaron a otros niños. Parece que encontraron el sitio de operaciones de una banda que trafica con infantes.

Ella se vistió con toda celeridad. Roxana también, pero sus padres le dijeron que no podía ir. Era muy chica para acompañarlos a esos sitios.

Llegaron a la estación de policía. Había una gran agitación. Fueron  directo a la jefatura, pero el comandante estaba demasiado ocupado atendiendo a periodistas y a otros padres de familia.

—¿Qué está pasando aquí? —le preguntó a uno de los oficiales encargados de la seguridad interna.

—Encontraron el centro ceremonial de una secta ¡había doce niños y diecisiete jóvenes!

—¡¿Qué?!

Ximena y él se abrieron paso hasta la zona de primeros auxilios en el que estaban los recién rescatados. No les permitieron el acceso. Los vieron uno a uno desde lejos. Ninguno era su hijo.

Esperaron varias horas hasta que el revuelo disminuyó. Xavier entró a la oficina del jefe y lo invitó discretamente a comer algo. El funcionario lo miró de reojo como agradeciéndole el gesto. A los pocos minutos salió a toda velocidad y caminó con ellos a la fuente de sodas, detrás de la comandancia.

Sentado en el pequeño restaurante los puso al tanto de lo que estaba ocurriendo.

—Ayer por la mañana descubrimos un centro de narcóticos en el que tenían secuestrados a varios menores de edad —comentó al tiempo que ordenaba una hamburguesa con queso—. El sitio estaba ubicado dentro de una hacienda abandonada, “Sochical”, en el kilómetro ciento veinticuatro de la antigua carretera a Puebla.

—¿Dijo “un centro de narcóticos”? —preguntó Ximena asustada.

—Bueno, no exactamente. La finca era usada para dos fines: en primer lugar, experimentaban con nuevas sustancias químicas, estimulantes de la corteza cerebral. Había tres farmacobiólogos expertos. Lo trágico del asunto es que, para las pruebas, usaban niños con la supuesta finalidad de hacerlos más inteligentes. Un psiquiatra dirigía los ensayos y llamaba a la zona “campamento educativo”.

 Xavier movió la cabeza preocupado.

—¿Eso significa que algunos niños estaban ahí por consentimiento de sus familias?

—Sí. De los doce chicos en experimentación, ocho de ellos habían sido enviados por sus mismos papás. Pensaban que se trataba de un sofisticado colegio. Incluso pagaban sumas muy altas. Los padres de estos pequeños financiaban, sin saberlo, todas las actividades de la hacienda. Los otros cuatro niños figuraban en la lista urbana de extraviados.

—Es increíble —dijo Ximena—. ¿Qué pensaban esas personas cuando mandaron a sus hijos ahí? ¿En dónde tenían la cabeza?

—Fueron engañados. Es la verdad.

—¿Pero los niños dormían en ese lugar?

—Sí. Era un internado. Los menores dormían en cuartos individuales con baño, una mesa de trabajo, computadora y bocina por la que se les obligaba a escuchar música repetitiva. Los niños permanecían la mayor parte del tiempo bajo el efecto de alguna sustancia que activaba sus neuronas.

Xavier comenzaba a vislumbrar un sin fin de posibilidades que, bien escudriñadas, podrían conducirlos a más niños robados.

—Mencionó que la hacienda era usada para dos fines. ¿Cuál era el segundo?

—Algo mucho peor. En otra sección internaban a los adeptos de una secta religiosa. Ahí encontramos a cinco varones y a doce mujeres,  entre dieciséis y veintidos años de edad —el comandante se detuvo como si lo que estuviera a punto de decir le fuera a provocar malestar estomacal—. A todos, en los ritos ceremoniales, se les habían amputado uno o más dedos de las manos… —Ximena y Xavier se miraron aterrados—. Las habitaciones de los sectarios, más pequeñas que las de los niños, sin luz eléctrica y con suelo de tierra, contaban, sin embargo, con bocinas.

La doctora sacó algunas conclusiones:

—Así que tanto los niños como los jóvenes eran sometidos a diferentes procedimientos de “lavado de cerebro”…

—Sí. Y a todos se les sometían a ciertas actividades sexuales.

—Dios mío —dijo Xavier—. ¿Cómo descubrieron ese lugar?

—Dos personas reportaron a la comisaría que su hijo había sido secuestrado por el mismo director del campamento educativo al que lo habían inscrito. Declararon que el hombre se negaba a devolverles al niño. Entonces comenzamos a investigar. El padre del pequeño consiguió entrevistarse con el procurador y obtuvo una orden de cateo inmediata. Yo mismo realicé el operativo. Nos dirigimos a la hacienda abandonada tres policías y el denunciante. Fue difícil llegar. Tuvimos que atravesar varias rancherías en un sendero agreste. Dejamos el coche a buena distancia y caminamos. Un par de guardias rurales nos cerraron el paso. Nos preguntaron a dónde íbamos. Le mostré la orden de inspección y le dije que revisaríamos el sitio. Nos dejaron pasar con desconfianza. Avanzamos percibiendo que detrás de nosotros se comunicaban con alguien. Sobre la vieja construcción de la hacienda pudimos observar varias cabezas que corrían de un lado a otro, acomodándose. Me percaté de que algo andaba mal. También saqué mi radio y pedí apoyo. Casi de inmediato comenzaron los disparos. Uno de mis oficiales cayó herido. No pudimos hacer nada de momento, sólo escondernos, hasta que llegaron los refuerzos. Fue el tiroteo más espectacular en el que me he visto envuelto. Pudimos entrar al inmueble, aprehender a los laboratoristas y rescatar a los cautivos. La hacienda era un lugar en penumbras. Había dos patios grandes en los que encontramos símbolos pintados en paredes y pisos. No se ha determinado con precisión el tipo de reuniones que se llevaban a cabo ahí.

Los ojos de Xavier brillaron.

—¿Capturaron a los responsables?

—El jefe de la banda escapó. Únicamente detuvimos al psiquiatra que dirigía el supuesto colegio. Declaró no tener ninguna relación con la secta, pero nos ha sido imposible interrogarlo bien; está muy grave. Se encuentra detenido en el Hospital Urbano de Puebla.

—¿Qué le pasó?

—En la finca había un cuarto con sustancias químicas que explotó durante el operativo. El psiquiatra sufrió quemaduras de tercer grado en el incendio.

—Vaya. ¿Podemos ir a la hacienda? Me gustaría conocerla.

—Pueden, pero no tiene caso. Está destruida casi por completo. Además, sólo le permiten el paso a los investigadores.

—Entonces me gustaría entrevistarme con los niños y jóvenes rescatados. Quiero mostrarles la fotografía de nuestro hijo para preguntarles si lo han visto. ¿Podría hacernos ese favor?

—Creo que no habrá problema.

Después de que el oficial terminó de comer su emparedado, se dirigieron con él a la comandancia.

Vieron a una pareja escribiendo, sentada frente a los escritorios para tomar declaraciones.

—¿Quiénes son? —preguntó Xavier.

—Ángel y María Luisa Castillo. Los denunciantes. Gracias a ellos pudimos dar con la hacienda. Están redactando su testimonio de cómo ocurrieron los hechos, sobre todo la forma en que fueron engañados y aceptaron inscribir a su hijo en el campamento educativo.

Pasaron de largo. Ximena siempre traía consigo una fotografía del niño. La llevaron hasta la sala en que se encontraban los rescatados. Varios médicos los atendían. Había un pequeño de escasos seis años de edad, varios de unos nueve y el resto de dieciocho, en promedio. Se acercaron a ellos con mucha cautela. No deseaban asustarlos. Parecían perdidos en el universo indómito de un cerebro aletargado.

—¿Qué les pasa? —le preguntó al médico más cercano.

—La mayoría han sido afectados de sus aptitudes mentales. Creemos que el daño es reversible. Se recuperarán con el tiempo.

Mostraron a cada uno la fotografía de Max. Ninguno dio señales de reconocerlo. Ximena salió de la sala con la quijada desencajada. Después comenzó a llorar.

—Tranquilízate, mi amor.

—No puedo soportar esto. ¿Y si nuestro hijo ha caído en manos de psicópatas similares? ¡Debemos movernos rápido! ¡Hacer algo!  Así nos cueste todo lo que tenemos. ¡Todo! Daría cualquier cosa por encontrar a mi niño.

Xavier asintió. No pudo calibrar que las palabras de su esposa eran serias y que el destino estaba dispuesto a tomarles la palabra.

Regresaron a la estancia de espera y observaron a la pareja de padres que habían terminando de escribir sus declaraciones. Se estaban despidiendo del comandante. En su rostro se adivinaba un gran pesar, pero Xavier y Ximena pensaron que con gusto canjearían con ellos su desgracia. Sano o no, habían recuperado a su hijo… Su familia aún existía.

Cuando los Castillo salieron, Xavier entró a la oficina del jefe policiaco y le hizo una súplica especial.

—Yo sé que estas notas son confidenciales. Lo sé, soy abogado, pero hágame un favor. Déjeme leerlas. Quiero buscar alguna pista que pueda abrirnos nuevas posibilidades para buscar a más niños robados. El comandante movió la cabeza. Lo que le pedían era imposible, pero él también era padre de dos pequeños y podía imaginarse la tortura que sería perderlos. Suspiró y salió de la oficina sin decir nada, dejando las declaraciones sobre la mesa para que Xavier pudiera leerlas.

 

2

EDUCACIÓN FRAUDULENTA

 

Declaración testimonial de Ángel Castillo sobre el caso 123H-45/12.

Nuestro hijo Ulises tenía seis años de edad. Era muy inquieto. La directora de su escuela nos mandaba notas en forma constante de que no podían controlarlo pues se negaba a realizar los ejercicios tradicionales y ocasionaba un continuo desorden en el aula.

Un día mi esposa y yo fuimos a hablar con ella. Es una mujer mayor de edad, pedante, con ínfulas de grandeza. Nos hizo esperar en el patio por más de una hora. Yo me enfadé y caminé por el colegio.

Busqué el aula de mi hijo y me paré en un ángulo desde el que podía observar la clase sin ser visto por la maestra. Al parecer, los niños hacían planas de letras en su libreta de cuadrícula. Era notoria a leguas la pesadez del ambiente. Una pequeña rubia, después de bambolearse, se dejó vencer por el sopor y apoyó su cabeza sobre la mesa. Mi hijo, Ulises informó a la maestra que su compañerita se había dormido. La profesora no respondió. Ulises insistió exclamando que estaban muy aburridos.

—¿Ya terminaste tu trabajo? —le preguntó ella.

—Ya.

—No te creo. Eran cinco planas. ¿Hiciste cinco planas? A ver, tráeme tu cuaderno.

Ulises no obedeció. La maestra se puso de pie y fue hasta su lugar. Retrocedí un paso para evitar ser descubierto. Seguí observando la escena.

—¿Dónde están las cinco planas, eh? Apenas llenaste unos renglones. ¡Mira qué porquerías! Voy a tener que castigarte.

—Quiero irme a mi casa.

—¡Te quedarás aquí y harás diez planas! ¡Si hablas otra vez, le diré a tus papás que te has portado mal y no podrás irte con ellos!

El niño comenzó a llorar; sus compañeros vieron la escena asustados y volvieron a esforzarse en realizar el tedioso trabajo. La maestra se apoltronó de nuevo. Sentí que la ira me hacía estallar la cabeza. Eso no era justo. Achacaban al niño una mala conducta, sólo porque protestaba de los malos tratos y de los aburridísimos ejercicios.

Entré al salón y reprendí a la profesora. Le dije que esos métodos arcaicos de enseñanza laceraban la autoestima de sus alumnos, que todos los niños sanos son activos y que ella los estaba convirtiendo en pasivos y apocados. También le dije que las travesuras de Ulises, de las que tanto se quejaban, eran producto de un gran espíritu de investigación. La maestra se defendió gritando que los padres de familia teníamos terminantemente prohibido entrar a la escuela y ver las clases. Se armó una discusión muy desagradable. Llegó la directora con mi esposa. La polémica se hizo más grande aún. Todos alzamos la voz hasta que llegó el momento en el que ninguno escuchaba a los demás. Terminamos dando de baja a nuestro hijo de ese colegio.

A partir de entonces comenzamos a investigar. Nos dimos cuenta de que así como el mundo evoluciona, la educación también. Supimos que hay nuevos métodos de enseñanza, que un chico bien dirigido puede aprender a leer antes de hablar, que el cerebro en crecimiento crea conexiones neuronales en forma constante, que este fenómeno ocurre, sobre todo, en los primeros años de vida y que si se pasa por alto la oportunidad de originar, a base de estímulos, más y mejores lazos intelectuales, se desperdicia buena parte del potencial de los niños.

Visitamos todas las escuelas de la zona en busca de alguna que practicara sistemas modernos de educación. Las pocas que hallamos no podían admitir al niño a esas alturas del ciclo escolar. Fue una búsqueda incesante de varios meses. Mientras tanto, María Luisa le dio clases. Estaba sorprendida por la enorme capacidad del pequeño. Ulises aprendió con su mamá a leer, a escribir y hacer cuentas con inusitada rapidez. Era vivaracho y juguetón. María Luisa me dijo que su ritmo veloz la obligaba a enseñarle de forma muy dinámica; terminaba sus tareas con celeridad y si ella no estaba presta para ponerle otro ejercicio, comenzaba a hacer travesuras. Entonces comprendimos por qué nunca se adaptó al sistema de enseñanza tradicional. 

Un infortunado día, hallamos el anuncio el periódico. Decía: “Ofrecemos servicios especiales para niños sobresalientes”.

Como no perdíamos nada con averiguar, acudimos al lugar.

Se trataba de un edificio modernista, con enormes cristales y amplios vestíbulos de mármol. En el directorio había una lista de más de cuarenta oficinas: Médicos, abogados, arquitectos, consultores… Un vigilante uniformado nos indicó el número del despacho que buscábamos. Entramos al lujoso elevador con la esperanza de hallar una respuesta a nuestras inquietudes. La oficina alfombrada tenía paredes de caoba. Un tipo alto, calvo y de lentes circulares nos dio la bienvenida. Le mostré el anuncio y le dije estabamos en busca de una escuela con métodos modernos para desarrollar el potencial de los niños. El sujeto asintió, limpió sus lentes y habló despacio. Nos dijo que habíamos llegado al lugar adecuado. Se presentó. Dijo ser psiquiatra, llamarse Lucio Malagón y estar al frente de un colegio para hacer niños super dotados. Nos llevó a una pequeña salita llena de fotografías. Había cuadros con chicos de varias razas retratados mientras tocaban el violín, pintaban al óleo, actuaban en televisión o realizaban cálculos con una computadora. Nos aseguró que todos ellos eran casos sobresalientes graduados de sus aulas. También nos dijo que Ulises podía alcanzar esos niveles y aún más.

María Luisa preguntó dónde estaba la escuela y el hombre nos dijo que se hallaba en las afueras de la ciudad. Que de hecho le llamaban “campamento”. Le dije que deseábamos conocerla; él extrajo dos álbumes del librero y nos mostró fotografías de un lugar hermoso, con habitaciones amplias, bellos jardines y aulas modernas. “Es un paraíso educativo para los niños”, nos comentó. Oprimió un control remoto y apareció en la pared la proyección de un video que enseñaba algunas de las actividades realizadas en esa fascinante escuela. Todo parecía como sacado de un cuento de ciencia ficción. Salimos de la estancia convencidos de que habíamos hallado cuanto buscábamos.

—Nuestros servicios son únicos —dijo después—. Pero tienen dos inconvenientes. El primero es el precio. Ustedes comprenden. Mantener un colegio así, cuesta mucho dinero.

—¿Y el segundo? —pregunté.

—Verán. Para lograr nuestro objetivo debemos infundirle al niño nuevos hábitos de vida y estimular su cerebro en un ambiente controlado. Le hacemos estudios físicos y psicológicos completos, monitoreamos sus ondas cerebrales durante el sueño y lo alimentamos de forma natural. Con numerosos exámenes determinamos sus destrezas específicas y le aplicamos un programa individual, a su medida. Para eso debe dormir con nosotros.

—¿Como en un internado?

—Sí. Los niños van a su casa sólo los domingos.

Nuestro entusiasmo se desinfló como un balón pinchado. María Luisa y yo no estábamos dispuestos a internar al niño en un programa educativo por más eficiente que fuera. Investigamos en otros lugares sin éxito. El tiempo pasó y no hallamos nada adecuado. Pensábamos en el campamento una y otra vez. El temor a lo desconocido nos impedía tomar una decisión, sin embargo la idea de que en ese sitio tuvieran la fórmula para estimular de manera especial la inteligencia infantil, nos animaba. Ulises merecía la mejor educación. Le planteamos las posibilidades y él se mostró ansioso de ir a una nueva escuela. Quería tener amigos. Era justo.

Cuando visitamos al psiquiatra otra vez, su aparente profesionalismo terminó de convencernos. Le dije que deseábamos probar su programa por tres meses y aceptó sin ninguna objeción. Nos llevó a un pequeño edificio al que llamaban base de ingreso. Era pulcro y hermoso. Nos dijo que en ese sitio iba a permanecer nuestro hijo durante las primeras semanas. Fuimos vilmente engañados. Mucho después supimos que la base de ingreso era sólo un escenario falso que rentaban para guardar las apariencias. Firmamos los papeles y dejamos a Ulises con el doctor. Tuvimos una sensación de desgarramiento. Era terrible pensar que en los próximos noventa días sólo veríamos a nuestro hijo un vez a la semana, pero nos aferramos a la idea de que era por su bien. Durante los primeros días, María Luisa y yo procuramos no hablar del asunto. Después de siete días de incertidumbre, fuimos por el niño a la base de ingreso. Ulises nos abrazó muy fuerte. Parecía confundido. Alegre pero temeroso; entusiasmado pero fatigado. Charló un buen rato respecto a sus nuevos amigos y durmió toda la tarde. Daba indicios de hallarse contento, así que decidimos continuar.

A los dos meses, el doctor nos comunicó que el niño era hábil para el razonamiento abstracto y que estaban llevando a cabo un proceso de profundización en informática. A los cinco meses comenzó a realizar programas complejos para computadoras, hacía operaciones matemáticas con inusitada rapidez, leía y memorizaba páginas enteras. Era maravilloso ver su progreso. Descansé al percatarme de los incipientes resultados y pagué el complemento de la cuota para cubrir el primer año de estudios.

Xavier apretó los labios y dejó la declaración de Ángel en el escritorio.

Vio las hojas escritas por María Luisa de Castillo y las tomó. Siempre era interesante comparar las distintas perspectivas de dos personas implicadas en la misma tragedia. Leyó superficialmente los primeros párrafos que narraban acontecimientos similares. Después comenzó a hallar las primeras discrepancias y se concentró.

Mi esposo parecía aferrado a la idea de continuar con el programa. Yo no estaba de acuerdo. Me opuse desde el momento en que detecté cómo el niño perdía la chispa que lo caracterizaba. Los domingos tratábamos de aprovechar el tiempo con él. Íbamos a la iglesia, al parque, al cine, a restaurantes, aunque yo lo veía cada vez más absorto. Le exasperaban los juegos de los demás niños, conversaba poco, prefería leer o hacer diagramas y sus comentarios eran siempre negativos. Decía cosas como: “Fuera del campamento, todas las personas son unas taradas”. “Odio tanta estupidez a mi alrededor”. “las personas religiosas tienen basura en la cabeza.” A los seis meses, yo estaba desesperada. Le pregunté a Ángel:

—¿Dónde está nuestro hijo noble, optimista, soñador? En cada visita a la casa se comporta de la manera más intolerante. Actúa como un adulto amargado, preso en su mundo de libros y esquemas. El no era así. Detesta a sus primos que, por cierto, parecen más inteligentes que él; al menos son más abiertos y participativos. Más normales, ¿me entiendes? Ángel, ¡yo no quiero que Ulises se vuelva un genio de la informática a ese precio! Estoy asustada. Creo que hemos incurrido en un terrible error. Lo sacamos de una escuela en la que usaban métodos arcaicos, enfadados porque nunca nos permitieron ver lo que pasaba en los salones de clases y lo inscribimos en otra con el mismo defecto. ¡Ignoramos lo que ocurre adentro!

Mi esposo trataba de tranquilizarme; decía que estaba viendo “moros con trinchete”, pero yo leí los informes modernos respecto al desarrollo sano de la inteligencia y hallé cosas que no concordaban en el programa del campamento. Las investigaciones más recientes sobre educación infantil aseguraban que los padres no son el problema de los niños, sino la solución de sus problemas, que el desarrollo del alto potencial no debe enfocarse a un aspecto de la inteligencia sino a todas. Descubrí que existen siete áreas para determinar la inteligencia racional (comprensión verbal, facilidad de palabra, razonamiento matemático, visualización espacial, memoria, atención y lógica) y cinco para definir la inteligencia práctica (socialización, manejo de emociones,  perseverancia, imaginación y autoestima) y que las últimas son más importantes para el éxito y la felicidad, que las primeras[1]. Se lo dije a mi marido.

—Ulises reprobaría en diez de las doce áreas de la inteligencia, y obtendría una calificación sobresaliente sólo en dos. Matemáticas y memorización. En ese sitio excluyen a los padres, especializan a los niños en una área, no les permiten  practicar ningún deporte o jugar, los vuelven insociables, los hacen rechazar los principios morales, los apartan emocionalmente de su familia y, por si fuera poco no admiten visitas al campamento. Ulises me dijo que desde la primera semana lo transportaron en un autobús durante dos horas para llegar al verdadero centro secreto.

Mi esposo se molestó conmigo. Me llamó paranoica, sin embargo, al cabo de los días, terminó por darme la razón. Él mismo se dio cuenta que Ulises había cambiado incluso en el aspecto físico. Estaba más gordo, su piel se había resecado, casi no salivaba, siempre tenía la lengua y los labios partidos y sus córneas parecían ligeramente azuladas.

A los ocho meses Ángel llamó por teléfono a Malagón. Escuché la conversación desde la extensión telefónica de mi cocina. Fue desesperante. 

—Mi esposa y yo hemos decidido retirar a Ulises de su campamento. Sabemos que el dinero no es reembolsable y estamos de acuerdo. Pero no queremos esperar hasta el domingo. Deseamos recogerlo hoy mismo. ¿Nos puede decir dónde está el niño?

Hubo un largo silencio en la línea.

—Doctor, ¿está ahí? ¿Me escuchó?

—Sí… Sólo que la ubicación es confidencial. Usted sabe, estamos desarrollando tecnología educativa…

—No quiero exasperarme, pero me está invadiendo la sensación de que mi hijo está secuestrado.

—Ja, ja. No me haga reír. Ustedes lo inscribieron en el internado y aquí tenemos reglas. Además el niño está tomando algunas vitaminas. No puede llevárselo a mitad del tratamiento y menos en martes.

—¿Tratamiento? ¿Lo intoxican al principio de cada semana para experimentar con él y lo limpian los sábados para que pueda vernos?

—Señor Castillo, le sugiero que se calme y no invente infundios. Lo que le damos al niño no es medicina, sólo sustancias que estimulan su inteligencia. La química ha evolucionado y existen compuestos inofensivos que, si se administran con cuidado, producen rendimientos intelectuales muy altos. Sabemos lo que estamos haciendo y créame, todo es para bien del niño. ¿Ha visto cómo ha elevado su capacidad de razonamiento matemático y la prodigiosa memoria que tiene?

—¿Y usted ha notado lo inseguro, lo antisocial y lo agresivo que está?

No me pude contener. Hablé desde mi teléfono interrumpiendo la conversación de mi esposo con el psiquiatra.

—Soy la mamá de Ulises. En los últimos días he leído mucho. Ustedes son un verdadero timo. Los expertos dicen que en la educación de los niños existen tres aberraciones: la primera, no hacer nada para estimular su mente; la segunda, enseñarlos con métodos represivos y, la tercera, darles drogas exógenas. Es repugnante que un entrenador deportivo tolere la pereza, pero también que fuerce a sus atletas en forma cruel, y mucho más, que les suministre esteroides anabolizantes. Usted está haciendo lo tercero. Ha caído en esa aberración, que además es un delito.

—Señora. Nosotros somos los mejores educadores para desarrollar el talento en este país. No puede discutir eso.

—¡Sí lo discuto! Un verdadero centro educativo para impulsar el alto potencial de los niños debe estar abierto a los papás, dar capacitación a la familia, hacer énfasis en el desarrollo de todas las áreas de la inteligencia racional, pero, sobre todo, en las áreas de inteligencia práctica; enseñar valores, ética, asertividad, desenvoltura; darles mucho deporte, juegos, concursos… y cero, ¿me oye?, ¡cero medicamentos!

 —Si buscaban eso, debieron inscribir al niño en otro colegio. Siempre fui claro respecto a lo que les ofrecía.

Ángel volvió a tomar el mando de la discusión.

—¡Nunca nos habló de que le suministrarían drogas!

—Es inútil discutir. Además, a estas alturas, si quieren retirar a Ulises tienen que preguntarle a él. Tal vez no desee suspender el programa.

—Nosotros somos sus padres. ¡Está bajo nuestra tutela! Así que, aunque él no quiera, lo vamos a suspender.

—El domingo, ¿le parece? Llevaré personalmente al niña hasta su casa.

—No voy a esperar hasta el dom…

La línea se cortó.

Fuimos al consultorio y tratamos de obtener información con la recepcionista respecto a los otros padres del programa; pero nos dijo que la mayoría vivía en diferentes ciudades y sólo los visitaban a sus hijos una vez por mes.

Después acudimos a la base de ingreso y, aunque estaba cerrada, descubrimos a través de las ventanas que era un local adornado con muebles y paredes de utilería como el escenario de un teatro.

Contratamos a un investigador privado.

La incertidumbre nos martirizó cuando Ángel descubrió por casualidad, en una revista antigua, las imágenes de niños tocando el violín y pintando al óleo. Me preguntó si no eran las mismas que el psiquiatra tenía enmarcadas en su lujoso despacho. Las vi y me aterroricé. Eran las mismas. Eso significaba que todo había sido un circo, una farsa, incluyendo los álbumes con las fotografías de habitaciones amplias, jardines y aulas modernas.

El domingo siguiente el psiquiatra no llegó con el niño a las nueve de la mañana como había prometido. Dieron las diez, las once, las doce… Ángel y yo esperamos en la calle muy nerviosos. Teníamos la sensación de que algo malo iba a ocurrir. A la una de la tarde vimos el auto del doctor. Nos lanzamos sobre él apenas lo estacionó. Ulises no venía en el coche. Malagón abrió la ventanilla. Nos dijo que el niño se había negado a volver, que cuando supo que queríamos sacarlo para siempre del campamento se puso furioso, que lloró y pataleó como si tuviera un año de edad, que se orinó en el pantalón y gritó que no quería irse. El tipo nos dijo que era perjudicial dejar las cosas a medias pues podía haber una regresión. Mi marido lo agarró de la solapa. Yo gritaba buscando un policía. El hombre subió el vidrio eléctrico para obligar a Ángel a soltarlo. El auto comenzó a andar. Nos dejó atrás.

—Se va a arrepentir —gritó mi esposo con todas sus fuerzas—. ¿Me oye? ¡Se va a meter en serios problemas!

El coche se alejó.

Esa tarde levantamos un acta de secuestro en el Ministerio Público.

Al día siguiente llegó Malagón a nuestra casa. Traía a nuestro hijo.

Nos dijo:

—Estoy consternado por lo que ha ocurrido. Convencí a Ulises de que regresara con ustedes. No fue fácil, sin embargo aquí lo tienen. Discúlpeme si me exasperé, pero compréndame. Ulises es muy valioso, y perder a un niño como él resulta triste para nosotros. En fin… Ustedes son sus padres y tienen la última palabra. Yo me lavo las manos de la decisión que acaban de tomar.

Dio la vuelta y salió sin despedirse.

Adivinamos que el hombre estaba temeroso, como si hubiera reflexionado respecto al riesgo que corría si seguíamos investigando.

Fuimos al hospital, llamamos a nuestro pediatra en forma urgente. Revisó al niño. Le hizo análisis clínicos. No le cupo duda. Había consumido durante mucho tiempo algún tipo de droga.

Mi marido estaba furioso. Yo ya no quería que se metiera en más problemas, habíamos recuperado a nuestro hijo, pero Ángel estaba dispuesto a averiguar lo que había detrás del susodicho campamento.

Así fue como empezamos a perseguir a Lucio Malagón.


[1] Cómo estimular la inteligencia de su hijo. Readers Digest de México S.A de C.V. México 1998.

 

3

LOS NIÑOS PIDEN POCO

 

Gonzalo Gamio recibió a Xavier Félix con cierta formalidad. Lo hizo pasar a su acogedora sala.

—¿Por qué me mandó llamar, padre? —preguntó al sacerdote después de saludarlo.

—He recibido noticias de tu hija. ¿Desde cuándo no la ves?

Xavier carraspeó y tragó saliva.

—Le llamo por teléfono y le envío regalos de vez en cuando.

—No contestaste mi pregunta.

—Cuatro años, padre. Tiene cuatro años que no la veo. Usted lo sabe muy bien.

—Es mucho tiempo para una niña… Xavier, debes resignarte, y pensar en el futuro.

—¿Por eso me llamó? —apretó los dientes sin poder evitar que el chasco se convirtiera en pesar—. Supuse que había descubierto alguna pista del paradero de mi hijo. Debo encontrarlo. Si vive, tiene ocho años de edad. ¡Ocho años! ¿Puede imaginarse cuánto me necesita?

Gonzalo Gamio puso una mano en el hombro de Xavier y lo miró con seriedad.

—Tienes que volver al planeta. Poner los pies en la Tierra. Incorporarte a la vida. Estás enajenado. Despierta.

Negó con la cabeza. Por lo regular se mantenía impasible, pero estando con ese viejo asesor espiritual sus defensas emocionales bajaban. No podía ponerse máscaras frente a él.

—Hace cuatro años, mi esposa renunció al hospital. Dejamos a Roxana en casa de mi mamá y comenzamos a peregrinar de ciudad en ciudad. Descubrimos todo tipo de criminales, desde simples ladronzuelos hasta bandas organizadas. Nos impresionó saber cuántos canallas se ganan la vida explotando a menores de edad. ¡Muchos pordioseros roban niños para obligarlos a pedir limosna y a prostituirse! Otros grupos, más sofisticados, los venden entre sus contactos internacionales que comercian con órganos (corazón, hígado, córneas, riñones) para transplantes. En varios países del Medio Oriente aún existe el tráfico de esclavos; ahí llevan a niños cautivos son llevados ahí para ser explotados, sobre todo laboral y sexualmente… Hay cientos de pequeños plagiados cada año. Los motivos son muchos: Secuestradores que piden dinero, enfermos mentales que los apresan para satisfacer sus delirantes deseos, millonarios sin escrúpulos que compran bebés, chalados como Malagón que los usan en sus experimentos y degenerados que producen pornografía infantil.[1]

Hizo una pausa para limpiarse la cara. El sacerdote le apretó el hombro cariñosamente. Conocía esos datos, pero no lo interrumpió. Sabía que Xavier necesitaba enumerarlos de vez en cuando para disminuir un poco su presión interior.

—Ximena y yo nos enteramos de muchas historias macabras —continuó—, viajamos a rancherías, visitamos orfanatos, peleamos contra mafias y mafiosos. En dos años envejecimos. Hallamos… más de treinta niños extraviados que devolvimos a sus familias, pero no al nuestro… Una noche, en plena sierra de Chihuahua, encontramos el cuerpo de un pequeño que había fallecido, atado por algún fanático, en una cueva. Se parecía mucho a nuestro hijo. Mi esposa perdió la razón. Le afectó al grado de no poder coordinar sus movimientos. Entonces ocurrió el accidente…

El sacerdote suspiró. Se puso  de pie y llamó a su acólito.

—¿Quieres una limonada?

—Da lo mismo.

Un joven con retraso mental entró en la sala. Gonzalo le pidió un par de bebidas refrescantes y volvió a tomar asiento.

—Cada vez que escucho ese relato —dijo—, se me parte el alma.

—Yo lo escucho a diario. ¡Mi mente se encarga de recitármelo! Soy una piltrafa humana. Por fuera me veo normal, pero me estoy pudriendo por dentro. Camino por la vida como un desahuciado en el desierto. Nadie me ayuda ya con las investigaciones. El comandante de la policía que me brindó su amistad en un principio, también murió. Lo acribillaron en un operativo de narcóticos.

El asistente del cura llegó con una charola. Su destreza era asombrosa. Sin duda había sido capacitado con paciencia. Colocó los vasos sobre la mesa, hizo una media reverencia y se fue.

—Alguna vez me dijiste que tu hija, Roxana, adoraba a su hermanito —declaró Gonzalo disparando a bocajarro—, ¿has pensado en la forma en que le ha afectado a ella todo esto?

—Sí, padre no me atormente más. Tengo conmigo una nota que ella me escribió hace cuatro años. A veces la leo, pero pienso que la niña debe haber estabilizado su vida. Yo estoy mentalmente enfermo. Necesito una terapia psicológica. Si vuelvo con Roxana y ella presencia mi desesperación crónica la afectaré más. Seguramente mi madre la cuida bien.

—¿Por qué cometes un error tras otro? Tu madre es una mujer mayor de edad y cada vez le resulta más difícil hacerse cargo de dos nietos.

—¿Dos?

—Te has alejado por tanto tiempo que no estás enterado de las últimas noticias.

Xavier se encorvó entre apenado y abatido.

—Tu única hermana siguió el ejemplo que le diste. Tal vez por motivos menos graves, pero con el mismo resultado. Siendo soltera, hace dos años tuvo un hijo. Luego se enamoró de un chileno, se fue a Chile con él y dejó a su niño con tu mamá. ¿No te parece que son un par de hermanos irresponsables?

—Como tú lo dijiste, mis motivos fueron más serios.

—¡Xavier, reacciona! No puedes quedarte atascado en el ayer. Debes recuperar a tu familia. Perdiste a un hijo de cuatro años, pero tienes a otra de trece. No la desampares. La vida sigue.

Sintió que el calor lo sofocaba. Miró la limonada frente a él y la bebió de un sorbo.

—¿Sabes que Roxana ganó un concurso de composición literaria en la secundaria?

—No.

—Tu madre me envió una copia de su trabajo. Estaba orgullosa.

El sacerdote fue a su escritorio y extrajo una hoja. Se la alargó a Xavier. El manuscrito estaba hecho con letra prolija.

—¿Mi… mi hija escribió esto?

—Sí. Ganó el primer lugar a nivel estatal.

—Vaya.

Comenzó a leer.

Si los niños vivimos con golpes, aprendemos a ser agresivos. Si vivimos con burla, aprendemos a ser tímidos. Si vivimos con indiferencia, aprendemos a ser fríos.

Es un honor para mí presentarles el tema: “Los niños pedimos poco”.

Hace varios días, una maestra le pidió a sus alumnos que escribieran un deseo para Dios. Hubo una carta que conmovió a toda la gente y se publicó en la portada del diario principal de su ciudad. Decía así:

“Señor, tú que eres bueno y proteges a todos los niños de la Tierra, quiero pedirte un favor: Transfórmame en un televisor… para que mis padres me cuiden como lo cuidan a él, para que me miren con el mismo interés con que mi mamá mira su telenovela preferida o papá el noticiero. Quiero hablar como algunos animadores que, cuando lo hacen, toda la familia se calla para escucharlos con atención y sin interrupciones. Quiero sentir que mis papás se preocupan por mí, tanto como se preocupan cuando el televisor se descompone y rápidamente llaman al técnico. Quiero ser un televisor para ser el mejor amigo de mis padres y su héroe favorito. Señor, por favor. Aunque sea por un día… Déjame ser un televisor.” [2]

Algunos padres dicen, “yo nunca haría a un lado a mi hijo”, pero todos lo hacen. A veces mientras ven la película que alquilaron, y otras mientras atienden amigos, trabajo, citas, viajes y compromisos. ¡Es verdad! Los adultos no se comunican con los niños.

Sé de un vecino a quien tratan como estorbo; sus padres le gritan, lo golpean cuando hace travesuras y se pelean frente a él, sin importarles la angustia que le producen. Muchos niños viven con miedo, indiferencia, burlas y sufren tanto como los pequeños abandonados.

En diciembre fui con mi abuelita a una colonia de gente muy humilde. Nos llamó la atención que un grupo de mujeres ricas asistiera a ese lugar para ofrecer desayunos a los niños pobres. Le pregunté a uno de ellos dónde estaba su mamá y me contestó: “Trabaja como nana en la casa de esa señora rica y le cuida a sus bebes mientras ella viene aquí a cuidarnos”.

Hay quienes presumen de ser caritativos, pero tienen el corazón hueco. Desean arreglar el mundo, pero dañan a sus propios hijos.

Los adultos son responsables de nuestro nacimiento y en su egoísmo, ignoran que también tenemos necesidades y derechos. Los niños somos personas puras y buenas. Llegamos al mundo con la mente limpia y queremos aprender. Observamos a nuestro alrededor y sólo vemos familias deshechas, pleitos, divorcios, robos. Nuestros padres y maestros nos enseñan a mentir y a temerles.

A una locutora de televisión, su hija le preguntó: “Mamá, ¿por qué tienes una cara tan bonita en la tele y tan fea en la casa?” Ella contestó: “Porque en la tele me pagan por sonreír, hija”, y la niña agregó: “¿Cuánto debo pagarte para que sonrías en la casa?”

Los niños no queremos dinero, no nos interesan patrimonios o cuentas bancarias, a veces los adultos quieren heredarnos “eso”; pero, con todo respeto, ¡es basura! Lo que los niños pedimos es poco. Sólo atención e interés. También tenemos nuestros problemitas y a veces no hay nadie cerca para platicárselos; también tenemos nuestro corazón y a veces no hay a quien abrazar para decirle “te amo”; también tenemos un gran deseo de aprender cosas buenas y a veces no contamos con alguien que nos enseñe con paciencia.

Un niño que se llamaba Carlos Schulz, a los cuatro años de edad hizo un dibujo feo de su perrito, pero la maestra le dijo: ¡eres un gran pintor! Su padre también lo felicitó, lo abrazó y pegó el dibujo del perro en la pared. En adelante, cada dibujo que Carlos hacía, su padre lo ponía en la pared y les presumía a todos de lo bien que dibujaba su hijo. Cuando ese niño creció, fue el autor de Snoopy y muchos otros personajes.

Los niños nos convertimos en triunfadores si los adultos nos tratan como triunfadores. Los niños nos convertimos en problemas si los adultos nos tratan como problemas. Somos masilla en sus manos. ¡Por favor, papá, mamá, maestro, maestra, enséñennos lo bueno de ustedes! Adulto: los niños pedimos poco. Somos almas limpias, no nos ensucies; somos corazones buenos, no nos hagas malos; somos seres humanos, ayúdanos a vivir y así, cuando crezcamos, podremos decirte: gracias por lo poquito que me diste, porque ese poquito fue justo lo que yo necesitaba para ser feliz…

Se quedó  boquiabierto mirando el texto. Dudaba mucho que hubiese sido escrito por una adolescente, pero de cualquier modo lo había conmovido. No hablaba de niños robados ni de tráfico de órganos ni de esclavitud en Medio Oriente. Hablaba de los niños que sin haber caído en extremos trágicos, tienen una vida aparentemente normal, pero llena de tristeza. Hablaba de su hija…

Hay quienes presumen de ser caritativos y tienen el corazón hueco. Desean arreglar el mundo y dañan a sus propios hijos.

Inclinó la cabeza otra vez, vencido por la presión interior. ¡Qué miope, qué torpe, qué…!

—Debes regresar a la capital. Tu hija necesita a su padre.

—¿Y por qué? —preguntó apretando un puño con repentina rabia—. ¿Qué culpa tiene esa niña de que se hayan robado a su hermano, de que su madre haya muerto de esa forma y su padre vuelto medio loco? ¿Por qué a unos les va tan bien y a otros tan mal? ¿Dónde está la justicia de Dios? ¡Explíquemelo! Yo solía pensar que a la gente mala le va mal, ¿cuándo fuimos tan malos en mi casa para merecer esto?

El chico discapacitado entró a la sala atraído por los gritos.

—No hay ningún problema —le dijo el padre—, puedes irte.

Pero el joven, inocente, señaló a Xavier con el índice y balbuceó un par de frases ininteligibles.

—No te preocupes —insistió su tutor—. A veces las personas lloramos y luego nos sentimos mejor. A ti también te pasa. ¿Recuerdas?

El joven se retiró sin dejar de mirar al visitante.

—A ver —comenzó Gonzalo—. ¿Tú crees que todos tenemos los mismos derechos?

—¡Por supuesto!

—Pues estás en un error. Ese chico minusválido tiene más que nosotros.

—No entiendo.

—Imagina que entre mil personas, a la señora Pérez le roban su bolsa. En forma automática ella adquiere un derecho que no tienen las otras novecientas noventa y nueve personas. El de que su bolsa le sea devuelta. A eso se le llama “derecho de restitución”. ¿Comprendes? Los niños huérfanos, los que nacen enfermos, las víctimas de la maldad, no se lo merecen. Ni sus padres ni ellos pecaron; a la larga se les devolverá multiplicado cuanto se les quitó. Serán bendecidos de forma profusa.

—¿Dónde dice eso? —cuestionó Xavier a manera de objeción—. Muchos versículos bíblicos aseguran que el mal se castiga y el bien se premia, pero no conozco ninguno que declare: “si a un hombre bueno le va mal, Dios lo recompensará posteriormente”.

—Pues yo sí. Lo asegura el libro de Job y, sobre todo, el “Sermón del Monte”. ¿Te parece poco? Jesús no dice: “bienaventurados los hambrientos porque están purgando una condena que tienen merecida”, dice que serán saciados. No dice: “bienaventurados los que sufren porque así aprenderán a ser buenos”. Dice: “si sufren, serán consolados, si están enfermos, serán sanados, si lloran, reirán y si son humildes, poseerán el Reino de los cielos”. Es el decreto del equilibrio.

—Pero ¿por qué se nos quita algo para después devolvérnoslo? ¡Es absurdo!

—Xavier, vivimos en un mundo en el que predomina la perversidad. Tú lo has comprobado. Muchos acontecimientos negativos son consecuencia de nuestra mala conducta, tal como lo dicta la ley de causa y efecto; pero otros sucesos dañinos simplemente llegan a nuestra vida porque estamos rodeados de maldad. A estas desgracias se les estampa el sello de restitución. No quedarán así. Se recompensarán a los que sufren con sobreabundancia de bien.

—Entiendo la mecánica, pero no me gusta.

—Claro. Todos deseamos justicia inmediata. Por eso debemos actuar; ofrecer en vez de reclamar, ayudar en vez de lloriquear. Si no puedes abrazar a tu hijo ausente, abraza a tu hija presente. Conviértete en algo así como un “agente de restitución”.

Xavier se dio cuenta de que el chico minusválido espiaba, escondido detrás de la puerta.

—De acuerdo. Me ha convencido. Iré a la capital.

El sacerdote extrajo de su cartera una tarjeta de presentación y se la alargó.

—Si lo haces, aprovecha también para visitar este lugar. Es importante.

Xavier leyó en voz alta el título de la cartulina.

—Dirigentes del mundo… —hizo una pausa— ¿futuro? ¿Qué significa?

—Es un sitio en el que está a punto de brotar algo muy grande. La energía atómica sirve lo mismo para construir que para destruir. Depende en qué manos caiga. Lucio Malagón ha salido de la cárcel.

—¿Cómo?

—Estuvo encerrado cuatro años. Es un tipo maniático y resentido.  Está dispuesto a vengarse de Ángel Castillo. También por eso te llamé. Ve al domicilio de la tarjeta, pregunta por la directora y dile que te envía el padre Gonzalo Gamio. Entrégale este sobre de mi parte.

—No entiendo.

—Una vez que hayas entrado, pide informes. Diles que también te interesa inscribir a un hijo con ellos. Entonces comprenderás.

Miró la tarjeta con recelo.

—Muy bien —se frotó las manos como un luchador que está a punto de iniciar una pelea que ha anhelado durante años—, visitaré a los supuestos “dirigentes del futuro”.


[1] Gordon Thomas. Infamias de fin de siglo. Editorial Selector. México 1992. Eugenio Aguirre. Los niños de colores. Grupo Editorial Siete.  México 1993.

[2] La fuente del párrafo Conviérteme en un televisor, es desconocida. Llegó a manos del autor como regalo en un viaje a Buenos Aires. El dador aseguró haberla obtenido de un periódico en Santiago de  Chile.

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

ser feliz es la meta

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

ser feliz es la meta

La felicidad no es la meta de la vida.
Es la meta de cada día.
25 historias para contagiarse de alegría.

Aprende a ser FELIZ a través de estos relatos breves que te emocionaran hasta las lágrimas, te harán sonreír y reflexionar sobre cómo:

Hacer un pacto de felicidad.

Vivir intensamente el aquí y el ahora.

Dominar tus reacciones agresivas.

Hallar significado a las tragedias.

Acariciar el alma de los demás.

Inspirarse para crear obras geniales.

Estar en forma física y mental.

Lidiar con personas abusivas.

Lograr equilibrio financiero.

Defender tus valores.

Cuidar tu relación de pareja.

Cerrar con broche de oro cada día.

1

INTRODUCCIÓN

 
Un pacto de felicidad
Era de noche. Estaba solo en la pequeña habitación, acompañado de un ser humano diminuto. Me apoyé en la superficie acristalada de la incubadora y contemplé a mi primera hija. Pesaba sólo un kilo novecientos gramos y los médicos no estaban seguros de que sobreviviera. Me aflojé la corbata y suspiré. Mi exhalación empañó un poco el acrílico.

Dormía boca abajo. La pequeñez de su cuerpo era impresionante.

Despertó; estiró sus bracitos, levantó la cabeza y pareció mirarme unos segundos. Comenzó a girar el cuello muy despacio de un lado a otro, luego se dejó caer de bruces y tomó aire unos minutos para empezar los ejercicios de nuevo. Cada vez que empujaba su pequeño tronco con los brazos, como quien hace planchas o lagartijas, me echaba un vistazo de reojo y seguía ejercitándose; arriba, abajo, arriba, abajo. Parecía saber, por instinto, que necesitaba moverse para ganar fuerza. Sus oscilaciones me fascinaron. ¿Qué estaba haciendo? Imaginé que en cualquier momento se levantaría a hacer sentadillas o abdominales y pediría unas mancuernas para fortalecer los bíceps.

Alguna vez vi un documental en el que se mostraban los enormes esfuerzos de una mariposa por romper su duro capullo. ¡Eso exactamente estaba sucediendo frente a mí!, pero no se trataba de una mariposa sino de mi propia hija.

¡Cómo la disfruté! ¡Era una luchadora! Verla moverse así me hizo entender que sobreviviría. Cuando al fin se cansó de su rutina cardiovascular, quedó inmóvil con los ojos abiertos.
—Hija… Hola… Soy yo. Tu papá.
Levantó un poquito la cabeza como para ponerme atención; tragué saliva; ¡qué niña más extraña!, ¿no sería una extraterrestre?
—¿Sabes por qué traigo este traje y esta corbata? Porque después de que tú naciste me fui a trabajar, desaforado. No sé estar tranquilo. No tengo paz… Toda mi vida he sufrido estrés. Desde niño estudiaba más que mis compañeros y peleaba por ganar en todo. Siempre me enfoqué en sobresalir. He alcanzado metas altas. Pero ¿para qué? Estoy muy cansado. A los veinticinco años ya me siento viejo. ¿Lo puedes creer? Soy muy infeliz. Tengo demasiada angustia acumulada… No sé si pueda ser un buen papá…
La nena se aburrió de mi discurso y cerró sus ojos. Me quedé callado. Aquella noche, en el pequeño hospital, contemplando a mi hija a través de la incubadora, entendí el sentido de la vida. Toqué la superficie transparente con los nudillos.
—Hey, nena, no te duermas. Quiero aprender a ser feliz y a ayudarte a serlo.
A los padres de familia de una escuela se les preguntó cuál era el principal deseo que tenían para la vida de sus hijos. ¿Amor?, ¿riquezas?, ¿fama?, ¿prestigio?, ¿salud?, ¿premios? Como sólo podían elegir una opción, la aplastante mayoría marcó la casilla “FELICIDAD”. Claro, porque la felicidad lo resume todo. ¿Para qué querrá una persona tener la lista completa de privilegios si NO ES FELIZ?
Jorge Luis Borges lo dijo cerca de su lecho de muerte: “He cometido EL PEOR DE LOS PECADOS / que un hombre puede cometer: NO HE SIDO FELIZ”.
En esta vida, la felicidad es la meta.

Supe que algún día escribiría un libro con ese título. Cuando se lo comenté a un compatriota, me corrigió: “Compa, mejor ponle LA FELICIDAD ES LA NETA”.

Así que la felicidad es la meta y la neta, pero no de la vida, sino de CADA DÍA… Me lo enseñó un amigo deprimido, algunos meses después, al confesarme:

Siendo estudiante, decía: Cuando termine la carrera seré feliz. La terminé y me convertí en un desempleado. Así que dije: Cuando tenga trabajo seré feliz. Conseguí trabajo y me di cuenta de que ganaba poco dinero. Así que dije: Cuando sea rico, seré feliz. Me volví millonario y me di cuenta de que estaba solo. Así que dije: Cuando me case seré feliz. Lo hice y vi que mi esposa y yo discutíamos por todo. Así que dije: Cuando tenga hijos seré feliz. Tuve dos y me percaté de que era muy difícil educarlos. Así que me dije: Lo mejor es divorciarme para ser feliz. Ahora estoy en el proceso. ¡Cada día tuve la felicidad a mi alcance, pero la saqué de mi realidad y la puse como un objetivo lejano!

Jamás lo olvidé:

La felicidad NO es la meta de la vida. Es la meta de cada día.
¿De qué está hecha la felicidad DIARIA? ¿Qué la conforma?
A las personas felices Eric Fromm las llamó personas autónomas; Abraham Maslow, seres humanos autoactualizados; Carl Rogers, individuos que funcionan plenamente; David Riesman, individuos internamente dirigidos; Carl Jung, personas individualizadas; Wyne Dyer, personas sin límites.
Los grandes analíticos de la psicología humana han dirigido sus estudios a la gran meta de la vida: ¿CÓMO PUEDE EL SER HUMANO SER FELIZ? En los resultados de todos ellos existen muchas coincidencias. Éstas son las dos más trascendentes:
La persona feliz tiene control de sus pensamientos y por lo tanto de sus emociones; es capaz de generar ESTADOS DE ALEGRÍA CONTINUA, procesando positivamente los hechos y circunstancias que le rodean. De igual manera, la persona feliz busca, en todo momento, elementos para su CRECIMIENTO PERSONAL, pues encuentra el bienestar más concluyente en EL GOZO QUE LE PRODUCEN SU DESARROLLO Y REALIZACIÓN.

MÁS SIMPLE. La persona feliz:

Sabe estar contenta la mayor parte del tiempo.

Crece, aprende y se realiza todos los días.

Cinco años después de que nació mi primera hija, le escribí esta carta.

La copio textual.

Amor: Acabo de hablar a la casa y mamá me dijo que ya te habías dormido. Estoy en medio de una gira en Sudamérica y siento que me asfixio. Mi familia me hace falta como el aire que respiro. Mamá me dijo que te veía triste; le comentaste que no podías disfrutar ninguna actividad porque estabas contando los días para volver a verme; que me extrañabas muchísimo. Yo también te extraño, preciosa, pero procuro que la lejanía no me amargue el momento. ¿Sabes? Eres mi estrella. Cuando te vi por primera vez, te hice una promesa: ser feliz y luchar por hacerte feliz. Así que no importa lo que pase, quiero que recuerdes las máximas prioridades que tenemos en la vida. Son dos: ESTAR CONTENTOS SIEMPRE. APRENDER COSAS NUEVAS CADA DÍA. Eso es la felicidad. ¿Y si tienes problemas? No importa. Sigue la misma vía: podrás estar contenta, aunque te vaya mal, pues es cuando más aprenderás (y el aprender lleva implícito un gozo enorme). Aun estando lejos, ambos buscaremos cada día aprender algo y estar contentos. Voy a repetírtelo: ¡hoy, en este momento, en este minuto, en cada presente que vivimos aprende y decide estar alegre! Si algo te sale mal, aprende; que el aprender justifique el mal momento y mantente contenta. Si no ganaste una competencia, aprende y que el aprender te dé alegría… Si estás sola, disfruta la soledad y reflexiona. Cada noche, antes de dormir haz un repaso del día; busca en qué progresaste (QUÉ APRENDISTE) y qué motivos tienes para ESTAR CONTENTA. Si encuentras esas dos cosas, tu día valió la pena. Hija, hoy quiero darle formalidad a nuestro pacto de felicidad: AUN SI YO MURIERA O TÚ MURIERAS, EL QUE QUEDE VIVO SE ADAPTARÁ A LAS NUEVAS CIRCUNSTANCIAS, Y VOLVERÁ RÁPIDAMENTE A SU ENFOQUE DE APRENDER ALGO CADA DÍA Y ESTAR SIEMPRE CONTENTO, ¿de acuerdo? Durante este viaje he leído y releído la carta que pusiste en mi equipaje. Me ha hecho sonreír y sentirme el hombre más feliz del mundo. Me recomiendas en ella que la lleve conmigo siempre para que no me sienta triste. Y eso he hecho. ¡Ha funcionado! Si alguna vez te va mal, lee esta carta también, y recuerda que TENEMOS UN PACTO DE FELICIDAD POR SIEMPRE.

Atte., tu padre que te adora

 

2

ALTO A LAS EMOCIONES
AUTÓNOMAS AGRESIVAS

 
¡Dominemos al dragón!

Soy un faquir matutino. No siento hambre durante las primeras horas de la jornada. Muchas veces, contraviniendo las recomendaciones de los sabios en nutrición, omito la primera comida del día. Pero mi esposa es diferente. En cuanto abre los ojos necesita comer.

Nuestro hijo menor lo explicó muy bien hace años:
—Mamá tiene un dragón interior al que hay que alimentar temprano. A los treinta minutos después de que ella ha abierto los ojos, si no come algo, su dragoncito se estira y bosteza; a los cuarenta minutos, se mueve sobre las alas y se talla los párpados; a los cincuenta minutos, se levanta y comienza a bufar sacando vapor; a los sesenta, se sacude y lanza un primer rugido; a partir de ese momento comienza a echar fuego quemando al que se atraviesa.
Hace poco, en el Parque Nacional y Reserva Denali, en Alaska, planeamos una caminata de tres horas, partiendo a las seis de la mañana. Nos levantamos rozando la hora; apenas llegamos a tiempo a la cita en el bosque. Había varios entusiastas deportistas esperándonos. El plan era escalar por un sendero panorámico, llegar a un pequeño poblado en la cima del monte y volver. Acordamos que nos desayunaríamos después (a las nueve de la mañana). Pero no contábamos con el extraño fenómeno que le ocurre a María si no come temprano. Primero empezó a trotar, todos aceleramos el paso, después se echó a correr, como si los pies le quemaran; el grupo se alargó. De repente, se desvió hasta el borde del sendero. Los corredores siguieron de frente. La alcancé. —¿Qué pasa, mi amor? ¿Te sientes bien? —Claro que no. Tú organizaste este viaje ridículo. Nos has traído corriendo, escalando, remando, sufriendo la intemperie de bosques boreales todos los días. Y no he visto alces, ni nutrias, ni osos, ni ballenas como me prometiste. ¡Estoy harta! Quiero que canceles todo. Mañana mismo me regreso a casa con mis hijos. ¡Ellos se sienten igual que yo! ¡Pobrecitos!, míralos, tan flaquitos. No te dicen nada porque quieren parecer muy atletas, pero también están hartos. Te lo puedo apostar. Es más, de seguro, a varios de los que vienen en ese grupo de dizque deportistas les pasa lo mismo. Pero son unos hipócritas. ¿A quién quieren impresionar? Están aquí para evadir las frustraciones de su vida estéril. Pero yo no soy de ésos. Yo sí tengo plenitud y no necesito este tipo de escapes ridículos. Uno de los guías del hiking nos alcanzó. —¿Sucede algo? —preguntó al vernos al borde del desfiladero—, este lugar es un poco peligroso. Regresemos al sendero. —Mi esposa tiene hambre —respondí. Ella me miró con los ojos de furia; pude ver las flamitas en sus pupilas. El guía le ofreció una barra energética pero ella se negó a tomarla. —Claro que no tengo hambre. Lo que quiero es arrojar a mi marido por el precipicio. —Tiene hambre —insistí—. Cariño, cómete esta barra, te va a gustar. —¡Ya estoy harta de comer preparados químicos empaquetados! Acabemos con este suplicio. Echó a correr. El guía me miró, preocupado. —¿Ella está bien? —Sí, pero espero que encontremos un restaurante pronto o este bosque se puede incendiar.
Todos los animales han sido equipados con un sistema de defensa que, cuando es activado por ciertas circunstancias externas de peligro, energiza el circuito de emociones autónomas agresivas. Sólo bajo ese influjo, por ejemplo, un animal manso atacará a su amo. Los seres humanos, por nuestra parte, también tenemos ese sistema de emociones autónomas agresivas que pueden llevarnos a cometer actos irracionales de los que después nos arrepentimos: hay padres que golpean a sus hijos de forma sanguinaria; hay quienes se emberrinchan, palmotean en las mesas, azotan puertas, se retan a golpes, insultan, amenazan, hacen señas obscenas, urden venganzas, se ponen histéricos, lastiman los sentimientos de sus seres queridos, se separan, se dejan de hablar, levantan muros de división y llegan incluso a extremos que salen en las noticias.
Lo grave del tema es que la activación del CIRCUITO EMOCIONAL AUTÓNOMO en los seres humanos obedece a registros subconscientes del pasado muy particulares de cada persona. Sólo los psicoterapeutas, tras años de analizar los recuerdos de sus pacientes, pueden llegar a comprender por qué algunos reaccionan con tanta vehemencia ante determinados estímulos.
Para decirlo simple: todos tenemos un dragón interno.
El dragón de mi esposa es simpático, porque puedo calmarlo con unas galletas. Claro, siempre que no sean de dieta o ultranutritivas (la comida sana la irrita aún más). Pero si le das de comer lo adecuado, se puede tranquilizar.
Cada persona tiene como un botón de alarma que despierta a su dragón. El mío se despierta cuando alguien toma mis cosas (libros, papeles, discos, aparatos electrónicos) y los cambia de lugar. El de Betty, cuando alguien la acusa de haber cometido un error que no cometió. El de Juanito, cuando le niegas un permiso que pidió. El de Paty, cuando le levantas la voz. El de Imelda, cuando no le das las gracias por la comida que preparó. En la película Volver al futuro, Marty McFly soportaba cualquier cosa: podía conducir su patineta entre los autos, saltar, volar y viajar en el tiempo con estoicismo heroico; pero si alguien le decía gallina, la sangre le subía a la cabeza, enloquecía de rabia y casi se hacía el haraquiri. Hay voluntarios piadosos capaces de salvar la vida a las tortuguitas recién nacidas de las playas más lejanas, pero que montan en cólera si alguien los acusa de buscar protagonismo. Existen videntes y astrólogos que adivinan la suerte con una sonrisa, pero que se vuelven verdaderas fieras si su cliente no trae suficiente dinero para pagarles.
Vale la pena ser analíticos e identificar las nimiedades que oprimen el botón de alarma de nuestro dragón y el de las personas cercanas. Una vez identificadas esas nimiedades, si son propias, procuremos tomar el control. Por ejemplo: EN CUANTO NUESTRO DRAGÓN DÉ LOS PRIMEROS INDICIOS DE ESTIRAMIENTO, APLIQUÉMOSLE UNA LLAVE DE JUDO MENTAL Y MANTENGÁMOSLO INMÓVIL hasta que se vuelva a dormir. Por ningún motivo le permitamos dirigir nuestros actos y palabras. Si de todas formas se levanta, ENFRENTÉMOSLO A SOLAS; de ser posible, apartémonos unos minutos de la gente. Un experto DOMADOR de su dragón se identifica porque cuando éste se despierta, permanece callado, quieto, ruborizado, sudando, temblando, y después respira hondo y cambia el tema. El mundo califica a ese individuo como prudente, maduro, y sabio. Por otro lado, quien se deja llevar por las emociones autónomas agresivas es conocido como histérico, exagerado, pendenciero, ofensivo, colérico, impulsivo y loco.
Así que, en lo que a nosotros respecta, tomemos el control.
Ahora, ¿qué hacer en relación a los demás? Muy simple. Mantengámonos alejados del botón que los trastorna. Y si ya se trastornaron, en la medida de lo posible ayudémoslos a salir de su trance y abramos la distancia emocional suficiente para que con sus locuras no aprieten nuestro propio botón.
Cuando yo veo las chispitas que salen por las pestañas de mi preciosa esposa, de inmediato miro el reloj y me doy cuenta, casi siempre, de que tenemos un retraso considerable en nuestros horarios alimentarios. Así que, aunque estemos en medio de un hermoso concierto o en una excelente obra de teatro, me levanto sin importar las incomodidades que cause alrededor y voy por algo de comer. Mientras más pronto lo haga menos malo será el resultado del día y ella podrá concentrarse de nuevo en la belleza del momento.
Algo así sucedió en Denali.
Al llegar a la cima del monte, encontramos el pequeño poblado. María se metió a la única tiendita. La acompañé. Me pidió mi cartera, se la di sin protestar. Entonces compró víveres. Muchos. ¡Demasiados! No sólo para ella, sino para todo el grupo. Sándwiches fríos, chips, galletas, jugos, yogures. Salió con una bolsa enorme. Les ofreció comida a todos; algunos aceptaron tomar algo por cortesía. Nuestros hijos, por prudencia, también aceptaron; no querían volver a hacer enojar al dragón de su mamá. En menos de tres minutos María se había despachado dos emparedados y medio litro de leche descremada. La bolsa que compró era tan abundante que casi se quedó llena; a mí me tocó cargarla de regreso. Lo bueno fue que ella recuperó casi de inmediato su hermosa sonrisa y la luz escarlata de sus ojos volvió a brillar. Iba feliz, tomando fotos y admirando el paisaje. En varias ocasiones me abrazó y me dio un beso agradeciéndome por organizar esos hermosos paseos.

Mis hijos y yo intercambiamos miradas y sonreímos.

Para ser felices, dominemos las emociones autónomas agresivas.

O mejor dicho:
mantengamos bajo control al dragón.

 

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

La última oportunidad

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

La última oportunidad

Hay decisiones que marcan el futuro. Leer este libro puede ser una de ellas. Ha beneficiado a millones de matrimonios. Seguramente beneficiará a su familia también.

Guillermo está convencido de que casarse con Shaden fue un error. Sus temperamentos chocan. Ella no se siente amada y él es sumamente explosivo. Pero su hijo Daniel les ha suplicado que no se divorcien. Por otro lado, algunas personas externas complican la relación. Los familiares de ella intervienen en todo y la sensual asistente de él está dispuesta a darle consuelo.

Cuando la presión interior estalla 

 

La epilepsia de nuestro hijo Daniel fue evolucionando poco a poco. Primero tuvo las llamadas crisis focales: constantemente decía oler o escuchar cosas que nosotros no percibíamos. Más tarde aparecieron las ausencias del pequeño mal: lapsos breves en los que suspendía toda actividad y permanecía con la mirada fija, como estatua, sin conocimiento y sin capacidad para responder a los estímulos. Por último, después de un largo periodo en el que no sufrió ataque alguno, padeció la primera crisis convulsiva tónico-clónica del gran mal

Aquella noche también hizo explosión la bomba familiar. Nos disponíamos a dormir cuando escuchamos la voz de Daniel que nos llamaba desde su recámara. Mi esposa acudió de inmediato. Yo tardé en reaccionar. 

—¡Guillermo, ven rápido, por favor! —la voz de Shaden sonó muy alarmada. 

Corrí al cuarto del niño. 

—Tiene alucinaciones… Otra vez. 

Mi pequeño lloraba, levantaba la mano derecha y señalaba a un ente monstruoso que sólo él veía. Su mirada angustiada y sus palabras incoherentes eran muestra inequívoca de la actividad eléctrica desordenada en su corteza cerebral. 

—Cálmate, mi vida —le decía tratando de abrazarlo—. No es nada… Cierra los ojos… 

Pero Daniel seguía gritando, lleno de un terror indecible.

—No quiero que se vayan —articulaba entre gemidos. 

—¿Qué dices? No nos vamos a ir… 

De momento se tranquilizó. 

—Los brazos me hormiguean —balbuceó—, tengo mucho miedo. 

—No pasará nada… —respondí al momento en que lo recostaba en su cama, anticipando lo que sí podría pasar… 

—Los quiero a los dos… juntos… 

Fue lo último que dijo antes de paralizarse. Entonces comenzaron las convulsiones. 

Shaden y yo habíamos leído respecto a las diferentes manifestaciones de la epilepsia, pero nunca, hasta esa noche, habíamos presenciado de cerca la fuerza de un ataque espasmódico del gran mal. Con torpeza, aflojé la ropa del pequeño para ayudarlo a respirar y puse almohadas a sus costados. La impotencia que me invadió era tanto más terrible cuanto más violentas las contracciones. Se recomendaba no tratar de inmovilizarlo, no introducir objetos en su boca ni darle medicamentos… Sólo esperar… 

Pasados algunos minutos, las sacudidas se fueron haciendo menos intensas hasta que desaparecieron. El niño recobró parcialmente el conocimiento, moviendo la cabeza y quejándose. 

Lo abracé y le susurré al oído que lo amábamos. Shaden también se acercó a acariciarlo. Era muy doloroso enfrentar el sufrimiento de un hijo y no poder hacer nada para ayudarlo. 

—No se divorcien… —articuló pastosamente, como si su mente se hubiese detenido en la misma idea anterior a la crisis. 

—Aquí estamos, mi vida —le dije con un nudo en la garganta—. Los dos, juntos. No te preocupes… Trata de descansar… Todo está bien. 

Ignoro cuánto tiempo pasamos contemplándolo. 

Después de un largo rato me incorporé e indiqué a mi esposa que debíamos dormir. No contestó. Me encogí de hombros. Si quería pasar la noche dándose de topes contra la pared, era asunto suyo. 

Salí del cuarto de mi hijo y me metí a la gélida cama matrimonial. Durante largo rato permanecí recostado con los ojos fijos en el techo. Cuando mi esposa entró a nuestra recámara, simulé dormir. Encendió la luz y se detuvo de pie junto a mí para observarme. 

—Sé que estás despierto. 

Permanecí inmóvil. ¡Qué infame se presentaba ante mi mente la cadena de preocupaciones! Sentía deseos de salir corriendo. ¿Cuánto tiempo hacía que no compartía con alguien mis sentimientos? 

Shaden comenzó a desvestirse. No entreabrí los ojos para admirar sus bellas formas, como lo hacía antaño. Se puso una bata y se acercó para decirme: 

—¿Qué nos está pasando, Guillermo? Me siento muy sola. 

Quise contestar “yo también”, pero mi boca permaneció cerrada. Trató de sentarse a mi lado y, como no halló espacio, se incorporó, confundida y triste. 

Se respiraba una atmósfera nostálgica, como si el aire hubiese multiplicado su densidad y tratara de aplastarnos… 

—¿Qué te ocurre? —insistió—. ¿Estás enojado conmigo? ¿Hice algo malo? ¡Dímelo! ¡Ya me cansé de tu silencio! 

—¡Déjame en paz! —espeté—. Estoy afligido por lo que acaba de suceder, ¿no te das cuenta? 

—¿Y tú crees que yo estoy feliz? ¿Por qué no podemos compartir nuestras ideas ni siquiera en momentos como éste? 

Miré el reloj.

—Van a dar las tres de la mañana. Tengo que levantarme a las seis. No es momento para compartir nada. 

—¡Siempre debes levantarte temprano! ¡Ahora trabajas más y tenemos menos dinero! ¿A qué se debe? ¿Por qué ya no vienes a comer? ¿Por qué llegas cada vez más tarde a casa? 

—¡Ya basta! ¡Déjame en paz! 

—¡No, no basta! Por favor, Guillermo. Explícame qué rayos está pasando. ¿Acaso hay otra mujer? 

—Sería bueno… 

Shaden se quedó quieta frente a mí, tratando de recuperar el aplomo. Un abismo infranqueable nos separaba. 

Recordé haber leído que cuando le preguntaron a cuatrocientos psiquiatras por qué realmente fracasaban los matrimonios, el cuarenta y cinco por ciento contestó que uno de los factores principales era la incapacidad de los maridos para expresar sus sentimientos. 

—Si tú y yo nos entendiéramos mejor, el más beneficiado sería nuestro hijo. 

Su último argumento me aplastó. Yo era capaz de hacer cualquier cosa por mi niño… 

Me senté en el borde de la cama frotándome la cabeza. ¡Cómo necesitaba dar escape a tanta presión interna, expulsar las penas, vomitar las toxinas de mi conciencia! La máscara que me caracterizaba era, en realidad, un mecanismo de defensa para ocultar mi naturaleza vulnerable. Ya no podía llevar más tiempo a cuestas esa carga de preocupaciones, miedos y conflictos irresolutos. ¿Cómo escaparía del laberinto? En el mundo competitivo de los negocios o de la política sólo se triunfa siendo diplomático, suspicaz y frío. Yo era así. Me resultaba muy difícil desahogarme porque estaba demasiado acostumbrado a callar…

—Hace tiempo que dejaste de luchar por nuestro matrimonio —remarcó mi esposa al verme enmudecido—, y Daniel no se merece eso. 

—¡Otra vez lo mismo! —contesté cayendo en la cuenta de que intentaba chantajearme—. ¿Quieres apartarte de mi vista? 

—Mira, Guillermo, yo también me estoy cansando de ti… He hablado con otras personas y todos están de acuerdo en que no puedes seguir tratándome de esa forma. 

—¿Todos están de acuerdo? ¡Vaya! Y de seguro tu madre es la primera en estarlo… ¿Cuándo aprenderá esa señora a no meter la nariz en lo que no le importa? 

—Pues, independientemente de lo que otros opinen, me estoy cansando, y debo decirte que si las cosas no cambian, vas a perderlo todo… 

Me puse de pie, sintiendo cómo la ira comenzaba a calentarme las manos. 

—¿Estás amenazándome? 

Tardó en contestar. Le costó trabajo cruzar ese puente y sincerarse. Al fin lo hizo: 

—Sólo quiero hacerte saber que ya no estoy dispuesta a dejarme tratar como basura… He comenzado a buscar asesoría legal. 

La miré con los ojos muy abiertos. 

—¡Pues pongamos manos a la obra! Diles a tus abogados mañana que envíen los papeles del divorcio a mi oficina. Yo me voy de una vez y para siempre.  

Caminé hasta el armario y comencé a arrojar mi ropa al suelo sin ton ni son. En realidad no deseaba divorciarme ni irme de la casa, pero tampoco podía mostrarme débil ante su desafío. 

Comencé a hacer mi maleta en espera de que se retractara, lo cual solía ocurrir: podíamos alegar durante horas sin llegar a ningún lado, pero en el momento en que yo usaba el recurso de esfumarme, ella cambiaba de actitud, se ponía en medio, me pedía que no me fuera y yo aprovechaba para lanzar blasfemias e insultos superlativos. Era una forma de recuperar mi autoridad. No era la mejor, pero a veces me sentía tan infeliz y devaluado que precisaba echar mano de cualquier recurso para lograr respeto. En la empresa, la gente me trataba con gran deferencia: los empleados me adulaban, las secretarias me brindaban un trato delicado, los proveedores me llevaban regalos y nadie podía entrar a mi oficina sin previa cita. En mi hogar, en cambio, yo era “el viejo”, “el ogro”, “el gruñón”, “el panzón”; cuando llegaba, las risas se apagaban y las conversaciones entusiastas entre mi esposa y mi hijo se desvanecían.

—Tú debiste ser hombre —dije metiendo la ropa sin cuidado en la valija—. Quieres llevar las riendas, pero a mí no me vas a manejar.

—¡Claro que me hubiera venido bien ser hombre para tener derecho a gritar, igual que tú!

—De todas formas lo haces. ¿O es que no te has oído, bruja histérica? Te gusta mandar y disponer, pero lo absurdo es que también quieres que te mantengan.

—¡Lárgate de esta casa!

—Claro que me voy. Ése siempre fue tu deseo, ¿verdad? ¿Por qué no lo dijiste antes?

—Porque te tenía miedo, pero ya no, ¿me oyes?

—Así que ése es tu plan. ¿Y desde cuándo? ¿Las feministas te lavaron el cerebro? ¿Te dijeron que debes estar en la moda de la liberación? Te advierto que si salgo por la puerta ahora, no volverás a verme.

—Ya no amenaces. Inspiras lástima. Vete. ¡Te estás tardando!

Me volví de espaldas y seguí haciendo mi maleta.

Mi esposa me tomó del brazo haciendo un último intento.

—Quiero que cuando estés lejos recuerdes la enfermedad de tu hijo —remató—. Ya viste cómo le afectó la idea de nuestra separación.

Me sacudí su mano.

—¿Le dijiste que estás consultando abogados?

—Sí. Para prevenirlo.

Pateé el equipaje y comencé a dar vueltas por el cuarto.

—¡Maldición! —mascullé—. ¿Sabes que haberle dicho eso pudo ser la gota que derramó el vaso en su sistema nervioso? ¡Maldición, maldición! —repetí dando dos, tres, cuatro puñetazos con todas mis fuerzas en la pared, hasta que un intenso dolor en los nudillos me detuvo.

Esta vez nuestra familia parecía a punto de sufrir un colapso radical. Salí del cuarto. Mi esposa me siguió hasta la sala.

—No podemos ocultarle a Daniel la realidad —dijo—. ¿Crees que es tonto? ¡Se da cuenta de todo! Además, no fue por eso que sufrió el ataque. Hace dos semanas le suspendimos el medicamento, porque los síntomas habían desaparecido, ¿ya no te acuerdas? ¡Por eso pasó lo que pasó!

—¿Dejaste de darle…? —me aproximé a ella respirando agitadamente. Dio un paso atrás.

—Sí. Acuérdate que te lo comenté.

—¡Nunca me dijiste nada!

—Lo hice, pero tienes la costumbre de no escucharme. Cuando hablo, piensas en otras cosas y me contestas a todo que sí.

El organismo de los animales, ante la ira o el miedo, deja de irrigar sangre al cerebro para tonificar los músculos y disponerse a huir o atacar. Algo parecido me ocurrió.

—Vaya. ¡Le suspendiste la medicina al niño y le produjiste angustia diciéndole que quizá sus padres se divorciarían! No cabe duda de que eres una real y reverenda estúpida.

—Y tú eres un cobarde. Como marido dejas mucho que desear.

—¡Cállate!

—¡Nunca has madurado! ¡Te crees muy listo, pero la verdad es que eres un cerdo que se escuda en el trabajo para no cumplir en su casa…!

Entre nubes detecté el peligro de mis impulsos y me volví hacia el vitral que estaba detrás; lo empuje dando un alarido. El emplomado cedió y el cristal se hizo añicos. Sufrí algunas cortadas.

—Todas estas figurillas son basura —bufé—. La casa entera lo es. ¿Qué caso tiene haber invertido tanto en ella si tú estás planeando divorciarte? —caminé batiendo muebles, rompiendo floreros y estatuillas—. Nos divorciaremos —dije acercándome a ella—, pero tarde o temprano me quedaré con el niño. Me iré de tu vida y me llevaré a Daniel.

—¡Estás loco! —gritó—. Vales más muerto que vivo. ¡Desaparece! Eres un maldito psicópata que…

No la dejé terminar. Alcé la mano derecha e impacté el dorso sobre su cara. Rodó por el piso. Se arrastró hacia atrás, aterrada, al tiempo que rompía a llorar.

Todo era inútil ya; nuestro matrimonio se había ido por las cloacas. Miré mi rostro desencajado en el espejo: parecía una bestia sin control. Sentí lástima y rabia.

Me dirigí a la recámara. La escena recién vivida me parecía un sueño incongruente y despiadado… ¡Le había pegado a mi esposa! ¡Yo, que siempre argumenté en contra de la violencia familiar! ¿Por qué? ¿Cómo caí en esa trampa?

Mucho tiempo después, reflexioné en que los hombres solemos incurrir con mayor frecuencia en adulterio, alcoholismo, infidelidad, abandono de hogar o mal humor crónico, no porque la naturaleza masculina sea más proclive a la corrupción ni porque a los hombres nos guste el libertinaje egoísta, sino porque las emociones no habladas, los sentimientos acumulados sin desahogo, ocasionan una presión interna que, tarde o temprano, nos hace estallar en escapes inaceptables y extremos ridículos.

Escuché a mi mujer hablando por teléfono. ¿A quién podría estar llamando a las cuatro de la mañana? Observé la extensión en la mesita del pasillo y me acerqué al aparato color pistache para averiguarlo; estaba a punto de descolgar cuando descubrí sobre la mesa un papel amarillento que hacía años no veía. Había sido colocado de forma evidente para que lo descubriera…

Shaden lo puso ahí. Era una mujer demasiado lista o demasiado ingenua…

 

2

¿Capacidad técnica o buenas relaciones?

 

Cinco años atrás, Shaden y yo habíamos participado en un retiro conyugal en el que hicimos una renovación de nuestros votos matrimoniales y firmamos juntos ese papel pergamino… No supe si lo había dejado junto al teléfono para burlarse, para despedirse o para hacerme sentir más humillado por mi brutalidad.

Cuando la oí colgar, bajé la escalera. Estaba sentada en un sillón de la sala. Daniel había despertado y se acurrucaba medio adormilado en su regazo…

Pasé de largo sin verlos, sintiéndome como cucaracha.

Al regresar de tomar agua que no apetecía, nuestros ojos se cruzaron. El rostro de Shaden estaba enrojecido por el golpe. Intente decirle que había visto la hoja con la promesa matrimonial de aquel retiro… que estaba muy arrepentido por haberla abofeteado… Fue un momento crítico, un momento de silencio en el que quise caer frente a ella y suplicarle que me perdonara… De haber hablado… de haber dejado que las lágrimas salieran… quizá la trayectoria que me llevaba directo al mismísimo infierno habría dado un leve viraje. Pero seguí caminando impasible y erguido.

Regresé a mi cuarto.

A los pocos minutos oí el pestillo del portón exterior y el motor del automóvil de mi esposa. Me asomé por la ventana.

Alcancé a ver en el asiento del conductor a Shaden y, junto a ella, los cabellos negros de mi hijo Daniel.

“Perro que ladra no muerde” (por lo menos mientras está ladrando). Yo, que había hecho un teatro amenazando con irme, aún seguía ahí. Ella, que no abrió la boca, ya se iba.

Pensé en detenerla, pero me moví muy despacio, como se mueve la gente atrapada en un episodio de depresión aguda.

Cuando llegué al patio, era tarde. El pequeño automóvil azafranado había dejado el garaje y se alejaba rechinando las llantas por la calle solitaria.

Me quedé dormido en el sillón de la sala, donde había visto a Shaden por última vez. Desperté cerca de las diez de la mañana. Creí que todo había sido una grotesca pesadilla, pero al reconocer el lugar, al verme vestido y con zapatos, me di cuenta con tristeza de que el desastre era real.

Contra toda voluntad, repetía en mi mente un poema de Bécquer que aprendí muchos años atrás. Me sacudía para alejarlo, pero los versos regresaban al pensamiento como moscas a la miel:

Asomaba a sus ojos una lágrima

y a mi labio una frase de perdón;

habló el orgullo y enjugó su llanto

y la frase en mis labios expiró.

Yo voy por un camino, ella por otro;

pero al pensar en nuestro mutuo amor,

yo digo aún: “¿Por qué callé aquel día?”

y ella dirá: “¿Por qué no lloré yo?”.

Encendí el televisor y dejé que las horas transcurrieran, una tras otra, como hipnotizado por un maligno sortilegio. Llamé a la oficina e informé que no iría a trabajar. Me sentía enfermo. Ya de noche me levanté a comer algo. Al pasar junto al espejo del comedor vi mi silueta enjuta y mi cara ojerosa. Recordé que en esos días quizá recibiría un importante ascenso. ¡Qué ironía! Mi estabilidad emocional se había menoscabado justo en el momento en que me encontraba en la cima de mi carrera.

Apagué el televisor y me fui a la recámara. Entre tanta confusión mental tuve la suficiente lucidez de entender que no podía deprimirme al grado de seguir inmovilizado. Al día siguiente me presentaría en la empresa y si lograba ver materializado el sueño de mi ascenso, tal vez la amargura de mi trago familiar se mitigaría con la dulzura de mi éxito profesional…

Pasé la noche dando vueltas en la cama. A las siete de la mañana me levanté con un terrible vacío estomacal. Fui a la cocina y bebí un poco de leche. Me metí al baño y me di una ducha… ¡Cómo necesitaba hablar con Daniel! ¡Explicarle que nunca lo abandonaría, que podía contar conmigo aunque su madre y yo viviéramos separados!

Terminé de arreglarme.

Subí al automóvil, salí de casa, y me encaminé hacia la empresa.

Mi despacho, aunque pequeño, era bastante privado. Cerré puerta y persianas antes de acomodarme en mi sillón ejecutivo para revisar papeles.

Una semana antes, el gerente general de la compañía había renunciado y yo era el principal candidato a ocupar su puesto.

Busqué en mis cajones el bosquejo del discurso que había preparado por si tenía que tomar la palabra y agradecer al Consejo su decisión de elegirme, pero no bien comencé a estudiarlo caí en la cuenta de mi enfermiza arrogancia. Todavía no se llevaban a cabo las votaciones y ya estaba acariciando la idea de dar discursos…

Arrugué el papel y me froté los ojos con fuerza. Sin darme cuenta, permanecí en actitud abatida, hasta que un ruido cercano me sobresaltó.

Karen, la asistente ejecutiva de la hasta ahora vacante rectoría, me observaba de pie en la puerta.

—Discúlpame por no llamar antes de entrar… —me dijo con su habitual tono dulce.

—No hay cuidado —respondí frotándome la cara.

—Guillermo, dentro de dos horas se llevará a cabo la junta para elegir al nuevo gerente general. Debes asistir puntual.

La miré. Era una mujer delgada, de cabello lacio y cuello largo; sus rasgos faciales, un poco toscos, eran suavizados por su culta y elegante forma de hablar. Tenía voz sensual, movimientos delicados, mirada penetrante y comentarios agudos. No podía calificarse como hermosa; sin embargo, cuando estaba a su lado me invadía una sensación de magnetismo. Admiraba en ella la claridad de pensamiento que mi esposa no tenía.

—¿Qué te pasa? —me preguntó—. Te ves muy preocupado.

—No es nada…

Entró al despacho. Cerró la puerta con lentitud y puso seguro por dentro. Quedamos en absoluta intimidad. Se sentó frente a mí con gesto de genuina preocupación.

—Cuéntame… ¿Tienes problemas en tu casa de nuevo?

—Sí… Esta vez son graves… Quizá definitivos…

Permaneció contemplándome muy interesada. Diríase que mi dolor le dolía. Karen era una compañera especial: divorciada y sin hijos. Desde que nos conocimos, cerca de un año atrás, se había dado entre nosotros, sin que ninguno lo provocara, una amistad singular.

—Ojalá mi esposa fuese como tú… —le dije.

Sus ojos brillaron con bondad. Tomó el papel arrugado que contenía el bosquejo de mi discurso y comenzó a alisarlo.

—Pase lo que pase —dijo casi en secreto—, cuentas conmigo.

¡Cómo apreciaba a esa dulce e inteligente mujer! ¿Por qué la conocí ya casado? Me puse de pie. Ella también lo hizo. Me refugié en sus brazos y me estrechó con ternura. No había mala intención de ninguna de las partes, pero el acercamiento se dio. Fue maravilloso sentir su calor, su preocupación por mí.

Le hablé al oído, titubeando, como un adolescente que se declara:

—Gracias, Karen… Eres una gran mujer. Yo siempre te he admirado. He luchado contra eso porque existen normas, pero ya no me importan —dejé de abrazarla para tomarla de las manos. Me observó, callada. Continué—: ¿Sabes?, jamás lo había aceptado abiertamente, pero te quiero mucho…

No se asustó ni se incomodó. Esa mañana la atracción nos envolvió como una llovizna imperceptible y, cuando nos dimos cuenta, ya estábamos empapados. Nuestras miradas cruzaron mensajes tácitos de una química ostensible.

—Yo también te quiero, Guillermo —aventuró con los ojos muy abiertos y el rostro encendido.

Bajé la cabeza y me tapé la frente con el puño de la mano izquierda. Un paso más y nada podría detener la reacción en cadena del episodio sensual.

Apartó el puño de mi rostro con un movimiento suave.

La observé en silencio. Es increíble la forma en que la mente puede analizar posibilidades y evaluar circunstancias provocando en el cuerpo una enorme respuesta sin que haya ocurrido nada aún. Nos abrazamos otra vez y, casi sin permitir lugar al raciocinio, nuestros labios se unieron en un beso largo. Hacia años que no besaba así a mi esposa, y me excité como en los remotos días de la juventud en los que acercarse a las chicas era todo un reto…

Nos separamos. Me tomó la mano derecha y la colocó sobre su cuello para que la acariciara. Lo hice muy despacio; no había ninguna prisa. Cerró los ojos y movió la cabeza en círculos. Al tocarla susurré que me sentía muy solo. Lo curioso era que en la antevíspera no pude decirle lo mismo a Shaden. Deslicé despacio la mano derecha hasta sus senos y seguí la trayectoria a la cintura con la levedad del artista que dibuja el cuerpo de su modelo.

Escuchamos sonidos que provenían del exterior. Me aparté de inmediato.

—La puerta está bien cerrada —murmuró.

La miré sin moverme. Para mí la sesión había terminado. Cuando el hombre sólo experimenta atracción sexual, puede escapar a tiempo, porque sus sentimientos están intactos, pero cuando la pasión se combina con sentimientos de afecto, se trata de algo más peligroso. Lo entendí y quise alejarme para reflexionar, pero Karen me tomó la mano y me atrajo para que recargara mi cuerpo en el de ella. Sus ojos profundos se clavaron en mi rostro. Con la voz más dulce que he escuchado jamás y la mirada más intensa, llena de deseo, que he visto, me dijo:

—Guillermo… hazme el amor…

No era una petición. No era un deseo. Era una orden.

Asentí en señal de promesa. Otro día. En otro lugar.

Unos minutos más tarde me encontraba en la sala de reuniones. La enorme mesa rectangular para juntas brillaba como si hubiese sido barnizada la noche anterior. Se llevaría a cabo la votación del Consejo administrativo para elegir al próximo gerente general. Había un ambiente tenso. Los nominados al puesto éramos un rígido ingeniero, un torpe licenciado en finanzas, una contadora inexperta y yo. Desde mi punto de vista, los dos primeros eran rivales interesantes, pero la tercera estaba descalificada de antemano; nadie se explicaba cómo había llegado tan alto.

Además de los cuatro postulantes, alrededor de la mesa se hallaban el presidente de la compañía, los seis miembros del Consejo Directivo y Karen, la secretaria que transcribiría los acuerdos.

El doctor Vallés, presidente de la compañía, hizo las presentaciones protocolarias, después aclaró las razones por las que el anterior gerente renunció a su cargo y agregó en tono de familiaridad:

—Quiero recordarles que los cuatro candidatos son técnicamente aptos para ocupar el puesto vacante. Cualquiera podría desempeñar con eficacia la función operativa, por eso, para hacer la elección, procuraremos observar el aspecto humano. Nuestra empresa necesita un verdadero líder.

Estos comentarios me pusieron nervioso.

—Estamos viviendo tiempos de cambio —continuó—. Ahora se sabe que los empleados mejores y más productivos no son quienes se entregan al trabajo con amargura para olvidar la pena de tener su vida personal deshecha. La verdadera calidad y rendimiento sólo se da en gente realizada, plena y feliz. Nadie puede gobernar con cordura y equilibrio su trabajo si no ha logrado gobernar su vida. Es del dominio mundial en las altas esferas de mando que en esta era ya no ganan los tramposos, evasores y desleales. ¡En el siglo veintiuno sólo sobrevivirán las empresas éticas, cuya calidad comienza con su gente! 

Hizo una larga pausa. Las manos me sudaban. Karen levantó la vista para mirarme. La ignoré. ¿Es que acaso el decano había tenido noticias de mi “vida personal deshecha”? ¿Se trataba de un plan estructurado para eliminarme? Era una gran mentira declarar que cualquiera de los candidatos desempeñaría bien la función operativa. ¡Todos en esa mesa sabían que yo era la única persona con la preparación y experiencia idóneas para el puesto! No podían eliminarme a menos que se basaran en cuestiones subjetivas. 

El director del Consejo agregó:

—Nuestro procedimiento de elección será sencillo. Cada uno de los cuatro candidatos llenará esta forma para evaluar a sus tres compañeros y a sí mismo. Concluirán diciendo, también por escrito, a quién elegirían para el puesto y por qué. Luego saldrán de la sala para que podamos deliberar.

¡Eso era una cuestión subjetiva! ¿De qué me había servido ser siempre tan exacto en mis cálculos, tan audaz en mis proyectos financieros, si al momento decisivo para subir el escalón clave iban a elegir al más simpático?

Se repitió en mi mente una pregunta que en otras ocasiones me había planteado: ¿Qué vale más en la vida?, ¿el trabajo o las influencias?, ¿el profesionalismo o las buenas relaciones? Siempre navegué con la bandera de que lo principal son los hechos y no los conocidos. En ese momento me pareció una conclusión precaria.

Para tratar de dominar la aprensión que me invadía, miré alrededor. Observé un cuadro del Apolo 11 al momento de su lanzamiento en Cabo Kennedy y mi vista se perdió en la antigua fotografía. Había algo en ella que me hipnotizaba.

Un cohete no puede ponerse en órbita sin la ayuda de un lanzador: otro pequeño artefacto que explota para después desprenderse. ¡Ahí estaba la respuesta! Yo tenía la inteligencia, la capacidad, la energía para desempeñar el puesto, pero necesitaba un lanzador que me pusiera en órbita; ese lanzador era la gente.

Miré a los tres compañeros que me evaluarían. Es importante la capacidad técnica, pero la fuerza propulsora inicial es dada por nuestras buenas relaciones humanas. Las personas y no los conocimientos son, en principio, quienes nos abren las puertas, nos promueven, apoyan e impulsan.

Nos hicieron llegar sendas carpetas con las hojas impresas que debíamos llenar. Revisé las preguntas preestablecidas para valorar a nuestros rivales. Me molestó leer el encabezado que decía “Apreciación de calidad”.

Eso era demasiado. Me puse de pie y dejé caer la carpeta sobre la mesa con energía.

—¿“Apreciación de calidad”? —protesté—. No me gusta este ejercicio. Me da la impresión de que se nos trata de tasar como productos de consumo.

Hubo un silencio cortante. Mi comentario hacía parecer ridículo al presidente corporativo. Todos lo miraron. El hombre se encaró conmigo y explicó despacio:

—Supongo que habrá leído el artículo “Calidad humana” que se publicó en la gaceta del viernes, ¿verdad?

—No, doctor… No lo leí.

—Pues nuestra empresa tiene una nueva filosofía y pretende lograr un estilo gerencial de esa clase.

—¿De qué clase? Le repito que no leí el artículo.

Los presentes me analizaron con descarada recriminación. No me dejé intimidar. Les devolví la mirada.

 

3

Calidad humana

 

—Bien —dijo el hombre—. Tome asiento. El primer punto que revela la calidad de una persona, tal como se especifica en el cuadro impreso que repartimos, es su trato sencillo y noble —se detuvo unos instantes para que no hubiese duda en el concepto. 

”¿Alguna vez ha hablado con alguien que mientras lo oye hace otras cosas? ¿Ha negociado con funcionarios a los que les gusta ser adulados y tratados como faraones? ¿Ha visto gente que, por tener un poco de poder, actúa como si fueran los elegidos de Dios? ¿Conoce personas que nos miran de arriba abajo con toda la intención de hacernos sentir inferiores? En realidad son seres de escasa categoría que ocupan puestos de primer nivel. Entiendan esto: cuanto más valioso es un individuo, más sencillamente se comporta, no importa la posición que ocupe o el dinero que posea. Quien da un trato adecuado jamás pasa de largo con hueca altivez; sabe comer en la mesa de los más humildes y de los más opulentos sin cambiar de actitud; disfruta al jugar con los niños, conversar con los ancianos, compartir sus conocimientos. Logra que los demás se sientan cómodos a su lado, como cuando se está con un amigo. ¿Viven ustedes de esa forma? ¡No hay nadie mejor que sus compañeros de trabajo y sus familiares para decirlo!”.

Bajé la cara. Los sufragios se complicaban y el anhelado puesto de gerente general se me iba de las manos. Sin querer recordé cuando mi esposa tuvo su segundo embarazo fallido. Insistió mucho en cambiar de ginecólogo; aseguraba que el nuevo doctor era más competente; yo sólo sabía que cobraba el doble. Al acompañarla a consulta me di cuenta de en qué consistía la “competencia” del nuevo médico: el hombre suspendía cualquier actividad para escuchar a Shaden con la paciencia y atención de quien dispone de todo el tiempo del mundo; contestaba sus preguntas, la hacía sentir en absoluta confianza. El doctor anterior, en cambio, era parco, de pocas palabras, frío, apresurado y en ocasiones sarcástico; se burlaba un poco de nuestra ignorancia y nos trataba como a inferiores. Huelga aclarar cuál de ellos tenía una cartera de pacientes más grande. Poca gente está preparada para medir la calidad profesional de los especialistas, pero cualquier persona puede evaluar la calidad humana, y es evidente que muchos preferimos pagar más con tal de recibir mejor trato.

—¿Quién de los cuatro candidatos cumple con este primer requisito? —preguntó el presidente.

La pregunta flotó en el aire. Yo, definitivamente, no…

—El segundo punto por evaluar es la confiabilidad. Reflexionen, por favor. ¿Qué distingue a las personas en quienes podemos confiar? Muy simple: son incapaces de traicionarnos, sabemos que no dirán nuestros secretos ni hablarán mal de nosotros; la gente confiable es honesta y gusta de decir las cosas cara a cara. Suena fácil, pero personas así no abundan. Con los años aprendemos esto muy bien: muchos amigos parecen confiables, incluso nos dan un trato sencillo y noble pero, al estar lejos, hablan mal de nosotros y nos difaman. ¿Cómo saber si una persona es confiable? Muy sencillo: evita decir cosas negativas de otros y no accede, ni por excepción, a contarnos los secretos de los demás. Quien aprovecha cada oportunidad para difundir los errores y tropiezos de sus conocidos, se queja de todo, o propone acciones que pueden perjudicar a alguien más, es una persona poco confiable. Se fingirá tu amigo mientras le sirvas para algo, pero hablará mal de ti a tus espaldas. El nuevo director de esta empresa debe aquilatar entre sus virtudes principales la confiabilidad. Él mismo debe preferir tener un equipo menos competente, pero más confiable; menos experto, pero con la camiseta puesta. El líder de esta empresa debe ser una persona discreta que no venderá un secreto al mejor postor. ¿Quién de los cuatro candidatos cumple este requisito?

Me sentía flotando en el limbo por la aprensión. En esa sala, varias personas me habían oído hablar de la “bola de brutos” que teníamos en el departamento de ventas. Me volví a ver a Karen como tratando de evadirme. Estaba cruzada de piernas junto al presidente. Mi pensamiento fantaseó con el deseo de estar con ella y hacer lo que me pidió. Dejarme llevar en esos momentos por la enajenación de mis instintos poco confiables me proporcionó un íntimo consuelo al comprender que estaba a punto de fracasar en mi más grande aspiración profesional.

—El tercer punto para determinar la calidad humana de una persona es su positivismo —declaró el presidente corporativo—. Las personas que más valen son positivas. Aunque les vaya mal y el ambiente sea hostil, permanecen optimistas, con deseos de seguir luchando. Las personas positivas no claudican, se caen y se levantan una y otra vez hasta lograr sus anhelos. Todos poseemos dos cristales a través de los cuales podemos mirar hacia el exterior: uno transparente y otro opaco. Quien está acostumbrado a ver por el cristal opaco es una persona negativa, todo le desagrada, no brinda ayuda gratuita ni tolera que le llamen la atención por su conducta. Se concentra en los defectos y acaba detestando a toda la gente con quien convive —Vallés se detuvo mirando a su reducido auditorio y concluyó—: Un vendedor profesional muy destacado decía: “Mi secreto consiste en concentrarme en las cualidades de la persona que voy a visitar; estando en su oficina, ignoro los detalles que me desagradan, y procuro hacerme una buena idea de mi cliente; me esfuerzo por admirarlo, apreciarlo, comprenderlo y hasta quererlo; todo es cuestión de concentrarme en lo bueno. El cliente percibe mi agrado sincero y deja de estar a la defensiva”. Esta cualidad funciona hasta con las cosas. Piensen en todos los defectos del coche que tienen y acabarán aborreciéndolo, y avergonzándose de él; en cambio, concéntrense en lo bueno del automóvil, en el servicio que les da, en lo útil que es, y aprenderán a quererlo, lo cuidarán y se sentirán a gusto conduciéndolo. Ser positivo es buscar lo bueno, es no dejar que las opiniones corrosivas influyan en nosotros. ¿Cuántas veces nos han hablado mal de una persona ausente y nosotros, dejándonos llevar por las habladurías, tomamos partido de inmediato? Este fenómeno es muy común, divide empresas, comunidades y familias.

Hizo una pausa para tomar agua y concluir:

—En este orden de ideas, anotarán en su hoja a cuál de los cuatro candidatos consideran más positivo.

La recepcionista, que se hallaba en el umbral de la puerta, aprovechó la pausa para hacerme llegar una pequeña nota. La leí de inmediato.

“Contador, dos hombres lo esperan afuera. Dicen que es un asunto urgente”.

Tardé en reaccionar. Era inusual que la recepcionista se permitiera interrumpir una junta de Consejo. ¿Qué asunto podía ser tan urgente y por qué no lo mencionaba en la tarjeta?

Me fue imposible abandonar la sala, pues el doctor Vallés continuó explicando el último de los puntos por evaluar y tuve que esperar hasta el final de su disertación para ponerme de pie.

—Las personas con mayor calidad humana —concluyó el anciano— también son generosas; ayudan a otros y hallan el equilibrio entre dar y tener. Piensen en aquel familiar, tío, madre, abuela, amigo, que siempre brinda ayuda, todos tienen algo que agradecerle. Alrededor de la gente buena, giran familias enteras; cuando ellos fallecen, muchas vidas se afectan porque eran la fuente de amor y bondad de la que otros se nutrían. Observen los negocios que prosperan: dan un poco más que los demás por el mismo costo. Siempre tienen algo adicional, un extra, una ganancia para el cliente. Proporcionar servicio real, trabajar más de lo que estipula el contrato, en ocasiones puede parecer injusto, pero quien lo hace resulta doblemente beneficiado. Queremos un gerente de ese corte ideológico: un poco altruista, un poco soñador, convencido de que va a cambiar la empresa para bien, que la calidad abarcará a todos los niveles jerárquicos y llegará al cliente. Queremos a alguien que no mida todos sus actos en dinero, que tenga la calidad humana de dar… ¿Quién de los cuatro candidatos es el más generoso?

Las miradas estaban fijas en el presidente. Su explicación había sido tan detallada que no dio lugar a preguntas.

Mientras los demás compañeros llenaban sus fichas de evaluación, me puse de pie suspirando. No cabía duda de que mi candidatura estaba perdida… Ante tan peculiares cortapisas no tenía nada que hacer ahí.

—Permiso —me disculpé—, ahora vuelvo.

En la recepción había dos hombres jóvenes vestidos con trajes oscuros.

—¿Quién me busca? —pregunté a la recepcionista para obligarla a presentarme a los aludidos.

—Los licenciados Ramírez y Pérez. Dicen ser abogados de su esposa.

Enfado y miedo convergieron en mi mente como un chispazo de neón.

—¿En qué puedo servirles, señores?

—Venimos a entregarle un convenio de divorcio que debe analizar y firmar para abreviar los trámites. El citatorio del juez le llegará muy pronto.

Si una mirada matara, ambos sujetos hubiesen caído fulminados al momento.

—Tanta rapidez significa que la muy… —me mordí el labio—. Ella ya tenía arreglado todo desde hacía tiempo…

—Por favor, revise los términos del acuerdo y firme las actas aquí y aquí. Mañana vendremos a recoger el expediente.

Los tipos me entregaron una carpeta que tomé trabado por la ira y la humillación. No di las gracias ni me despedí de los abogados.

Entré a la sala otra vez. Mi palidez debió ser manifiesta porque el presidente preguntó si todo estaba bien.

—No —contesté—. Cualquiera de mis tres compañeros resultará más sencillo, confiable, positivo y generoso. Yo sólo soy un buen contador. De todos modos agradezco que me hayan tomado en cuenta.

No esperé una respuesta. Recogí mis cosas y me retiré con una vehemencia que dejó a todos absortos.

Subí al automóvil dispuesto a emprender el largo camino hacia la casa de mis suegros. ¿En dónde más podía haberse refugiado Shaden? Si ella desde hacía tiempo estaba planeando nuestra separación, había llegado el momento de demostrarle que yo también sabía jugar sucio.

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

TE DESAFÍO A DISFRUTA EL AMOR

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

TE DESAFÍO A DISFRUTA EL AMOR

Vivimos para amar. Por eso nuestras mayores frustraciones secretas provienen del desamor.

Éste es un documento práctico, honesto, con argumentos desafiantes sobre amor y sexualidad.

Proporciona estrategias inteligentes para liberarse del maltrato emocional, sanar las heridas secretas e inyectar pasión a las relaciones de pareja.

Contiene retos especificos (por separado) para hombres, mujeres, solteros y casados.

Hablemos en confianza

Lo que vas a leer no es un libro tradicional. Su forma está basada en la creencia de que, autor y lector, pueden comunicarse como dos compañeros sentados frente a frente. Las hojas impresas que tienes en tus manos son una máquina del tiempo que nos ubica en el mismo espacio y lugar. Tenemos anhelos similares. Por eso nos dimos cita aquí.

Hoy tenemos un propósito:

Hablar sobre amor y sexo.

Lee las siguientes páginas con la confianza de alguien que desea reflexionar en compañía de su amigo. Como ocurre en todas las buenas charlas, cada participante dirimirá, al final, sus propias conclusiones. Yo no te daré fórmulas mágicas. No existen.

Tú y tu pareja, si la tienes, conforman una entidad única. Por ello (eso sí), te recomiendo que ambos lean el libro y hablen sobre cada tema. Pocas prácticas les serán más fructíferas que charlar abiertamente después de la lectura, para después trabajar en equipo sobre sus propios retos.

Porque los libros de amor y sexo no son concluyentes.

Sólo sirven para dar ideas. Por ejemplo: hace poco leí la obra de un autor a quien admiro. Reconocí en su último trabajo ciertas verdades imposibles de rebatir, pero también identifiqué una estela de amargura. Conforme avanzaba leyendo, supuse: “Alguien que piense así tiene que haberse divorciado”. No tardé mucho en comprobarlo. En el primer tercio del libro, él confesaba abiertamente que se había separado después de quince años de matrimonio y que, aunque muchos de sus clientes lo consideraron un fracasado en esa área, él veía su divorcio como ganancia y oportunidad.

No pretendo criticar a mi colega.

Pero deduzco que al hablar de amor y sexo, todos acabamos justificando nuestra propia historia. Quizá él no se hubiera divorciado de estar casado con mi esposa, y su libro emanaría otras conclusiones. ¿Quién sabe?

En mi caso, no sé nada sobre la forma de vivir en una alcoba conyugal con alguien diferente a mi mujer, y por ende sólo puedo escribir sobre cómo ser un buen amante de ella, pero no de tu pareja. (Lo mismo que otro autor únicamente será capaz de convencerte de por qué debes separarte de un cónyuge como el que él tuvo, pero no como el que tú tienes o tendrás).

Así que en cuestiones de amor y sexo, independientemente de los títulos, estudios, logros y credenciales que nos sustenten, los autores siempre argumentamos a favor de nuestra propia trayectoria personal.

¿Cuál es la mía?

Aunque te hablaré de ella a lo largo del libro, voy a adelantarte que después de treinta años de casado estoy firmemente convencido que es posible hallar la plenitud en el matrimonio.

Mi esposa y yo somos muy diferentes, por eso mucha gente a veces no se explica cómo es que nos casamos. Tampoco nosotros. Lo cierto es que, además de la atracción química explosiva de nuestros cuerpos, nos complementamos mentalmente: lloramos escuchando las mismas canciones y, tomados de la mano, nos sentimos uno cada vez que pedimos la protección de Dios; somos socios y cómplices; yo tengo lo que a ella le falta y ella me aporta aquello de lo que carezco. Como dirían Masters y Johnson: “Para los hombres y mujeres que básicamente se aceptan y se respetan el uno al otro como seres humanos independientes e iguales, las diferencias pueden ser, antes que una amenaza, un estímulo para el crecimiento”. Ése es el fundamento de este trabajo.

Ahora que estamos enfocados, comencemos.

Nos hallamos en el mismo instante y lugar. Tengo junto a mí un sillón muy cómodo, vacío. Es para ti. Siéntate. Nota que el área está bastante despejada. Hace dos semanas terminé de escribir “Te desafío a prosperar” y estos días me he dedicado a poner todo en su lugar. Mi familia lo celebró con música, y mi Princesa me dio una carta diciéndome cuán orgullosa estaba de mí. Debe ser muy alentador para una joven ver a su padre aparecer de entre libros y papeles y comprobar que está vivo. Teófila aprovechó para pasar por aquí y fregar el piso con abrillantador aromático. Lo hace a propósito. Sabe que el olor suele mantenerme alejado por un tiempo. Pero esta vez se equivocó.¡Estamos aquí tú y yo, de nuevo!

PRIMERA PARTE

RETOS GENERALES
Primer desafío

Vislumbra tu círculo secreto

Hablemos de nuestra esencia. Quienes nos conocen, sólo pueden vislumbrar (como en un iceberg), el 15% de lo que somos.
Por debajo de la superficie, tú y yo mantenemos una vida íntima que nos apuntala.
Secretamente podemos falsificar firmas de documentos, meternos a la bolsa cosas que no nos pertenecen, jugar a la infidelidad, drogarnos, desperdiciar el tiempo… También en secreto podemos trabajar, producir obras creativas, entrenar para competir, ensayar, planear…
Cuanto hacemos en secreto nos define.
Al darle la mano a una persona, no podemos conocer sus prácticas secretas —ni ella adivina las nuestras—, pero todos las tenemos.
La actividad sexual sucede en lo secreto.
Es así. Todos practicamos nuestra sexualidad, lícita o no, en secreto.
Tú lo haces y yo también: cerramos la puerta para entregar mente o cuerpo a momentos que no pueden divulgarse. Sólo los actores porno se quitan la ropa frente a la ventana pública. Sin embargo, aunque las personas comunes preferimos privacidad, tarde o temprano todo lo que hacemos en secreto también sale a la luz. Tácita o explícitamente.
Protegido por su anonimato, un ejecutivo viajero se acuesta con prostitutas, una mujer casada se deja manosear por su entrenador deportivo, un empresario seduce a su asistente, un catedrático tiene relaciones sexuales con su alumno, un líder moral se deleita viendo pornografía… Todos perpetran su disipación creyendo que no serán identificados, pero existe una ley universal: nada secreto quedará sin ser descubierto y todo lo escondido llegará a saberse.
Nuestra vida está sustentada por lo que hacemos en secreto.

Y lo escondido se intuye, se adivina, se sospecha. La composición primaria de nuestra esencia oculta se amalgama en dos tipos de valores: éticos y sexuales. Somos seres espiritual y corporalmente fusionados. Tus costumbres íntimas y tus valores caminan de la mano. Podrías ser consejero de multitudes; si en tu habitación secreta, donde se manifiesta la verdad, practicaras una sexualidad discordante de lo que profesas, serías en realidad un demagogo vacío, un fanático peligroso. Muchos fundamentalistas suelen hablar sobre cómo evitar el “pecado” y las “llamas del infierno”, mientras ocultan sus perversiones sexuales detrás del discurso moralizador. ¡Pero la espiritualidad verdadera no se vive en el templo, sino en la intimidad! Lo más privado (y substancial) de nuestra existencia lo conforman el sexo y el espíritu. Uno de mis amigos de la escuela secundaria cayó en una red de pornografía infantil. Participó en sesiones fotográficas y películas clandestinas, y aunque logró escapar de la mafia, se hizo buscador obstinado de lo erótico, seducía a las jóvenes y las persuadía de tener relaciones con él. En varias ocasiones usó sustancias ilegales para excitarlas y forzó a sus novias. Lastimado por un pornógrafo infantil cuando fue adolescente, tuvo consecuencias indeseables. Es uno de los principales problemas de los seres humanos:

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

Si quieres casarte con mi hija

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

Si quieres casarte con mi hija

Un hombre se dirige al novio de su hija para hablar claro sobre temas cruciales de la pareja: dinero, sexo, discusiones, trato cotidiano, hijos, calidad de vida…

La carta es fuerte, emotiva, inspiradora. Rompe todos los mitos respecto a lo un suegro debería decir. Conmoverá y desafiará al lector. Cada tema expone también retos para mujeres.

Jamás se ha publicado algo igual: imprescindible para jóvenes enamorados, pero también para matrimonios con años de rutina.

Si usted cree en la familia, no puede dejar de leer este libro. Llegará a considerarlo un legado invaluable; el ABC del matrimonio.

QUERIDO AMIGO:

 

Yo tengo una bala en el pecho. A medio centímetro del corazón. 

El sujeto que me disparó a bocajarro escondía un arma de bajo calibre; casi muero. Se me colapsó el pulmón. Siempre llevaré el proyectil de plomo conmigo; insertado, encapsulado; no se puede extraer. Los médicos dijeron que mi cuerpo lo aceptaría como huésped inocuo. Tanto que me olvidaría de él. Y así ha sido. Durante varios meses. Pero últimamente ha comenzado a producirme punzadas recordatorias de mi vulnerabilidad. Es entonces cuando tiendo a hablar más claro. Y la gente se incomoda. Espero que tú no. 

Amigo, la vida pasa muy rápido. Y es frágil. No podemos desperdiciar tiempo andando por las ramas.  

He decidido escribirte una carta muy especial, de hombre a hombre, pero como amigos. Ahora que la relación entre tú y mi hija se ha vuelto más seria, necesitamos abordar ciertos temas. Te expondré mis pensamientos con total transparencia; como el jugador de naipes que baja sus cartas y muestra la mano que tenía. Con un propósito: después de que leas esta carta, me gustaría que nos reuniéramos para charlar a solas. 

Mejor antes que después.

No pretendo confrontarte, hacerte advertencias o juzgarte. Al contario; de entrada quiero decirte que te aprecio y respeto. Por una razón muy simple: mi hija te eligió. Ella ha esperado durante años a una persona especial, de modo que si se ha fijado en ti y te considera un buen hombre, es porque debes serlo. No voy a poner en tela de juicio tu calidad humana; solo voy a plantear algunos temas importantes de conversación.

Creo que tú y yo somos parecidos. 

EXISTEN DOS TIPOS DE HOMBRES.

Sé que cuando nos referimos a personas no podemos hacer una clasificación tajante ni dicotomías absolutas tipo blanco y negro, pues hay muchos tonos de gris y todos tenemos diversas etapas de fortaleza y debilidad —a veces estamos más de un lado del espectro y en ocasiones nos movemos al otro extremo—, pero en términos ilustrativos me gusta entenderlo así: 

Existen dos tipos de varones. 

Los hombres—HOMBRES. 

Esoscuya palabra vale: honestos, valientes, vigorosos, seguros, sensibles, enfocados en sus prioridades, coherentes, íntegros; fuente de ayuda e inspiración para otros; negociadores inteligentes; capaces de luchar por su princesa y conquistarla día a día. 

Los HOMBRECITOS. 

Esos que dicen una cosa y hacen otra; mentirosos, cobardes, lloricas, inseguros, egoístas, agresivos; evasores de problemas; acostumbrados a echarle la culpa a su mujer —a quien no saben proteger ni conquistar—, de todo lo malo que pasa en sus vidas.

Por supuesto, considero que tú y yo somos del primer tipo. 

Y los hombres-HOMBRES se ponen de acuerdo. 

Muchas veces ocurre que los socios de un proyecto quieren hacer aclaraciones fundamentales cuando las cosas están avanzadas y es demasiado tarde para desandar el camino. Ésa es la razón por la que ocurren tantas fracturas entre gente buena. 

Como socios, hablemos sobre nuestras preocupaciones, expectativas, roles y estrategias en ese importantísimo proyecto común: la felicidad de la mujer a quien los dos adoramos: mi hija, y tal vez, tu futura esposa…

Sé que esta iniciativa de mi parte puede parecer intrusiva y hasta anticuada. ¿Qué tengo que ver yo en el tema del romance de mi hija (una persona adulta), con otra persona adulta (tú)? ¿No acaso el amor de pareja concierne sólo a la pareja? ¿No se supone que las reglas de sentido común obligan a los familiares políticos (sobre todo, suegros) a mantenerse al margen de las relaciones amorosas de sus hijos para beneficio de las mismas relaciones?

Yo entiendo esos paradigmas y coincido con buena parte de ellos; no te preocupes. Sé que en el futuro, estaré obligado a callarme y alejarme para que mi hija y tú arreglen sus asuntos SOLOS. Sé que deberán aprender, madurar y crecer como pareja sin la intervención o supervisión más que de ustedes mismos y de sus propias conciencias. 

Pero ese momento no ha llegado todavía. 

Éste es el momento en el que tú y yo tenemos que hablar claro. 

Desde hace años he pensado en escribir esta carta. No sabía quién sería el destinatario. Tampoco quería anticiparme a los hechos hasta conocerlo. Pero el tema me robó la paz muchas noches y fue motivo para mí de innumerables insomnios. 

En mis duermevelas, entre amargas y emotivas, he imaginado la siguiente escena:

Un hombre joven, vestido de traje oscuro y peinado con esmero, está de pie, ante el altar, mirando hacia el pórtico de la iglesia. Mucha gente ataviada con elegancia observa expectante. Algunos asoman sus cámaras para fotografiar el pasillo. Se escucha música solemne. Comienzo a caminar despacio, apretando los dientes para evitar que el nudo en la garganta me haga mostrar un gesto contrariado. Tomada de mi brazo camina mi hija. Avanzamos juntos para hacer algo que sólo pensarlo me estremece: Entregarla

¡Entregarla!

En algunas ceremonias, el culto establecido obliga al ministro a formular una pregunta más aclaratoria y (si se me permite el adjetivo) hasta incisiva. Para que no quede duda alguna, en frente de todos los congregantes que se encuentran de pie. La máxima autoridad cuestiona: 

—¿Quién entrega a esta mujer?

Entonces el papá de la novia contesta:

—Yo, su padre —dice su nombre completo, y a veces agrega—: junto con su madre. 

El ministro sienta a la gente y se escucha un canto. 

Entre sonrisas y fotos, en una escena pública que pretende ser romántica, pero en realidad es cruel, al padre le es arrancada una parte de su corazón.

¿Estoy exagerando? No lo creas. Lo entenderás cuando tengas una hija.

Hablando en plata:

El más grande tesoro de mi vida es esa princesa. 

Voy a decírtelo en términos que cualquier hombre-HOMBRE, dispuesto a abrirse paso en el mundo financiero, puede comprender: 

Tú sabes lo que es invertir tiempo, trabajo y dinero en un negocio o en una obra creativa. Lo has hecho. Mientras más de ti has dado en un proyecto, más lo amas. Por ejemplo, cuando le has invertido todo lo que tienes en la casa donde vives, no querrás venderla; pero si necesitaras hacerlo, nunca nadie podría pagarte lo suficiente por ella; la casa en la que has depositado una parte invaluable de ti no tiene precio. 

A las personas también “se les invierte”, por decirlo así. 

Desde que nació mi princesa, he invertido en ella todo mi capital emocional, afectivo, intelectual, económico y espiritual. Trabajando para ella, pensando en ella, comportándome con dignidad para honrarla y generando recursos para tener algo mejor que darle; soñando con su futuro, desarrollando estrategias y tomando acciones con el fin de ayudarla a ser más feliz. 

Nada de lo que he logrado en la vida vale tanto ni es tan importante como mi hija. 

Dejando eso en claro, entenderás por qué desde hace años he soñado (a veces como pesadilla) en el día que alguien (un perfecto desconocido) llegue a pedirme que se la dé. Y peor aún, en el día en que camine con ella por el pasillo adornado para dársela… 

No estoy sugiriendo que ella sea “un objeto sin voluntad susceptible de ser dado o recibido en posesión”. ¡De ninguna manera! Mi hija es una persona autónoma, independiente; se casará con quien ella elija bajo total libertad. Yo no soy nadie para pretenderme su dueño. En términos reales no voy a “dártela”. Si ella se da a ti, lo hará porque quiera hacerlo. Pero en términos simbólicos de protección y cuidado directo, . Yo te la entrego con la condición de que sepas valorarla, de que la ames de verdad…

¡Y nunca en mi vida he usado el verbo amar con más amplitud y fuerza! 

Porque si algo sé del amor, me lo ha enseñado ella. 

Cuando me balearon y estuve a punto de morir, no se separó de mi lado ni de día ni de noche. Yo luchaba por superar los efectos de una reciente hemorragia interna y por entender lo que no tenía explicación. Junto a la cama del hospital, vi entre nubes el rostro de mi princesa, dulce y cariñoso, bañado en lágrimas, pero siempre animándome. 

Días antes, manejaba despreocupadamente por la avenida que conduce a mi casa. Había oscurecido. Las lámparas urbanas alumbraban la calle con un haz amarillento; había poco tráfico. En un crucero frente al semáforo en rojo, observé con asombro a tres sujetos persiguiendo a un joven que acababa de atravesar la avenida corriendo y saltando como liebre por el camellón. Vi que lo alcanzaron para derribarlo frente a mi auto. Ya en el suelo, comenzaron a golpearlo. Primero toqué el claxon tratando de evitar que lo molieran a patadas. Luego me bajé del coche. La escena era grotesca, inadmisible. ¿Cómo podían esos tipos arremeter con tal furia para lastimar a un joven endeble que parecía tan indefenso? ¿Y por qué? Si el muchacho había cometido algún ilícito bastaba con detenerlo y llevarlo a la policía. No era necesario golpearlo de esa forma. 

Me acerqué y grité que dejaran al jovencito en paz. Puse mi mano en la espalda del maleante más sanguinario para tratar de calmarlo, pero se dio la vuelta y me disparó. Jamás vi el arma escondida en su chaqueta. Tampoco anticipé su movimiento. Todo ocurrió muy rápido. Al momento del estallido sentí que mis costillas se fracturaban como si hubiesen sido embestidas con una barra de hierro. Caí al suelo sin poder respirar. Ahí recibí otro balazo en el abdomen. Mi pulmón izquierdo se colapsó y el orificio en el bajo vientre comenzó a drenar la sangre del torrente circulatorio. 

¿Por qué ocurrió eso? Estuve en el lugar equivocado con las personas incorrectas en el momento inadecuado. Pero aún lo más extraño del ayer suele tener una lógica y un propósito que sólo entendemos a largo plazo. Quién sabe; tal vez de no haber pasado yo por ahí, tú habrías muerto ¡y mi hija no estaría pensando en casarse contigo!

Porque el muchacho a quien esos tipos estaban golpeando eras tú.

Cuando los delincuentes huyeron, la víctima original se convirtió en rescatador y el rescatador se volvió víctima. Te moviste rápido. Conseguiste los primeros auxilios que me salvaron. ¡Y permaneciste cerca durante el tiempo que estuve en terapia intensiva! Ahí conociste a mi hija. La viste llorando de rodillas junto a mi cama, tomándome de la mano y suplicándome que me esforzara por vivir.

También te encontraste con mi esposa. Enfrentaste a las autoridades, hiciste declaraciones y diste la cara con valor; pudiendo evitarte problemas, permaneciste presente, atento a mi recuperación. Pensé que tu presencia estaba motivada por un sentimiento de gratitud, pero hoy entiendo que había otras razones: el flechazo de Cupido; los primeros vestigios de cariño hacia una mujer cuyo amor, por otro lado, ha motivado a su padre a vivir y a mantenerse en pie la mitad de su existencia.

Interesante convergencia.  

¿Quién entrega a esa mujer?

—Yo, su padre… 

(Mmmh).

Hace tiempo que había olvidado la bala albergada en mi pulmón. No me había causado el más mínimo dolor. Pero esta semana ha comenzado a punzarme: desde que te paraste en mi oficina para decirme que amas a mi princesa y que tienes “intenciones serias” con ella. 

¡Intenciones serias! Eso dijiste. Simple y llano. Sentí una leve punzada como discreto alfilerazo en el tórax y te prometí que hablaríamos después. 

Como en mi cabeza hay un hervidero de ideas, antes de que charlemos quise escribirte esta carta.

Existen ciertos temas que quiero discutir contigo. Hice la lista. Son doce. Doce conceptos para poner sobre la mesa. Doce preguntas cruciales que todo hombre-HOMBRE deberá formularse alguna vez en la vida y que yo te voy a hacer. También te daré mis propias reflexiones al respecto; después quiero que nos reunamos a solas y me des las tuyas. Te voy a escuchar, pero primero voy a hablarte. Y tú me vas a escuchar. Me lo debes. 

¿Comenzamos?

 

Pregunta crucial # 1

¿SERÁS CAPAZ DE APOSTAR TODO POR ELLA?

 

Hace varios meses supe que mi hija tenía un romance contigo. 

Creí que se trataba de algo sin mucha importancia, o al menos prematuro. Hoy veo que no. Ayer platiqué con ella cariñosamente y pude detectar en su mirada un brillo de ilusión; está enamorada de ti, pero también tiene miedo. Aunque cree que eres el hombre de su vida, te ha notado inseguro y temeroso respecto a la ruta hacia la que vas a dirigirte. 

Hay una analogía muy popular.

Explica la diferencia entre estar comprometido y estar involucrado.  Seguramente la conoces; pero te la recuerdo:

Un cerdo y una gallina platicaban en el traspatio de la cocina. La gallina, muy oronda, presumía:

—Hoy, los dueños de la casa van a desayunarse huevos con jamón. De ninguna manera podrían comer ese manjar si no fuera por mí. Soy imprescindible, ¿no te parece, amigo? 

El cerdo, contestó:

—Tu aportación es muy pobre, gallinita, porque esta mañana sólo vas a dar los huevos. Yo, en cambio, para que ellos tengan jamón, voy a dar la vida.

De eso quiero que charlemos, para empezar: ¿darás la vida por lo que amas o sólo pondrás los huevos? (En el buen sentido… y en el malo también).

Voy a hablarte un poco de tu novia. 

La conozco mejor. Ella siempre ha sido soñadora. Le gustan las aventuras osadas. 

Hace muchos años (era una niña con caireles) la vi jugando con avioncitos que sobrevolaban su habitación. Hizo que se lanzaran al vacío, en paracaídas, una Barbie y un Ken mientras el avión se estrellaba y la pareja de enamorados caían en una tierra extraña e inhóspita.

Aunque hoy la veas realizada, en el fondo sigue anhelando hallar al príncipe que la conquiste y con quien pueda lanzarse al vacío para emprender una aventura arriesgada y apasionante a su lado. 

A eso me refiero con apostarlo todo.

La diferencia entre casarse y simplemente vivir juntos es una cuestión de actitud, tamaño de apuesta y nivel de compromiso

Cuando un hombre-Hombre pide matrimonio…

Tácitamente le dice a la mujer: “Estoy dispuesto a todo por ti, vales la pena, me juego la vida entera con tal de estar a tu lado; quiero que crezcamos juntos, y lloremos juntos en los momentos difíciles y riamos en la prosperidad; quiero protegerte, cuidarte y darte lo mejor; imagino formar contigo una familia hermosa (¡claro que se puede!, ¿por qué no?), quizá con hijos a quienes cuidaré y guiaré ayudado por la compañera y complemento de mi vida”. 

Cuando un hombrecito le pide que vivan juntos…

le da este mensaje: “Me reservo el derecho de arrepentirme sin dar explicaciones a nadie de nuestro posible fracaso, porque no estoy seguro de ti, ni de tu calidad como persona a largo plazo, ni de que me llenes lo suficiente; de modo que esto es una prueba (yo te voy a probar y tú a mí), serás mi mujer en exclusiva, me servirás y me darás tu cuerpo sin condiciones todas las noches (claro que tú también tendrás el privilegio de disfrutar el mío); si con el tiempo nos damos cuenta de que no pasamos la prueba, tú te vas por tu lado y yo por el mío sin que se te vaya a ocurrir exigirme derecho alguno”.

Con frecuencia las mujeres ACEPTAN y hasta PREFIEREN la unión libre, avalada por sus padres, no porque sea lo ideal para ellas, ni porque tal propuesta represente de forma remota su sueño de amor, sino porque ven al galán tan timorato, pusilánime y miedoso, que ellas mismas acaban dudando de lo que van a hacer… 

¿Se vale dudar? ¡Claro!

¿Quién quiere casarse con un gallina? 

¿Y quién quiere que su hija lo haga?

El matrimonio no es para cobardes ni para hombrecitos. Sino para hombres-HOMBRES: individuos preparados, valerosos y decididos a progresar, que se atreven a entregarse (con todos los riesgos que eso conlleva) a un nuevo horizonte de posibilidades infinitas. 

Sí, es un paso importante que no debe darse a la ligera, pero cuando se cumplen ciertos principios básicos y se está dispuesto a hacer lo correspondiente por cuidar el proyecto con seriedad, es posible crecer en él y ser (ambos) profundamente felices. 

ES CIERTO QUE MUCHOS NO SE CASAN PORQUE QUIEREN EVITAR Un divorcio.

En el divorcio, la autoestima se fractura, los sentimientos se laceran, la mente queda devastada (ante la evidencia de haber fracasado en el proyecto personal más importante) y la voluntad se debilita para tomar acción en futuras relaciones. Por eso muchos varones optan por pedirle a su novia vivir un periodo de prueba, en unión libre. De esa forma creen que si se separan sería menos traumático. Pero están equivocados. El divorcio duele, no porque se haya firmado un papel ante la sociedad, sino porque romper con una pareja con quien se vivieron relaciones de máxima intimidad afectiva y sexual, produce quebranto del alma: se pierde la confianza en el prójimo, en el amor, en la lealtad, y en uno mismo; se genera una sensación de haber desperdiciado parte de la vida (salud, dinero, dignidad, tiempo)… Y ese dolor les sobreviene igual, tanto a los que se unieron por todas las leyes como a los que se ligaron por un tiempo de prueba. De modo que si vamos a unirnos en pareja, es mejor apostar a ganarlo todo, que invertir a medias y de cualquier manera arriesgarlo todo. 

Yo me casé muy joven. 

Poco antes, recibí comentarios encontrados. La mayoría de mis amigos me aconsejaban: “No te eches la soga al cuello, vive tu vida antes de casarte, conoce el mundo, viaja; disfruta primero”. Pero estaba tan enamorado y convencido de haber encontrado a mi mujer, que les contesté: “Quiero vivir mi vida, con ella; conoceré el mundo, viajaré, y disfrutaré a lado de ella”. Algunos insistían: “¿Con qué dinero? No tienes los ahorros suficientes”. Y yo contestaba: “Ambos somos profesionistas, tenemos trabajo y proyectos, podemos generar dinero, y lo haremos mejor si unimos nuestras fuerzas”. 

¿Mi reina y yo contábamos con las condiciones ­“perfectas” para casarnos? 

¡Por supuesto que no! Pero estábamos decididos a trabajar por construir nuestro imperio. Aunque sabíamos que iba a ser muy difícil, el amor nos daba fuerzas y seguridad. 

¡Cuántos hombrecitosponen como excusa el asunto económico para alargar sus noviazgos por años! Hacen esperar meses y más meses a sus novias con la excusa de que no cuentan con lo suficiente para darles “las comodidades que merecen”; dicen que la situación es cada vez más difícil y que están ahorrando; dicen que necesitan poner (o consolidar o remodelar) un negocio, o lograr un ascenso en su empleo o cambiarse de trabajo para estar en mejor posición de mantener su hogar; dicen que quieren terminar su maestría o doctorado o curso de inglés antes de dar un paso tan importante. 

Con todo respeto, ¿a quién quieren tomarle el pelo?

Poner como excusa el tema del dinero o cualquier otro para alargar por años un noviazgo es una actitud cobarde. También promiscua. 

VAMOS A PONER LOS PUNTOS SOBRE LAS ÍES. 

De manera natural el DESEO SEXUAL de todo solterón que tenga dos testículos, será tan fuerte que él necesitará satisfacerse con prostitutas, masturbándose o buscando relaciones rápidas, tal vez con su misma novia, mientras APARENTA ser el “casto muchachito en espera de ahorrar lo suficiente para dar un paso formal”. 

Los solterones que pululan por el mundo creen que la gente “se chupa el dedo” y que nadie se da cuenta de su sordidez. 

ENTENDAMOS QUÉ ES TENER INTENCIONES SERIAS

El hombre completo se casa, y no le hace perder el tiempo a la mujer. Si va en serio, lo manifiesta. Si no, la deja libre para que ella tenga la oportunidad de conocer a otras personas menos timoratas. 

Así que, una pregunta elemental, antes de comenzar a charlar sobre lo que sería tu vida al frente de un hogar, es ésta: 

¿SERÁS CAPAZ DE APOSTAR TODO POR ELLA?

¿Tendrás valor para asumir el compromiso?

¿No le harás perder el tiempo?

¿También anhelas formar una familia?  

¿Estás dispuesto a ponerte el paracaídas y abandonar tu cómodo avión para arrojarte al vacío tomado de la mano de ella, sabiendo que la caída libre y el paisaje de los primeros instantes serán maravillosos e inolvidables, pero que llegarán juntos a colonizar una tierra virgen en la que ambos tendrán que trabajar en equipo y crear un imperio donde no había nada?

Si eres valiente, no vienes a robarle el tiempo, y estás dispuesto a apostar lo que eres y lo que tienes por forjar un proyecto de vida a su lado, sigue leyendo. De otra manera, ahórrate el trabajo. Tampoco tú pierdas el tiempo. 

En otras palabras, sé honesto: conócela (tiene muchas virtudes, pero también defectos); haz que ella te conozca y cuando los dos estén conscientes de que se aman, no sólo por sus fortalezas sino también a pesar de sus debilidades, ¡tú, como hombre, toma una decisión de lo que vas a hacer! 

Si decides formar un hogar, darás un paso valiente. 

Aunque esta carta la escribo de hombre a hombre dirigiéndome a mi posible futuro yerno, he estado pensando que quizá en algún momento mi hija pudiera leerla. Quién sabe. Es el riesgo de las frases escritas. Si eso llegara a ocurrir, quiero aprovechar tu curiosidad, hija, para pedirte que realices la contraparte que te toca.

 En este punto, si estás convencida de que has encontrado al hombre de tu vida, y él tiene una iniciativa de valor y honorabilidad, tómalo de la mano y ve con él a la aventura; apuéstalo todo para que se sienta confiado y comprometido con el paso que están dando. Dile cuánto lo amas. Dile que crees en él. Dile que todo va a estar bien. 

Los hombres a veces somos más cobardes de lo que podemos admitir y gran parte de la seguridad al tomar decisiones importantes nos la brinda nuestra pareja. 

Porque casarse no es fácil. 

Pero al mismo tiempo es laaventuramás interesante y grandiosa que dos personas pueden enfrentar. Hablo de lo que sé, de lo  que he vivido, lo que puedo testificar como verdad probada.

Muchos hombres dudan en dar ese paso como tú has dudado, porque consideran que será una carga muy grande para su progreso personal. También temen no poder sufragar los gastos implicados. Es entendible. 

Amigo, la mayoría cree que para casarse se necesita tener mucho dinero. Pero no es así. Lo que se necesita es algo más intrínseco y sustancial. 

Mira, ayer mi hija se acercó cautelosa a mi estudio. Me halló reflexionando. Me dijo con una voz dulce que la tratas muy bien y se siente feliz a tu lado. Le contesté que había elementos de análisis de mayor importancia para determinar si un hombre es adecuado para asociarse con él de por vida. Me preguntó cuáles. Pensé en los doce puntos de mi carta. Ella no sabe que te estoy escribiendo. Tarde o temprano se enterará… Contesté refiriendo uno de los elementos prioritarios. Le dije: “Debes observar su carácter; su potencial de progreso…”.

Abrió mucho los ojos. 

De eso quiero que hablemos ahora.

 

Pregunta crucial # 2

¿TIENES  BUEN POTENCIAL DE PROGRESO?  

 

Cuando estuve en el hospital, pude hablar contigo. 

Te sentaste en el sillón de visitas, junto a mi esposa; contestaste preguntas y platicaste sobre ti: Naciste en Sudamérica; tu padre le fue infiel a tu madre cuando eras niño y terminó abandonándola. Ella se volvió a casar con un sujeto machista y autoritario. Viviste una etapa de muchas humillaciones. Cuando ibas a la mitad de tu carrera universitaria, tu mamá falleció de cáncer y te quedaste solo con el padrastro maltratador. No aguantaste mucho. Huiste. Viajaste al norte. Hiciste una travesía por tierra durante varias semanas. Llegaste a México e ingresaste a una universidad privada, pero no podías pagar colegiaturas y gastos básicos, así que cometiste el error de pedir dinero a prestamistas de poca probidad. No cumpliste con los plazos que te impusieron. ¡Y entonces estabas ahí, en el sillón de ese hospital! Sin poder comprender cómo te salvaste de una paliza mortal, y cómo perjudicaste sin querer al hombre desconocido que se hallaba hospitalizado.

A mi esposa y a mí nos agradó tu honestidad. Detectamos cuánto habías sufrido, y decidimos ayudarte. En cuanto me dieron de alta, pagué la deuda de los usureros que te hostigaban y sufragué tus gastos universitarios. Con el tiempo me convertí en tu mentor. Hoy, de alguna forma, eres mi hijo por adopción, ¡y quieres convertirte en mi hijo político! ¡Bonita cosa! Al escribir esta carta percibo esa rara dualidad. Por lo pronto quiero hablarte más como padre y menos como suegro, porque los suegros “normales” sonarían impertinentes y groseros exigiendo parámetros de calidad a un posible yerno. ¡Pero yo sí quiero ponerte parámetros! ¡Te diré las cosas como son! Sin adornos ni máscaras. De entrada, aclaremos esto:

¡TÚ NO TIENES DINERO PARA MANTENER A MI PRINCESA! 

¡No puedes darle el nivel de vida al que ella está acostumbrada! 

¿Eso te descalifica para ser su esposo? 

Veremos: 

Sería injusto pedirte total solvencia económica. 

El hombre joven se halla al inicio de su ascenso financiero. Nadie espera que sea rico. Tampoco su novia. De hecho, los recién casados empiezan desde abajo, construyen los cimientos; bajan ciertos escalones para poder organizarse. Duermen en una habitación austera, compran utensilios baratos, cocinan y comen en casa, viajan menos y se dan pocos lujos. Ambos redoblan su esfuerzo en el trabajo y se concentran en obtener mayores ingresos. Poco a poco las cosas irán cambiando y mejorando. Ése es el asunto en el que deberíamos enfocarnos: ¿Realmente las cosas mejorarán? ¿Qué tan rápido? ¿De qué manera

Lo más interesante de un hombre joven no es cuánto dinero gana hoy, sino cuánto puede llegar a ganar mañana. Más que su capital económico, importa su carácter. Su capacidad para crecer a futuro.  

Se llama potencial de progreso

Pregunta para mí: 

¿PREFIERO A UN YERNO MILLONARIO O UNO POBRE?

La familia de “Luis” era de estrato socioeconómico muy bajo.  Pero Luis  tenía mentalidad y carácter progresista. Estudió una carrera profesional y se especializó en finanzas. Su coraje por salir adelante y su forma de ver la vida lo llevó a ser acaudalado antes de los cuarenta años. 

“Pedro”, por otro lado, hijo de un empresario rico, estudió en las mejores escuelas; toda su vida se rozó con gente de alta sociedad, tenía grandes contactos y mucho mundo; su padre le heredó una empresa… Pero Pedro era irresponsable, blandengue y adicto a los juegos de azar; a los cuarenta años había quebrado la empresa que le dieron y estaba lleno de deudas.

Para esposo de una hija, cualquier padre pensante preferiría a un hombre pobre, pero con potencial alto, como Luis, y no uno con mucho dinero heredado y potencial bajo, como Pedro. 

Espero darme a entender: lo que importa de un hombre joven no es su cuenta bancaria sino “su madera”, corazón, visión y valor… La lista de atributos necesarios para poder progresar, sería muy larga. ¿Cómo resumirla? He pasado varios días estudiando el tema y ya tengo una respuesta clara.  

El POTENcial de progreso de un hombre se mide con base en qué tanto es:

Preparado, Obstinado, Trabajador, Emprendedor y Negociador.

Cuando hice el análisis, resumiendo qué conforma el carácter de un hombre próspero, descubrí con asombro que los atributos necesarios para progresar tienen como iniciales las cinco primeras letras de la palabra potencial. Nunca quise inventar un acrónimo forzado. Pero me encantó la coincidencia porque así nos será  más fácil recordarlo. 

Hablando claro: a cualquiera que desarrolle las CINCO POTENcialidades de progreso, le irá bien, tarde o temprano. Quienes lo hacen desde temprana edad tienen mejores posibilidades de lograr sus metas pronto. Pero nunca es tarde. De hecho, un hombre-HOMBRE se ve obligado a crecer continuamente, sin importar que tenga ochenta años de edad. 

Tu potencial de progreso depende del grado en que seas: 

Preparado 

  • • ¿Qué niveles intelectuales has alcanzado? 
  • • ¿Cuáles son tus credenciales mentales? 
  • • ¿En qué te has entrenado
  • • ¿En qué eres experto? ¿Qué estudios tienes? 
  • • ¿Quéexperienciade valor has adquirido en la vida? 
  • • ¿Qué especialización has logrado o sigues perfeccionando? 

El progreso exige preparación, no se da de forma automática. Para crecer hay que estudiar más, aunque seas adulto. Los hombres inteligentes cursan diplomados específicos, toman clases de actualización, llevan una libreta de aprendizaje diario. Leen libros (¡caray!, ¿cómo pueden muchos sujetos querer ser competitivos sin leer?). 

OBSERVA ALREDEDOR. Las personas inteligentes y preparadas suelen cometer menos errores en la vida, toman mejores decisiones, dan pasos más sólidos; como capitanes no hunden sus embarcaciones y las llevan a mejores puertos. 

Obstinado

  • • Cuando te propones algo ¿eres aferrado, perseverante, terco, obsesivo, hasta lograrlo?
  • • ¿No te conformas con la mediocridad y aspiras a más? 
  • • ¿Eres apasionado, al grado de que siempre encuentras soluciones a los problemas?
  • • ¿Cumples? ¿Terminas lo que empiezas? 
  • • ¿Tus metas son altas y vas por ellas con todo?

Si a un obstinado le niegas algo y le dices que te llame después, te llama a los diez minutos, y a la hora, y a las dos horas; te manda mensajes, te escribe cartas, habla con tu jefe y con tus compañeros; hace que te lluevahasta que cedas.  ¡No acepta un no por respuesta! 

Los obstinados son grandes investigadores. Dominan el Internet. Se meten hasta la cocina cuando se trata de descubrir soluciones ocultas. Nada los detiene. 

OBSERVA ALREDEDOR. Las personas obstinadas siempre encuentran un camino cuando los demás se dan por vencidos. Son las que consiguen lo que quieren, porque hacen que cualquier resistencia caiga. 

Trabajador

  • • ¿Eres aguantador en el trabajo?
  • • ¿Sabes poner manos a la obra? 
  • • ¿Soportas jornadas extenuantes cuando se requiere? 
  • • ¿No te importa sufrir con tal de cumplir con tu labor?
  • • ¿Te gusta estar presente, al pie del cañón, en tu negocio o empleo?
  • • ¿Sabes meter las manos en la faena hasta que se te formen callos?

Los hombres trabajadores no se consienten y resisten la brega diaria; ven poca televisión, dejan de perder el tiempo. No se van a la cama sin estar exhaustos. Producen dinero con el sudor de su frente y con el hervor de sus neuronas. 

OBSERVA ALREDEDOR. La gente rica no para. Aunque tenga el dinero suficiente para retirarse, disfruta hacer más y más cosas. Se siente mal si la obligan a estar sentada sin producir nada útil. Sabe que su tiempo es valioso y trabaja, trabaja, trabaja

Emprendedor

  • • ¿Eres agresivo en la creación de productos y servicios originales? 
  • • ¿Te mueves rápido y tienes iniciativa? 
  • • ¿Eres moderno, tecnológico, inquieto, ágil para inventar retos? 
  • • ¿No temes iniciar nuevos negocios, porque sabes que en alguno de ellos darás en el blanco, y que si te caes, te levantarás?

De nada sirve ser un genio preparado, obstinado y trabajar como hormiga, si sólo das vueltas en círculos. Para progresar en la vida, necesitarás iniciativa y valor, romper lo convencional.  

Sin ponerte la soga al cuello con deudas, atrévete a llevar a cabo tus sueños de emprendimiento. Sé creativo. Pon manos a la obra y arriésgate más. Deja de agarrarte del barandal y echa a correr por el puente colgante. Confía más en ti. Sé más audaz. Decide. No seas lento ni miedoso. 

OBSERVA ALREDEDOR. ¿Quiénes hicieron posible la existencia de la empresa donde trabajas, de la universidad donde estudiaste, del hotel en el que tomas vacaciones? ¡Hombres emprendedores! Ellos crean al mundo. Lo transforman. Por otro lado, los poco emprendedores se limitan a consumir y a hablar mal de los ricos.

Negociador

  • • ¿Eres elocuente y sabes convencer? 
  • • ¿Aprovechas las “grandes oportunidades” de la vida hablando y negociando con las personas adecuadas? 
  • • ¿No tienes miedo a abordar gente importante o discutir? 
  • • ¿Qué tan persuasivo, convincente, sugestivo, expresivo, conmovedor y honesto eres al hablar

Todos tenemos una personalidad visual —como te ven te tratan—, y una personalidad verbal-auditiva —como te escuchas te creen—En otras palabras, tu integridad y poder para cerrar buenos tratos depende de tu personalidad verbal. Lo que dices y cómo lo dices.   

OBSERVA ALREDEDOR. Las personas importantes saben hablar. Son buenos negociadores. Se venden bien. No tartamudean, balbucean ni se esconden cuando hay que decir unas palabras. Por el contrario, dan la cara; llaman por teléfono; organizan reuniones; toman el micrófono; ejercitan el hablar fuerte, claro, con volumen más alto del normal; miran de frente; saludan con firmeza; preparan sus reuniones de negociación; aprenden términos técnicos y datos interesantes para decirlos en el momento adecuado; llevan un plan de lo que quieren expresar y hablan; hablan con soltura, con elegancia, con determinación… Si es necesario, toman cursos de oratoria, ventas, asertividad, y mercadotecnia personal.

Repasemos.

Tu capacidad para prosperar depende de que seas altamente:

PREPARADO

OBSTINADO

TRABAJADOR

EMPRENDEDOR

NEGOCIADOR

Así que, hijo: 

¿TIENES UN ELEVADO POTENCIAL DE PROGRESO?

¿Cómo te evalúas? 

Te conozco y, a ojo de buen cubero, sé que estás por encima de los hombres promedio en algunas áreas; sin embargo también sé que puedes mejorar en otras. No te diré en cuáles; ni ahora ni en el futuro. Si llegas a casarte con mi princesa, jamás fungiré como vigilante de tu labor. A los hombres no nos gusta que se nos esté evaluando. Aunque soy tu papá, también sería tu suegro. Y a los suegros uno los quiere al margen. Pero evalúate tú mismo. El asunto de quién eres y hacia donde te diriges, es un parámetro de estricta revisión personal. Eso sí, te lo digo con certeza: Si te va mal económicamente es porque algo está fallando en tu POTENcial de progresar. Y viceversa, lo puedo afirmar como principio de verdad: A cualquier hombre que mantenga altos estándares en ser preparado, obstinado, trabajador, emprendedor y negociador, le irá bien. 

Palabras para ella

Sigo pensando que si por error o no, hija, algún día llegaras a leer esta carta dirigida a tu posible futuro esposo, no debes usarla para juzgarlo sino para asumir la parte que te corresponde.

Cuando se casen, él tal vez se sienta desesperado por progresar con rapidez. Apóyalo en su trabajo o negocios. Si lo ves ocupado en algo que considere importante, no le exijas que te atienda “a como dé lugar”. Dale tiempo y libertad de acción. Sé paciente y comprensiva. 

Por otro lado, no hay ninguna diferencia de géneros en cuanto al POTENcial de progreso. También tú tienes retos similares. Prepárate; estudia más cada día. Sé obstinada hasta lograr meta altas. Sé trabajadora al grado de quedar exhausta, si es necesario, por cumplir cabalmente tus compromisos. Sé emprendedora creando ideas originales para nuevos negocios. Sé negociadora y convence a los demás cerrando buenos tratos que beneficien a tu familia. 

Tú serás socia con tu esposo. No puedes fallar en hacer tu parte.  

Más adelante hablaremos sobre el manejo del dinero en el matrimonio. Si ella tiene ingresos, ¿cómo se deberían usar idealmente? ¿Quién y cómo paga cada cosa?, ¿cómo hacer presupuestos, generar ahorros y fundamentar un patrimonio? El asunto económico es de vital importancia para la pareja. Aunque no lo creas ocupará uno de los lugares prioritarios en sus conversaciones de por vida. Pero eso requiere otro análisis distinto (lo haremos al final de esta carta). Por lo pronto, amigo, comprende que los hombres somos el ancla en los vendavales, y tú debes ser capaz de brindar estabilidad económica y emocional a tu reina, tanto en tiempos de vacas flacas como de vacas gordas. Sabes a qué me refiero. 

Tú no viviste esa estabilidad en tu hogar. 

Cuando tengas una familia ¿podrás trabajar mucho sin perder la visión del por qué y para qué lo haces?  

De eso hablaremos ahora.

 

Pregunta crucial # 3

¿SABRÁS GENERAR CALIDAD DE VIDA?

 

Estábamos solos en ese cuarto de hospital cuando me contaste tu pasado. 

Derramaste lágrimas de hombre porque no habías alcanzado tus sueños de progreso. También me pediste disculpas por haber propiciado el evento en el que un sujeto armado me disparó. Conmoviste mi corazón. Supe que vivías precariamente y te ofrecí hospedaje en un departamento adjunto a mi casa, con la condición de que le hicieras mantenimiento. Te aprestaste a resanar, pintar y arreglar la plomería del lugar. Lo dejaste como nuevo. Al principio fuiste sólo nuestro huésped en el sitio de visitas, pero con el paso del tiempo te convertiste en parte de mi familia. Un par de años después terminaste tu carrera profesional. Mi esposa y yo estuvimos ahí, en la ceremonia de entrega de diplomas, haciendo el papel de padres. Mi hija te dio unas flores de felicitación al graduarte, pero no como tu hermana adoptiva, sino como tu amada secreta. 

Pensé que regresarías a tu país. No lo hiciste. Te colocaste como empleado en una empresa bursátil. Dijiste que necesitabas titularte y ganar dinero para pagarme todo lo que hice por ti. Sin embargo, hasta la fecha no has obtenido el título y te veo cada vez más agobiado. No tienes tiempo de nada. No has podido estudiar una maestría o un diplomado. Al paso que vas, terminarás neurótico, dando vueltas en círculos, descuidando a tu reina y poniendo en riesgo tu relación de pareja. 

Hijo, eres muy joven y ya se te está cayendo el pelo. ¡Te encuentras inmerso en una rueda laboral sinfín que te causa zozobra y parece no llevarte a ningún lado! 

Al principio de mi matrimonio yo era así. 

Trabajaba de sol a sol. Cuando llegaba a casa estaba tan agotado que únicamente quería descansar. Exigía silencio absoluto. Todo me irritaba. Emocionalmente me sentía solo. Mi esposa se acercaba a mí para tratar de platicar, y yo le pedía, prácticamente, que me dejara en paz. Debía levantarme temprano al día siguiente. 

Aunque era un trabajador perseverante, no tenía salud. Vivía exhausto. 

Es la historia de muchos hombres. La mayoría. 

¿Cómo se logra el equilibrio cuando hay tantos compromisos de pago y todo el peso de solventarlos recae sobre el varón

Ésta es otra pregunta crucial: 

¿SABRÁS GENERAR CALIDAD DE VIDA?

Yo entendí con los años, que el equilibrio es indispensable para darle estabilidad al hogar. Y el equilibrio se conforma de dos aspectos: 

  1. 1. Productividad en el trabajo: Logros y crecimiento profesional constante. 
  2. 2. Tiempo libre: Una vida privada de pareja intensa y completa. 

Por lo regular, la mayoría de los hombres que intentan (a veces ni siquiera eso logran) tener progreso en el trabajo, sacrifican el tiempo libre al grado de acabar con su vida privada, y viceversa. Muy pocos consiguen el equilibrio. Las familias de hoy casi no conocen la calidad de vida. Yo aprendí a lograrla usando una fórmula infalible. El Método Timing para optimizar cada minuto del día. Es, de hecho,  una filosofía de vida. Aunque tú necesitas estudiarla a fondo, te diré las bases.  

En la ingeniería del Método Timing, decimos que los seres humanos  podemos trabajar en diferentes niveles de ritmo: 20%, 40%, 60%, 80% y 100% de nuestra atención y capacidad. 

Para lograr tiempo libre por las tardes, es necesario que durante las jornadas de trabajo matutino te concentres en arrancar rápido y alcanzar un ritmo alto,es decir 80% a 100% de tu concentración y eficiencia.Primero realiza una planeación clara de tus metas priorizadas, es decir, analiza qué de todo lo que haces te produce el mayor retorno o utilidades, y ve por esas metas con decisión y movimiento máximo hasta alcanzarlas. Se trata de lograr inercia productiva. Sin ella, ningún hombre puede llegar al equilibrio de la calidad en su vida privada.  

Para que me entiendas mejor, imagina esta escena:

Un tren de 3,000 toneladas avanza a toda velocidad sobre la vía. El día anterior varios albañiles construyeron un muro de ladrillos, reforzado con columnas de concreto en medio de una larga recta sobre las vías. Visualiza ese tren con sus 30 vagones aproximándose a 80 kilómetros por hora. ¿Qué sucederá cuando se encuentre de frente con la pared? ¡El tren destruirá el muro y seguirá su camino como si nada! 

A eso se le llama poder de inercia.

Ahora imagínate el pesadísimo tren detenido en la estación. Unos niños le ponen polines de madera en las ruedas. Cuando el maquinista eche a andar los motores y trate de avanzar, la mole no se moverá. ¡Unas maderitas lo estarán deteniendo! 

La inercia le brinda poder a cualquier objeto y lo hace imparable en su trayectoria.

Lo mismo pasa con las personas. 

Gran parte de tus problemas en la vida se resolverán si logras generar inercia productiva.

¿Cómo? 

En primer lugar recuerda que el tiempo es tu activo de mayor valor. Si pierdes tiempo, pierdes dinero.

Cada mañana, con objetivos claros, ataca los desafíos más importantes hasta terminarlos. Planea agresivamente, haz llamadas, negocia con eficiencia, convoca a gente, resuelve problemas. No desperdicies minutos valiosos en los intervalos entre una actividad y otra; no postergues, decide y actúa rápido, contagia tu alto ritmo productivo al equipo; mantente sonriente, disfruta lo que haces, produce mucho, logra más que cualquiera, ¡añade valor a todo lo que tocas generando ganancias económicas para tu organización y para ti! 

La inercia productiva te hará imparable. 

¿Y todo eso, con qué propósito?

¡Para que puedas detenerte a las 6 de la tarde, cambiar de chipy dedicarte a ti mismo, y a tu familia!

¡Establece un límite de horario en tu trabajo productivo! Incluso programa una alarma. ¡Cuando suene el reloj, deberás haber logrado todas las metas profesionales importantes del día! ¡Frena!, ¡cambia de ritmo!, ¡cambia de ropa y vuelve a ser un niño o un joven enamorado! 

Como buen hombre, debes tener dos chips intercambiables. El de máxima productividad y el de gozar tu vida privada.  

Date cuenta:

El hombre improductivo es como un tren detenido; los problemas le parecen enormes y no resuelve ninguno; cuando llega a la casa irradia estrés y quiere continuar trabajando hasta altas horas de la noche. 

El hombre productivo, en cambio, es eficaz y logra un ritmo 80-100, como tren en movimiento, enfrenta problemas, derriba muros, logra resultados y se siente tan satisfecho (cansado, pero feliz) que apaga la computadora por la tarde y genera tiempo de calidad en su matrimonio. 

Voy a decir algo que podría ofender a muchos adictos al trabajo. Pero es verdad.

Una persona que trabajas de más, a deshoras, rompiendo el equilibrio en su calidad de vida, tiene cualquiera de los siguientes tres defectos:

  1. 1. Es ineficiente durante el día: como tren detenido, no logra un ritmo productivo en la jornada de trabajo normal.
  2. 2. Es neurótico: no sabe manejar sus emociones u obsesiones.    
  3. 3. Trabaja para un explotador: debería buscar otro empleo.

Me gusta la analogía del chip mental, que como el chip electrónico contiene toda la programación para que un aparato logre determinado propósito.

Enseña a tu esposa a CAMBIAR EL CHIP

A una determinada hora del día, bloqueen mentalmente todo lo referente al trabajo y concéntrense en actividades familiares. Apaguen el teléfono o no contesten llamadas de negocios. ¡Acostúmbrense y acostumbren a sus conocidos a no mezclar los tiempos! Cuiden su vida personal y de pareja. Creen momentos mágicos. Disfruten haciendo ejercicio físico, viendo un partido, saliendo a un parque con sus hijos, gozando un atardecer, tomando masaje en un spa, yendo al cine, haciendo el amor sin prisas, concentrados en los detalles más románticos.

El tiempo de tu vida personal y familiar no es negociable. No puedes venderlo ni cambiarlo por dinero

Ahora, comprende algo más: Dormir no es vivir. Aunque necesitas dormir para vivir, sólo se vive despierto. ¡Trabaja duro y gánate los momentos mágicos diariamente, sin llegar a ellos hecho una piltrafa que sólo quiere echarse a roncar en la cama! Un buen matrimonio requiere inteligencia y energía. Tú tienes ambas. 

Haz un esfuerzo especial 

por mantener vivos los detalles 

La mayoría de los hombres, con los años, nos convertimos en seres grises, monótonos, aburridos. No te lo permitas. 

Sé creativo.  

  • • Invita a tu esposa a cenar a diferentes restaurantes; no siempre al mismo. 
  • • Llévala a sitios exóticos; planea con ella actividades novedosas. 
  • • No dejes de regalarle flores; simbolizan que ella es digna de seguir siendo cortejada y conquistada. 
  • • Escríbele notas o cartas de amor. Aunque te suene cursi, de vez en cuando deja un escrito romántico en su bolso o junto a la taza de café… Escríbele mucho. Siempre que puedas, pero hazlo sólo para elogiarla, alimentar su autoestima y alegría; si tienes algún reclamo nunca lo pongas en papel. 
  • • Llámala por teléfono sorpresivamente; dile cosas como: he estado pensando mucho en ti, y sólo te hablo para decirte que eres una gran mujer, tienes cualidades extraordinarias… —enuméralas—, te admiro, te amo y me siento un ser privilegiado por ser tu esposo. Usa el teléfono como un arma de conquista.
  • • Aunque te disgusten las festividades comerciales, son importantes para ella. No dejes de darle un detalle el día del amor, el día de las madres, el día de las princesas sublimadas o cualquier otro día que sirva como pretexto pare recordarle que la amas.  

Yo tardé mucho en entender todo esto. 

Causé angustia a mi bella mujer en el proceso. Y fue injusto. Ella no se merecía pasar por todo el estrés de tener que lidiar con un hombre desequilibrado que trabajaba como maniático y no sabía generar calidad de vida.

Hoy la pregunta más importante que me hago cada mañana, al levantarme y mirar a mi reina junto a mí, es esta: ¿Cómo puedo hacer mejor la vida de esta mujer?

Algunos todavía creemos en los cuentos de hadas. Creemos que nunca es demasiado tarde ni demasiado temprano. Y luchamos por hacerlos realidad. En su honor. 

Palabras para ella

Muchas mujeres, cuando su esposo llega del trabajo, lo reciben histéricas, desarregladas, con quejas, asperezas, frialdad y mal humor.

Hija. La calidad de vida también la propicias tú. Debes lograr un ritmo productivo 80-100% en tus labores del día, estar satisfecha de los resultados ¡y libre a determinada hora para disfrutar a tu marido! 

Aunque eres una persona muy ocupada, al momento en que él y tú se hayan puesto de acuerdo en cambiar el chip, asegúrate de hacerlo y estar lista. Acepta siempre que te invite a cenar, al cine o a caminar. No lo abrumes con problemas pendientes o temas irritantes; no chatees en el teléfono cuando estés a su lado, no trabajes a deshoras; no pongas a nadie, ni siquiera a tus hijos, como prioridad por encima de él. 

Siempre que puedas, agradécele su esfuerzo por brindarte calidad de vida, elógialo y bríndale detalles. Cuando sea tiempo de disfrutarse mutuamente concéntrate y entrégate por completo.

Hijo. 

La familia bien fundamentada y dirigida hace que la existencia de los dos sea más feliz. Desgraciadamente en muchos casos sucede todo lo contrario. Se genera un cuento de terror, una existencia de pesadilla. 

Al escribirte sobre la calidad de vida, ha venido a mi mente un tema conexo que me alarma. 

Tu pasado. 

Sé que en tu juventud fuiste víctima de maltrato emocional. De niño sufriste el abandono de un padre indiferente y después, los gritos de un padrastro autoritario. Ahora me pregunto cómo serán tus reacciones en los momentos de ira o frustración. Porque la mente humana es traicionera y los patrones subconscientes tienden a salir a flote cuando perdemos el control. Si las heridas del alma no han sanado bien, la persona repite los modelos de conducta que observó. El niño maltratado suele convertirse en adulto maltratador.

De eso quiero que hablemos ahora. Si tienes el valor.

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

sangre de campeón

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

sangre de campeón

24 cualidades de un joven triunfador. Es una obra intensa, emocionante y didáctica.

SANGRE DE CAMPEÓN narra la emocionante historia de Felipe, un joven que al enfrentar retos y enemigos en la escuela, recibe la ayuda inexplicable de una hermosa y misteriosa mujer que lo inspira a definir sus metas, reafirmar sus valores y ser feliz.

Una novela para jóvenes que todos debemos leer.

1

Un campeón acepta

las consecuencias

de sus actos

 

Mi hermano estuvo a punto de morir.

Era un día soleado. Nos encontrábamos nadando en la alberca del club deportivo, cuando pidió permiso para ir al trampolín. Se lo dieron. A mí, tal vez me lo hubieran negado. Riky era el hijo perfecto: alegre, ágil, simpático y buen estudiante. Yo, en cambio, tímido, torpe y sin gracia; todo me salía mal. Como soy el mayor, siempre me decían que debía cuidar a mi hermanito.

Salió de la alberca y caminó hacia la fosa de clavados. Sentí coraje y fui corriendo tras él. Lo rebasé y subí primero las escaleras del trampolín. Trató de alcanzarme. Venía detrás de mí; podía escucharlo jadear y reír.

Como siempre, él pretendía llegar a la plataforma de diez metros para llamar la atención desde arriba y lanzarse de pie, derechito como un soldado volador. Luego, mis padres aplaudirían y me dirían: “¿Viste lo que hizo tu hermanito? ¿Por qué no lo intentas?”.

Jamás había podido arrojarme desde esa altura, pero esta vez me atrevería. No permitiría que Riky siguiera haciéndome quedar en ridículo.

Llegué hasta el último peldaño de la escalera y caminé despacio. Un viento frío me hizo darme cuenta de cuán alto estaba. Respiré hondo. No miraría hacia abajo.

—¡Hola, papá! ¡Hola mamá! —grité—. Allá voy.

Avancé decidido, pero justo al llegar al borde de la plataforma, me detuve paralizado de miedo. Riky ya estaba detrás de mí. Me dijo:

—¡Sólo da un paso al frente y déjate caer! ¡Anda, sé valiente!

Tuve ganas de propinarle un golpe, pero no podía moverme.

—¿Qué te pasa? —me animó—. No lo pienses.

Quise impulsarme. Mi cuerpo se bamboleó y Riky comenzó a reírse.

—¡Estás temblando de miedo! Quítate. Voy a demostrarte cómo se hace.

Llegó junto a mí.

—¡Papá, mamá! Miren.

Mis padres saludaron desde abajo. Cuando se iba a arrojar, lo detuve del brazo.

—Si eres tan bueno —murmuré—, aviéntate de cabeza, o de espaldas. Anda. ¡Demuéstrales!

—¡Suéltame!

Comenzamos a forcejear justo en el borde de la plataforma.

—¡Vamos! —repetí—. Arrójate dando vueltas, como los verdaderos deportistas.

—¡No! ¡Déjame en paz!

Mis padres vociferaban histéricos desde abajo:

—¡Niños! ¡No peleen! ¡Se pueden caer! ¡Se van a lastimar! ¿Qué les pasa? ¡Felipe! ¡Suelta a tu hermanito!

Riky me lanzó una patada. Aunque era más ágil, yo era más grande. Hice un esfuerzo y lo empujé; entonces perdió el equilibrio, se asustó y quiso apoyarse en mí, pero en vez de ayudarlo, lo volví a empujar.

Salió por los aires hacia un lado.

Me di cuenta demasiado tarde de que iba a caer no en la alberca, sino afuera, ¡en el cemento! Llegaría al piso de espaldas y su nuca golpearía en el borde de concreto.

Escuché los gritos de terror de mis papás. Yo mismo exclamé asustado:

—¡Nooo!

Muchas cosas pasaron por mi mente en esos segundos: el funeral de mi hermano, mis padres llorando de manera desconsolada, los policías deteniéndome y llevándome a la cárcel de menores. De haber podido, me hubiese arrojado al aire para tratar de desviar la trayectoria de Riky y salvarle la vida.

Mi hermano cayó en el agua, rozando la banqueta.

Me quedé con los ojos muy abiertos.

Salió de la fosa llorando. Estaba asustado. No era el único. Todos lo estábamos. Cuando bajé las escaleras, encontré a mi papá con los ojos vidriosos por la ira.

—¿Pero qué hiciste, Felipe? ¡Estuviste a punto de matar a tu hermanito!

—Él me provocó, se burló de mí…

—¡Cállate! —levantó la mano como para darme una bofetada, pero se detuvo a tiempo. Jamás me había golpeado en la cara y, aunque estaba furioso, no quiso humillarme de esa forma.

En el camino de regreso a la casa todos estábamos callados. Por fortuna, no había pasado nada grave, pero cada uno de los miembros de la familia recordaba la escena.

—Felipe —sentenció papá—, pudiste provocar una tragedia. ¿Te das cuenta? Vas a tener que pensar en eso, así que durante la próxima semana, no saldrás a la calle, ni verás la televisión. Trabajarás duro, ya te diré en qué.

—¡Papá! —protesté—. Mi hermano tuvo la culpa. Él siempre…

—¡No sigas! —estaba de verdad enfadado; después de varios segundos continuó—: Te has vuelto muy envidioso. No convives con Riky ni le prestas tus videojuegos;
cuando puedes lo molestas y le gritas, ¿crees que no me doy cuenta? Abusas de él porque eres dos años mayor, pero tu envidia es como un veneno que está matando el amor entre ustedes. Vas a reflexionar sobre eso y acatarás lo que te ordene, sin rezongar.

Esa tarde, papá compró una cubeta de pintura y dos brochas.

—Pintarás la mitad de nuestra casa —me dijo—. La fachada de la planta baja. Y lo harás con cuidado, no quiero que manches el suelo o las ventanas. Cuando te canses de pintar, entrarás a tu habitación y harás ejercicios de matemáticas.

Minutos más tarde, busqué a mamá para protestar:

—¡Es injusto! —alegué—. Convence a mi papá de que me levante el castigo. Por favor… ¡No quiero estar encerrado durante la última semana de vacaciones!

—Lo siento, Felipe, pero tu padre tiene razón. Cometiste una falta muy grave. Harás todo lo que te ordenó y yo te vigilaré. No tienes escapatoria.

—¡Eres mala —le reproché—, igual que él!

—No soy mala ¡y mide tus palabras, jovencito! La envidia que le tienes a tu hermano hace que te comportes de forma destructiva.

—Yo no le tengo envidia.

—¿Entonces?

—Es sólo que a mí también me gustaría que me consintieran un poco.

—Mira, hijo. Hay una ley. Si eres paciente y comprensivo, te ganarás cariño y buen trato. Si, por el contrario, eres altanero, tendrás problemas. Ni tu padre ni yo estamos enojados contigo, pero nuestra obligación es enseñarte que para cada cosa que hagas hay una -consecuencia. No lo veas como un castigo; sólo pagarás el precio de tu error.Fuiste muy grosero y eso te obliga a cumplir un trabajo que te ayudará a pensar. Y lo harás con agrado. Cuando te sientas más cansado, quiero que le des gracias a Dios por que tu hermano está vivo.

A la mañana siguiente, papá me despertó muy temprano, me dio una carta en un sobre cerrado y comentó:

—Anoche te escribí algo.

Doblé el sobre y lo guardé en mi pantalón. Me llevó hasta el frente de la casa para indicarme cómo realizar mi trabajo. Colocó una enorme escalera de aluminio que llegaba hasta el techo y me explicó la forma de deslizarla sobre la fachada.

—Ten mucho cuidado —señaló—. No quiero que vayas a accidentarte. Usa la escalera sólo para pintar los muros desde la mitad de la casa para abajo y cuida que esté bien apoyada e inclinada antes de subirte a ella.

Acepté sin protestar más, pero nunca imaginamos que la tragedia verdadera estaba a punto de ocurrir.

 
 

2

Un campeón nunca

desea mal a nadie

 

Me costó mucho aprender a pintar la pared, pero poco a poco mejoró mi técnica. Trabajaba de cuatro a cinco horas diarias. Cada mañana, me sorprendía al ver cuánto había avanzado y me enojaba conmigo mismo al descubrir que había dejado caer muchas gotas de pintura. Limpiaba y comenzaba de nuevo. Por las tardes, me encerraba a hacer operaciones matemáticas.

Un día, llegó a buscarme mi amigo Lobelo. Era mayor que yo, hosco y rebelde. En cuanto abrí la puerta me dijo:

—Felipe, te invito a dar una vuelta. Encontré algo fantástico que quiero enseñarte.

A sus catorce años, lo dejaban manejar una motocicleta de cuatro ruedas y, a veces, me llevaba como pasajero.

—No puedo salir —respondí—; estoy castigado.

—¡Pobre de ti! —dijo Lobelo—. Si tus papás estuvieran muertos, serías más feliz.

Fruncí las cejas.

—¡Es verdad! —continuó—. ¡Mírame a mí! ¡Soy libre como los pájaros! Mis padres se divorciaron. Yo me quedé con mamá y ella se volvió a casar, luego se peleó también con su nuevo marido. Ahora vivo con mi padrastro… Es lo mejor. Él me deja hacer fiestas, me presta su motocicleta, no se mete conmigo y me enseña a ganar dinero fácil.

—¡Tú sí que tienes suerte! —dije siguiéndole el juego—. ¡Cómo me gustaría que mis papás se murieran o se divorciaran también!

De inmediato sentí la gravedad de lo que acababa de decir. Una vez oí por televisión que jamás se debe desear el mal, pues cada pensamiento es como un bumerán que regresa para golpearnos a nosotros mismos. Tuve miedo de que mis palabras se convirtieran en profecía. Quise corregir diciendo “es una broma”, pero Lobelo se reía a carcajadas y no me atreví a rectificar.

—¿Por qué no te escapas un rato? —sugirió—, nadie se va a dar cuenta.

—Mejor, déjame pedir permiso.

—Como quieras —bajó la voz y me insultó—: mariquita.

Fingí no escuchar. Llegué con mi mamá y le pregunté:

—¿Me dejas salir? Sólo unos minutos. Por favor.

—No —contestó.

—¡Es injusto! —reclamé—. He avanzado mucho pintando la casa, ¿por qué no castigas a Riky? ¡Míralo! Está todo el día jugando con el vecino y provoca un desastre, mamá, date cuenta. Además se finge enfermo. Desde hace varios meses dice que le duele el cuerpo, sólo para que lo consientas ¡y tú caes en la trampa!

—A Riky le sube la temperatura; nadie sabe por qué —respondió—. No lo consiento. Sólo lo cuido. Por otro lado, ya prometió que va a guardar las cosas cuando termine de jugar.

—Pero es que…

—¡Deja de discutir y no causes más problemas!

En esos momentos de enfado volví a tener malos pensamientos: “Ojalá mi hermano se hubiera estrellado en el cemento cuando cayó del trampolín”.

Fui a decirle a Lobelo que no podía salir. Torció la boca, dio tres acelerones a su motocicleta y arrancó sin -despedirse.

Riky trató de hacer las paces conmigo, pero yo estaba furioso. Le dije que lo odiaba y que por su culpa me habían castigado. Sus ojitos se llenaron de lágrimas. Dio la vuelta y se fue.

A partir de entonces, no volvió a entrar al cuarto en el que yo hacía mis tareas escolares.

Jugaba con el vecino afuera.

Una tarde, cuando comenzaba a oscurecer, escuché ruidos extraños en el techo. La casa de dos pisos era demasiado alta. Salí al patio. Encontré al vecinito mirando hacia arriba y a Riky corriendo por la azotea.

—¿Qué haces allí? —le grité.

—Vine… —dudó—, ¡ah, sí! ¡A buscar mi pelota!

Entré a acusarlo. Me interesaba más hacerlo quedar mal, que ayudarlo a bajar. Mi madre estaba bañándose.

—Mamá —grité—, ¡Riky se subió al techo! Ahora sí vas a tener que castigarlo.

—¿Cómo dices?

—Anda en la azotea. Subió por la escalera de aluminio con la que estoy pintando.

—¿Dejaste la escalera recargada en el muro?

—Sí. Es muy larga. Apenas la puedo mover, pero no la dejé ahí para que Riky se subiera. ¡Debes regañarlo!

—Dile que se baje —suplicó.

—No me obedece.

—¡Ayúdalo! —insistió.

—Es su problema. Que baje solo.

En ese instante recordé que la escalera estaba apoyada sobre una superficie desigual y que había enormes piedras en el suelo. Si mi hermano no tenía cuidado, podía…

Cuando razoné esto, era demasiado tarde.

Escuché un ruido estrepitoso de metal.

Corrí al patio y vi un cuadro aterrador: Mi hermano se había caído. Estaba en el suelo, desmayado a un lado de la escalera. Me acerqué temeroso: le salía sangre de la nariz y de la frente. Se había descalabrado. Lo miré de cerca, sin saber qué hacer. Todo comenzó a darme vueltas.

Carmela salió de la lavandería y comenzó a gritar:

—¡Jesús, María y José! ¡Mi niño, Riky!

Volví a observar el rostro ensangrentado de mi hermanito y el mareo regresó. Al ver la sangre, tuve como una pesadilla: en diferentes tonos de rojo, vi a varios soldados. Junto a ellos, encadenados, había monstruos con brazos enormes, garras afiladas y cara peluda. Gruñían y enseñaban sus colmillos. Podía ver todo eso en la sangre de Riky. Los soldados cuidaban que los monstruos no escaparan. Sentí que me ahogaba.

Mi madre había salido de la casa con una bata de baño, tenía el cabello lleno de jabón. Vociferaba como histérica.

—¡Riky! ¿Qué te pasa? ¡Reacciona por favor!

Levantó en brazos a mi hermano y lo metió a la casa.

—¡Felipe! —gritó—. Llama a tu padre. ¡Pronto!

Fui al teléfono y marqué el número de la oficina.

—Papá —le dije en cuanto contestó—, mi hermano se cayó de la azotea. Se abrió la cabeza. Está desmayado.

—¿Qué? ¿Cómo? ¡Pásame a tu madre!

Mamá tomó el aparato. Mientras hablaban miré a Riky, inconsciente, acostado sobre el sillón. Al observar la sangre que le salía sin parar de la cabeza, volví a sentir mareo y deseos de vomitar. ¿Qué me pasaba? ¿Por qué me impresionaba tanto esa herida? Estaba a punto de caer de nuevo por el agujero de colores, cuando mamá me tomó del brazo:

—No mires —me dijo—, te hace mal. Tu papá va a llamar a la ambulancia. Mejor ve hacia la puerta para que recibas a los doctores y los hagas pasar.

Obedecí. Me remordía la conciencia por haber acusado a Riky en vez de ayudarlo a bajar, pero me sentía todavía más culpable por haber deseado su muerte al caer del trampolín. También había pensado en voz alta: “Cómo me gustaría que mis papás se murieran o se divorciaran”. ¿Por qué se me ocurrieron esas tonterías? Recordé el programa de televisión que había visto. Sugirieron en él: “Nunca desees el mal a otros, aunque sean tus enemigos o te desagraden. Los pensamientos negativos se regresan y destruyen a quien los tiene”.

El vecino, amigo de Riky, estaba parado atrás de mí.

—¿Por qué se subió mi hermano a la azotea? —le pregunté—, ¿de veras fue por la pelota?

—No. Él tiene un secreto.

—¿Qué secreto?

—No te lo puedo decir.

En ese momento llegó la ambulancia. El sonido de la sirena era impresionante. Bajaron dos paramédicos. Les mostré el camino. A los pocos minutos volvieron a salir llevándose a mi hermano. Mamá subió a la ambulancia y me advirtió:

—Tu padre va a alcanzarnos en el hospital, quédate aquí. —luego se dirigió a la nana—: Carmela, te encargo a Felipe. Al rato les llamo por teléfono.

Vi la ambulancia alejarse.

El amigo de Riky comenzó a caminar por la calle.

—Alto —le dije—. Necesito hablar contigo. ¿Cuál era el secreto de mi hermano?, ¿por qué se subió a la azotea?

El chiquillo corrió sin contestar mi pregunta.

—¡Espera! —le pedí. Pero no me obedeció.

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

En pie de guerra

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

En pie de guerra

Nadie les preguntó si querían participar en la guerra, pero están en medio del campo de batalla.

Felipe va con sus amigos a una fiesta. Allí, Jennifer, la chica que siempre le ha gustado, se muestra extremadamente cariñosa con él. De pronto, en medio de la música y las luces de colores, ella comienza a convulsionarse. Ha sufrido una sobredosis; el principal sospechoso del incidente es Felipe. A partir de ese momento, él y su familia se ven envueltos en el oscuro y violento mundo de las drogas, obligados a entrar en una guerra que preferirían no haber vivido.

1

Metanfetaminas

Produce energía artificial. Quita el hambre y el sueño

 

El ambiente escolar es relajado.

Acaban de pasar los exámenes semestrales, y a nadie le apetece echar a andar la pesada maquinaria de estudios otra vez. Los profesores se muestran perezosos y nosotros hacemos lo posible por causar demoras.

Le pedimos a la maestra de Literatura el tiempo de su clase. Ella accede, y se pone a calificar exámenes en el escritorio.

Dentro de cuatro meses terminaremos nuestro primer año de bachillerato. Queremos organizar una kermés para recaudar fondos y hacer una fiesta de clausura.

 

El líder del grupo, llamado Jordy y a quien apodamos “el Zorrillo” (porque además de no usar desodorante transpira de forma copiosa), se para al frente. Apenas está comenzando a recibir propuestas cuando escuchamos que alguien llama a la puerta. Todos giramos la cabeza. Es el coordinador escolar, acompañado de un policía.

—Con permiso, profesora. Necesito llevarme a Felipe Meneses.

—Adelante —contesta la maestra poniéndose de pie—. ¿Felipe?

Tardo unos segundos en asimilar que es a mí a quien buscan. Alguien me da un codazo.

Dejo el pupitre y salgo del salón.

—¿Puedes abrirnos tu casillero? —me pregunta el coordinador en cuanto estoy afuera.

—Sí. Por supuesto. ¿Qué buscan?

—Ya veremos. Muéstranos lo que guardas adentro.

Caminamos hasta los anaqueles. Muevo la perilla del candado. Fallo varias veces en poner la clave.

—¿Por qué tiemblas, Felipe?

—No… no sé.

Al fin logro abrir. El policía se adelanta y comienza a sacar cosas. Un suéter, libros, varias plumas.

—Aquí está —al fondo hay una cajita de metal cerrada—. ¿Qué es esto?

Respondo de inmediato:

—Son sustancias químicas de Pascual. Él las guarda en mi casillero.

—No te creo.

—¿Por qué habría de mentir? Pascual me dijo que no quería dejar esto en el laboratorio. Yo le presto espacio en mi locker.

El policía se pone en cuclillas. Desenfunda una navaja con herramientas plegadizas y se inclina para forzar la chapa de la cajita. Observamos la maniobra. Estoy comenzando a ponerme nervioso. Al fin, destraba el seguro y abre la tapa. En el interior hay varias bolsas de plástico envueltas en papel periódico. Descubre los paquetes muy despacio.

—Mira esto. Parecen “tachas”.

El coordinador me sujeta del brazo.

—No entiendo.

—Felipe, di la verdad. ¿De dónde sacaste estas pastillas?

—¡Ya se lo dije! Jamás las había visto. Son de Pascual.

—Vamos a las oficinas.

—Suélteme, por favor, no voy a escapar.

Camino con la cara en alto, aparentando una seguridad que no tengo. En mi mente se agolpan varias ideas contradictorias.

¿Pascual consume drogas? ¡No puede ser! Él es un empleado de la escuela. Ayuda a los profesores de Química. Limpia el instrumental del laboratorio, lleva el inventario de las sustancias que se usan, y custodia las calificaciones. Por eso algunos estudiantes tratamos de congeniar con él. Se rumora que Pascual hace favores. Modifica los puntos en las listas de participación y ayuda a que sus amigos obtengan mejores notas. Hasta el momento, a mí no me ha hecho ningún favor, pero mantengo abierta la puerta por si se ofrece.

Llegamos a las oficinas administrativas. Hay policías en la entrada. Caminamos hasta la dirección.

Las personas en el interior tienen la cara fruncida. De inmediato percibo un ambiente tenso.

Todas las sillas están ocupadas: hay cuatro adultos, Pascual y una alumna de primero.

—Aquí está —dice el coordinador empujándome ligeramente por la espalda, como quien entrega a un criminal—. Felipe tenía la droga en su casillero.

—¡Hey! —me defiendo de inmediato—. ¡Un momento! Esas pastillas no son mías. ¡Ya se lo expliqué! —señalo a Pascual—, ¡la caja es de él! La guarda en mi locker. Yo se lo permito porque me lo pidió como un favor. Incluso le di la combinación de mi candado.

Pascual levanta una ceja como desafiándome y dice:

—No es cierto.

Lo veo y me parece difícil de creer. ¿Por qué lo niega?

Pascual siempre me ha parecido un joven decente. Truncó sus estudios de medicina y está esperando el inicio de un nuevo ciclo escolar para volver a empezar otra carrera. Todavía no sabe cuál. Según nos ha dicho, trabaja en esa escuela como ayudante de laboratorio porque no tiene nada mejor que hacer mientras llega el periodo de inscripciones en la Universidad.

—A ver esa caja —el rector la toma; después de ojearla se la pasa a una mujer gorda, con bata blanca de la Secretaría de Salud—. ¿Qué contiene?

Ella se agacha. Después de un rato, dictamina:

—Droga sintética.

—¿Éxtasis?

—Quizá.

Uno de los hombres comenta:

—Cuando encontré estas pastillas en la mochila de mi hija, ella me comentó que eran speed. ¿Verdad, Susana?

La chica de primero parece muy abochornada; habla con voz aguda y casi inaudible:

—Sí. Pascual me las vendió. Les llama speed king. Yo las probé porque unas amigas me animaron. Dicen que se sienten “prendidas” cuando las toman.

La mujer de bata blanca coincide:

—Efectivamente. Podría tratarse de esa droga.

—¿Cuál? —pregunta el coordinador.

Speedspeed kingarranquehielochalkmethmetatiza o vidrio; son nombres que se les dan a las metanfetaminas. Algunos las usan de forma ilegal para adelgazar o mantenerse despiertos toda la
noche. Aunque elevan los niveles de atención, también provocan ataques de pánico, ansiedad y nerviosismo. Son peligrosas.

—¿Qué tan peligrosas? —pregunta el papá de Susana—. ¡Mi hija estuvo tomándolas! Necesito saber más.

La doctora asiente y explica:

—Las anfetaminas y metanfetaminas tuvieron aplicaciones médicas hace años. Hoy son recetadas ante enfermedades muy específicas y bajo estricto control médico. Los kamikazes japoneses las usaban en la guerra para darse valor. Se consiguen en comprimidos o en polvo que se inyecta, fuma o toma. La droga roba al cuerpo la energía que tiene en reserva, acelera las funciones produciendo sensación de fuerza y autoestima; genera ideas rápidas y facilidad de palabra; quita el hambre y el sueño, somete a un sobreesfuerzo al corazón, y cuando su efecto pasa, el organismo, que ha sido exprimido de forma abusiva, cae en  agotamiento extremo; la persona se siente triste, desconfiada y deseosa de tomar más droga. En muchos aspectos, incluyendo la adicción psicológica que produce, la metanfetamina se parece a la cocaína, sólo que es más barata. Estas grajeas —toma una y la revisa—, provienen de laboratorios clandestinos. Podrían contener clorhidrato de metanfetamina o metil-anfetamina. No podremos saberlo hasta realizar pruebas de laboratorio. Tienen un efecto neurotóxico que daña células cerebrales. A la larga ocasionan síntomas parecidos a la enfermedad de Parkinson.

El padre de Susana parece muy irritado. Grita:

—¿Cómo pudiste darle esto a mi hija, maldito?

Pascual no le contesta.

—Cálmese —sugiere el director.

—¡No se atreva a decirme que me calme! ¡Uno de sus empleados vendió droga a los alumnos! ¿Se da cuenta del problema en que está metido? ¡Si usted no me apoya, voy a hacer un escándalo y clausurarán su escuela!

—Entiendo —dice el director, carraspeando—, nosotros estamos tan indignados como usted.

Hay un momento de silencio. El padre de Susana respira y vuelve a preguntar a la doctora:

—A mi hija le ofrecieron estas cosas como medicamentos. ¡Eso parecen! Antes, a todas las medicinas les llamaban drogas. ¿Cuál es la diferencia entre unas y otras, ahora?

La voluminosa mujer con bata blanca se cruza de piernas con dificultad y contesta:

—En el contexto moderno, las drogas son sustancias que actúan sobre el sistema nervioso central, alterando las sensaciones y modificando el comportamiento de la persona. Así, para que algo se considere droga debe afectar la química del cerebro, deprimiéndolo, estimulándolo o confundiéndolo, además de producir distintos grados de tolerancia y adicción —todos observamos a la señora; como nadie se atreve a decir nada, ella sigue explicando—: La tolerancia es cuando el cuerpo se adapta a la sustancia y cada vez necesita mayor cantidad para sentir los efectos de antes. La adicción o dependencia es una necesidad imperiosa de consumir la droga. Puede ser sólo psicológica, al momento en que la persona cree que no es capaz de vivir sin ella, pero también física; cuando el organismo la necesita para funcionar bien. Si un adicto se propone abandonar su vicio sufre algo que se llama síndrome de abstinencia. Es como una fuerte enfermedad física y mental. Ve alucinaciones, tiene dolores insoportables y se siente a punto de morir.

El padre de Susana se limpia el sudor de la frente. Luego pregunta con legítima preocupación.

—A ver. Mi hija estuvo tomando esta porquería —señala—. ¿Significa que se ha vuelto adicta?

—Espero que no, señor —contesta la doctora—, sólo algunas drogas como la heroína o el crack crean adicción casi de inmediato. En cuanto a las otras, por lo regular se necesita consumirlas con regularidad para llegar a eso. Su hija necesita ser evaluada, después de que sepamos con exactitud qué tomó. Quizá requiera una leve terapia.

—¡No sólo mi hija deberá ser evaluada! —explota el hombre dando un fuerte manotazo sobre el escritorio—. ¡También, todos los demás alumnos que le compraron pastillas a este imbécil!

Tiene razón. El director avanza hasta Pascual y le pregunta:

—¿Cuánta droga vendiste y a quién?

El ayudante del laboratorio levanta la cara y me acusa con total desparpajo:

—Las pastillas de speed no son mías. Son de Felipe.

Todos voltean a verme.

 

2

ENEMIGO AL ACECHO

 

CONSUMIR DROGA ES COMO DARLE ALOJAMIENTO A UN ASESINO EN NUESTRA CASA

 

Aunque duerma, en la noche despertará…

Miro alrededor, sorprendido de encontrarme en ese improvisado juicio en el que todo apunta hacia mi culpabilidad.

—¿Cuántos años tienes, Felipe?

—Dieciséis.

—Todavía eres menor de edad, pero eso no te va a eximir de algunas sanciones penales.

Intento defenderme, dirigiéndome al ayudante del laboratorio:

—Tú dijiste que eras mi amigo, Pascual. ¿Por qué me haces esto? Tarde o temprano va a saberse la verdad.

—Yo no soy amigo de gente como tú, Felipe; encontraron las pastillas en tu casillero —gira la cabeza y levanta las manos como para demostrar inocencia—. A mí no me pueden hacer nada. Estoy limpio —se dirige al policía—. Felipe trajo esas cosas a la escuela. Me las ofreció. ¡Yo también caí en la trampa! Creí que eran medicinas legales. Eso me dijo.

—¡Está mintiendo! —rebato.

—Es tu palabra contra la mía.

Mi respiración se hace más agitada. Sé que cuando investiguen, quedará demostrada mi inocencia, pero mientras tanto, tal vez sea suspendido de la escuela y la policía me detenga. Necesito ayuda. Sólo si consigo testigos…

—¡Jennifer! —exclamo—. Díganle que venga. Por favor.

—¿A quién? —pregunta el director.

—A Jennifer González. Estudia en mi salón. Pascual la invitó a salir varias veces. ¡Jennifer nos conoce muy bien a los dos! Háblenle. Ella dirá la verdad.

El director mueve la cabeza de forma afirmativa y le pide al coordinador que vaya por la chica. Después le pregunta a Pascual:

—¿Invitaste a salir a una alumna? ¡Sabes que eso está prohibido!

Pascual titubea y se contradice:

—Ella es una amiga. No somos nada. Nunca salimos. Sólo a veces.

Por primera vez parece que ha perdido la calma. Se agacha para pensar.

Jennifer llega con pasos tímidos, escoltada por el coordinador. Se asusta al ver tanta gente reunida en la oficina.

El director le pregunta:

—¿Pascual ha tratado de venderte pastillas como ésta? —le muestra la cajita.

Jennifer se queda quieta como el personaje de una película en pausa. Luego exhala:

—No.

—¿Estás segura?

—Me las regala.

—¿Cómo?

—A todos se las vende, pero a mí no. Me las recomendó para que pueda bailar mejor. Pertenezco a un grupo de jazz. Ensayo por las tardes. Él me lleva en su coche… Sólo dos veces tomé sus pastillas. Esos días, pude bailar como nunca. Tuve mucha energía, pero después pasé las noches enteras sin dormir. Jamás volví a tomarlas.

—¿Dijiste que Pascual las vende? ¿A quién?

Jennifer titubea, prefiere salirse por la tangente.

—Eso se rumora… A mí no me consta.

—¿Pero las trae a la escuela?

Mueve la cabeza.

—No lo sé.

—Suponemos que los comprimidos son de speed king —declara el policía—, y la caja, que contiene más de un kilogramo, fue encontrada en el casillero de Felipe. Tendremos que arrestarlo a él.

—¡Jennifer! —le digo con voz suplicante—, no te quedes callada. ¡Pascual está diciendo que la droga es mía!

Mi compañera observa el cuadro con detalle. Es fácil adivinar el temor en su rostro. A pesar de ello, se controla.

—Está bien —entrecierra los ojos—. Voy a decir la verdad —agacha la cara—. Pascual toma esas pastillas y otras. Dice que se “activa” con ellas. Un día se puso muy agresivo. Por eso ya no quise volver a salir con él. Trae las pastillas a la escuela y las guarda en el casillero de Felipe —hay un breve silencio cargado de expectación—. Yo lo he visto…

Lo que ella acaba de decir nos ha dejado mudos.

Se necesita mucho valor para hacer lo que hizo.

—¡Jennifer, maldita! —dice Pascual por lo bajo—. Te vas a arrepentir.

El jefe de la policía toma esas palabras como una confesión. Se acerca a Pascual y lo esposa por las muñecas.

—Tienes derecho a permanecer en silencio y a llamar a un abogado.

Salen del despacho.

Cuando las autoridades se han ido con el acusado, nadie atina a decir algo.

Al fin, el padre de Susana emite con voz amenazante:

—Esto no se acaba aquí. ¡Ya detuvieron al vendedor de droga, pero la escuela también tiene culpabilidad! Voy a llevar a mi hija a revisión y hablaré con los padres de sus amigas. ¡Usted, director, es responsable por todas las secuelas que tengan esas niñas!

El rector ha perdido el color natural de sus mejillas.

—Espere, señor —dice la doctora de la Secretaría de Salud—. Antes de que haga un escándalo, debe pensar bien las cosas. La droga está por todos lados hoy en día. ¡No se imagina la cantidad de casos que veo a diario! Sin ir más lejos, ayer llegó al Centro de ayuda una jovencita adicta a la cocaína. Hace algunos meses salió con su novio, tomó mucho alcohol y se embriagó. Entonces, el novio consideró que no era prudente regresar a la joven a su casa en ese estado y decidió cortarle la borrachera con una “rayita” de cocaína. Es el remedio más usual. La chica sintió una dosis de bienestar y autoestima fuera de lo común. A partir de ese día aceptó la oferta de una amiga, a quien antes había rechazado, y comenzó a esnifar cocaína. Todo le fue mejor por un tiempo. Elevó sus calificaciones, su aspecto físico, su estado emocional, su seguridad y su fuerza de carácter. Se llenó de un poder artificial. Hoy, su adicción la ha llevado a realizar los actos más inmorales. Está arruinada. La droga brinda  beneficios inmediatos, pero usarla es como darle alojamiento en nuestra casa a un asesino. Aunque duerma un rato, en la noche despertará para matarnos.

El padre de Susana mueve la cabeza sin comprender.

—¿De qué rayos habla?

—¡De que no le servirá de nada tratar de perjudicar al colegio de su hija! La droga seguirá danzando alrededor. Mejor adviértale. Enséñele. Dele armas. Aborde el tema con ella abiertamente. Yo he trabajado en varios lugares. He tenido compañeros, profesionistas, que toman por las mañanas licuados de frutas con peyote. También conozco señoras de sociedad aficionadas a la marihuana, y esposos que la fuman en pareja. Hay artistas, políticos y profesionistas que usan drogas. Es de lo más común. Su hija seguirá acechada por ese peligro toda la vida y tarde o temprano caerá, si no tiene convicciones claras.

El hombre no parece disuadido. Se ve dispuesto a seguir rebatiendo. Aprovecho la leve pausa para preguntar:

—¿Nosotros podemos irnos?

—Sí —dice el rector—. Gracias, Jennifer y Felipe; regresen a su salón.

Salimos de las oficinas.

Cuando vamos subiendo las escaleras, le digo a mi compañera:

—Me salvaste.

Jennifer parece preocupada. Sonríe sin responder. Llegamos al aula. Todos nuestros amigos quieren enterarse de lo que pasó. Ella prefiere no dar explicaciones. Yo la apoyo. Ambos sentimos cierta complicidad por haber acusado a Pascual y tenemos miedo de una posible represalia.

Al salir de la escuela, ella me dice:

—El próximo viernes, nuestros compañeros irán a bailar. ¿Por qué no vamos, tú y yo, como pareja?

Carraspeo. Después de lo que ha pasado, la oferta suena un poco descabellada.

—Sería interesante…

Jennifer es la muchacha más hermosa de la preparatoria, y ahora está libre. Pascual se ha ido para siempre.

—De acuerdo —contesto—. Yo me encargo de pedir permiso…

—Gracias. Te espero.

Se acerca para darme un beso muy cerca del labio. Me quedo vibrando por la emoción y el asombro.

El viernes siguiente, Jordy, el Zorrillo, pasa por mí en el Beatle color blanco de su madre. Subo al asiento del copiloto y lo saludo con gran alegría. Me dice:

—Vamos a la casa de Modesta y después a la de Jennifer.

—¡Modesta! —contesto, asombrado—. ¿La compañera nueva que hace honor a su nombre? ¿Ella será tu pareja, hoy?

—Sí.

No digo nada más, para evitar ofender a Jordy. Modesta es una joven gris, tímida y poco inteligente. Yo no saldría con ella ni aunque me obligaran.

Pasamos por las dos. Modesta lleva un grotesco vestido de lentejuelas y se ha levantado el cabello como sólo lo hubiera hecho mi abuelita. Jennifer, alegre y hermosa, aunque viene vestida de forma sencilla, me dice, al subir al auto:

—Traigo otra ropa en esta maleta; luego me cambio. Te voy a sorprender.

—Qué bien… —sonrío.

De inmediato, percibo que Modesta siente envidia de Jennifer. Es lógico. Ambas, en el asiento trasero del coche, tratan de platicar, pero no existe la menor química entre seres tan dispares.

Llegamos al lugar. Caminamos rumbo a la puerta. El Zorrillo, quien ha comenzado a sudar y a oler mal, me dice en secreto:

—¿No tienes miedo?

—¿Por qué?

—Supe que Pascual estuvo detenido dos días, pero salió libre bajo fianza hoy. Tal vez ande por aquí…

Trago saliva y mis músculos se tensan.

En ese instante Jennifer me abraza por la espalda. Giro, toco su esbelta cintura y siento un escalofrío. Ella se acurruca en mí. La abrazo con más confianza. Es una sensación indescriptible. Mis sueños secretos se están haciendo realidad.

—No, Jordy —contesto, convencido—, no tengo miedo.

 

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

sin cadenas

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

sin cadenas

Dos hermanos, un pasado gris, y el amor como única brújula para el reencuentro.

Los hermanos, Owin y Beky, pierden a su madre. Después, su padre, envuelto en la tristeza lo destruye todo. Se quedan solos, víctimas de acosos, persecuciones y agresiones que los separan. Owin llega al bajo mundo de la calle y Beky es llevada a un orfanato. Ambos deben aprender a sobrevivir, fortalecer su carácter, defender sus derechos, comunicar sus ideas y decir «no» a las influencias nocivas. Se necesitan. Se extrañan. Y saben que nada los detendrá para encontrarse. SIN CADENAS es una historia para aprender a decir “no” a las presiones, enfrentar a los acosadores y defenderse de los abusivos.

1

Tres cualidades a fortalecer

 

Owin y Beky jugaban a las damas chinas cuando escucharon golpes insistentes.

—¡Abran! —gritó una voz.

—¿Quién es?

—¡Traemos a su padre! ¡Está enfermo!

Los hermanos se miraron. Beky saltó y abrió la puerta sin preguntar más.

El señor Meneses arrastraba los pies y cabeceaba como si estuviese a punto de desmayarse. Dos hombres lo cargaban. Uno de ellos vestía como doctor.

—¿Qué le pasó a mi papá? —Preguntó Beky.

—Sufrió una crisis nerviosa.

—¿Qué?

El médico abrió su maletín.

—Voy a inyectarle un sedante. ¿Dónde podemos acostarlo?

—Aquí, en el sillón.

El padre de Owin y Beky, delgado, encorvado, de temperamento nervioso, sufría depresiones frecuentes desde que su esposa murió. 

Apenas lo recostaron, comenzó a temblar y a emitir gemidos de pánico como si viera fantasmas.

—¿Qué… qué tiene mi… mi papá? —preguntó Owin, tartamudeando, como solía hacerlo—, ¿po… por qué tiembla y llora? ¿Por qué hace esos ruidos?

El hombre de overol azul que acompañaba al doctor, explicó:

—Su papá se comporta de manera muy extraña últimamente. Si algún compañero le hace bromas, él se pone como loco. Hoy, nuestro jefe lo regañó. Le dijo que era un bueno para nada, lo hizo quedar en ridículo frente a todos y lo amenazó con despedirlo. Entonces su papá tomó una barreta de acero y golpeó la maquinaria. Trataron de detenerlo, pero también le pegó a un compañero. Se puso a temblar y a sacudirse.

Owin y Beky permanecieron callados; el doctor terminó de inyectar a su padre. La medicina tardó en hacerle efecto. Jadeaba como si le faltara el aire.

—Papá, cálmate —dijo Beky—, nos estás asustando.

—¡Es injusto! —gritó el hombre con todas sus fuerzas—. ¡Van a correrme del trabajo! ¿Qué va a pasar si me despiden? Tengo dos hijos que mantener —se incorporó—. ¡Injusto! ¡Injusto! Yo siempre he sido un hombre honrado, pero nadie me apoya. Odio la fábrica, odio a mis compañeros, odio a mi jefe. Ojalá que a todos les vaya mal. ¡Se lo merecen!

—Tranquilícese, Meneses —sugirió el médico—, trate de no pensar.

El hombre sudaba como si estuviese ardiendo en fiebre. Luego se giró de espaldas sin cerrar los párpados. Sus hijos lo contemplaron un largo rato. Después, Beky comentó en voz baja:

—Él nunca se había puesto así antes.

—E… es cierto —confirmó Owin—, cua… cuando mamá vivía… nue… nuestra familia e… era muy bonita… pe… pero ahora…

Echó un vistazo alrededor como queriendo explicar. La casa estaba descuidada y los escasos muebles se caían a pedazos; como había comenzado la época de lluvias, muchas goteras hacían tintinear los recipientes llenos de agua distribuidos por la vivienda.

—Nuestra familia sigue siendo bella —rebatió Beky.

El doctor escribió una receta, cerró su maletín y dejó sobre la mesa una caja de medicina.

—Su papá está sedado. Dormirá hasta mañana. Que se tome estas pastillas y no vaya a trabajar. Necesita descanso. Si tiene otra crisis llámenme.

Los muchachos asintieron sin poder hablar. Vieron salir al médico y al hombre de overol azul. Se quedaron solos. No hablaron por un largo rato. Después,  Beky comentó:

—Debemos animar a papá…

Owin dijo que sí con la cabeza y agregó:

—Siempre que… que él se ponía hi… histérico, ma… mamá le decía co… cosas que lo tranquilizaban… E… ella sabía cómo a… ayudarlo a controlar su… su mal carácter.

Los jóvenes estuvieron callados durante mucho tiempo, dejándose llevar por pensamientos tristes. La chica acarició la cabeza de su padre y el joven se sentó a sus pies.

Beky caminó hasta las repisas donde había libros y notas. Sacó los apuntes personales de su madre. Un cuaderno con escritos redactados a mano, como  diario.

Leyó una de las páginas en voz alta:

Siempre me ha costado trabajo exigir mis derechos. Toda la vida me enseñaron a ser callada, tímida y respetuosa en exceso, pero a veces eso ha hecho que los demás abusen de mí. ¡Suelo ser cohibida mientras mi esposo es agresivo! Ninguno de los dos estamos bien. Temo que hemos dado mal ejemplo a nuestros hijos.

Hoy fui a comer con mis compañeros del curso de asertividad (me gustan esas clases; nos enseñan a fortalecer el carácter). En el restaurante, no me gustó el platillo que me dieron, pero me quedé callada. En cambio, una compañera, a la que tampoco le gustó, reclamó. Le cambiaron el plato, y como tampoco le gustó, llamó al capitán de meseros. Ella habló siempre con elegancia y cortesía. Al final le llevaron un nuevo platillo ¡gratis! Fue muy interesante ver cómo mi amiga se dio a valer. ¡A mí me cuesta tanto trabajo hacer eso! Siempre me enseñaron a callarme y a no causar problemas. ¡Pero esto debe acabarse ya!

Por mi bien y el de mi familia, debo trabajar en tres aspectos:

1. Mi autoestima. Pensaré que valgo mucho y lucharé contra la timidez, la inseguridad, el miedo a lo desconocido, el deseo exagerado de ser aceptada por los demás.

2. El control de mis emociones. Dejaré de ser negativa, pensaré cosas adecuadas para no sentir coraje, vergüenza o preocupación.

3.  La forma de comunicarme. Hablaré claro y fuerte, de manera cortés. No me prestaré a peleas, amenazas, gritos, insultos o manipulación.

Con los cursos para afirmar la personalidad he aprendido que debo ser valiente, pues muchas cosas solo las conseguiré hablando con firmeza; sin embargo también he aprendido que puedo ganar cualquier discusión exigiendo mis derechos con elegancia, sin ser altanera o grosera. ¡Todo es cuestión de aplicar ciertas técnicas!

Owin le quitó el cuaderno a su hermana y lo hojeó.

—E… esto es interesante… ¿Mamá lo… lo escribió?

—Sí.

Era un verdadero tesoro. ¡Ese cuaderno tenía plasmadas ideas personales de su madre!

—Devuélvemelo —Beky quiso arrebatárselo a Owin, pero el joven lo sostuvo. Estuvieron a punto de romperlo. 

—¿Qué… qué haces? ¡Te… ten cuidado!

—Pues dámelo.

—Yo lo guardaré.

El señor Meneses gimió, se incorporó del sillón con ambas manos en la cabeza.

Beky y Owin dejaron de pelear por la libreta.

—Recuéstate papá —sugirió ella—, tienes que descansar.

Sin abrir los ojos, Waldo Meneses les dijo a sus hijos:

—Acérquense, por favor.

Los muchachos obedecieron. El hombre abrió los brazos y atrajo a sus hijos.

—Perdónenme por ser un mal padre.

—No digas eso.

—¡Tengo miedo de fallarles ahora que su mamá nos ha dejado! ¡La extraño tanto!

Los muchachos abrazaron a su papá. Eran una familia resquebrajada: A los chicos se les había derrumbado su soporte emocional y el padre había perdido la estructura de su vida. Tenían que recuperarse pronto o nada volvería a ser igual.

 

LAS TRES ACTITUDES A FORTALECER EN UN CURSO DE ASERTIVIDAD

REPASO DE CONCEPTOS

01. La asertividad es un rasgo de carácter que afirma la personalidad del  individuo.

02. La persona afirmativa o asertiva no se deja manipular, y desarrolla tres cualidades básicas:

• Autoestima: Seguridad, desenvoltura, personalidad definida, poco deseo de aceptación.

• Control emocional: Capacidad para generar ideas positivas y emociones sanas.

• Poder de comunicación: Facilidad para decir “no”, expresar deseos y discutir sin herir a los demás.

03. A nadie le gustan las discusiones, pero debemos ser valientes, porque muchas cosas buenas solo se consiguen exigiendo nuestros derechos.

PREGUNTAS PARA REFLEXIONAR

01. ¿Alguna vez has perdido algo por miedo a discutir o exigir tus derechos? Relata.

02. ¿Cómo definirías tu personalidad? Describe los aspectos positivos y negativos.

03. ¿Qué necesitas hacer para eliminar tus rasgos negativos? Define propósitos específicos.

04. ¿Qué necesitas hacer para afirmar tus rasgos positivos? Define propósitos específicos.

05. ¿Cómo podrías mejorar tu individualidad, tu control emocional y tu poder de comunicación?

 

2

El circo de pulgas

 

Al día siguiente, Owin y Beky se levantaron temprano para ir a la escuela. Su padre continuaba dormido. No lo despertaron.

Cuando llegaron al salón de clases, encontraron un griterío. La maestra no había llegado. En un ambiente de travesuras, groserías y burlas, los chicos pasaron casi toda la mañana sin ninguna guía. De repente, en la última hora de clases, el prefecto entró y levantó la voz:

—Su profesora enfermó. Contrataron a una suplente. Vendrá a presentarse al rato. Me mandaron a cuidarlos mientras tanto.

—¡Juguemos a algo!

El prefecto era un joven que hacía las veces de portero, vigilante y recadero. Organizó un juego de palabras, hombres contra mujeres. Como representante de los niños, eligió a Owin. Todos abuchearon la elección. Owin se rehusó, pero el prefecto insistió; entonces, sin saber cómo negarse, el joven caminó hacia el frente. Sus compañeros le arrojaron bolas de papel. Owin agachó la cabeza y se mantuvo quieto. Por otro lado eligieron a una chica guapa y lista para representar a las mujeres.

El juego comenzó. Se trataba de escribir en el pizarrón palabras que iniciaran con la misma letra. Owin se hallaba tan intimidado que no pudo encontrar el nombre de una persona, ciudad, animal, cosa o película que comenzara con v. La chica terminó su trabajo en unos segundos y recibió el aplauso de todo el grupo femenino.

—¡Las mujeres van ganando! —dijo el prefecto—, ahora escribirán palabras que comiencen con r. Tienen un minuto.

Nuevamente Owin perdió. Los gritos de ánimo de las niñas fueron opacados por las groserías que decían los hombres:

—¡Eres un burro, Owin! ¡No sirves para nada! ¡Mejor lárgate! ¡No debiste venir a la escuela hoy! ¡Torpe! ¡Tarado! ¡Ignorante! ¡Bestia!

El prefecto escuchaba las burlas y se reía.

—Vamos a darle otra oportunidad a nuestro amiguito. Estaba un poco dormido. ¿Ya despertaste? ¡Vamos! Ahora no escribirán en el pizarrón, sino que dirán en voz alta las palabras. Empezaremos con la letra t. ¡Vamos!

La niña gritó de inmediato:

—Tomás, Toronto, tortuga, tronco, Titanic.

Owin trató de hablar al mismo tiempo, pero su tartamudez se convirtió en freno.

—Te… te… te… te… te…

Todos los chicos rieron.

—¡Es una ametralladora!

—Te te te te te te te te te—. Se burlaron.

Guardó silencio. No se atrevió a regresar a su lugar ni quiso seguir compitiendo contra alguien que, en ese juego, era más rápida que él.

—¡Las mujeres ganamos otra vez! —dijo la chica—, ¡ganamos siempre!

—¡Zopenco! —gritaban los hombres—, ¡eres peor que un animal! ¡Nos das vergüenza!

Las bolas de papel volvieron a lloverle.

Owin, tenía trece años y no le gustaba demostrar debilidad, pero esta vez, frente a sus compañeros, las lágrimas de rabia comenzaron a bordearle los párpados.

—¡Mírenlo! Está llorando. ¡Es una ametralladora gallina!

El prefecto zarandeó al joven y le increpó:

—¿Eres mujercita, Owin? ¿Y por qué no lo habías dicho? De haberlo sabido hubiéramos escogido a otro para que representara a los hombres.

La bulla aumentaba.

Beky se puso de pie.

—¡Basta!, ¡dejen en paz a mi hermano! —el griterío disminuyó un poco—. Él no les ha hecho nada malo… ¡Déjenlo en paz!

Beky caminó al frente. Las bolas de papel comenzaron a caer sobre ambos. Ella le sugirió a Owin en voz baja:

—¡Vamos a la dirección! Debemos quejarnos.

—No, hermana —contestó él—. Si me defiendes será peor.

—¡Acuérdate lo que leímos en el cuaderno de mamá!

—No sé.

—Vamos afuera.

—¡Está prohibido salir! —intervino el prefecto—. Lo siento mucho. ¡Mientras no llegue su maestra, yo mando!

En ese momento se escuchó la voz firme de una mujer.

—Pues tu tiempo de mandamás terminó. Estoy aquí desde hace rato… por si no lo habías notado.

Los gritos fueron bajando de intensidad hasta que se convirtieron en murmullos.

Una mujer joven e impávida los miraba desde la entrada.

—Soy la maestra suplente —caminó—. He estado parada en esta puerta escuchando majaderías…

Los murmullos se apagaron por completo. Todos observaban a la mujer que acababa de entrar al salón.

—Jóvenes —indicó a los hermanos—, hagan favor de regresar a sus asientos, y usted, “prefecto”, puede retirarse. Hablaremos  después.

El liderzuelo salió del aula como huyendo.

La profesora tenía un rostro fino, cabello negro largo rizado y figura esbelta; parecía una muñeca de colección, sin embargo, en contraste con su belleza física, el ceño fruncido y la boca apretada le daban una apariencia de enfado. Caminó por el aula en silencio.

—Me entristece haberlos conocido en estas circunstancias —dijo después—. Creí que me habían asignado un grupo de jóvenes, y he aquí que llego al salón y me encuentro con un circo de pulgas… —respiró varias veces como para tranquilizarse, siguió explicando—. Hace años, en las ferias, había “circos de pulgas”. Las pulgas son insectos muy especiales;  a pesar de su pequeñez, tienen enorme fuerza en las patas. Una pulga puede saltar más de seiscientas veces su tamaño. Es como si alguno de ustedes pudiera subir de un salto al techo del edificio más grande del mundo. El domador de pulgas atrapaba a estos insectos, los encerraba en recipientes de cristal. Cada vez que una pulga saltaba, chocaba con la dura superficie del vidrio. Algunas morían. al impactarse contra el cristal. Cuando al fin eran sacadas del encierro, las sobrevivientes habían aprendido que solo podían dar saltos pequeños para no lastimarse. El domador les ponía columpios a su alrededor, y las pulgas amaestradas brincaban poquito de un lado a otro sin escaparse. ¡Eso es un circo de pulgas! Ustedes no son capaces de hazañas físicas como las de la pulga, pero sí lo son de hazañas mentales enormes; pueden soñar con altísimos ideales y saltar hacia ellos, pueden imaginar grandes cosas y alcanzarlas. Los hombres multiplican seiscientas veces o más su estatura mental cuando realizan obras artísticas, científicas o de investigación. Tienen grandes capacidades. Son triunfadores en potencia, pero ¿qué pasa si alguien asiste a un salón de clases como este y cada vez que se equivoca recibe el golpe de las burlas? ¿Qué sucede si, cuando opina, le dicen que se calle?, ¿si le arrojan bolas de papel? Esos actos son como golpes en la cabeza, y producen el mismo efecto que el vidrio en las pulgas encerradas. Hace rato fui testigo de cómo atacaron a un compañero. Le dijeron: “burro”, “no sirves para nada”, “mejor lárgate”, “no debiste venir a la escuela”, “torpe”, “tarado”, “ignorante”, “bestia”, “zopenco”, “nos das vergüenza”, etcétera.

La lista de insultos, dicha así, de corrido, sonaba exagerada y hasta chistosa. Hubo algunas risitas. La maestra prosiguió:

—¡Este salón es un circo de pulgas! ¡Cada vez que un compañero intenta saltar, los demás lo castigan para que aprenda a que no debe hacerlo! Es la escuela de la mediocridad. Los mediocres fastidian a los soñadores hasta arrancarles sus deseos de triunfar. Pero yo observé la mirada de Owin y pude detectar que es un niño noble e inteligente. Tiene derecho a ser feliz y a lograr grandes metas. Nadie debe hacerlo sentir menos.

Algunos chicos comenzaron a ver a los gemelos de reojo. Beky observaba a la maestra con profundo agradecimiento. Owin apretaba los dientes y miraba al suelo. Su corazón estaba abrumado. Lo habían golpeado tanto que, en efecto, se sentía como un insecto, sin deseos de saltar ni de moverse.

—Owin, pasa al frente —dijo la maestra.

—No… —murmuró—, n… no otra vez.

—Pasa, por favor. Tus compañeros te van a pedir una disculpa.

 

INDIVIDUALIDAD: NO PARTICIPES EN CIRCO DE PULGAS

REPASO DE CONCEPTOS

01. La mediocridad se origina en ciertos grupos en los que cada vez que un compañero intenta saltar, los demás lo castigan.

02. La escuela de mediocridad se llama circo de pulgas. En ella, todo aquel que trata de sobresalir es atacado. Con el tiempo, aprende a vivir atemorizado. 

03. Puedes soñar con altísimos ideales y saltar hacia ellos; imaginar grandes cosas y alcanzarlas, anhelar metas enormes y lograrlas. Para ello, debes evitar los circos de pulgas.

04. Los hombres multiplican seiscientas veces o más su estatura mental cuando realizan obras artísticas, científicas o de investigación.

05. Para que un grupo se convierta en semillero de campeones, los compañeros tienen que ayudarse y motivarse unos a otros.

PREGUNTAS PARA REFLEXIONAR

01. Piensa en alguien a quien hayas insultado. ¿Cómo te sentiste después de hacerlo?

02. Piensa en alguien a quien hayas elogiado. ¿Cómo te sentiste después de hacerlo?

03. ¿Puedes convertir a tu grupo de trabajo o estudio en un equipo de campeones? ¿Cómo?

04. ¿Puedes evitar formar parte de los circos de pulgas? ¿De qué forma?

05. ¿Qué obras artísticas, científicas o de investigación vas a proponerte alcanzar para multiplicar tu estatura mental?

 

3

Las críticas agresivas

 

Owin se puso de pie. Avanzó despacio y se paró junto a la nueva maestra.

—Escúchenme bien —agregó ella—. Este niño es un campeón. Igual que todos ustedes. Crecerá y sorprenderá al mundo con su enorme capacidad. Lo han herido mucho, así que ahora, cada uno le dirá algo bueno para compensar un poco el daño que le han hecho.

Todos en el salón de clases se quedaron muy quietos. Parecía que no respiraban. Nadie se atrevía a abrir la boca ni a mover un dedo.

—¡Estoy esperando! —insistió la maestra.

Owin espió a sus compañeros con timidez. La mayoría eludía la mirada. En efecto, muchos de aquellos chicos tenían como deporte favorito el criticar, calumniar y herir a los demás. Eran verdaderos domadores de pulgas. La maestra había dado el discurso adecuado en el lugar adecuado. Al ver que nadie hablaba, ella insistió:

—No sé cuánto tiempo voy a ser su profesora suplente, pero mientras esté con ustedes, nuestro salón será un semillero de campeones. Para lograr eso tenemos que ayudarnos y motivarnos unos a otros.

En ese instante sonó el timbre que anunciaba la terminación de clases. Algunos jóvenes comenzaron a recoger sus cosas. La maestra fue hasta la puerta y la cerró con fuerza.

—¡Alto, muchachos! Nadie se retira hasta que hayan sanado un poco las heridas que le hicieron a su compañero.

Silencio.

—¿Quién empieza? —insistió.

Al fin, alguien levantó una mano. Era Beky.

La maestra le dio la palabra.

—Quiero decirte, hermano, que eres muy valiente y muy bueno. Desde que… —titubeó mirando alrededor, después se animó a seguir—, desde que murió mamá yo he llorado mucho y tú siempre me has dado consuelo. Eres un amigo para mí —la voz se le quebró—, y nadie en este salón sabe del gran corazón que tienes —hizo una pausa—, gracias, Owin, por ser mi hermano y mi amigo en las buenas y en las malas…

Algunos compañeros ni siquiera sabían que Beky y Owin eran huérfanos de madre. Segundos después, se escuchó una voz a la izquierda.

—Perdónanos por burlarnos de ti.

Las frases fueron sonando en uno y otro lado del salón.

—Eres inteligente. Sigue adelante.

—No te des por vencido.

—Supe que eres un excelente nadador. Quizá llegues a ser campeón.

—Todos te apreciamos…

—Owin, perdónanos. No te mereces las groserías que te hemos hecho.

Después de algunos comentarios más, volvió el silencio al salón. No solo Owin Meneses había recuperado la alegría, todos en el grupo se sentían aliviados. Ese día aprendieron que es más gratificante decir halagos que insultos, dar reconocimiento que criticar; que todos podemos soñar con altísimos ideales, imaginar grandes cosas y alcanzarlas, anhelar metas enormes y lograrlas, siempre y cuando nos neguemos a ser víctimas de los “domadores de pulgas”.

—Pueden retirarse, muchachos —dijo la maestra—. Mañana nos vemos.

Los chicos comenzaron a salir.

Owin y Beky recogieron sus cosas despacio. La profesora los detuvo.

—No se vayan todavía. Quiero hablar con ustedes a solas.

Cuando todos sus compañeros abandonaron el salón, se acercaron a la profesora.

—Hay algo muy importante que debo decirles… —comentó—. Soy maestra suplente y me envían por temporadas a diferentes escuelas de la zona. Este es un plantel conflictivo y nadie quiere trabajar aquí, pero yo revisé la lista de alumnos e identifiqué el nombre de ustedes… Son nombres fuera de lo común… Su madre siempre los mencionaba.

—¿U… usted conoció a nuestra mamá?

—Sí. En los cursos de asertividad.

Owin y Beky quedaron pasmados.

—Su madre era una gran mujer —continuó la maestra—. Siempre estaba alegre y luchaba por superarse cada día. Deben comportarse como hijos dignos de ella. No se acobarden ante los problemas… recuerden que todos los hombres importantes sufrieron infinidad de ataques. Cada héroe que ahora es admirado recibió cientos de agresiones mientras vivió. Piensen en eso y no se enfurezcan si los molestan o difaman. No crean al pie de la letra a quienes los critiquen. Si consideran que la opinión de los demás es muy importante, terminarán siendo “pulgas amaestradas”. Nunca olviden que los criticones jamás trascienden; ellos no dejan huella; se especializan en buscar los errores de la gente y difundirlos; incapaces de crear algo bueno, se dedican a desacreditar los esfuerzos de otros. Aunque suene alarmante, es una realidad que deben aprender: Hagan lo que hagan, siempre habrá personas en su contra. Digan lo que digan, no faltarán quienes cuestionen sus ideas. Aunque se porten bien, hablarán mal de ustedes. Pongan tapones a sus oídos y decídanse a hacer lo que anhelan. No finjan una personalidad diferente para que otros los acepten. Solo sean legítimos, fuertes y decididos en sus objetivos. Si actúan con valor, cuando pase el tiempo se habrán convertido en personas que todos admirarán, pero eso carecerá de importancia para ustedes. Mirarán atrás y dirán: “viví mi vida intensamente, hice lo que debí hacer, fui quien tuve que ser y, lo más importante, la felicidad colmó cada día de mi existencia”.

Los chicos se quedaron reflexionando.

—Y usted, maestra —preguntó Beky después—, ¿aceptó el trabajo en esta escuela solo porque identificó nuestros nombres?

—En parte sí, pero hubo otra razón —se detuvo como si estuviese a punto de decir un secreto de vida o muerte; luego agregó—: Tengo un don especial de percepción.

—¿Qué es eso? —preguntó Beky frunciendo las cejas.

—Adivino algunas cosas… a través de… lo que sueño. Estaba indecisa de aceptar el puesto de suplente aquí cuando soñé a muchos jóvenes insultando y arrojando bolas de papel a dos chicos… Pude “verlos” muy bien. Como comprenderán, a veces no me gustan mis sueños y me lleno de tristeza al saber que son cosas a punto de suceder. No soy una bruja. En todo caso podría decirse lo contrario: Soy una amiga que quiere ayudarlos.

—¿Pero hay algo más, verdad? —preguntó Beky—. Es decir, aparte de las ofensas y las bolas de papel, usted soñó algo más sobre nosotros dos…

La maestra dijo que sí con tristeza.

—Soñé a su padre.

—Pa… pa… pa… papá está enfermo…

—Sí, aunque no físicamente. Su problema es mental y emocional… No sabe cómo enfrentar su viudez. Sean comprensivos con él. Está confundido. Cada vez cometerá errores más graves… Deben saberlo: se avecina una terrible tormenta en sus vidas.

Owin tragó saliva y protestó:

—E… eso me asusta. No… no tiene idea de… de lo mal que nos ha ido u… últimamente.

La maestra lo miró con ternura. Beky cambió el tema y se despidió:

—Gracias por lo que hizo hace rato con nuestros compañeros… fue hermoso.

—Sí —confirmó Owin—, mu… muchas gracias.

Los siguientes días transcurrieron de forma extraña. El señor Meneses, en efecto, fue decayendo cada vez más. Se comportaba intolerante, colérico y nervioso. Llegaba del trabajo hablando solo y se encerraba en su habitación sin saludar a los chicos. Owin y Beky varias veces optaron por salirse de la casa para ir al deportivo municipal. Su madre les inculcó el amor por la natación, y aunque desde que ella murió dejaron de participar en competencias, pocas cosas los reconfortaban más que zambullirse en una alberca.

Por otro lado, cada día la maestra suplente les contaba historias que los inspiraban y, después de las clases, charlaba un rato en privado con ellos. Una tarde les dio su tarjeta personal a los hermanos y les dijo:

—Muy pronto tendré que irme. Aquí tienen mi número telefónico. Si la tormenta se vuelve insoportable, no duden en hablarme…

Otra vez había usado la misma comparación. Beky protestó:

—¿A qué tormenta se refiere, maestra…? ¡Háblenos claro!

—He estado soñando de nuevo con ustedes… y… han sido cosas… un poco… difíciles de explicar. Deben estar preparados para todo.

Owin y Beky llegaron a su casa y, sin hacer comentarios, barrieron, lavaron los platos y sacudieron. Después buscaron algo de comida en las alacenas. No había mucha; un frasco de mermelada endurecida, dos latas de sardinas y una bolsa añeja de cacahuates rancios. Se comieron todo, luego limpiaron la mesa.

El señor Meneses solía regresar del trabajo a las cinco de la tarde. Ese día dieron las seis, las siete, las nueve, las once, y no llegó. Owin y Beky se preocuparon mucho. Los pensamientos destructivos llegaron a sus mentes y se volvieron cadenas paralizantes.

Beky pensaba: “Tal vez mi papá decidió abandonarnos”.

Owin pensaba: “Papá anda en la calle tratando de olvidar sus problemas. Quizá le ocurra un accidente y muera también.”

Esas ideas les produjeron un terrible peso de esclavitud. No podían moverse, pero tampoco podían dormir. Fue una noche mala, llena de fantasmas.

Cuando salió el sol, se vistieron con mucha lentitud. De pronto, quedaron helados al ver a su padre parado en medio de la sala. Estaba sudando, lleno de tierra, con los ojos inyectados de sangre y un costal mugriento sobre el hombro.

 

INDIVIDUALIDAD: SUPERA LAS CRÍTICAS AGRESIVAS

REPASO DE CONCEPTOS

01. Criticar a los demás se ha convertido en un deporte que produce amargura, y la amargura se contagia…

02. Hagas lo que hagas, siempre habrá personas en tu contra; digas lo que digas, no faltarán quienes cuestionen tus ideas; aunque te portes bien, hablarán mal de ti.

03. Cree en tus sueños, ve tras ellos y no te enfurezcas si te difaman o critican. Es parte del camino hacia el éxito.

04. Todas las personas importantes han sufrido infinidad de ataques.

05. Si actúas con valor, a la larga te convertirás en una persona importante, pero eso no te importará porque dirás: “viví mi vida intensamente, hice lo que debí hacer, fui quien tuve que ser y, sobre todo, la felicidad colmó cada día de mi existencia”.

PREGUNTAS PARA REFLEXIONAR

01. Haz un pacto con tus amigos: De ahora en adelante vigílense unos a otros para detectar e interrumpir las críticas que hacen a los demás. Quizá se sorprendan de cuan acostumbrados están a molestar a sus compañeros y de lo poco constructivas que suelen ser sus conversaciones.

02. Menciona algunos de los ataques verbales que has recibido y describe cómo te han afectado.

03. Escribe cómo triunfarás y lograrás tus metas a pesar de esa lista.

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

juventud en éxtasis

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

juventud en éxtasis

—¿Quieres tener sexo?

Mi pregunta fue tan directa que bajaste la cara, mostrándote agraviada. Diste media vuelta con intenciones de salir…

El escote triangular de tu vestido dejaba a la vista la piel blanca de tu juvenil espalda.

—No te disgustes —me acerqué-. Eres una mujer muy hermosa. Miles de hombres darían cualquier cosa por tenerte y me atrevo a suponer que sería tu primera experiencia… Pero antes, me gustaría que supieras algunas cosas sobre mi pasado…

Efrén es un seductor experto; cautiva a las mujeres y siempre mantiene el control, pero después de tener relaciones sexuales con Joana, se da cuenta de que acaba de traspasar una frontera que nunca debió cruzar. Confundido, sin saber cómo resolver los problemas en los que se ve envuelto, pide ayuda a un connotado sexólogo, quién lo hace comprender las implicaciones de la sana sexualidad. Durante el torbellino más intenso de su vida, Efrén conoce a Dhamar, con quien se atreve a experimentar una aventura diferente: amar a una mujer. Juventud en éxtasis es una historia intensa, emocionante y con un final totalmente sorpresivo.

Primera parte

Sexo por placer

1

Las motivaciones sexuales

 

Hechizado por las bellas y voluptuosas formas de Joana, la miraba de hito en hito conversar con sus amigas a unos metros de distancia.

Ocasionalmente giraba la cabeza para asegurarme de que su corpulento galán no llegara. Tal vez había terminado con él y ahora estaba disponible… Apreté la mandíbula: no debía hacerme ilusiones. El hecho de que la mujer más bella de la escuela estuviera sola en la fiesta de fin de curso y que, por coincidencia, tampoco yo fuera acompañado, no significaba que el destino quisiera nuestra unión. De cualquier forma, la ansiedad me invadió, como ocurría siempre que vislumbraba la posibilidad de una aventura sexual.

Cursaba el cuarto año de la carrera de odontología y me consideraba experto en placeres corporales. Había aprendido (después de varios insultos y bofetones) a seducir mujeres con sobrada destreza. Era capaz de oler las posibilidades de un encuentro íntimo y, cuando echaba el ojo a una joven, casi siempre lograba conducir un romance con ella hasta las últimas consecuencias.

José Luis, el único profesor (joven y libertino) que se prestó a acompañarnos a la fiesta de despedida, se aproximó a mi mesa.

—¿Qué te pasa? —preguntó dándome un efusivo golpe en la espalda—. ¿Te libraste al fin de Jessica, la “Virginia-casta”?

Reí con reserva. En el ambiente universitario los chismes corrían rápidamente y no era de extrañarse que José Luis estuviera enterado de mis conquistas más importantes. Además, era un profesor amigable a quien alguna vez me acerqué para pedirle consejos.

—Sí —le contesté—. Terminamos hace un par de días. Tú sabes: Jessica es de esas chicas que te complacen sólo con la condición de casarse al día siguiente.

—Lo suponía. Y ten cuidado. En esta época hay varios millones más de mujeres buscando matrimonio que hombres, así que…

Asentí sin palabras.

Observé que Joana se ponía de pie dirigiéndose al tocador. Quise incorporarme para ir tras ella, pero la presencia de mi profesor de anatomía me lo impidió. Contemplé el extraordinario cuerpo de mi compañera alejándose. Llevaba un vestido de algodón extremadamente ceñido, como los que usan las bailarinas de ballet, con un amplio escote en la espalda y un atrevido agujero al frente que ventilaba, a la vista de todos, su ombligo y su vientre plano.

—Esta noche no se salva —susurré para mí.

—¿Decías algo?

—No, profesor… es simplemente que… —me detuve valorando lo que significaba conversar a solas con José Luis en un ambiente de igualdad. Podía preguntarle cualquier duda que en clase hubiera sido impropio mencionar… Y mi maestro era un joven sexualmente experto, que además de tener instrucción académica comprobada, había vivido en unión libre tres veces.

—Hay asuntos que no comprendo —retomé—. ¿Por qué las mujeres son tan impredecibles? De pronto se te ofrecen envueltas en una nube de romanticismo y al rato están agobiadas por la culpa y la tristeza; a una hora alegres, y a la siguiente iracundas. Visten y se exhiben para excitar al hombre y luego exigen distancia… No las entiendo… ¿Sienten el mismo deseo sexual que nosotros? Si es así, ¿por qué se hacen tanto del rogar? Y, sobre todo, ¿cuál es la razón por la que después de entregarse parecen tan desilusionadas?

Alzó las cejas asombrado por mi cuestionamiento múltiple.

—Esa respuesta te costará por lo menos una copa.

Llamé al mesero con la mano, dejando que José Luis ordenara en cuanto llegó.

—¿Y bien?

—Si deseas entender a las chicas debes saber que ellas suelen manejar la sexualidad de modo diferente a los varones. Se excitan más lentamente y en el proceso brindan mayor peso a los aspectos psicológicos, como el buen trato, las palabras amables, la sinceridad, la caballerosidad, el liderazgo… Es muy difícil que una mujer joven llegue al orgasmo a menos que se sienta realmente comprendida, valorada; fuera de peligro, protegida y no forzada por su compañero. Las condiciones mentales son difíciles de lograr, por eso muchas chicas experimentan excitación, pero sin llegar a la resolución, sintiéndose después usadas y denigradas.

—Entonces, ¿por qué cada vez las mujeres son más provocativas y liberales? —pregunté—. Hoy en día la mayoría mantiene relaciones sexuales fuera del matrimonio.

En ese momento se acercaron a la mesa Ricardo y Alfredo, dos buenos amigos. Nos saludaron de mano y tomaron asiento. José Luis respondió con furor a mi pregunta sin inhibirse en absoluto, o quizá motivado aún más, por la presencia de los arrimadizos.

—Te lo voy a volver a explicar, de otro modo. En una relación íntima, interviene tanto el cuerpo como la mente. El hombre tiene un orgasmo de origen físico; puede sentir el mismo placer haciendo el amor con una jovencita, con una mujer madura, con una amiga, con una desconocida o tocándose mientras hojea sus revistas; la única diferencia entre uno y otro evento estribará en que algunos le producirán mayor excitación, pero al momento de llegar al clímax se convulsionará de placer en todos los casos. En cambio, la mujer es más idealista y sentimental. Su orgasmo tiene un origen fundamentalmente psicológico. A ellas les gusta sentirse admiradas, amadas, deseadas; les agrada que perdamos los estribos por su causa, las conquistemos y les demostremos cuánto estamos dispuestos a hacer por tenerlas. Ésa es su retribución. Como ves, también satisfacen un deseo. El placer femenino está conectado directamente a su psique…

—Y el masculino a su…

Reímos por la seña obscena de Ricardo.

Busqué con la vista a Joana. Aún no salía del tocador. Estaba dispuesto a abordarla. Era una decisión motivada por esa energía física que, para ser bien aceptada por ella, tendría que disfrazarse de fuerza psicológica. Parecía complicado, pero dejaba de serlo en cuanto te acostumbrabas a ello. Lo haría a como diera lugar. Imaginarme su piel desnuda me alteraba de forma ingente. Ella tenía el tipo especial de cuerpo que yo jamás había tocado (muslos largos, senos grandes y firmes, caderas prominentes, piel blanca), además de poseer otros elementos eróticos muy discretos: tono de voz intimista, timbre sensual, mirada displicente, seriedad altiva…

El mesero de la asociación estudiantil nos hizo llegar la charola de botanas y una garrafa mediana de licor.

—Y tú, ¿lograste acostarte con Jessica? —me preguntó Alfredo mientras descorchaba la botella—. Todo el mundo se pregunta si habrás vencido a la puritana.

—Sí… —confesé titubeante—, fue una experiencia muy triste. Puso demasiadas condiciones. Me da un poco de pena… creo que en verdad me amaba. ¿Saben lo que me dijo después de entregarse? Que a todas las muchachas se les presiona intensamente para que tengan sexo; que si tratan de ser decentes, sus compañeras se burlan y los muchachos las ignoran; que, por eso, la mayoría, al sentir el rechazo, acceden a la vida sensual tan apreciada en el medio juvenil. Sentí lástima por ella y decidí dejarla. Las mujeres no se dan cuenta de que a esta edad los hombres no buscamos relaciones fijas; buscamos placer, diversión, aprendizaje; cuando sentemos cabeza pensando en una relación formal, desecharemos de inmediato a todas aquellas con las que nos divertimos, para buscar a esa muchacha seria, ignorada en el ayer, que supo darse a respetar.

—¡Cierto! —aprobó José Luis—. Una cosa es tener novia para divertirte y otra muy diferente es elegir a la madre de tus hijos… En ese caso siempre querrás a una joven diferente, difícil de conseguir, no como la piedra pateada por decenas de hombres, sino como el diamante intacto que sólo a ti te fue posible alcanzar.

—¡Eso es definitivo! —contribuyó Alfredo con entusiasmo—, pero no se lo digas nunca a una mujer o a un moralista porque te tildarán de “macho”. Obviamente, si se desea aprender a manejar un auto, son preferibles los usados… pero cuando se trata de escoger el automóvil definitivo, para toda la vida, hasta el más idiota preferiría uno nuevo.

—Aunque hay algunos usados muy bonitos…

Volvimos a reír. Lo que comenzó como una pregunta de consulta, se había convertido en una polémica en la que todos parecíamos expertos.

—El sexo es algo muy emocionante —dijo José Luis mientras se servía más licor—. Lo malo es que no es gratis, siempre hay que pagar por él: a veces con dinero y a veces con halagos o palabras cariñosas.

—Pagar por él… —repitió Alfredo reflexionando—. Qué gran verdad. ¡Ahora lo entiendo! Las sexoservidoras son groseras, desconsideradas y cobran en efectivo; en cambio, una compañera de la escuela se arregla con su mejor ropa, se lava, se maquilla, se perfuma y se va a la cama contigo si a cambio le prometes entrega eterna y amor total. Ése es el pago que debes hacer. Hay que ser muy hábil para manejar bien el asunto sin ser descubiertos, pero dominando la técnica se obtiene lo mejor al precio más barato. ¿No es así?

Así era.

Los crujidos estruendosos del aparato de sonido nos impidieron seguir hablando. Mi vista se perdió en ese mundo de ideas. Resultaba interesante analizar las motivaciones sexuales en la etapa juvenil, contemplar el hilo negro y apreciarlo en toda su longitud. ¿Cómo era posible que las chicas vivieran ignorando algo tan obvio?

Comenzó una melodía conocida. Varias parejas caminaron hacia la pista tomadas de la mano.

Joana salió del baño, arreglada y seria. Se paseó entre las mesas con galanura. De inmediato me puse de pie.

—Ustedes perdonarán —dije bebiéndome de un sorbo el contenido de mi copa—, pero tengo asuntos urgentes que atender…

Mis amigos y José Luis hicieron una bulla.

Caminé directo a la muchacha interponiéndome en su camino.

Fingí no verla hasta que estuvimos muy cerca.

—¡Hola, qué sorpresa! —le dije—. Te ves muy hermosa esta noche —hice una ligera reverencia—. ¿Me concederías esta pieza?

Joana me miró y asintió.

—Claro.

—¿Vienes sola? —pregunté mientras nos dirigíamos a la pista.

—Sí.

—¿Y Joaquín? ¿Por qué no te acompañó?

Sonrió tristemente:

—Terminamos hace una semana.

El corazón me dio un vuelco. Quise decir lo siento, pero en cambio, el rostro se me iluminó con una alegría nerviosa. Era demasiado bueno para ser verdad. Esa chica siempre se paseó por sitios públicos ostentando un novio mal encarado, ¡y ahora se hallaba sin compromisos, bailando conmigo!

Por unos minutos no pude decir nada. Mis estrategias de conquista se habían vuelto más suspicaces por la reciente plática. Analicé la situación mientras me movía al ritmo de la música: Joana había tenido un noviazgo largo. En la escuela, todos la vimos más de una vez besándose con pasión, exhibiendo su enamoramiento y mermando con ello su prestigio. Si a eso se atrevió a la vista de los demás, era fácil suponer cuánto hizo con su ardoroso galán en la intimidad. Pobre chica. Si Joaquín la hubiera querido de verdad no la habría exhibido, y si ella hubiera sido más inteligente no lo habría permitido. Entre estudiantes, las mujeres que se muestran en exceso cariñosas con sus novios quedan como marcadas. Resultaba evidente que había experimentado en buena medida con el sexo y no cargaría con los complejos de mi exnovia Jessica. Además, seguramente se hallaba en una etapa de depresión, ansiosa por sentirse querida, admirada, deseada… Eran circunstancias inmejorables. Me sentí tenso pero lleno de euforia, como un atleta a punto de arrancar en la carrera para la que se ha preparado durante muchos meses.

—¿Te invito una copa? —pregunté interrumpiendo el baile.

—¿Por qué no?

Nos dirigimos a la barra, pasando por en medio de la pista. Al caminar puse mi mano derecha sobre su espalda.

—Ahora que estás libre debes tener muchos pretendientes.

Se encogió de hombros.

—No sé. Ni me importa.

Llegamos frente al cantinero y ordenamos sendas bebidas.

—¿Sabes? —le dije—, a mí tampoco me ha ido bien en cuestión de amor. Estoy muy decepcionado. ¿No te ha pasado que cuando más te interesa una persona y le das lo mejor de ti es cuando más te desprecia…? No hay nada más doloroso que entregarte a alguien que no te valora.

Levantó la vista y me escrutó con sus dulces ojos melancólicos.

—¿Ya no sales con Jessica?

Moví la cabeza para decirle que no y sonreí atribulado.

—Me da gusto poder platicar contigo, Joana… porque me siento más solo que nunca.

Las luces menguaron y se escucharon los compases de una melodía lenta. La mayoría de los bailarines impetuosos se retiraron y sólo algunas parejas abrazadas permanecieron en la pista balanceándose con la cadencia de la música romántica. El corazón quiso salírseme de su sitio ante esa oportunidad. Sin embargo, para mi sorpresa, Joana se me adelantó.

—¿Quieres bailar?

—Claro.

Me tomó de la mano y caminamos juntos.

Nos colocamos en la oscuridad. La abracé por la cintura y ella acomodó sus manos alrededor de mi cuello. Con la excusa de hacer algunos comentarios, me acerqué a su rostro hasta que la distancia que nos separaba se redujo al mínimo. Nuestros pies se movían con lentitud y el halo magnético del uno se había fusionado con el del otro, produciendo una reacción excitante. No se necesitaba hablar mucho; nuestros cuerpos exhalaban una química poderosa que nos hacía sentir entre nubes.

—¿Sabes, Joana? —susurré en su oído—, yo siempre te he querido… en secreto.

No contestó, pero después de ese comentario nos abrazamos. Calibré la delgadez de su cintura con mis manos; sentir el contacto directo de nuestras partes íntimas me dejó sin aliento. La música terminó y nos quedamos enlazados unos segundos mirándonos a la cara. En su rostro había un matiz carmín que la agraciaba aún más, y en el mío la mirada de un hombre que ha perdido los estribos por la emoción de esa rápida aventura y el enorme deseo de llevarla hasta el final.

—¿Qué te parece si vamos a un sitio confortable donde podamos platicar? —le propuse en voz baja—. Me gustaría mucho conocerte mejor.

No me contestó que sí, pero apenas salimos de la pista nos despedimos de nuestros compañeros con excusas insulsas.

Cuando subimos al auto tomé su mano izquierda, la acaricié con ternura y me la llevé a la boca muy despacio para darle un beso.

—¿Adónde vamos? —le pregunté poniendo en marcha el motor.

Ella se encogió de hombros sin apartar su penetrante vista de mi rostro:

—Adonde tú quieras…

 

2

Sexoadicción

 

Salí de la avenida conduciendo muy despacio. Aunque en mi mente se repetía la provocativa frase de Joana, “adonde tú quieras”, no podía tomar la iniciativa de llevarla a un hotel sin ratificarlo. Dentro de los preceptos ineludibles de la seducción, estaba el de nunca mostrarse demasiado ansioso, dispuesto a conversar indefinidamente como un bien intencionado amigo.

Vislumbré la entrada a un centro comercial. Disminuí la velocidad y viré con cuidado para subir por la rampa del estacionamiento. Detuve el automóvil y apagué el motor. Nos invadió un tenso pero fraternal silencio.

—¿Qué vas a comprar?

—Nada… —titubeé como un adolescente desmañado; y ella sonrió para darme confianza.

—Joana… —recomencé—: lo que te dije mientras bailábamos… es verdad. Desde hace tiempo sueño con estar contigo. Nunca tuve el valor de confesártelo, pero he sido tu admirador anónimo durante meses…

Se me apagó la voz. No quería cometer ningún error.

—Gracias por sacarme de esa fiesta —murmuró—. Necesitaba platicar con alguien que me apreciara…

Mis manos jugueteaban pasando las llaves de un lado a otro. Ésta era la parte más difícil de la conquista. También la más emocionante. Debía besarla, pero ¿cómo franquear ese metro de asiento que nos separaba?

—Vamos a comprar una botella —le dije—. Me gustaría brindar por nuestra amistad.

Asintió.

Salí del auto con rapidez. Sólo necesitaba estar cerca de ella… Le di la vuelta al coche y abrí su portezuela; me tendió la mano, se puso de pie y quedó frente a mí. No retrocedí ni un centímetro.

—¿Vamos? —sugirió.

—No tienes idea de cómo me gustas, Joana.

Estábamos en la posición perfecta, pero no quiso levantar la cara.

—Vamos —repitió.

“¡Maldición, vamos!”, pensé. Cerré el coche y caminé a su lado. La abracé por la espalda sin conseguir que cooperara. Entramos a la tienda. Tomé vasos desechables, botanas, refrescos de cola y una botella mediana de brandi. Al entregarle el dinero a la cajera vi los preservativos al lado de mi amiga. Hubiera sido imposible tomar uno sin que se diera cuenta. Chasqueé la boca. Hacer el amor sin protección era apostar el todo por muy poco, y ya me estaba cansando de esos paroxismos. Moví la cabeza y me consolé: “Los juegos más arriesgados son los más emocionantes”.

De regreso hacia el coche la abracé de nuevo y sentí cómo esta vez aceptaba la caricia refugiándose en mi cuerpo.

Antes de introducir la llave en la chapa volví a intentarlo.

—Me gustaría tener aquí mi carpeta de apuntes para mostrarte unos dibujos que he hecho… de tu perfil. ¿Nunca notaste que en algunas clases me sentaba cerca de ti para contemplarte? —bajé la vista—. No atendía al profesor, sólo te dibujaba…

Cuando volví a levantar los ojos, ella me miraba con la boca entreabierta en un gesto de ternura. Me acerqué despacio y rocé con mis labios los suyos. Dejé caer las bolsas del mercado a nuestros pies; la botella hizo un ruido seco al chocar con el piso. No me inmuté. Apreté mi boca contra la de ella para hallar la humedad de su lengua. Fue un beso impetuoso, cargado de verdadera pasión. La abracé fuerte y acaricié su cabello y espalda. Sentí el deseo crecer como un ente incontrolable; cerré los ojos para entregarme por completo al movimiento sensual.

Cuando nos separamos, Joana, encendida de un leve rubor, respiraba con rapidez. Abrí la puerta para que entrara al coche, tomé la bolsa del suelo y rodeé el vehículo lo más lento que pude, tratando de recuperar el aplomo. Apenas estuvimos juntos, nos volvimos a entregar en un vigoroso y ardiente beso. Después de unos minutos comencé a recorrer mi boca por la comisura de sus labios, sus mejillas, su cuello, sus oídos. Al besar y mordisquear su oreja izquierda le susurraba que estaba loco por ella, que me fascinaba, que la idolatraba, que daría cualquier cosa por una noche a su lado… Joana, mientras tanto, me acariciaba los muslos. Subía su mano casi hasta mi entrepierna y volvía a bajarla en una cadencia acompasada.

Me costó trabajo desprenderme de esa miel enajenante, pero haciendo un gran esfuerzo, puse en marcha el automóvil con intenciones de ir directo a un lugar adecuado. Conocía varios por ahí. El más cercano estaba a sólo diez minutos de distancia.

Hice el recorrido en menos de cinco.

Cada habitación tenía su garaje propio con puerta corrediza, de modo que el coche quedaba escondido y la chica no era vista por nadie en su trayecto hacia la habitación.

Estacioné el vehículo hasta el fondo. Salí a pagar al encargado y cerré la mampara exterior con la soltura de alguien que se mueve en sus terrenos. Sin embargo, al volver al coche, Joana me esperaba fuera de él con un gesto de franca perturbación.

—¿Adónde me has traído?

—No te ofendas, amor. Éste es un lugar excelente para escuchar música, brindar y conversar lejos de la gente. Por favor, tranquilízate y confía en mí… Te prometo que sólo haremos lo que tú quieras.

Y al decir esto último le acaricié la barbilla con el índice y el pulgar…

—Estoy tan confundida y triste…

—Vamos, no pienses en nada. Sólo vive el presente y relájate.

La abracé de nuevo. Recargué mi cuerpo contra el suyo para hacerle percibir mi masculinidad; esta vez paseé mi lengua por su cuello y la introduje suavemente en su oído. Se estremeció.

Miré el nacimiento de sus pechos sobre su generoso escote y quise agacharme a besarlos, pero no me atreví. La deseaba demasiado para darme el lujo de mostrarme impaciente.

Joana volvió a buscar mi boca. Respiraba de forma agitada y parecía haberse decidido a olvidar precauciones y temores. Al besarme comenzó a desprender uno a uno los botones de mi camisa. Cuando llegó al pantalón jaló hacia arriba la tela para que ésta quedara totalmente suelta. Luego me frotó el tórax y deslizó la prenda hacia atrás, dejándome semidesnudo. Yo no podía dar crédito a lo que había hecho. El corazón me latía a mil por hora; la cabeza me daba vueltas y mis pies flotaban. Le enmarañé el cabello y busqué la cremallera del vestido en su dorso: En cuanto la tuve entre mis dedos inicié un movimiento lento para bajarla sin lograr evitar el temblor de mis dedos y la sudoración de mis palmas. Cuando el cierre no pudo descender más, sobé su espalda con ardiente furor y atraje el vestido hacia adelante mientras le acariciaba sus hombros desnudos. Entonces se descubrieron totalmente sus formas femeninas resguardadas aún por la suave tela del sostén. Me separé un poco y rocé apenas con las yemas de los dedos las marcadas puntas. Luego seguí la línea del sujetador hasta dar con el seguro; lo destrabé sin ningún problema y ella, mirándome fijamente, hizo un ágil movimiento con los brazos para liberarse del incómodo ceñidor. A tal grado me asombró la belleza de esos senos blancos, turgentes, cálidos, que en vez de tocarlos me limité a contemplarlos. Luego atraje a la chica hacia mí y sentí una extraordinaria calidez al momento en que sus pechos desnudos se aplastaban en mi cuerpo. Llevé lentamente las manos hacia su cintura y comencé a buscar la forma de bajar por completo el vestido de algodón.

—¿Vamos al cuarto? —sugirió.

—Por supuesto.

Solo, en mi habitación, después de haber dejado a Joana en su casa, cerca de la una de la mañana, me hallé cara a cara con el monstruo de los excesos y sentí un viso de temor… Caí en la cuenta de que el sexo se estaba convirtiendo para mí en un vicio, en algo básico, prioritario, central… en una necesidad creciente. ¡Y mientras más la saciaba, más se incrementaba! ¿No les ocurría lo mismo a los drogadictos o a los alcohólicos? Pero, ¿cómo controlar ese descomunal deseo? ¿Era yo el único que lo sentía? Entre compañeros apreciábamos a la mujer según sus atributos eróticos. Nos atraían principalmente las cualidades sexuales y solíamos mentir, dañar o negociar con tal de experimentar el embriagador placer de poseerlas. ¿Acaso los varones debíamos tener con el sexo precauciones similares a las que se tienen con los productos que causan dependencia?

Comencé a pasearme por mi habitación. Mi madre dormía en la alcoba contigua y yo no debía hacer ruido. Me senté pensativo en el sillón de descanso. La aventura de hacía unos minutos había sido hermosa, pero algo no estaba bien. Había comenzado a sentir un terrible escozor en el área genital. Fui en busca de un espejo para revisarme de cerca. Hallé una reducida zona ulcerada con infinidad de pequeñas llagas. Me sentía, a la vez, afiebrado y débil.

¡Maldición! ¿Joana me habría contagiado un hongo o algo por el estilo? Y si lo hizo, ¿se manifestaría de manera tan inmediata? ¿Entonces Luisa? O Adriana…

A mis veintitrés años había compartido el lecho con… ¿cuántas mujeres? No logré definir el número. Cualquiera pudo haberme contaminado. Pero, ¿de qué?

Insomne, traté de concentrarme en el recuerdo de cuanto había vivido esa noche, buscando algún indicio de enfermedad en el cuerpo de Joana. Me eché en la cama y cerré los ojos para revivir cuidadosa, casi morbosamente, los detalles de esa experiencia inusual.

Después del magreo en el que ella quitó mi ropa superior y yo quité la de ella, subimos la escalera sin decir palabra.

La habitación estaba alfombrada de color durazno. Nos descalzamos para estar más cómodos.

Joana se soltó de mi brazo y anduvo de un lado a otro como una niña admirando los lujos del lugar. Apenas dio los primeros pasos se deshizo por completo del vestido, dejándolo en el suelo.

—Qué calor hace, ¿verdad? —acto seguido, se agachó un poco para quitarse las mallas transparentes.

Recargado en la pared, con la boca seca y los ojos muy abiertos, contemplé su casi total desnudez. Sólo portaba unas pequeñas bragas rojas y se paseaba por el cuarto tocando la cama, encendiendo el televisor, revisando el contenido del refrigerador.

Entonces me sentí orgulloso de poder llevar a mis chicas a ese tipo de sitios. Yo era un joven mimado por la vida. Todo se me dio siempre fácil. Incluso las mujeres llegaban a mí sin que hiciera demasiados esfuerzos por encontrarlas. Fui el hijo único de una mujer viuda. Cuando mi madre perdió a su esposo y a su hija mayor, tuvo que hacer mil maniobras para mantenerme. Trabajó de mesera en un pequeño poblado de la frontera, practicando en la computadora por las noches, hasta que logró colocarse como asistente ejecutiva. Entre tanto, me dejó crecer en total libertad. Cuidaba, eso sí, que no me faltara buena comida, ropa fina y colegios particulares. Pero ella nunca estaba en casa, lo que me permitió practicar el deporte del sexo libre desde muy chico.

Joana entró al baño y exclamó con tono de inocencia y espontaneidad:

—¡Hay tina de hidromasaje! Hace tiempo que no me meto a una… —se me acercó con la mirada encendida—. El doctor me la recomendó…

—¿Quieres bañarte? —le pregunté.

—Quiero que me bañes tú…

Se despojó de su última prenda. Comenzó a tararear una canción infantil sentándose al borde de la bañera y abriendo las llaves de agua. Se sabía admirada por mí y fingió no verme mientras calculaba la temperatura y agregaba burbujas artificiales.

¡Ah!, qué satisfacción me causaba poder darme y darles a mis compañeras esos privilegios. Ahora tenía auto, llevaba en la cartera dinero y tarjeta de crédito. Mamá decidió, después de verme vagar durante varios años por las calles probando diferentes trabajos y escuelas, mudarse conmigo a la gran urbe para obligarme a inscribirme en una buena universidad, sin saber que con ello su fortuna económica daría un extraordinario giro. Trabajando como secretaria en aquel poblado fronterizo aprendió con soltura el idioma extranjero y llegando a la capital comenzó a ganar fuertes sumas como traductora de libros técnicos. Lo primero que hizo ante el cambio de suerte fue comprarme un automóvil compacto deportivo. Así sufrí tanto severas torceduras por tratar de acoplarme con mis primeras parejas capitalinas al reducido espacio del asiento trasero, como la extorsión de patrulleros corruptos que aparecían de la nada empuñando sus linternas para husmear a través de los cristales. No me quedó otra opción que aprender a usar el coche para transportarme y pagar hoteles caros para lo demás… Después de todo, mi madre sufragaba de buen modo el costo de mis “estudios profesionales”. Sacudí la cabeza tratando de borrarme esas ideas y arranqué en tres segundos de mi cuerpo el resto de la ropa que lo cubría.

Me introduje al agua junto a Joana. Recorrí sus formas con una esponja mientras ella recorría las mías con el jabón. El juego duró varios minutos y me llevó a un éxtasis enloquecedor. De pronto mi compañera de tina se puso de pie argumentando estar muy acalorada; enredó una toalla en su cabeza y caminó hacia la cama; salí tras ella envolviéndome, a mi vez, con otra; la vi juguetear en el colchón como un niño que mide la elasticidad de un trampolín. Al fin dejó de moverse y se acostó boca arriba.

—Me ha entrado un sueño enorme —dijo.

Cerró los ojos sin cubrir su voluptuosa desnudez. Me acerqué, parándome a un costado tragué saliva y retiré con las yemas de mis dedos algunas de las perlas de agua que la cubrían. La luz estaba encendida y a ella parecía gustarle que la admirara. Se dejó acariciar, examinar, besar… Y yo lo hice extasiado, con la efervescencia y fanatismo de un brujo que toca la estatuilla de su dios.

El prurito me estaba matando. Hice una pausa en mis cavilaciones. Ahí, en ese punto preciso, debía centrarme para tratar de recordar alguna anomalía. Si Joana tenía la manifestación cutánea de alguna infección venérea, yo lo habría descubierto en aquellos momentos de contemplación. Aunque, claro, de haber percibido algo extraño cuando mis facultades mentales se hallaban subordinadas al deseo enloquecedor, seguramente lo hubiese ignorado… No lograba acordarme de nada raro. Por el contrario, todo cuanto venía a mi mente era motivo de nueva excitación.

Esa noche medité que, en definitiva, el sexo puede convertirse en un vicio incontrolable, pues el hombre, atrapado en tal proceso creciente de adicción, se recrea con imágenes mentales llegando a creer que la mujer existe sólo para satisfacerlo. Y esto no me ocurría sólo a mí, sino a muchos. A casi todos mis conocidos. ¡No a los maniáticos o degenerados, sino a estudiantes de universidades, profesores, comerciantes, médicos, licenciados, poetas, artistas y a miles de varones más, “normales y decentes”!

Resultaba curioso comprender que los hombres éramos proclives a la sexoadicción, y alarmante, aquilatar que yo era ya un esclavo de ella. Abrí los ojos tratando de razonar mejor. Había otro detalle negativo que me causaba una preocupación ingente: no satisfice a mi compañera; no logré esperar lo suficiente. Volví a eyacular demasiado rápido y de inmediato, exhausto, me eché a su lado a descansar. Joana se quedó muda, con los ojos cristalizados de decepción, y permaneció quieta al ver que yo declaraba terminado el episodio.

—¿Todos los hombres son igual de egoístas? —inquirió.

Entonces hice un esfuerzo y me incorporé a medias para acariciarla. No se me ocurrió preguntarle si mis torpes manoseos le gustaban. Después de un rato me increpó con una chispa de rencor:

—¿Tú te masturbas demasiado?

—¿Por qué me preguntas eso?

—Sólo pensaba…

—¿Adónde quieres llegar?

—¿Crees que la masturbación sea buena?

—Claro que sí. Es sencilla, rápida, gratis, exenta de largos cortejos hipócritas y de peligros como el embarazo o los matrimonios forzados.

—De largos cortejos hipócritas —repitió enfatizando la
última palabra—. Eso es cierto, pero ¿sabías que si los hombres la practican
 de modo abusivo, en forma rápida y constante, les produce el reflejo de la eyaculación prematura?

Me quedé estático. ¿Era reproche o información?

Sacudí la cabeza tratando de alejar esa nueva idea de tormento, pero no pude. Solo, en mi recámara, recordando a mi frustrada compañera, comprendí que el verdadero frustrado y fracasado era yo. Con tan intensa actividad, estaba perdiendo el control de mis instintos y quizá, en vez de adquirir destreza para satisfacer algún día a mi pareja definitiva, estaba acumulando disfunciones.

Después de un rato Joana comentó:

—Es inútil… Creo que no voy a tenerlo.

En ese momento recordé la plática con José Luis: Es muy difícil que una mujer joven llegue al orgasmo a menos que se sienta realmente comprendida, valorada; fuera de peligro, protegida y no forzada por su compañero. Las condiciones mentales son difíciles de lograr, por eso muchas chicas experimentan excitación, pero sin llegar a la resolución, sintiéndose después usadas y denigradas..

¿Alguna vez lo has tenido?

—Tal vez sí… aunque no estoy segura. Lo único que sé, es que cada vez que hago esto me siento más miserable.

Me invadió una gran tristeza por ella y una importante identificación. También me sentía solo y miserable. La diferencia estribaba en que, al menos, yo sí había tenido un momento de placer.

—Eres muy hermosa —susurré—. Si me permites una confidencia, te diré que no he conocido jamás una muchacha más bella y sensual. Sé que estuve nefasto, pero tenía las mejores intenciones. Me crees, ¿verdad, Joana?

Mi comentario suavizó un poco sus facciones molestas. Otra vez recordé la plática con José Luis: A ellas les gusta sentirse admiradas, amadas, deseadas; les agrada que perdamos los estribos por su causa, las conquistemos y les demostremos cuánto estamos dispuestos a hacer por tenerlas.

Vamos a vestirnos sugirió como si lo que había pasado no tuviese importancia.

 

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

juventud en éxtasis 2

Carlos Cuauhtémoc Sánchez

juventud en éxtasis 2

Este libro es un complemento didáctico de la novela Juventud en éxtasis.

Contiene material de investigación, guías de estudio y tareas para profundizar en los siguientes temas:

Noviazgo

Caricias intimas

Dignidad sexual

Decepciones amorosas

Masturbación

Pornografía

Enfermedades de transmisión sexual

Prostitución

Disfunciones

Desviaciones

Confusión sexual

Unión libre

Matrimonio

Embarazos no deseados

El lector podrá disfrutar una interesante novela mientras se adentra en el estudio de un curso que se ha convertido en texto de consulta para muchos profesores, padres y estudiantes en el mundo.

1

 

El coche de Cynthia Citlalli estaba descompuesto, así que Efrén fue por ella a la universidad. Estacionó el auto cerca y, mientras esperaba, observó la salida de los alumnos. Eran muchos. Una motocicleta llegó y se detuvo frente a la puerta; su conductor se quitó el casco, sacudió la cabeza y se aliñó el pelo con los dedos. Dos bellas chicas se acercaron al motociclista. Comenzaron a charlar. Después de media hora, la calle se quedó solitaria, excepto por los tres jóvenes. Las muchachas se habían subido a la moto para jugar con el manubrio y el cortejador les enseñaba cómo conducir.

Cynthia Citlalli apareció. Efrén la saludó con la mano. Ella cruzó la calle.

—Hola, papá —lo besó en la mejilla.

—Hola, amor. Tardaste en salir.

—Estuve charlando con la directora. Leyó nuestro libro. Quería preguntarme algunas cosas. Saber si era cierto lo de mi abuelo Asaf y la forma en que conociste a mi madre. Ya te imaginas, no tengo mucha privacidad desde que se publicó esa historia.

Efrén condujo muy despacio camino a casa. Tomó el carril lateral del Periférico. La motocicleta con el galán y las dos jovencitas pasó junto a ellos. Las chicas no traían casco.

—¡Mira, hija! Esos muchachos acaban de conocerse y ahora van a dar un paseo al estilo club sándwich.

El tráfico estaba casi detenido unos metros adelante y les dieron alcance.

—Son compañeras de mi salón.

—¿Y el joven?

—Nunca lo había visto.

Los autos comenzaron a avanzar, la motocicleta se abrió paso. La siguieron con la mirada y advirtieron cómo disminuyó su velocidad para doblar a la derecha en la entrada de un motel.

—¿Viste lo que yo?

—Sí.

—¿Crees que tus amigas lo estén haciendo por su propia voluntad? ¿No necesitarán ayuda?

Cynthia Citlalli dudó, sacó su teléfono celular y buscó en el directorio. Apretó la tecla para marcar. No obtuvo respuesta. Minutos después insistió.

—Hola. ¿Sonia? Habla Cynthia. ¿Cómo estás? ¿Bien? ¿De verdad? No, por nada; es que hace mucho no te veo; ¿de qué te ríes? ¿Te están haciendo cosquillas? Bueno, luego te hablo.

Cynthia guardó su celular. Levantó las cejas como disculpándose por la conducta de sus amigas.

—¿Sabes? —comentó Efrén—, hicimos bien en imprimir algunas copias de nuestra historia.

—Sí… pero… —se detuvo.

—¿Pero..?

Juventud es una novela. Los conceptos se subordinan a la trama y eso provoca que algunos malinterpreten el mensaje. Lo atacan tomando frases fuera de contexto sin considerar que los personajes viven un proceso de cambio.

Su voz sonaba afligida. Hablaba de retórica pero en realidad parecía querer hablar de otra cosa.

—¿Qué sugieres?

—Papá, ayúdame a estudiar el libro. Me lo diste cuando tenía quince años y tal vez no lo he comprendido del todo —bajó la voz con angustia—. ¿Cómo te explicaré? Yo… me siento muy honrada de que hayas escrito todo eso para mí, pero… —hizo una pausa; la voz le falseó un poco—. Pero tengo miedo de decepcionarte.

Llegaron a la casa. Efrén detuvo el auto junto a la acera y se volvió para mirar a su hija.

—¿Qué te sucede?

Los ojos de Cynthia se llenaron de lágrimas. Permaneció callada.

—¿Tú de veras crees… —comenzó a preguntar titubeando—, que los jóvenes no deberíamos tener relaciones sexuales hasta casarnos? ¿De verdad lo crees?

—¿Por qué me preguntas eso?

—¡Ya nadie piensa así!

—Es cierto; los tiempos cambian, pero existen principios de actos y consecuencias que nunca cambiarán…

—Papá, si organizaras los conceptos de otra forma, tú sabes, con más objetividad, en tono más científico, podrías preparar un seminario. Mis compañeros lo necesitan… Yo también… ¡Somos estudiantes del segundo año de medicina!, pero, ¿sabías que Sonia ya estuvo embarazada una vez y abortó…? ¿Sabías que proviene de una familia muy religiosa? ¿Sabías que el hijo de la directora estudia en mi grupo y tiene la más sucia colección de pornografía impresa que puedas imaginar? ¿Sabías que en la universidad hubo, hace poco, una epidemia de blenorragia? Papá, ¡entre compañeros se recomiendan antibióticos como si se tratara de dulces!

—Te noto muy alterada, ¿qué te pasa exactamente? Dime la verdad.

Mantuvo la mirada en el suelo.

—No es nada.

La chica salió del auto. Entró a la casa. Efrén la siguió.

Dhamar estaba en la sala; los saludó; Cynthia pasó de largo y se dirigió a su habitación.

—¿Qué le sucede?

—No lo sé.

—Voy a hablar con ella.

Era obvio que Cynthia enfrentaba algún problema relacionado con su sexualidad y no le tenía la suficiente confianza a su padre para compartírselo.

Efrén se sentó en la cocina a tomar un refresco. Siempre le había sido difícil acercarse a su hija. Recordó cuando ella era bebé. Caminó a su archivo y buscó una hoja que redactó para Cynthia a los pocos días de su nacimiento. La leyó reviviendo los sentimientos encontrados de un hombre que desde los inicios no sabe cómo lidiar con la paternidad.

Hija:

Eres un bebé, un bebé muy pequeño. Tienes apenas diez días de nacida y fuiste prematura, así que eres más pequeña que los bebés normales, pero yo sé que crecerás y serás el mayor orgullo de mi vida.

Estoy a solas contigo en mi habitación. No lo sabes, pero me encuentro aquí, atento a cada movimiento tuyo.

Quiero escribirte porque de algún modo tengo que desahogarme de esta emoción tan fuerte que me daña.

A veces te hablo, te digo con reservas todo lo que te amo. La euforia me inunda y entonces bajo la cabeza para besar tus piecitos y mirarte largamente.

No lo hago muy seguido porque casi no tengo la oportunidad de estar solo contigo. Apenas me encierro para disfrutarte, entra mi esposa o mi suegra y comienzan a hablarte como si fueras tonta y a hacerte ruiditos nasales o cantos absurdos. No sé por qué me molesta tanto que te traten así. A veces me da la impresión de que las visitas te miran como un juguete con vida, motivo de festejos y juegos. Mi cielo, ¡siento tantos celos de la gente que viene, te habla boberías, te da de comer y me aparta como si fuera el hombre inútil que no sabe cómo tratar a un bebé!

Cynthia, cuando te vi por primera vez sentí miedo, sentí la obligación de trabajar más fuerte, de esforzarme para darte lo mejor. Ahora, todo lo que pienso, hago y digo las veinticuatro horas del día, bien o mal, es para ti. Quiero decirte que has cambiado mi vida, que te esperé siempre, que soy el hombre más feliz de la Tierra porque estás aquí, conmigo, en esta habitación. Mi vida, que no me importa que sean las dos de la madrugada, te disfruto y te gozo aun dormida. Por primera vez siento la extraordinaria maravilla de ser padre…

Efrén volvió a guardar el documento y caminó hacia el cuarto en el que su esposa y su hija se habían encontrado por casi una hora. Tocó la puerta.

Dhamar abrió.

—No sé de qué hablan, pero déjenme participar.

Su esposa asintió.

—Platica con Cynthia —dijo Dhamar abandonando el recinto.

Padre e hija se quedaron solos. Ella estaba sentada en la cama con la cara agachada.

—Papá, perdóname…

—¿Qué pasa?

—Tú sabes que Ricardo y yo teníamos planes de casarnos… lo hice por amor… creí en él.

Efrén asintió. En su juventud también fue un donjuán. Sedujo a varias chicas de la edad de Cynthia, semejantes en muchos aspectos a ella. Todo se veía tan diferente desde ese lado… Antaño como un conquistador, ahora como el padre de una joven conquistada.

—No creas que soy como mis compañeras de la motocicleta, papá —el tono de la chica era casi inaudible—. Pero tampoco soy como a ti te gustaría.

Sus palabras mostraban una angustia legítima.

—Tranquilízate, hija… —su voz era amorosa, pero se hallaba desconcertado al ver a su pequeña angustiada por haberse entregado a destiempo. Le extendió un pañuelo para que limpiara sus lágrimas.

—Lo hice por amor… —insistió—. Yo quería casarme con Ricardo.

—¿Y ahora dónde está él?

—Se alejó de mí…

—Deseaba sólo tu cuerpo.

—¿Por qué? ¿Por qué los hombres son así?

El novio de Cynthia siempre aparentó ser un joven serio… Pero dicen que los caballos más mansos son los que dan el peor golpe, por la confianza que inspiran. Lo mismo ocurre con los seres humanos.

—Hija, alguna vez te escribí que si llegabas a tener relaciones sexuales antes de casarte respetaría tus decisiones sin importar que estuviera o no de acuerdo con ellas…

—Sé el párrafo de memoria: “Te querré siempre igual, pero si eliges entregar tu cuerpo hazlo con el conocimiento de lo amargo que vendrá y no sólo de lo dulce del presente”.

Efrén se sentó junto a ella. Por algunos segundos no hablaron.

—Te amo, pequeña.

—¿Todavía?

—Más que nunca.

Se abrazaron.

El huracán llegó inesperadamente. Ignoraban que era sólo el comienzo.

 

2

 

Al día siguiente, mientras intentaba concentrarse en el trabajo de la oficina, llegó la siguiente embestida del tifón. La secretaria de Efrén lo llamó por el intercomunicador con voz tensa:

—Señor Alvear, le llama su hija por teléfono.

Apretó el botón de la línea.

—¿Cynthia?

—¡Papá, necesito que vengas a la escuela!

—¿Qué pasa?

—Es importante que vengas. Ya estamos bien.

La última frase lo hizo saltar. ¿Estaban bien? ¿De qué?

—Voy para allá.

—Búscame en la cafetería. Entra por la puerta de atrás.

Salió corriendo. Su mente imaginaba mil posibilidades. Tal vez se trataba de un asalto, un incendio, un derrumbe…

Manejó con rapidez. Al llegar a la universidad se dio cuenta de que sus sospechas eran reales. Dos pipas de bomberos estaban frente al edificio. Varios policías desviaban el tráfico. Los autos avanzaban lentamente. Después de unos minutos eternos, logró estacionarse, bajó del coche a toda prisa y cruzó la avenida esquivando vehículos. El acceso principal de la escuela estaba cerrado; la banqueta, acordonada; rodeó a bomberos y policías para correr hacia la puerta de atrás. Esquivó con dificultad el río humano que caminaba en sentido contrario y llegó a la cafetería. Cynthia, de pie en el rincón, hablaba con una chica que estaba sentada con la cabeza hundida.

—Hija, ¿qué pasa?

—Alguien arrojó una bomba casera a la puerta de la escuela.

—¿Cómo?

—No era tan potente como para matar a alguien. Pero dos estudiantes sufrieron quemaduras.

—¿Por qué? ¿Aquí?

—Sonia cree que querían lastimarla a ella —se refirió a la chica sentada a su lado—. Mira, papá; te presento a Sonia.

—Hola —Efrén la saludó de mano—. No entiendo.

—Un motociclista pasó frente a la universidad a toda velocidad. Sonia y yo estábamos platicando cuando lo vimos. Ella se puso un poco nerviosa. Entonces regresamos a la escuela. El sujeto pasó otra vez y arrojó la bomba.

—¿Reconociste al muchacho, Sonia? ¿Quién es?

Hubo un largo silencio. Cynthia aguantó la respiración.

—Papá… es el mismo motociclista que vimos ayer.

—¿El que llevó a tus dos compañeras al motel?

Asintió.

—¿Y tú, Sonia? ¿Lo conocías desde antes?

—Lo conocí ayer.

Efrén recordó:

— ¿Sabías que Sonia ya estuvo embarazada una vez y abortó…?

La muchacha habló sin poder detener el temblor de su cuerpo:

—Señor Efrén, por favor, no se lo diga a nadie…

Tenía al menos que decírselo a Dhamar. La invitó a cenar. Camino al restaurante la puso al tanto de los acontecimientos.

Llegaron al mismo restaurante escondido, de luz tenue y abundante ornamentación vegetal, en el que, muchos años antes, le declaró su amor. El lugar no había cambiado.

En esa ocasión, el estado de ánimo de la pareja distaba mucho de ser romántico.

—Estoy preocupado —le dijo él apenas tomaron asiento.

—Yo también —dijo Dhamar—. Nuestra hija tiene sobre ella una influencia que puede perjudicarla.

—Sí. Hace años me ayudaste a escribir nuestras vivencias entretejidas con las enseñanzas que aprendimos de uno de los mejores terapeutas sexuales de nuestra época. Nos basamos en investigaciones e informes científicos y creímos que con eso habíamos cumplido nuestra parte en la educación sexual de nuestra hija, pero nos equivocamos. La teoría no es suficiente. Lo que tú y yo vivimos en la juventud no puede compararse en nada con lo que Cynthia y sus amigas viven ahora. Los tiempos han cambiado.

Dhamar ordenó un café. Efrén la miró. Después de tantos años de haberle declarado su amor en ese mismo lugar, se seguía sintiendo cada vez más atraído por ella. Era psicóloga especializada en terapia para el manejo de duelos y dirigía un prestigioso consultorio.

—Tengo una paciente que se llama Laura, con sida. Cuando la veo no puedo evitar pensar en Cynthia. Son de la misma edad y se parecen físicamente. Laura no ha querido decírselo a sus padres. Está tan abatida que ha intentado suicidarse… En mi consultorio lo veo todo el tiempo. Los jóvenes se encuentran inmersos en una guerra, sin armas para defenderse. Les hemos dado información, pero no formación; les hemos dado la vida pero no les hemos enseñado a vivirla; conocen técnicas pero no ética.

—Tienes razón.

—¿Platicaste con Sonia?

—Sí.

—¿Qué te dijo?

—Textualmente confesó: “Magdalena y yo salimos con ese muchacho de la motocicleta ayer. Pero la cosa se puso muy fea. Apenas nos encerramos en la habitación, el hombre nos ató y nos vendó los ojos. Creímos que estaba jugando, pero luego comenzó a golpear a Magdalena. Traté de desatarme. No pude. Me tapó la boca y me arrancó parte de la ropa. Me amenazó. Estuve luchando por liberarme hasta que lo logré. Cuando me desaté vi a Magdalena en el suelo. Empujé al tipo con todas mis fuerzas y salí corriendo a la calle, subí a un autobús y fui a encerrarme en mi casa”.

—¿Y Magdalena?

—No regresó. Nadie sabe de ella.

—¡Efrén!, ¡no me digas que la chica desapareció!

—Sí. Cynthia y yo llevamos a Sonia con el jefe de la policía. Casi tuvimos que obligarla a declarar.

Dhamar permaneció con los ojos fijos. Por primera vez se daba cuenta de la magnitud del huracán.

—¿Qué vamos a hacer?

—Cynthia me pidió que impartiera un curso.

—¿Y vas a aceptar?

—Sólo si me ayudas.

—¿Cómo?

—Tú eres la psicóloga. Me proporcionaste todo el material técnico para escribir nuestro libro. Yo sólo soy un empresario que sabe redactar historias, pero tú eres mi cerebro izquierdo y mi brazo derecho. Además trabajaste con mi padre y escribiste la colección completa de revistas de su consultorio médico, tienes la esencia de Asaf Marín…

—¿Y por qué no le pedimos ayuda a él?

—Le afecta la altura de la ciudad. No podría venir a impartir el curso.

—Claro, claro, pero sí podría darnos consejos. Estoy segura de que aún conserva algunos papeles de sus seminarios.

Efrén asintió. No perdían nada con intentarlo.

Para llegar a la casa de Asaf Marín había que viajar por carretera más de siete horas.

Fue un largo trayecto en la sierra a través de un sinfín de curvas. Efrén siempre se preguntó por qué su padre había elegido un lugar tan inaccesible para pasar los años de su jubilación.

En contraste con el camino, su finca era un lugar hermoso, rodeado de exuberante vegetación, montañas y lagos. Después de las tensiones de la semana, llegar ahí fue como encontrar un oasis.

Asaf los recibió con gran alegría. Abrazó a su hijo, a su nuera, y a su nieta, conmovido de verlos aparecer de improviso. Los llevó a conocer el potrillo pinto que había nacido el mes anterior. Después desapareció unos minutos para darse un baño. Cynthia montó una hermosa yegua alazana y comenzó a trotar alrededor del ruedo. El potrillo seguía a la yegua. Dhamar miraba nerviosa la escena y en cada vuelta recomendaba a la amazona que tuviera cuidado.

Cuando Asaf volvió, perfumado y con ropa limpia, Efrén sintió primero ternura por él al ver la forma en que le entusiasmaba la visita y después culpa por no haberlo visitado desde hacía casi un año.

—Algo grave debe de ocurrir para que hayan llegado sin avisar.

—Sí, papá —Efrén caminó con él—. Aunque, la verdad, cualquier excusa es buena para venir a verte.

—No finjas. ¿En qué puedo ayudarte? ¿Necesitas dinero?

—No… Necesito algo mucho más valioso…

Efrén le contó lo acontecido a Sonia y a Magdalena; le habló de la bomba casera, de la confesión de Cynthia, de su petición de ayuda… Asaf se mostró preocupado. Amaba mucho a su nieta.

—Todavía conservo el material de mis seminarios. No es un curso, pero tal vez pueda servirles.

Mientras Dhamar y Cynthia desfogaban sus deseos reprimidos de convivir con la naturaleza, Asaf llevó a Efrén a la cabaña. Encendió su computadora y buscó algunos archivos.

—Supuse que tendrías traspapelados los apuntes de tus charlas.

—No. Esos documentos valen mucho para mí. Los viejos tenemos poco que hacer. He invertido tiempo en digitalizar el material.

—¿Puedes enviarme los archivos?

—Claro. Y úsalos. Me siento muy orgulloso de poder ser útil todavía.

Efrén lo miró sin hablar. Se dio cuenta de que a su padre le había ocurrido lo que a muchas eminencias: se retiró huyendo del cúmulo de compromisos asfixiantes y después de un tiempo lamentó no poder seguir ayudando a las personas de las que huyó.

—¿No te gustaría ir a la ciudad a impartir tú mismo el seminario?

—Sí me gustaría… pero estoy enfermo y el médico me ha prohibido viajar. Sobre todo a la ciudad. Además, Efrén, cuando mis dos hijos se hallaban en medio de los más terribles problemas sexuales, estudié y trabajé intensamente para sacarlos adelante. Ahora se trata de tu hija. Es la ley de la vida. Yo te apoyo, pero el problema es tuyo…

Efrén tomó el mouse y revisó el material en la pantalla. No podía pedir más.

Dhamar y Cynthia entraron agitadas comentando a grandes voces lo briosa que era la yegua de cría.

Efrén mostró el documento a su esposa en la pantalla, mientras Cynthia platicaba con el abuelo sobre caballos.

El rostro de Dhamar se iluminó al reconocer el material en ese nuevo formato.

—Es lo que necesitamos.

Escribieron una carta para la directora de la facultad.

Dos días después la llevaron a la rectoría.

Apreciada doctora Norma Escandón:

Supimos que usted platicó con Cynthia sobre nuestro libro. También supimos que su hijo es compañero de ella y que tanto Magdalena, la joven desaparecida, como su amiga Sonia, estudian en el mismo grupo. Por eso nos atrevemos a escribirle. Los jóvenes viven una época de adelantos tecnológicos extraordinarios pero también están más cerca que nunca de la degradación inducida por el relativismo ético.

Estadísticas serias aseguran que la aplastante mayoría de los muchachos tienen sexo antes de los veinte años de edad, que los chicos con una vida sexual activa dicen haber comenzado a tenerla en promedio a los catorce años, los varones, y a los quince años, las mujeres; más de la mitad tuvo su primera experiencia sexual en la casa de él o de ella. De cada diez mujeres, al menos tres han sufrido abuso sexual alguna vez en la vida y más de sesenta por ciento de los abusos sexuales fueron llevados a cabo por novios o exnovios. Uno de los negocios más lucrativos de las grandes ciudades son los hoteles de paso. Éstos se ubican cerca de las escuelas, puesto que buena parte de su clientela son estudiantes.

Doctora, aunque en las escuelas y universidades sobreabundan los conocimientos anatómicos, escasean los referentes a la faceta conductual de la sexualidad. Me refiero a estudios modernos, prácticos y científicos de lo que el joven debe saber para normar su vida íntima. Tristemente, son los mismos profesores liberales quienes con la autoridad de que les inviste su posición, se alzan frente a sus grupos para brindarles pautas controversiales.

Los muchachos están hartos de oír prohibiciones sin fundamento.

Hoy, para cada no exigen una razón convincente. Demandar disciplina sin dar explicaciones es la forma antigua de educar. Ya no se pueden seguir los mismos esquemas. Los jóvenes están cansados de prohibiciones huecas, pero en el fondo comienzan a asquearse también de la liviandad ilógica.

El reto es muy complejo.

Queremos proponerle un curso extracurricular sobre conducta sexual para los alumnos de su facultad. Dostoievski afirmó que mucha de la infelicidad abatida sobre el mundo ha sido a causa de las cosas que se quedaron SIN decir.

Nos ponemos a su disposición para dirigir el curso.

Si cree que podemos ser de utilidad, con toda humildad nos apuntamos en su lista de voluntarios para servir.

Efrén y Dhamar Alvear

Entregaron la carta y al día siguiente visitaron a la directora de la facultad universitaria.

Ella salió a recibirlos.

—Hola. ¿Quieren pasar?

—Sí. Gracias.

Caminó por delante.

—Es muy interesante lo que me escribieron. La semana pasada terminé de leer también el libro que habla sobre su familia. Me encantó.

—Gracias —profirió Efrén.

Se sentaron frente al escritorio. La directora era una mujer rolliza, de cara redonda y grandes ojos negros.

—Las cosas han estado mal por aquí —comentó—. El jefe de la policía vino a verme y me dijo que usted había llevado a esa chica Sonia a declarar… Se lo agradezco. La muchacha no lo hubiera hecho por su propia voluntad.

—¿Tiene noticias de Magdalena?

—Todavía nada. La policía está investigando —se aclaró la garganta como si le desagradara el tema—. Lo que dicen en su carta es cierto. Muchos padres vivimos en la ignorancia total de los problemas sexuales de nuestros hijos.

La directora mostró un gesto de preocupación. Quizá sabía que su único heredero era coleccionista de pornografía especialmente sucia. El silencio se alargó.

—¿Cuándo empezamos el curso? —preguntó Dhamar sin más rodeos.

—Bueno. En estos casos debo realizar una reunión con el consejo académico para discutirlo, pero… —abrió su cajón muy despacio, tomó un calendario y lo extendió—. No lo haré. Ustedes son dos personalidades que no puedo darme el lujo de rechazar. Pongan la fecha.

Efrén marcó con un círculo el lunes de la siguiente semana y miró a su esposa para consultarle con la vista. Ella asintió.

—Sería bueno impartirlo en todos los grupos —añadió Dhamar—. Pero nos gustaría comenzar con el segundo año de medicina, donde estudia nuestra hija Cynthia y las chicas involucradas en el problema con el motociclista.

La directora les tendió la mano, cerrando el trato.

—De acuerdo, en ese grupo también estudia mi hijo Lucio —los miró de frente—. Gracias.